
Lic. Sergio Staude
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Dificultades en la clínica
de las adicciones
Sergio C. Staude
Notas sobre temas a desplegar
1) La institución:
Un centro de atención de adictos es, hasta un cierto
punto, la institucianalización de un dispositivo
y de un criterio terapéutico, creando un espacio
y dando lugar al despliegue de un tiempo del que se esperan
eficacias terapéuticas.
Las instituciones cumplen también una función
de control social y son intermediarias entre los grandes
dispositivos de dicho control (gobierno, instituciones jurídicas,
educativas, etc.) y la vida familiar e individual. Como
tal tratan de dar cuenta de lo que podemos llamar, de un
modo pertinente, los síntomas sociales, es decir
de aquello que no anda en lo social, de su malestar. Malestar
entendido como aquello que produce -o puede producir- daño
en el cuerpo social, y también en la mente, en la
vida psíquica y en el cuerpo de los integrantes de
esa sociedad.
En este segundo aspecto está destinada a realizar
procesos efectivos de curación y de prevención
de diversos tipos de patología.
Esto le brinda al espacio terapéutico que abre la
institución otra función complementaria. Como
dice Foucoult respecto de lo creación de las instituciones
hospitalarias -coincidentes con el nacimiento de la clínica
moderna- se crean ámbitos que permiten y favorecen
la observación, la investigación y el tratamiento
del padecer, en la medida en que permiten el despliegue
de las modolidades, visicitudes, complejidades, alcance
y profundidad de aquello que aparce como "enfermedad"
o las dimensiones del padecer. Es un lugar ideal para el
despliegue en extensión del campo de una determinada
dolencia.
Tan es así que no ha sido ajeno a los hospitales,
y también a otras instituciones, la labor formativa
y de transmisión para aquellos que, profesionales
o no, se interesen o estén comprometidos por estos
problemas.
2) La droga como recurso
Una de las circunstancias paradigmáticas que vemos
en la atención de adictos, y que se transforma muchas
veces en un serio obstáculo a resolver, es que la
droga es utilizado como un recurso "terapéutico",
casi como un exceso y una caricatura de los avances de la
farmacología moderna. Un terapeuto italiano que lidera
una comunidad terapéutica lo señaló
con mucha precisión como corolario de un trabajo:
"la droga es buscada como una solución, el problema
es siempre el tratamiento".
Uno de los problemas que trae, tal vez de los mayores,
es que es un recurso usado indiscriminadamente -y en forma
abusiva-, para cualquier dolencia. En un inicio no se sabe
cuál es el mal que se combate. La droga es una respuesta
-monótona, sin sutilezas, repetitiva - a problemas
que no se saben cuáles son.
La tarea, el propósito terapéutico, es muchas
veces eso: descubir qué es lo que aqueja. Ahí
es donde podemos abrir la singularidad del problema en cada
caso, revelando los síntomas que la droga velaba,
o bien ubicando al consumo de droga en un síntoma
a interrogar. Es donde se abre, en la jerga psicoanalítica,
la dimensión significante del síntoma, más
allá de la dimensión de signo que tuvo hasta
ese momento. Más allá pero no sin esta dimensión
de signo que muchas veces es la que inicialmente falta,
o no es escuchado ni atendido en esta problemática.
Tanto en su función de control social, como en su
función terapéutica, el espacio institucional
convoca, inevitablemente podemos decir, pero también
formando parte de su propia oferta, la apertura de un lugar
de repetición de los problemas, de la complejidad
de los mismos, de su profundidad y de sus causas vigentes.
Una repetición que va a distribuir nuevamente a los
actores que perticipan en él, Es más, si no
se reprodujese en cierta forma este malestar que lo aqueja,
dificilmente podríamos operar sobre él.
Este es, y viene siendo, la gran virtud del encausamiento
de la transferencia puesta al servicio de la dirección
de la cura. Podemos ver desplegar ante nuestros ojos y oidos,
por así decir, aquellos factores concurrentes y vigentes
en la poblemática de la droga, sus causas convergentes
y todos los factores que contribuyen a sostenerla.
Pero esto nos implica y nos complica en el transcurrir
del tratamiento. Cuando nos "metemos" en el problema,
este nos mete a nosotros en él. y nos hace participar
como actores y protagonistas. En particular cuando son varios
los pacientes y los problemas que se "internan"
y actúan entre si.
En el caso de las neurosis y de los tratamientos individuales
esta problemática queda habitualmente contenida,
y adqquiriendo la forma de un síntoma que es lo que
se transfiere y que da pie a una intervención. No
ocurre con igual frecuencia en pacientes adictos que, como
ya vimos, presenta esoecuales dificultades respecto de la
presentación de la demanda.
3) Los adictos:
En general, como vimos , no son pacientes que se hacen
representar por la palabra, ni a ellos ni a su problemática,
aunque puedan ser por demás parlanchines. De todos
modos la pregunta es, por la palabra no, pero ¿de
otra manera si? ¿cuál?. Aquí llega
el tema que quería comentar y abrir una discución:
el de lo que podemos nombrar como patologías del
acto: la inhibición, el acting-out y el pasaje al
acto. Son patologías del acto porque todas ellas
están en la vereda de enfrente de un acto, entendido
este como ese acontecimiento que permite el surgimiento
y la afirmación subjetiva. La patología birla
y anonada precisamente esa dimensión.
Resulta significativo también que, en los comienzos
de la conceptualización fruediana, transferencia
y acting se homologaran, como obstáculos y resistencia
a la cura. El término freudiano de "agieren",
incluía a ambos. Pero el término tiene una
doble faz que nos permite una utlización clínica:
no es solo una acción que se produce cuando las palabras
faltan, sino que es a la vez una verdadera "puesta
en escena". Uno puede decir: los adictos, en general
se presentan y se re-presentan más que por intermedio
de las palabras, por estas puestas en escena.
De allí la necesidad de especificar, de realizar
diferencias entre las modalidades del acting-out, como también
el establecer la diferencia con el pasaje al acto.
Sabemos que el acting-out se caracteriza por ser una transferencia
salvaje, es decir, una transferencia sin análisis.
Un sujeto, en una situación subjeiva inestable, de
difícil sostén, le muestra a un otro -ubicado
o ubicable en un lugar simbólico, un padre, un maestro,
un juez, un analista- el objeto de su deseo. Le muestra
al otro y este puede fallar en su lectura, o en su interpretación.
Ese otro se muestra incapaz de reconocer el movimiento deseante
del sujeto.
Es una mostración porque fracasa -por parte de ambos,
el sujeto y el destinatario- la articulación significante
del deseo. Hay una falla en la cadena significante. No solo
algo había quedado a-dicto, no dicho, sino que ese
algo que se implanta en la escena, va a mantener por mucho
tiempo sólo el estatuto de señal, de algo
que impacta y no se entiende, es decir como algo inaudito.
Inaudito en su doble sentido: como lo escandaloso, como
lo enigmático, y como aquello que no ha podido ser
escuchado.
Por eso el acting tiene no solo un matiz de desafío,
de impacto, sino que es también una llamada a un
otro para que escuche, y por lo tanto tiene el valor de
un mensaje potencial, aún descifrado.
Ya en la clínica del acting, cuando hemos podido
darle espacio y un marco para que despliegue su mensaje,
podemos descubrir varidades o funciones diferentes. Asi
el acting tiene muchas veces las características
de un ataque histérico. Es la escenificación
de un drama y a la verz el imperativo de una descarga necesaria
que no encuentra otro modo de expresarse.
También, y en la linea de las neurosis, apunta a
lograr un llamado de atención en el otro. Es un afán
de seducir o de interpelar. Es una denuncia y un llamado.
Los que tengan lectura psicoanalítica recordarán
las sucesivas puestas en escena de la joven homosexual para
que el padre la viera del brazo de su amiga, la distinguida
cocotte. "Asi se ama a una mujer" era su mensaje
a descifrar.
Pero también sabemos de la recurrencia al acting
en las actuaciones de las estructuras perversas. La función
aquí es el armado de una escena en la cual el objetivo
es atrapar a otro sujeto, en general un neurótico,
para que ocupe el papel que soporte la experincia de su
escición, de su división subjetiva, es decir
que soporte su angustia. El perverso entra al acting en
un doble juego: el del reggiseur que arma el especáculo
y, en esa escena, ocupa el lugar de objeto de deseo, y no
el de sujeto. El perverso, desde ese doble lugar, se ubica
todo él al servicio de un goce que le es siempre
ajeno, de una goce que está en otro lado. Él
será solo -y ese es su éxito- el fiel intrumento
de esa espectativa del Otro. Por ejemplo el que hace sufrir
y padecer a alguien en pro de una causa, de una ideología
o de un mandato.
En ambos casos -neurosis y perversión- estamos ante
la presencia de artilugios que tienden a evitar, la mayoría
de las veces, la aparición de la angustia, pero también
la del dolor. Por eso es que cuando estos aparecen, cuando
se hacen presentes, en el marco del dispositivo terapéutico,
el paciente nos brinda la posibilidad de una intervención
posible, de una incipiente apertura a una ayuda.
El acting siempre tiene el apronte de una urgencia, una
precipitación del sujeto por encontrar un sentido
unívoco de si mismo y de lo que se espera de él.
Siempre está urgido por ser, de allí la frecuente
aparición en la adolescencia. Esta búsqueda
de una significación más consistente que el
que le aporta la palabra lo lleva a sostenerse en relación
con el deseo del Otro, no ya en su dimensión de saber
sino en la dimensión de una imagen que le aporta
un sentido.
¿Tiene sentido interpretar un acting? . En principio
no tiene sentido, porque el acting es ya una interpretación
del sujeto, es un significado que intenta darse -y amoldarse
a él- a partir de una organización fantasmática.
Además, si el sujeto ha quedado adherido a una imágen,
¿cómo interpretarla?. Más bien dos
cuestiones a resolver: la intervencvión pasa por
dar un marco para un despliegue posible. Ese marco tiene
que posibilitar que no se identifique al sujeto con su acting.
Un otro marco distinto al que se movía permite abrir
una escena distinta donde ver, escuchar y leer lo que le
ocurre.,
Permite también sintomatizar el acting: es decir,
incluir su sinsentido, quebrar ese sentido unívoco
en el que el sujeto había quedado adherido.
Dar marco es ubicar un límite. Pero un límite
no es solo un no, un esto no se puede, o no se debe. Esta
es una cara -necesaria- del límite. El límite,
como marco, produce un borde que es siempre un espacio de
articulación: es un no y es un si. Es, al modo de
la función paterna una prohibición y a la
vez una propiciación. No hay una sin la otra.
El acting y el pasaje al acto juegan siempre su partida
en relación a estos lugares de límite, de
borde. Por eso, en la clínica su incidencia tiene
siempre algo de des-borde, de extra-limitarse. Solo que
en cuanto se produce este desborde, en vez de dialectizarlo,
lo endurecen, lo hacen ménos dúctiles y plásticos.
De allí que la inhibición es muchas veces
el único camino encontrado para evitar el acting
y que el pasaje al acto, en su drama de caida, indique el
fracaso de esta función inhibidora.
Algo muy distinto, ym más preocupante, ocurre con
el pasaje al acto. Aquí no hay llamado al otro, sino
pérdida de la esperanza de encontrarlo. No hay un
intento de lograr una escena donde sostenerse, sino que
es un salto, una caída de la escena. En el pasaje
al acto vemos con mayor crudeza cómo, en esta clínica
de las adicciones, nos vemos enfretados muchas veces con
la dimensión de lo insoportable. El pasaje al acto
implica eso: la salida de una situación vivida como
intolerable y ante lo cual, muchas veces, no se encuentan
alternativas posibles.
Es detectable muchas veces porque si bién el pasaje
se reduce a una acción puntual -el matarse, el desaparcer,
el anonadarse- tiene un tiempo de preparación, de
preámbulos. En general se advierten dos cuestiones:
el incremento paulatino o acelerado de lo insoportable y
a la vez que esa situación ocupa cada vez más
espacio psíquico, domina todo el campo de la vida
de un sujeto.
El sujeto queda identificado a un desecho, a un resto que
solo le cabe caer y desaparecer. No cuenta con los dos soportes
necesarios para su sostenimiento: su deseo y sus ideales.
El deseo y el ideal del Yo, son los soportes en los cuales
uno puede transitar en la vida.
Que algo se halla tornado insoportable y que no se encuentre
salida da lugar a que en las habituales reacciones de esos
momentos este siempre presente la agresividad y la violencia.
Muchas veces contra el mismo sujeto: en su faz más
extrema la del suicidio, en sus variantes menores, la fuga,
el escape, la mentira y el engaño, la errancia sin
rumbo, o el acatamiento anonadante a los mandatos y directivas
de otros, a veces sin discriminación ni criterio.
Pero también la violencia se puede ejercer sobre
otros que, en su grado más extremo, puede llegar
a conductas criminosas.
La dirección de la cura aquí, y sin descuidar
aquello que es del orden del análisis, nos lleva
a lograr intervenciones que den cuenta fundamentalmente
de tres aspectos: marcar la presencia de un Otro que de
respaldo y garantías, pero que además no aparezca
como un otro omnipotente y sin fisuras. Por ejemplo, haciendo
notar la preocupación -aunque no se tengan respuestas-
que nos produce la situación del sujeto. También
la correspondencia y la articulación de esa situación
con el resto de su vida, para marcar un límite entre
aquello que lo ha encerrado y lo que queda como posible
lugares externos a esa situación. También
es necesario intevenir para sostener activamente el vínculo
transferencial y no dejarlo librado solo al paciente.
Al mismo tiempo las necesarias puntuaciones que separen
en el sujeto, la función subjetiva del atrapamiento
de su posición de objeto. Aquí la función
del terapeuta es ofrecer objetos para que el sujeto pueda
utilizarlos como sostén. Por ejemplo: su voz y su
mirada. También ofreciendo sentido e imagen, para
poder reconstruir o reconquistar ese escenario perdido o
a punto de perderse. Operaciones todas que no son sin palabras.
Por el contrario, lo ideal es que siempre una intervención
terpéutica funcione al modo de una interpretación,
dando soporte simbólico a la situación., junto
a las maniobras operativas que se utilicen.
Estoy hablando de situaciones extremas, tanto en la situación
vital de un sujeto como en la travesía de una cura.
Pero me intersaba destacar y diferenciar estas alternativas
porque creo que constituyen no solo obstáculos importantes
en la cura de pacientes adictos, sino porque lo creo el
modo en que nos posicionemos frente a estas cuestiones que
siempre nos apremian, depende muchas veces el destino posible
de un tratamiento que, no indecuamente, se la nombra como
de una clínica de la compleidad.
Buenos Aires, octubre de 1998.
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