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La ética en la clínica
de las toxicomanías
Sergio C. Staude
Son muchos los acontecimientos que actualmente al abrirse
nuevos campos de intervenciones terapéuticas, nos
recuerdan la imposibilidad de una práctica clínica
alejada de una ética. El compromiso ético
se plantea de dos modos diferentes: por un lado el de un
juicio valorativo sobre los acontecimientos en los nuevos
campos de intervención (nuevas formas de fertilización,
la violencia cotidiana, la corrupción, la drogadicción),
y a la vez aquella que especifica nuestra intervención
como terapeutas.
Esto es particularmente relevante en el amplio campo de
las toxicomanías dado que esa práctica conlleva
un desafío a normas morales y legales vigentes, que
generalmente despierta y promueve acciones de control y
de asistencia en los que sobreabundan prejuicios de orden
moral y pedagógico.
Se hacen notorios en la adjudicación de nombres
que siempre subsumen conceptos. La vaguedad de términos
tales como "droga" y "drogadicto" o
"toxicomanias" es tan evidente como lo son las
resonancias mágicas y demoníacas que tienen
en la actualidad.
Avanzar en la dimensión ética nos lleva a
ubicar el problema de las toxicomanías en el contexto
de las condiciones de subjetividad de nuestra época.La
proliferación y el desborde de estas prácticas
constituyen un síntoma social, en tanto que todo
síntoma tiene una cara signo, una faceta en que algo
se denuncia a alguien. Se denuncia un sufrimiento, una dificultad
personal,condiciones insoportables de la vida familiar,
o de las condiciones del malestar en nuestra cultura y civilización,
hablando de las búsquedas e incoherencias de nuestro
tiempo.
Como todo síntoma tiene también la dimensión
singular de un enigma, que puede estar dado por un secreto,
es decir por algo que tiende a mantenerse mudo, o por aquello
que excede el plano de las palabras y de las representaciónes.
También que ha tocado los límites del saber
de una época: la perplejidad ante estos hechos surge
no solo en los ámbitos de los profesionales de la
salud, sino también para los responsables de las
leyes , la jurisprudencia y la conducción política
donde se hace intricado resolver la cuestión del
"sujeto de derecho", respecto a la responsabilidad
y a las decisiones, en cada uno de estos campos.
La droga como recurso se va a ubicar en el punto de convergencia
de muchas de las lineas de tensión que caracterizan
la vida cotidiana actual.
Confluyen lo particular de nuestra actualidad con lo singular
de sus actores, vinculado a la conquista del derecho del
hombre moderno a defender la libertad de su vida psíquica,
de su cuerpo y de su goce frente a las exigencias y obligaciones
que les plantea -cada vez más
agudamente y con más peso- la vida en comunidad.
Descontectualizada de ciertas ceremonias ritualizadas -religiosas
o seculares- el consumo de drogas se ha enarbolado como
el derecho a una experiencia (de goce o de alivio de sufrimiento)
individual.
Es la acentuación de un derecho y a la vez un recurso,
una tentativa de solución frente a las condiciones
que se presentan como disyuntivas. Por un lado aquello que
se ha denominado /. 2
como "el principio de indeterminación"
de la vida democrática, es decir la condición
-y el derecho- de cada individuo de reescribir su propia
historia, de proyectar su destino, establecer su identidad
y su lugar en el mundo, sin estar "determinado",
en y por principio, por ninguna instancia religiosa, por
ningún orden natural ni consensual-jurídico,
aunque cada individuo se ajuste a una o más de estos
condicionantes de su libertad. Es el derecho a fundarse
a si mismo en en vínculo igualitario con el otro,
con el semejante, a constituirse, como decía Henri
Michaux "en torno a una columna ausente".
Esta condición abre las puertas a la perspectiva
de una independencia y una libertad que se suele desear
como ilimitada.
Pero por otra parte, su necesidad de autonomía lo
obliga a crear y sostener leyes que permitan mantener vínculos
con el semejante sin la ferocidad de las demandas pulsionales
no acotadas por la cultura. La pacificación y la
convivencia hacen necesario la creación de aparatos
jurídicos y administrativos encargados de "civilizar"
la convivencia y mediatizar la relación con el otro.
Esto abre el espacio de lo "social" que hace cada
vez menos tolerable las expresiones directas de la violencia
y del deborde pulsional.
Freud mostró, en el "Malestar en la Cultura",
cómo este logro de la civilización se realiza
al precio de trasladar el conflicto externo al espacio interior
de los sujetos. El malestar no es sino eso: la manifestación
de una subjetividad en lucha consigo misma, a la que se
le suma las exigencias de la sociedad, que también
pueden ser vividas como ilímitadas.
Las drogas operan en este punto de tensión y de
conflicto. Son sustancias artificiales buscadas como intento
de solución de conflictos que parecen irresolubles,
tratando de sostener nuestros proyectos de vida en una sociedad
que nos exige por igual nuestra propia determinación
y el adecuado control para convivir con el otro.
Crean y sostiene a la vez la ilusión de autonomía
y de libertad, dando origen, en muchos casos a la ilimitada
busqueda de libertad en el mundo privado de la propia subjetividad.
Esa falta de límites no se establece ni restituye
apelando a los mandatos de la moral. De hecho todas las
campañas de lucha y prevención apelan a ella
(o control moral o control sanitario). Su fracaso y su iatrogenia
son evidentes, la exigencia moral es tomada como la demanda
ilimitada del Otro social.
De este modo la esfera de lo privado, y la acentuación
del derecho a la propia determinación, y de su propio
camino de goce, se transforma en una pasión por si
mismo que suele tornar la vida de un sujeto en algo invivible.
El abismo de un mundo privado ilimitado se transforma en
el "pathos" del adicto.
Es ese "pathos" el que nos confiere derecho a
intervenir cuando una demanda nos convoca. Un deseo nos
sostiene en esa intervención: el de analista en tanto
la posibilidad de suponer una subjetividad allí donde
nada parece indicarlo. En esta situación la posición
ética está dada por la posibilidad de la singularización
en el tratamiento de la demanda. Tomo una frase leida de
terapeutas dedicados a esta problemática: "la
droga: una solución. El tratamiento: siempre un problema".
Lo ético pasa por no olvidar que el tratamiento que
le damos a la demanda y a la dificultad siempre tiene que
ser problemático. Es decir, siempre tiene que ubicar
el obstáculo que abre el camino de la praxis clínica.
Lo patológico de las adicciones es ese punto de
pérdida en la especificidad de un sujeto, cuando
ya no cuenta el derecho a su propia vida y a su goce, o
cuando no cuenta el derecho del /. 3
semejante y a los resguardos del Otro social en el que
nos constituimos. Sabemos que la solución de la droga
adquiere vigencia cuando sirve para diferenciarnos o para
defendernos. Ahí un adicto no establece una demanda
de curación y por lo tanto se ubica como inabordable.
Esto no invalida la especificidad ni la pertinencia de
la demanda de padres o educadores o de aquellos preocupados
por la situación, (que no es la misma que la de los
adictos) como tampoco la que surge de los caminos sin salida
con que se encuentran las instituciones o los terapeutas
que allí trabajan, tironeados entre un problemática
de dificil acceso y las demandas que desde lo social se
cierne sobre ellas.
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