
Lic. Sergio Staude
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La drogadependencia y el psicoanálisis
Sergio C. Staude
Voy a indicar algunos de los aspectos que me parecen cruciales
en la problemática de las adicciones, para poder
abrir el intecambio con lo colegas del panel y del público.
1) La complejidad...
...del fenómeno y el enigma de la adicción
a las drogas hizo necesario el abordaje desde diferentes
discursos: el antropológico, el sociológico,
el ético-jurídico, el epidemiológico,
el médico, el educativo, y las variantes posibles
de las propuestas psicoterapéuticas, pensando que
de este modo se respondía a dicho enigma.
Podemos coincidir que el tema abierto por el consumo abusivo
de drogas es un tema por lo demás complejo ya que
son muchos los problemas con los que nos enfretamos tanto
en el terreno de la producción teórica como
en el de la clínica.
Pero es aún más válido, que ubiquemos
esta problemática en lo que se denominan las ciencias
o los paradigmas de la complejidad, diferenciandolas de
aquellas otras que requieren de una acción reduccionista
para establecer y fijar su campo de operatoria. El ideal
reduccionista, simplificador, elementalizador, se encuentra
a diario con los obstáculos que el enigma adictivo
pone de relieve su impropiedad.
El psicoanálisis no ha dejado de participar muchas
veces de este reduccionismo impropio, y no fueron pocos
los años en que relegó su operatoria al campo
del saber médico o al educativo. Sin embargo fué
siempre una posición freudiana la que nos acostumbró
a transformar los obstáculos en fuente de creación
y descubrimiento, abriendo las ventanas del análisis
allí donde la fijeza de una única representación
fantasmática de la realidad, parecía conformarnos.
Aquí es donde se abre la riqueza de la complejidad
hallada en los fenómenos más simples y cotidianos.
Fueron precisamente en los "desechos" que el psicoanálisis
abrevó con su indagación para desarrollar
una concepción que subvierte la pretensión
de cualquier intento reduccionista, a la que podemos denominar
como omnisimbólica. Esta perspetiva que puso su acento
y su pretensión de subsumir lo real exclusivasmente
a la dimensión simbólica, dejando de lado
su articulación de esta con las registros de lo real
y lo imaginario.
Si el engima nos ha abierto interrogantes para pensar nuestra
teoría y nuestra clínica, es también
destacable aquella propuesta que nos dice que el psicoanálisis
avanza no solo por los bordes que va extendiendo, sino también
en la profundización de sus fundamentos. No es ajena
a la posibilidad de escuchar y de entender lo a-dicto de
las adicciones una vez que se ubicó a la articulación
los tres registros -real, simbólico e imaginario-
como lo fundante en la clínica.
2) El factor común ...
...que en el centro de los discursos que escuchamos sobre
las adicciones, -y del que suelen no estar ausentes los
psicoanalíticos- esté puesto el acento en
la eficacia -negativa- de la droga y los efectos que esto
produce. A tal punto es así que el toxicómano
mismo es uno de sus efectos. Las consecuencias de las concepciones
más habituales es que suelen culminar en la deposición
del acto del sujeto, donde la droga se transforma en el
verdadero sujeto de la acción.
Podemos hacernos la pregunta de si el psicoanálsis
puede o no abrir interrogantes en un sujeto que mantiene
una relación -siempre singular- con el tóxico.
Es en esta singularidad donde se va a jugar una apuesta
posible para el psicoanálisis.
3) El analista en su práctica....
.... se encuentra cotidianamente con la necesidad de decidir.
En esta instancia juega siempre su acto. ¿Cómo
o qué decide?. Esta clínica tiene algo de
paradojal porque tiene que tomar decisiones allí
donde su saber no garantiza totalmemente ese acto. Es con
su deseo que debe advenir al lugar vacante de la estructura
al que lo invita cada escena particular con la que se enfrenta.
Deseo de analista que puede ser definido de diferentes maneras,
de las cuales elijo esta: es mantener como eje de su intervención
la suposición de un sujeto.
Esto es clave en un doble sentido: porque la adicción
como práctica es un intento de hipertrofiar la dimensión
subjetiva, acentuando un derecho al goce, pero lo que logra
es anonadarlo. También lo anonadan la mayoría
de los discursos que se tejen a su alrdedor intentando definirla.
4) El consumo ...
...de diferentes tipos y efectos de toxicicidad que se
agrupan habitualmente bajo el nombre de "droga"
suelen despertar con llamativa celeridad el imaginario de
la descomposici'ón social y el de la decadencia física.
Imaginario no quiere decir falso, la realidad cotidiana
está formada por estos imaginarios que se plasman
en realidades concretas, muchas veces penosas.
Estos efectos dan origen a lo que podemos llamar tres dimensiones,
o tres sentidos del síntoma: el síntoma social,
el síntoma médico y el psicoanalítico.
La drogadependencia es sin duda un síntoma social,
un indicador del malestar en la cultura. Nos dice que algo
allí no anda. Si tenemos en cuenta lo que produce
en los cuerpos y hasta en la vida de los adictos, no vacilamos
en ubicarlo tmbién como síntoma para la mirada
médica.
Llama la atención que la incognita sobre el porqué
y el para qué alguien se droga se transforma en certeza
cuando el adicto golpea, con su acto al cuerpo social y
su propio organismo. Algo ahí parece encontrar un
límite que, muchas veces, no logra producir un borde,
es decir algo a ser articulado. Las respuestas y las intervenciones
no se hacen esperar, como si ahí se ubiese encontrado
una respuesta y un saber hacer. Sin embargo la incognita
del porqué retorna dramática desde el mismo
adicto o desde los familiares, o personas cercanas.
5) El síntoma...
...para el psicoanálisis abre a otra dimensión.
Su novedad nos abrió el campo de la observación
y el de la intervención clínica, pero a la
vez nos hizo saber que hay otras manifestaciones del padecer
en las que su injerencia y eficacia no se cumplen. Las adicciones
se presentasn como una de estas excepciones.
La definición de síntoma como formación
del incoconciente tiene una doble acepción: por un
lado refiere al proceso productivo y a la vez como producto.
Como producto tiene una dimensión de signo (queja
y denuncia) y una dimensión significante que dacuenta
de la singularidad de la inscripción significante.
Esta es la que especifica nuestra clínica, ya que
dice de la presencia de un sujeto escindido, dividido, entre
la representación y lo representado, siempre en disciordia
consigo mismo, que es lo que el síntoma intenta paliar
y que a la vez denuncia.
La quiebra o la imposibilidad en la conformación
de síntomas es habitualmemnte tomado como un obstáculo
para el establecimiento de la transferencia, y por lo tanto
para la dirección de la cura.
6) No se hacen representar por la palabra...
...ni es lo que los ubica -cuando lo hacen- en la escena
del análisis. Si en cambio la son las actuaciones,
en el doble sentido que Freud adviertió: como acción
y como representación. Acciones muchas veces transgresivas
o al borde de la ley. En otras ocasiones son los excesos
o los abusos de alcohol, drogas, comida e incluso la restriacción
de comer, quienes hablan por ellos, como también
el disfrute del peligro y la excitación del riesgo.
Son sujetos que buscan respuestas de un modo perentorio,
impaciente, generalmente antes de saber, a ciencia cierrta,
cuales son las preguntas que los apremian. Buscan remedio
y no saben cual es su enfermedad, de qué padecen
7) Un síntoma prét-a-poter: las adicciones
La pregunta que nos retorna desde la clínica es
si la apelación a la droga como recurso de estabilización
y de acotamiento de goce dice solo de la imposibilidad de
constituir un síntoma o bien se trata de algo cuya
"envoltura formal" aún tenemos que precisar,
como también la especificidad de su modalidad de
goce.
Si se trata de una nuevas envoltura formal, es ya un recurso
frente a las demandas del Otro y una incipiente meteforización.
Este "seudo-síntoma" tiene características
particulares, por ejempo, no tiene historia significante
que lo sostenga. Es solo una solución encontrada
ya hecha, ofecida por el entorno social, y vuelta a buscar
en momentos de inanidad subjetiva, cuando no hay otras soluciones.
Un tapa-agujero siempre disponible.
Al no tener dimensión significante no es útil
intervenir desde la intepretación. El efecto de verdad
que este conlleva no produce cambios ni modificaciones.
Pero siempre es posible tomarlo en su valor de indicador
de malestar y como mojon de un cambio en la subjetiviad:
"Lo único que quería era no pensar, borrar
de mi cabeza todo pensamiento".
Indicador de un recurso extremo encontrado para evitar
que una estructura se desanude y desmorone. O en otros casos,
los más habituales, estamos ante la construcción
de una máscara yoica, es decir un articulado imaginario
que sostiene un montaje de acción.. La máscara,
que la droga ayuda a mantener, es la que intenta paliar
la emergencia de la angustia, del dolor o bien es lo que
sale al cruce de inhibiciiones que detiene a un sujeto en
un impedimento y en un punto de sufrimiento.
La adicción permite ocultar la existencia de síntomas
que angustian o perturban porque ponen en evidencia la división
subjetiva. La máscra armada por impostaciones yoicas
y efectos de droga, facilita un blasón y es una contraseña
habilitante de un particular lazo social. Ahí se
enlaza la simulación de una adaptación fingida
y rechazada. Esta máscara, utilizable como recurso,
es cpaz de lograr una estabilidad efectiva y prolonada en
el tiempo aunque no ofresca igual estabiliad y consistencia
que el síntoma, en tanto no logra hacer anidar allí
un proyecto subjetivo. En general no es una fomción
de compromiso sino de ruptura, pero no con el Otro, sino
con las condiciones contraactuales del goce fálico.
Es una formación de discordia que hay que sostener
en su pertinaz inestabilidad, en su eminencia de naufragio.
Esta máscara necesita de la reiteración de
una operación y de un montaje que lo sostenga, un
artefato que permita el encuentro y su utilización
cada vez que sea necesario. Este monataje implica siempre
el compromiso -ingenuo o cómplice- de otros. Si bien
el efecto de la droga lleva a un ensimismamiento subjetivo
-en la sueñera o en la actividad casi maníca-
los medios de reproduccción requieren siempre de
otros: el compañero con el que se anima a empezar,
el grupo de adictos, los proveedores, el entorno familiar.
Nunca hay un adicto aislado.
El recurso suele ser complejo y ahí radica muchas
veces las posibilidades de fracaso.
Lo logrado como encuentro con el goce nos plantea otro
problema a dilcidar: ¿de qué goce se trata?.
Tiene características autoeróticas sin embargo
no se conjuga con aquel que es propio de la emergencia fálica.
Cuando la fuente pulsional se encuentra sin referencia fantasmática
queda referida a la necesidad como un modo de acotarlo y
de darle cierta estatuto de metáfora. Como dice un
slogan publicitario: "lo importante es la sed".
Tampoco es fácil discernir cuál es la zona
erógena implicada. La droga no es un objeto pulsional,
no tiene que ver con algo arrancado al cuerpo del Otro,
ni con las zonas del propio cuerpo. Es, si cabe otra paradoja,
un goce incorporal aunque necesite del cuerpo como escenario
y como laboratorio de experimentación.
Remedo pulsional, remedo identificatorio y de lazo social,
impostación de un narcisismo fracasado, el sintoma
prete-a-porter, inenta solucionar esos déficits y
apela aquello que la cultura y lo social le ofrecen ya listos
para usar, características que nos dicen, al mismo
tiempo, de las modalidad del Otro social.
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