NUEVOS CONTRATOS: ¿FLEXIBILIZACIÓN
PSICOANALÍTICA?
(PANEL EN LA JORNADA 2001 DE LA CARRERA DE ESPECIALIZACION
EN CLINICA PSICOANALITICA CON NIÑOS Y DOLESCENTES DEL COLEGIO
DE PSICOLOGOS DE MORON)
Lic. Carlos Saavedra
Conviene aclarar desde el principio que el término “flexibilización”
fue elegido con toda mala intención. Con la proverbial
fascinación de los argentinos por el eufemismo, en los
últimos años se lo ha usado discrecionalmente para
connotar, en el ámbito laboral, significaciones opuestas
según cómo se lo aplique. Flexibilización
salarial, por ejemplo, implica disminución. En cambio,
flexibilización de las condiciones laborales significa
aumento de las horas de trabajo.
En nuestra tarea como analistas, una significación posible
(y no la peor) para flexibilización psicoanalítica
podría ser: Trabajar cada vez más para ganar cada
vez menos. Esto nos dejaría alineados con el resto de los
que aún tienen trabajo.
Otra significación (letal) para esta flexibilización
la desplaza hacia lo religioso, dado que puede traducirse como
herejía y, por lo tanto, corremos el riesgo cierto de ser
excomulgados.
Los dos ejes de este trabajo tendrán en cuenta ambas significaciones
y podrían enunciarse de este modo:
1) Cambio en las condiciones de trabajo: Horarios, honorarios,
frecuencia (continuidad y discontinuidad), modos de pago directos
e indirectos (terceros pagadores).
2) Cambio en los dispositivos: Diferentes abordajes sucesivos
y paralelos. Intervenciones multidisciplinarias y el lugar del
analista.
Trabajando con adolescentes, familias y parejas en situaciones
de riesgo, en el ámbito institucional, debo enfrentar estas
cuestiones y los interrogantes que generan casi cotidianamente.
Por otra parte, la frase inicial del título: “Nuevos
contratos” incluye, de un modo u otro, una reflexión
sobre las condiciones actuales de la clínica en las que
el “caso por caso” implica considerar, ante todo,
los modos en que es posible configurar el dispositivo analítico.
Los “viejos contratos”, a los que inevitablemente
nos remite una lógica binaria de la que hablaremos más
adelante, eran más previsibles. De hecho, podían
establecerse generalizaciones que ocupaban, invariablemente, los
primeros capítulos de cualquier texto de “Introducción
a la técnica”
Sobre técnicas y experimentos
Quiénes comenzamos nuestra formación a principios
de los 70 aprendimos el Psicoanálisis a modo de un “combo”
en el que las 3, 4 o 5 sesiones semanales “venían
con el paquete”, los psicólogos éramos parte
de los “legos” y las instrucciones sobre técnica
asemejaban la sesión analítica a una prueba de laboratorio.
Era aún motivo de discusión cambiar un cuadro en
el consultorio, pintarlo de otro color o atender un día
con traje y otro con jeans. Las variables que ordenaban el setting
de la sesión debían permanecer fijas, de modo tal
que todo cambio dependiera, por entero, del paciente.
Hijo del positivismo y generado en el campo de la medicina, el
Psicoanálisis no podía escapar de las condiciones
de “objetividad” que reclamaba, por entonces, el método
científico. Del mismo modo, todo aquello que excediera
el espacio de la relación analítica (de a dos) formaba
parte del “contexto”, social o familiar, que debía
mantenerse por fuera de la misma, dado que su inclusión
“contaminaba” el análisis, a veces con una
virulencia tan temida como lo es hoy la del ántrax.
El diván, los 50 minutos, el pago de las sesiones suspendidas
con o sin aviso previo y de las vacaciones, cuando el paciente
osaba tomarlas en enero o marzo parecían tan decisivos
como la formación misma y ponerlos en cuestión semejaba
un crimen cuyo castigo adquiría la forma una sentencia
inapelable (y aún hoy vigente): “Eso que vos hacés
no es Psicoanálisis” (Léase aquí: excomunión).
La inclusión del Psicoanálisis en el hospital público,
a partir de la experiencia de Goldberg en el de Lanús y
la designación de Enrique Pichón Riviere en la Dirección
del Borda, el acceso pleno de los psicólogos a la formación
analítica y las experiencias comunitarias que ya venían
desarrollándose no estaban aún en el centro del
Paradigma Psicoanalítico (según el modelo de Khun),
centrado en la atención de pacientes privados, en el consultorio
y de a uno.
Aún así, esas experiencias comenzaron a instalar
un debate que puso en cuestión la exclusión de la
Psicosis del campo del Psicoanálisis, el lugar del dinero,
el uso del diván, las sesiones de tiempo fijo y, aún,
la atención de familias e, inclusive, de grupos.
La Lógica del Uno
La formidable practicidad de Parménides y Aristóteles
se impuso decisivamente en la construcción del pensamiento
occidental. La ciencia no difiere del sentido común en
cuanto a la lógica de sus enunciados. Los principios de
identidad, no-contradicción y tercero excluido comandan
nuestro modo de pensar de modo tal que estamos convencidos que
pertenecen a la “naturaleza de las cosas “.
José Pablo Feinman, en su artículo “La Guerra
de los Mundos” publicado en Página 12 del 7/10/01
dice:
Es Parménides, inspirándose en Hesíodo, quien
habrá de escribir un poema épico cuyo título
es: Sobre la Naturaleza. Y cuyo pasaje acaso más célebre
es el que sigue: “El Ser es increado e imperecedero, puesto
que posee todos sus miembros, es inmóvil y no conoce fin.
No fue jamás ni será, ya que es ahora, en toda su
integridad, uno y continuo. Porque, en efecto, ¿qué
origen podrías buscarle? (...) Por tanto, o ha de existir
absolutamente o no ser del todo (...) No es igualmente divisible,
puesto que es todo él homogéneo (...) Nada hay ni
habrá fuera del Ser”. En suma, el Ser es Uno, el
Ser es eterno, el Ser no tiene principio ni fin, el Ser es inmóvil,
el Ser es la Verdad y el Bien. Se argumentará que en ese
Mediterráneo de los orígenes también estaba
Heráclito y su río y la imposibilidad de bañarse
dos veces en él porque no cesaba de fluir. No obstante,
la centralidad retorna una y otra vez en la filosofía de
Occidente.
¿Qué es lo que constituye a lo Uno en Uno? Lo Uno
se opone a la diferenciación. A la multiplicidad. A la
pluralidad. La doctrina de la Verdad, en Parménides, basándose
en lo Uno, señala que lo Uno jamás será lo
múltiple, y verá en lo múltiple el reino
de la ilusión, de la opinión. Todo aquello que no
es el Ser será lo que no es y será lo falso, lo
ilusorio, lo inexistente..)
De los principios ontológicos de identidad (“El Ser
es”), no-contradicción (“Nada puede ser y no
ser”) y tercero excluido (“Algo debe Ser o no ser,
no hay una tercera posibilidad”) se deducen los principios
lógicos que fundan el pensamiento occidental e impregnan
la teoría del conocimiento hasta la modernidad. Hasta no
hace mucho, se denominó “Método Científico”
a un modo único de ordenar los conocimientos, sostenido
en los principios de esta lógica formal.
En el Psicoanálisis este modo de construir ordenó
las producciones de manera ostensible:
1) La lógica del Uno determina que nos ocupemos “de
a uno” del extravío que produce el lenguaje. Aunque
llamemos a ese “uno” individuo, persona o sujeto y
aún sujeto del inconciente, lo pensamos como una entidad
cerrada, completa o camino en camino a completarse.
2) Los principios de no-contradicción y tercero excluido
determinan una lógica binaria. Ejemplos: presencia / ausencia;
mundo interno / mundo externo; sujeto / objeto; pecho bueno /
pecho malo; actividad / pasividad
Este breve recorrido pretende fundamentar la dificultad, el rechazo
y, aún, el escándalo que suele producir en el campo
del Psicoanálisis la inclusión del tercero. Me interesa
considerar a este tercero desde tres ángulos:
1) El tercero familiar, lo que alude al análisis multipersonal
2) El tercero pagador, lo que incluye a las instituciones, obras
sociales, prepagos.
3) El tercero-otro profesional, lo que apunta a la interdisciplina
y multidisciplina.
El Tercero Familiar
Un antecedente:
“Comentaba Donald Winnicott que en sus primeros años
de pediatra entró corriendo a su consultorio un niño
que, adelantándose a su madre –que había quedado
rezagada por los pasillos de acceso–, se plantó frente
a él, y le dijo: “Doctor, mi mamá me trae
porque se queja de un dolor en mi panza”. Este episodio
permaneció en él, para ser retomado en uno de sus
primeros escritos psicoanalíticos en el que habla de ciertas
madres hipocondríacas a quienes les duelen sus hijos...
Con esta temprana experiencia, Winnicott aprendió que nadie
puede empezar a vivir su vida si no encuentra su propio sufrimiento
y los recursos necesarios para hacerse cargo de él.
En otra ocasión –ahora, poco antes de morir–,
una muchachita anoréxica le cuenta un sueño: “Se
ve caminando hacia su madre que está sollozando en un sillón,
va hacia ella con el fin de calmarla, pero cuando está
por llegar, se despierta...”. Winnicott duda que esto sea
realmente un sueño, pero señala que, en todo caso,
lo más importante de éste es que la paciente se
despierta antes de llegar a su madre: por fin rechaza hacerse
cargo del sufrimiento de ésta. En un extremo y otro de
su vida y de sus desarrollos teórico-clínicos, este
tema insiste: nadie puede transformar en un sueño propio
las pesadillas ajenas.”
Estos son buenos ejemplos para pensar el modo de aparición
del tercero en un análisis individual. Discernir el lugar
de un niño en el sufrimiento o en el discurso de una madre
o en la historia de una familia es una tarea central del analista
de niños. Poder escuchar el relato en una entrevista con
padres o en una sesión familiar implica, entre otras cosas:
a) Atravesar el obstáculo de escuchar “de a uno”.
b) Entender que el inconciente no está “en la cabeza”
de cada uno sino en sus formaciones, en el relato mismo que hace
la familia.
c) Romper con la lógica que se desliza inexorablemente
de “causa” a “culpa” y de “culpa”
a “culpable” (consecuencia del par: víctima
/ victimario).
d) Entender que la presión por “individualizar”
al paciente nos puede jugar una mala pasada. Todo proceso de separación
requiere de un buen apuntalamiento y este se construye, a veces,
desde el mismo dispositivo analítico que opera como punto
de encuentro, dónde lo familiar puede tramitarse de otro
modo que sintomáticamente.
e) Soportar la complejización transferencial que este abordaje
supone.
Establecer un dispositivo multipersonal es una opción
que se dirime en cada caso, no es una indicación ligada
sistemáticamente con determinada “patología”
y puede establecerse en un tramo del tratamiento, ser el modo
de trabajo habitual o pueden alternarse los abordajes individual,
de pareja o familia en forma sucesiva o paralela. La flexibilidad
del dispositivo implica un alto grado de libertad y, al mismo
tiempo, de compromiso para el analista.
En la atención de pacientes toxicómanos o alcohólicos
quiénes consultan suelen ser ”terceros incluidos“:
La familia, la pareja, la escuela, el sistema jurídico.
Sabemos estar preparados para escuchar a otros antes, paralelamente
y, a veces, en lugar del supuesto “paciente”.
Ejemplos:
1) La madre de Facundo llama insistentemente por teléfono
(no nos conocemos personalmente) y me habla de su preocupación.
“Facundo hace cosas terribles”, “Estamos muy
preocupados”, “A Facundo lo suspendieron en el trabajo”,
“Nos parece que deberíamos tener una entrevista con
Ud.”. Respondo, de acuerdo a las particularidades del lazo
transferencial: “Debo hablarlo previamente con Facundo”.
Ella se sorprende “¿Ud. cree que él debe estar
al tanto?”... Llamo a Facundo a su celular el día
siguiente y le informo del pedido de sus padres. Su respuesta
“El día que te entrevistes con mis padres dejo de
ir al tratamiento”. Ellos no saben que están atrapados
por la misma lógica de exclusión recíproca.
Desde “¿Ud. cree que él debe estar al tanto?”
hasta “Ese día dejo de ir al tratamiento” la
familia y Facundo me informan, sin saberlo, que aquí se
trata de “Uno u otro”, pero no ambos. Cuando incluya
este señalamiento, que se articula con una historia familiar
de engaños y ocultamientos, se abrirá otra etapa
de nuestro trabajo, donde estará la opción entre
una separación efectiva o un encuentro soportable.
2) Ezequiel estaba en tratamiento individual con un colega que,
luego de entrevistar a sus padres, decide derivármelos
para su posible tratamiento. A estos padres, siguiendo el enunciado
de Winnicott, “les dolía su hijo”. Llevan más
de un año hablando de ellos como padres, de las frustraciones
y decepciones que les produce un hijo que “no asume compromisos”,
que “No es como la hermana”, que “Es imprevisible”
del que “No sabemos quiénes son sus amigos”,
al que “Le encontramos papeles para armar cigarrillos”,
etc. Este “extraño”, amenazador y supuestamente
en peligro fue haciéndose, tiempo de trabajo mediante,
menos “amenazador” pero cada vez más “diferente”
y, lo que es más importante, esa “diferencia”
empezó a ser tolerable. Tanto es así que en los
últimos dos meses han empezado a hablar de ellos, como
pareja y de sus vidas, más allá de Ezequiel. Vi
a Ezequiel una sola vez en este tiempo y fue suficiente.
El tercero pagador
Cada vez más la precarización de las clases medias
implica la instalación del abordaje psicoanalítico
dentro del dispositivo asistencial de las Obras Sociales y Sistemas
Prepagos. Además, quiénes han quedado fuera de estos
modos de cobertura y cuentan con algún recurso para abonar
su tratamiento concurren a instituciones privadas sin fines de
lucro, tales como las asociaciones científicas y profesionales.
En casi todos los casos el pago no se concreta en el consultorio
sino en las instituciones. En otros, el sistema de reintegros
suele incluir una “autorización” del tratamiento
por parte de las “empresas de salud” que, a su vez
condicionan el pago a informes periódicos del terapeuta
e implican nomenclar diagnósticos y prácticas según
criterios totalizantes, tales como el DSM IV o el CIE 10. Otras
limitan los montos de reintegro por año.
Hay sectores que no disponen de otros recursos que los que ofrece
el Sistema Estatal de Salud, con profesionales también
“precarizados”, “flexibilizados” o trabajando,
directamente ad-honorem bajo promesas formativas, llamadas concurrencias
o pasantías.
Es evidente que un campo de semejante complejidad no admite, por
definición, una respuesta única. Como criterio general,
en todo caso, conviene evitar la desmentida que implica “desconocer”
la presencia del tercero. En cada caso, esta presencia deberá
tramitarse en el marco transferencial.
Si el analista no está advertido del entramado que lo precede
y excede, como aquél en que está inserta su práctica
y no pone a trabajar estas cuestiones, no será posible
el comienzo de un análisis. Sólo si se subvierte
el arrasamiento subjetivo en el que paciente y analista pueden
caer, cuando el primero se suscribe por el número de afiliado
o socio y el segundo se adscribe a una nómina o listado
que lleva al anonimato, será posible situar el acto analítico
y, en cierto modo, reinventarlo.
Ejemplo:
Jorge trabajaba en una empresa internacional. Tenía un
cargo intermedio y un sueldo razonable. Su análisis se
sostenía, en ese tiempo, con una frecuencia de una sesión
por semana, aún cuando, en tramos puntuales, había
llegado a dos y hasta tres sesiones semanales. Cuando lo despidieron
debió interrumpir, dado que acordamos que endeudarse, en
su caso particular, tendría peores consecuencias. A partir
de allí ha tenido trabajos eventuales y por tiempo acotado.
Su análisis fue siguiendo el ritmo de sus posibilidades,
en cuanto a frecuencia y valor de las sesiones. En algunos casos
alternamos nuestro trabajo con entrevistas de pareja, dado que
el cambio de su situación laboral y económica había
generado problemas (impredecibles algunos, preanunciados otros).
¿Es esto el oro del psicoanálisis o el cobre de
la psicoterapia?
Toda “estandarización” es riesgosa en este
terreno, tanto como lo fueron, en su momento: El tiempo fijo (“Siempre
sesiones de 50 minutos” o “Siempre sesiones cortas”),
la frecuencia fija,, “siempre individual” o “siempre
familiar y, ahora, generalizaciones como: “Las entrevistas
en hospitales, obras sociales o prepagos deben considerarse como
preliminares al establecimiento del dispositivo analítico”
Cito, al respecto, un comentario de Liliana Lamovsky en: “Subjetividad
Contemporánea: El Desamparo Simbólico”
“El psicoanálisis surgió hace cien años
como una ciencia del sujeto, subversiva del orden cultural imperante,
produciendo una irrupción desalienante en el campo sociocultural.
¿Por qué no podría volver a hacerlo?. Si
terminara siendo sólo una mera práctica para formar
analistas, habría olvidado esta fuerza subversiva que lo
caracterizó...
¿Se apropia plenamente el psicoanálisis del espacio
que le ofrecen los interrogantes sobre las estructuras colectivas?.
¿Podrá constituirse, una vez mas, en la (una) (*)
instancia que dé cuenta del malestar al que la civilización
está confrontada actualmente?. Es esperable que el psicoanálisis
no retroceda ante los enigmas con que nos enfrentan los significantes
de la cultura actual...
(*) Deslizamiento hacia la “explicación única”
Sostener un psicoanálisis vivo es pensar en el futuro del
psicoanálisis. Esta es una tarea que nos compete pero para
llevarla adelante, habrá que renunciar en nuestro campo,
el de las instituciones psicoanalíticas, al fervor por
los discursos consistentes y del orden de lo único inconciliables
con lo freudiano.”
El Tercero-Otro Profesional:
Nuestros modelos de pensamiento e intervención no operan
por fuera del contexto socio-histórico que los determina.
De hecho, las transformaciones que en los últimos años
atraviesan los paradigmas de la ciencia ponen en cuestión
tanto la posibilidad de concebir al individuo aislado de la trama
cultural y familiar cómo de abordar la etiología
y el tratamiento de sus padecimientos desde una sola disciplina.
La conformación, en las instituciones, de equipos interdisciplinarios,
así como la construcción ad-hoc de los mismos en
algunos tratamientos privados de alto riesgo es consecuencia inevitable
de la crisis de un modelo de pensamiento que pretendía
dar cuenta del individuo como entidad aislada (La lógica
del Uno) y de cada disciplina, en su pretensión de dar
cuenta de la totalidad (La pretensión Universalista). La
“totalidad”, como tal es inabordable. De hecho, la
ciencia ha construido metáforas como modos de aproximación,
siempre parcial y provisoria, a lo Real.
Las metáforas que actualmente atraviesan el campo de la
ciencia, tales como “redes”, “pensamiento complejo”
o “teoría del caos”, ya no pretenden dar cuenta
de la totalidad, sino del cambio y la transformación.
Trabajar y formarme, desde hace años, en equipos institucionales
que atienden parejas y familias me brinda la ventaja previa de
no concebir al sujeto aislado de sus vínculos. Del mismo
modo, considero al psiquismo abierto al cambio durante toda la
vida. En este campo, en los bordes del paradigma psicoanalítico,
las teorías han debido acompañar las transformaciones
en los modelos familiares. No hay reglas lineales de correspondencia
entre estas transformaciones y la gravedad de las patologías
que afrontamos en la clínica, al modo de “Todos los
hijos de padres separados serán alcohólicos, drogadictos
o violentos (o las tres cosas). Se trata de una articulación
mucho más compleja. Debemos dar cuenta del modo de “construcción
de lo familiar” tanto en una familia nuclear como en una
ensamblada o monoparental.
En la tarea en un equipo de trastornos adictivos, que atiende
a pacientes toxicómanos, bulímicos y/o anoréxicos,
la intervención multidisciplinaria suele “venir con
el paciente” inclusive antes de nuestra intervención,
dado que en estos casos es frecuente un largo peregrinaje por
instituciones y profesionales, tales como médicos (clínicos,
psiquiatras, nutricionistas), abogados, trabajadores sociales,
funcionarios judiciales, la policía. En otras ocasiones,
el alto riesgo hace que estos dispositivos deban construirse.
A veces, el tratamiento ambulatorio se articula con internaciones.
Todo esto, lejos de “diluir” nuestra intervención
nos permite situarla en su singularidad. Poner a prueba constantemente
nuestros instrumentos nos permite, a veces, descubrir que pueden
utilizarse mucho más allá de lo que nosotros suponíamos.