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Un síntoma prêt-a-porter:
las adicciones
Sergio C. Staude
El síntoma en psicoanálisis
Retomo, sintetizando, algunas cuestiones centrales que
fueron planteadas en un texto que escribimos con Osvaldo
Couso "Las adicciones: el fracaso del síntoma"
(1).
Alli decíamos:
Los síntomas hablan, asi podemos definir el decubrimiento
freudiano en
la medida en que pone de relieve una verdad, singular y
fundante para cada sujeto, que el síntoma vela y
revela al mismo tiempo.
Esta verdad se presenta, en principio, como un significante
reprimido. Una representación reprimida -dirá
Freud- como un capítulo tachado o arrancado de un
texto. Lacan dirá que el síntoma es la metáfora
de una palabra amordazada.
En un segundo momento en la obra de Lacan, el síntoma
no será y un significante reprimido, sino aquello
que queda excluido de toda articulación significante.
Aquello que no puede ser dicho cuando algo se dice. El enigma
y el mito son modos de decir a medias esa verdad.
El síntoma, en su opacidad, encarna a una verdad,
pero como esa verdad es la de aquello que se excluye de
todo saber, el síntoma pasa a ser lo que se opone
a todo intento de totalización del saber. Es indicador
de que algo no anda, que no encaja.
Hay otro aspecto del síntoma que Freud conceptualizó
como "solución de compromiso" entre defensa
y satisfacción. Satisfacción que es pulsional
y que llamamos goce. El síntoma es entonces un recurso
y un atolladero. Por si mismo no permite una salida, pero
posibilita la transferencia. La transferencia del síntoma,
incluso como práctica y lazo social. abre la instancia
de una lectura, la posibilidad de recorrer los pasadizos
significantes donde se anudó un goce y produce un
"efecto de verdad". La transferencia es una senda,
una transformación posible. Que esto ocurra dependerá
de tres factores: 1) que el síntoma se haya podido
constituir, como recurso subjetivo, 2) que se pueda transferir
y, 3) la dirección de la cura que se adopte.
La dirección de la cura puede apuntar al descifrado
o al aplastamiento del valor que el síntoma conlleva.
La fuente de dificultad es entonces doble: la imposibilidad
singular de estructurar síntomas y de transferirlos,
o que la dirección de la cura, o bien el contexto
social en que se despliega, no permitan su lectura y su
tramitación.
Hay contextos sociales, o momentos históricos, en
el que el Otro social ejerce una presión muy grande,
pero no en la dimensión de la prohibición
del goce. como en la victoriana época de Freud, sino
en la demanda de goce. Cuando esta se ejerce sobre estructuras
en las cuales la función paterna no fracasó
totalmente pero no terminó de constituirse, nos encontramos
con lo que habitualmente llamamos comportamientos "locos"
(pero no psicóticos): los actings-out, los pasajes
al acto, las manifestaciones psicosomáticas, lo ataques
de pánico, las adicciones. Son pacientes que ubicamos
como "patologías de borde" por la imposibilidad
de constituir un borde a un goce que siempre amenaza con
una invasión devastadora.
Hay siempre un factor cuantitativo difícil de calcular:
por el lado del sujeto la labilidad de posicionamiento subjetivo;
por el lado del Otro social la presión del empuje
al goce. Del interjuego de ambos factores dependerá
el éxito o el fracaso del síntoma.
Hasta aquí la referencia de aquel trabajo
El fracaso del síntoma
En estos pacientes encontramos un equilibrio inestable,
que se perpetúa en un tiempo en el cual el síntoma
no logró estructurarse o no logró ser tramitado,
lo que inevitablementre lleva a que caduque o se diluya
su función. Es el tiempo que podemos llamar del fracaso
del síntoma.
Ese tiempo en el que el síntoma fracasa es posible
situarlo a partir de la matriz de doble entrada con el que
Lacan trabaja el tríptico freudiano de inhibición,
síntoma y angustia. La matriz permite ubicar el inicio
de un movimiento desde la inhibición que abre el
entendimiento a las patologías del acto (el agieren
freudiano) siempre presente en las adicciones. Presente
como acto evitado o inhibido, o en la misma acción
de drogarse al modo del acting-out o al dramático
pasaje al acto.
Esta matriz esta desplegada en el Seminario X: "La
Angustia" (2). Es esta:
Los tres términos no son homogéneos y por
lo tanto fué preciso ubicarlos en columnas e hileras
distintas. El pasaje de uno a otro no es "natural",
requiere siempre de una operatoria.
No voy a a entrar en el detalle de esta matriz, pero destaco
lo siguiente: hay un recorrido que parte de la inhibición
-la un acto que tramita un deseo- que puede desembocar en
el acting-out o en el pasaje al acto, sin que llegue a constituirse
como síntoma y que evita, al mismo tiempo, el despliegue
de la angustia.
La posibilidad de intervenir cuando el impedimento o el
desborde emocional nos requieren abren el camino para trasformarlo
en síntoma. La turbación y el embarazo nos
indican que estamos cerca del desbarranco del pasaje al
acto. Cuando el sujeto permance en estos circuitos sin acceder
al arreglo transaccional del síntoma no se establece
el tiempo de espera, de demora, de apertura al tiempo de
comprender, desembocando en los comportamientos "locos".
En el Seminario mencionado hay dos referencias que quiero
destacar porque llevan al centro de lo que quiero tratar.
La primera dice asi: "El síntoma necesita de
la transferencia para ser interpretado [para que diga su
verdad], pero en principio no necesita de ustedes -los analistas-
como el acting-out" (3). Es decir, el acting-out nos
convoca, requiere algo de nuestra presencia. Algo que al
no poder ser expresado en palabras, al no poder ser estructurado
como una demanda de ayuda, se muestra, se da a ver. El acting-out,
como el agieren en Freud, tiene algo de acción, pero
también de puesta en escena, es una llamado, dramático
y ruidoso, para que alguien le permita a ese sujeto, en
peligro o sufriente, sostenerse en una escena.
La segunda referencia es casi el corolario de la primera:
[el acting-out] "es, a diferencia del síntoma
un esbozo de transferencia, es la transferencia salvaje"(4).
Las adicciones como un síntoma préte-a-porter.
La dificultad central en el tratamiento psicoanalítico
de las adicciones está en que, en la mayoría
de los casos, no se hacen representar -ni ellos ni a su
problemática- por la palabra. Es más, son
quienes acentúan el caracter ficticio - que interpretan
como mentirosa- de la palabra. La palabra siempre puede
mentir. La droga no. Son sujetos que buscan respuestas de
un modo perentorio, impaciente, generalmente antes de saber
cuáles son las preguntas que los apremia. En otras
ocasiones la utilizan precisamente para no saberlo. Buscan
un remedio en la droga sin saber de qué están
enfermos.
Pero la droga aparece aquí, más que en la
dimensión de estrago, de peligro o de desafío,
como un recurso. Un recurso que intenta lograr un mecanismo
de autoconservación, que es siempre paradojal y la
búsqueda de engendrar un cuerpo distinto, diferente.
Recursos del ego en quienes está menoscabada tanto
su impronta narcisista como el sostén fantasmático
de sus deseos. Dudan de ellos y no saben qué desean
("no sé lo que quiero, pero lo quiero ya",
es una frase que popularizó un cantante de rock en
al Argentina).
El recurso es paradojal y está siempre al borde
del naufragio. Sin embargo la clínica nos indica
que logran durante mucho tiempo, una estabilidad y una constancia
notables. Por eso surge el interrogante de si algo, en esta
estabilidad, reemplaza a la insuficiencia y a la inoperancia
sintomática. Es un recurso que dice de la imposibilidad
del síntoma, pero que también puede ser tomado
como una diferente "envoltura formal" cuyas características
tenemos que indagar, al igual que la especificidad de su
modalidad de goce.
Si es una nueva envoltura formal, podemos pensarla como
un recurso frente a las demandas del Otro y constituye una
incipiente metaforización subjetiva. Envoltura formal
que no es una formación del inconciente, sino una
formación del yo.
Este "seudo-síntoma" tiene caracterísitcas
particulares: no tiene una historia significante que lo
sostenga. No está entramado, como los síntomas,
de las marcas significantes de los desos y sus luchas. Es
una solución encontrada ya hecha, ofrecida por el
entorno social, apta para los más disímiles
conflcitos, y utilizada por las diferentes estructuras psicopatológicas,
que se busca una y otra vez en momentos de inanidad subjetiva.
Un tapa agujeros siempre disponible. William Bourroughs
lo decía con precisión: "para qué
decir nada, ya que NADA OCURRE JAMAS en el mundo de la droga"(5).
No hay relato, ni trama discursiva.
Al no tener dimensión significante no resulta operativo
intervenir desde la interpretación. El efecto de
verdad que este conlleva no produce cambios ni modificaciones.
Pero siempre es posible tomarlo en su valor de indicador
de malestar y de cambios subjetivos. Cuándo ocurre,
frente a qué acontecimientos, entre quienes ocurre.
O como signo de salidas extremas "lo único que
quería era no pensar, borrar de mi cabeza todo pensamiento".
Tomado como recurso necesita la reiteración de un
complejo operativo, (siendo la ingesta solo un aspecto del
mismo) y que requiere siempre un montaje de componentes.
La droga, su adquisición, el tráfico que la
rodea, la ceremonia (solitaria o comunitaria), los cómplices
y destinatarios, etc. A diferencia del síntoma que
dice de la escición subjetiva, aquí se trata
de "dar forma" a un ego que intenta paliar la
amenaza de algo insoportable.
Qué es aquello insoportable y cual es la defensa
frente a esa amenaza es lo que va a producir diferenciaciones
dentro del "sintoma préte-a-porter", distinguiendo
montajes con objetivos diferentes.
En los casos más extremos, bodeando episodios psicóticos,
es un recurso buscado para evitar que una estrucura se desanude
y desmorone. En otros casos, ni tan graves ni tan extremos,
es utilizado para construir y sostener una máscara
yoica, un articulado imaginario que sostiene una acción.
Esa máscara intenta paliar la emergencia de angustia,
o evitar el dolor, o sale al cruce de inhibiciones que detienen
a un sujeto en un impedimento que precipita en sufrimiento,.
En estos últimos casos la droga permite ocultar
la existencia de síntomas que angustian y perturban
al poner en evidencia la inevitable división subjetiva.
La máscara armada por esas impostaciones -que la
eficacia de la droga ayuda a sostener- facilita un blasón
y es una contraseña habilitante de un particular,
e inestable, lazo social
La máscara necesita de la reiteración de
una operación y de un montaje que implican siempre
el compromiso -ingenuo o cómplice- de otros. Si bien
el efecto de la droga lleva al ensimismamiento subjetivo
-en la sueñera o en la actividad casi maníaca-
los medios de reproducción del montaje requieren
siempre de un otro: el compañero con el que se anima
a empezar, el proveedor, el grupo de adictos, el entorno
familiar. Nunca hay un adicto aislado.
El recurso es siempre complejo y ahí radica muchas
veces sus posibilidades de fracaso.
La principal es que si bien es un recurso de estabilización,
es también un medio de goce. Lo que plantea varios
problemas. Por un lado no sabemos de qué goce se
trata. Es autoerótico, pero no guarda relación
con el goce fálico. No hay una zona erógena
implicada y la droga no constituye un objeto pulsional.
No tiene nada de arrancado al cuerpo del Otro ni con las
zonas del propio cuerpo. Es, si cabe otra paradoja, un goce
incorporal aunque necesite del cuerpo como escenario y como
laboratoria de experimentación.
Remedo pulsional, remedo identificatorio y de lazo social,
impostación de un narcisismo fracasado, el "síntoma
préte-a-porter" intenta solucionar esos déficits
y apela a aquello que la cultura y lo social le ofrecen
listos para usar, características que nos dicen,
al mismo tiempo, de las modalidades imperantes del Otro
social.
La enseñanza de los montajistas.
Si el acting-out podemos definirlo como el arte de poner
en escena una queja o un sufrimiento, la intentona del análisis
es alcanzar "el arte de producir una necesidad de discurso"
(6). Que el decir se constituya en una necesidad y que sea
necesaria (lógicamente) implica que la palabras tenga
una presencia real. En la dirección de la cura ese
propósito es buscado, desde su inicio, en la posibilidad
que abre el síntoma en transferencia, y consiste
en llevarlo hasta el límite donde "la envoltura
formal del síntoma se invierta en efectos de creación".
El límite lo da la constatación de que el
síntoma es precisamente una estructura formal que
envuelve una materia gozante, y por lo tanto es posible
transformarlo y hacerlo producir más allá
de las formas preexistentes en el Otro.
Precario y prefabricado, el montaje adictivo intenta construir
una envoltura formal que envuelva el goce, si bien el goce
encontrado suele invadir o desbordar los intentos de formalización.
Las alternativas que buscamos para tramitar las adicciones
al consumo de droga son las de reubicar aquello que este
esconde de síntomático, o bien, dada su imposibilidad,
será un llamado y un intento de construirlo.
La clínica nos advierte que no es infrecuente que
sea el mismo montaje adictivo el que se transfiere, en vez
del síntoma, de un modo complejo, confuso y siempre
con caracter'sitica de una demanda perentoria. ¿Cómo
producir allí un borde?, ¿cómo crear
una necesidad de discurso?.
Tomarlo como un montaje implica ya la posibilidad de desmontarlo.
La pulsión es un montaje, el fantasma, los soportes
yoicos y las modalidad de lazo social también lo
son. La ruptura de los adictos con el goce fálico
intenta constituirse como una modalidad diferente de goce
en su intento de hacer aparecer en su propio cuerpo, un
cuerpo más allá de las imagenes y de las palabras
que lo enmarcan, algo que exceda la parcialidad pulsional
y la división subjetiva.
Se busca un salto a la infinitud, a un "todo es posible"
o "no hay barreras" en la que el adicto busca
afirmar su singularidad y su derecho al goce. Se busca un
sujeto libre de cualquier amarra de sujeción al Otro
(social, de la cultura, del lenguaje). Las adicciones son
un intento de conmover las fijezas de las fijaciones fantasmáticas
en un movimiento que no se produce sin angustias ni sufrimientos,
que lleva facilmente a producir situaciones similares al
del "brote psicótico" o al más común
"ataque histérico", y que le confiere al
adicto el estatuto de un "loquito" sin que, en
general, lleve a la psicosis e, incluso, defendiéndose
de esta.
Cuando el montaje espontáneo fracasa, cuando llega
a límites insoportables para el mismo adicto o para
quienes lo comparten, rápidamente se vuelve a estructurar
otro a su alrededor. Se crea una nueva red para evitar la
caída al vacío. A veces estos montajes terapéuticos
no hacen sino reproducir y acrecentar las mismas características
el montaje previo. Pero en muchas ocasiones permite crear
escenarios diferentes donde es posible leer lo enigmático
de la adicción en la medida en que esta puede empezar
a hablar.
Esto no se logra solo producirendo una ampliación
o fortificación del yo, promoviendo nuevas figuras
de identificación, más completas o mejor ajustadas.
Se trata más bien de establecer un nuevo espacio
imaginario en el que pueda desarrollarse la dimensión
de los síntomas, como un interior externo y extraño
del mismo sujeto. Proyección de una superfiecie que
permite acontecimientos y que sirve para establecer puentes
entre las formaciones narcisistas y la sublimación.
El analista debe intentar poner al paciente en relación
con su movimiento pulsional a fin de organizar bordes que
circunscriban objetos. Esos objetos serán los buscados
por el deseo. Por eso lo buscado, como los "montajistas"
es lograr el advenimiento de un objeto sobre la escena analítica,
acto inaugural de la transferencia. Entre el analista y
el paciente debe ubicarse una formación que en un
comienzo se asemeja a un cuerpo extraño.
Por eso menciono la enseñanza de los montajistas,
pensando en los dispositivos del montaje cinematográfico
que van logrando una gramática y el inicio de un
derrotero narrativo a partir, precisamente del corte y del
ensamble de escenas, operaciones hechas sobre la dimensión
imaginaria misma, que va adquiriendo dimensión significante,
creando condiciones para producir una "necesidad de
discurso".
New York, Febrero de 1999
Sergio C. Staude - Huergo 295 - 2 "B" - (1426)
Capital Federal - Rep.Argentina - T.: 54 (11) 4772 - 8028
(p). - 54 (11) 4772 - 0031 (c).
Bibliografía
1) Osvaldo M. Couso, Sergio C. Staude ; ""Las
adicciones: el fracaso del síntoma", Rev. Contexto
en psicoanálisis. No 2. , pag. 95
2) Jaques Lacan: Seminario X, "La Angustia".
Inédito. Circulación interna de la Escuela
Freudiana de Buenos Aires. Clase 14/11/62
3) Op. Cit Clase del 23/1/63.
4) Op. Cit. Clase del 23/1/63
5) William Bourroughs: "El almuerzo desnudo".
Ed. Leviatán, pag. 14
6) Jaques Lacan: Seminario "...o peor...",Inédito.
Circulación interna de la Escuela Freudiana de Buenos
Aires. Clase 19/1/72
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