Lidia Clarisa Gilgun - Carlos Alberto Saavedra


"ALCOHOLISMO Y FAMILIA"
(CONFERENCIA EN LA BIBLIOTECA DEL CONGRESO DE LA NACION,
MAYO 2001)

Autores: Dra. Graciela Onofrio
Lic. Carlos Saavedra


Introducción

¿Por qué relacionar estos dos términos?

1º) "Alcoholismo" es definido en nuestra exposición como dependencia y abuso del alcohol.
En la mayoría de las culturas el alcohol es el depresor del sistema nervioso central utilizado con más frecuencia y el responsable de una morbilidad y una mortalidad considerables. Cerca del 90 % de los adultos han tenido alguna experiencia con el alcohol y cerca del 60 % de los varones y 30 % de las mujeres han tenido uno o más acontecimientos adversos relacionados con él: conducir ebrio, baja de rendimiento escolar o laboral, resacas, etc. (Datos del DSM IV, Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, 1994). Por fortuna, a partir de esa experiencia, la mayoría aprende a controlar la ingesta y no desarrolla ni dependencia ni tiene conductas de abuso.
La característica fundamental de la dependencia consiste en un grupo de síntomas cognoscitivos, comportamentales y fisiológicos por los cuales el individuo sigue consumiendo, pesar de que se le presenten problemas dignos de atender. Lleva esta dependencia a la necesidad irresistible de consumo, "craving", y a la "tolerancia", necesidad de aumentar la cantidad para conseguir los mismos efectos o disminución de los efectos tóxicos a lo largo del tiempo.
La característica fundamental del abuso consiste en un patrón desadaptativo y recurrente de consumo caracterizado por consecuencias adversas significativas. En esta exposición de hoy pondremos el acento en las repercusiones emocionales en el seno de la familia.

Hablamos entonces, de alcoholismo. Cualquier "ismo" nos lleva a pensar un cuerpo teórico alrededor del cual se construye cierta coherencia estructural e ideológica. Otros términos no son elevados a esta categorización del lenguaje.
Veamos:
ALCOHOL / ISMO
ESCEPTIC / ISMO
OPTIM / ISMO
PESIMIM / ISMO
RAC / ISMO
CRISTIAN / ISMO
IDEAL / ISMO

Una digna excepción de la temática, que ya apuntáramos en nuestra anterior conferencia: ABUSO DE SUSTANCIAS no convierte al término en los usos actuales del lenguaje en: SUSTANCIALISMO ni ADICCIONISMO. 
Seguiremos pensando las nomenclaturas. El alcohol / ismo arma una especie de "cultura" a su alrededor, determina una o unas formas de subjetividad propias de estas prácticas.

2º) Apelamos a una relación artificial de estos términos que vuelva didáctica la importancia del peso que el abuso de alcohol por parte de uno o más integrantes de una familia tiene en:
- la vida cotidiana 
- la regulación de las leyes y normas de la vida familiar
- la diagramación del proyecto vital psico-somato- social de sus integrantes, ya que la dependencia y abuso de alcohol compromete seriamente estas tres áreas.

3º) Pensamos la familia como "matriz del psiquismo humano" (término acuñado en nuestro medio por la dra. Aurora Pérez), cualquiera sea su definición. Aún en las nuevas redefiniciones de las nuevas configuraciones familiares (familias monoparentales, ensambladas, mixtas y otras...)
Algún pequeño recorrido histórico:
• Algunas definiciones sociológicas:
- Parsons (1970) habla de "familia" como familia conyugal y deja el término "parientes" para los otros miembros.
- Warner llamaba "familia de orientación" aquella en la que el sujeto nace, y "familia de procreación" aquella determinada por medio del vínculo conyugal.
- Levy (1970) habla de "familia extendida", "familia troncal" y "familia nuclear" según las culturas.
• Algunas definiciones antropológicas:
- Radcliffe-Brown habla de "familia elemental" con relaciones de primero, segundo y tercer orden.
- Levi Strauss habla de un sistema de parentesco, estructura elemental o "átomo de parentesco", basado en un sistema de denominaciones y un sistema de actitudes (básicamente positivas o negativas).
- Laing (1967) dice: "... Se podría llamar nexo de la familia, el sinnúmero de personas que integran el grupo unido por un parentesco y de otras que, aunque no ligados por lazos familiares se consideran miembros de la familia. ... Se caracterizan por la influencia recíproca, directa, intensa y duradera, sobre la experiencia y la conducta de los unos sobre los otros.
• Algunas definiciones empíricas y teóricas: 
- Dos órdenes diferentes: el de los integrantes tal como se presentan a la observación y el sistema de organización latente, inconciente, pero eficaz.

La familia, entonces, no es un mero grupo, de crianza, referencia y pertenencia, homogeneizable compuesto de partes heterogéneas representadas en las diferencias de las individualidades.

4º) Pensamos en la precedencia de la constitución de la pareja estable como andamiaje de la constitución familiar. Parejas fundadas en tres tipos de intercambio: sexual, afectivo y económico. Por lo tanto intentar definir el campo de la pareja nos introduce al campo posible de la familia o a la "familia posible", no a la "familia ideal", tampoco a ninguna normativa moral normal.
La familia, tal como la conocemos hoy, corresponde, históricamente, a la consolidadación del Estado Nación. Las nuevas reglas de mercado del Estado técnico administrativo abren nuevas redefiniciones y nuevos interrogantes aún no encuadrados o tal vez poco encuadrables.
¿La familia hoy responde más al modelo de los "Simpson" que al de la familia "Ingals"? O ¿el modelo de los "locos Adams" es el revés de la trama de la familia moderna?

5º) Seguimos dando relevancia a las viscisitudes del Complejo de Edipo como sustrato de identificaciones y de transmisión generacional. Si hay un valor en lo humano es la creación cultural de valores.

Regulación cultural de la sexualidad humana. Constitución de la pareja

Es en el plano del orden simbólico donde se produce la dialéctica de los intercambios, donde se estructuran las relaciones de parentesco. Allí se soportan los ideales y allí opera la ley del padre como el principio de separación que da lugar a la normativización de la diferencia sexual, ordenamiento clave para el despliegue del deseo.
El orden simbólico regula la circulación deseante y es condición de posibilidad del recorte singular. Basado en prescripciones y prohibiciones, organiza la sexualidad humana conforme al tabú del incesto y con ella cobran forma todas las relaciones de parentesco, como efecto de la estructura inconciente de los fenómenos culturales. Por su eficacia, la constitución de la pareja implica el cumplimiento a una serie de contratos subyacentes, a partir de los cuales van a ocupar los lugares que desde la cultura los estaban esperando. En el plano de la constitución subjetiva los significantes del deseo cobran forma a partir de la prohibición sexual que recae sobre los objetos parentales, de ahí la mutua implicancia entre el deseo y la ley. Está determinado culturalmente que ha de preferirse a otra mujer que no sea la madre. En la estructura misma del deseo se introduce una orden exogámica.
El amor va a involucrar al yo en su capacidad de establecer una relación totalizadora, por la vía del narcisismo. El campo narcisista es la sede de las identificaciones imaginarias, dimensión sin fronteras en la que el mundo y el yo coinciden. Esta estructura de espejo va a resultar “eficaz”, de tal manera que toda relación con el semejante va a quedar sometida a la incidencia del ideal narcisista y de sus oscilaciones que van a atraparla en un juego dual especular. Es por este motivo que la tensión agresiva será intrínseca a este modo de vinculación, en consonancia con la rivalidad que en ella se desata. Cada vez que el otro nos devuelve una imagen que no coincide con el ideal que suponemos se desplegará la agresividad, consecuentemente, el vínculo sostenido de este modo implicará indiscriminación, confusión, rivalidad, desconocimiento del otro como diferente. Cualquier dependencia tóxica instalada en este hueco, lleva al extremo esta dificultad.

El plano de la satisfacción pulsional pone en juego al otro en calidad de objeto parcial. Es la dimensión pulsional, con su intrusión, la que quiebra toda ilusión de armonía duradera en el plano amoroso. Las pulsiones representan a la sexualidad en lo inconciente. A diferencia de las respuestas instintivas del reino animal, el ser humano, ser parlante, no tiene una respuesta medible sólo en términos de código genético. Por lo tanto Freud habla acá de pulsión, "lo que pulsa", en lugar de instinto. El acceso al sexo opuesto implica la vía de las pulsiones parciales. Lacan hace referencia al sujeto acéfalo de la pulsión dado que, en su recorrido y merced a la parcialidad, la pulsión tiende a la fragmentación. Cuando ésta irrumpe, la representación “totalizada” de sí, propia del narcisismo, se ve arrastrada y precipitan en su desenfreno.
La corporalidad en juego en la satisfacción pulsional no se refiere a las necesidades biológicas, sino a los efectos del símbolo sobre el cuerpo. A los efectos, hablando de familia y pareja, de lo que esa pareja establezca como "relación sexual".

El goce del cuerpo implica un resto que no puede ser tramitado por el simbolismo. Es el terreno donde reina el autoerotismo: la satisfacción en juego es displaciente y linda con el dolor bajo la forma de una tensión muda y embriagante (aclarar más este término porque es interesante). Es un estado que se experimenta bajo la forma de un goce dominador, presión extraña y mortífera que empuja a la acción.

La constitución de un vínculo de pareja pone en juego la historia del sujeto en cuánto a cómo se las ha arreglado con la realidad de la castración, de su límite como ser humano, límite y acuerdo cultural con el otro, acto que recae sobre un vínculo. Lo que cae bajo la interdicción es el goce del objeto endogámico; la interdicción apunta al lazo incestuoso. 
La alianza matrimonial atravesada por la cultura obliga a cada uno de los partenaires a confrontarse con ella. La constitución del vínculo de alianza reconoce para cada uno de los integrantes la demanda de lo simbólico cultural en cuanto a desprenderse del lazo endogámico con las familias de origen y, por lo tanto, corrimiento del lugar de hijo al de cónyuge y llamado a la relación sexual, prescrita por la cultura.

Los lugares en la familia dan cabida a tres tipos de vínculo:
- Vínculo de pareja: dos vertientes y dos regímenes de construcción: la conyugalidad y la parentalidad.
- Vínculo filial: relación de padres e hijos.
- Vínculo consanguíneo o fraterno (entre hermanos, entre medios hermanos, entre hermanastros).

La Pareja:

El amor, la pasión y el matrimonio no tuvieron vinculación alguna durante la mayor parte de la historia de la humanidad.
En la Grecia clásica se legisla la cuestión matrimonial en función de los males que podrían originarse en el abuso de los placeres sexuales. Demóstenes establece que las cortesanas se ocuparán del placer, las concubinas de los cuidados cotidianos y las esposas de la descendencia legítima y la guarda del hogar. La institución del matrimonio es prerrogativa de los propietarios de tierra. El marido tiene una función de formación y dirección para con su esposa, cuya sexualidad deberá limitarse al espacio conyugal, no así la del esposo. El adulterio de la mujer es “falta grave” y el temor a las represalias actúa como coerción para que la mujer “siga siendo honesta”, como la mujer del Cesar que, en Roma, además de serlo, debía parecerlo. El intento de limitar el goce femenino, enigmático y ajeno para el hombre, aparece claramente en estas disposiciones. XX siglos de historia muestran el reiterado fracaso de las mismas.
El predominio religioso, en la Edad Media condenaba todas las formas de la pasión amorosa. Las alianzas matrimoniales debían ligar a las familias y asegurar la transmisión del patrimonio. San Jerónimo afirmaba que “adúltero es también el que ama con excesivo amor a su mujer”. 
Junto a las estrictas reglas matrimoniales, el medioevo genera también el amor cortés, separado de la procreación y casto para ser tolerado. Durante los siglos XVIII y XIX se aproximan el amor y el matrimonio hasta que, recién en el siglo XX, la cultura considera al amor como causa hegemónica en la elección de la pareja conyugal. La pasión ha tenido una relación de encuentros y desencuentros con el amor. Esto ya corresponde a razones de otra índole que las históricas. O sea: una institución que debe ser duradera está hoy basada en encuentros y desencuentros dominados por los caprichosos senderos de las pasiones.
El amor que sustenta la relación matrimonial en la Modernidad ha de ser, además, eterno y sostenerla de por vida.
Janine Puget e Isidoro Berenstein definen la pareja matrimonial a partir de cuatro términos que le son inherentes: cotidianeidad, proyecto vital compartido, relaciones sexuales y tendencia monogámica.
La pareja matrimonial no es hoy un modelo excluyente. “Vivir en pareja” puede implicar o no un proyecto de convivencia y convivir, a su vez, puede implicar o no un proyecto matrimonial. A su vez, un proyecto matrimonial puede implicar o no el establecimiento de una familia. Coexisten diferentes modos de “estar en pareja”, sin que se los considere “desvíos” respecto del matrimonio. Sería otro campo posible de articulación de lo sexual. Con relación a este tema, seguimos, a partir de aquí, formulaciones establecidas por Susana Sternbach y María Cristina Rojas en su libro “Entre dos siglos”.
La cotidianeidad, producto de la convivencia en la misma casa, ya no es un parámetro necesario para definir a una pareja estable. De hecho cada pareja suele definir de un modo singular los tiempos y espacios que comparte.
El proyecto vital compartido ha sido acotado por el cortoplacismo inherente a la época. La conservación del deseo y de la satisfacción de cada uno de los miembros de la pareja es un dato fundamental para que el proyecto se sostenga. El lugar del hijo ya no resulta central en la formulación del proyecto de pareja. La baja de la tasa de natalidad en los países centrales es un dato insoslayable de la actualidad.
Los proyectos individuales, en la pareja moderna coexistían y, a veces se subordinaban, al proyecto de familia. Particularmente las mujeres postergaban o abandonaban proyectos personales y profesionales secundarizados por la crianza de los hijos. 
Hoy es más frecuente que los proyectos compartidos se subordinen a los personales y se sostengan mientras no interfieran con estos.
Las relaciones sexuales continúan estando prescritas y se espera, además, que estas sean plenas, pasionales y satisfactorias para ambos miembros de la pareja. El no cumplimiento de esta condición es admitido implícitamente desde hace mucho tiempo en nuestra cultura como causa de separación. Lo nuevo, aquí, es la admisión explícita, dado que tiempo atrás tendía a considerarse a esta satisfacción como secundaria con relación a la conservación del vínculo en función de la crianza de los hijos en el marco de la vida familiar. “Seguimos juntos por los chicos” era un planteo que muchas parejas realizaban y era admitido culturalmente aunque en nuestros consultorios verificáramos una y otra vez que las “razones” eran otras. 
En cuanto a la tendencia monogámica, esta se sostiene pero admite formulaciones diferentes al planteo tradicional. Recordemos que el mandato monogámico recayó durante mucho tiempo en forma casi exclusiva sobre la mujer. Aunque en la Modernidad esto cambiara desde el punto de vista discursivo, se mantuvo una tolerancia cultural hacia la infidelidad masculina.
La variación de los lugares preestablecidos para ambos miembros de la pareja, cuyo sentido general es la mayor participación del hombre en las cuestiones hogareñas y de la mujer en el campo profesional y del trabajo, ha producido cambios en el modo de organización de las parejas. La satisfacción de ambos miembros, particularmente la consideración de la satisfacción sexual de la mujer como un dato central y no secundario ha puesto la cuestión de la monogamia en un plano menos declarativo y más cercano a la verdad. Si bien es cierto que las asimetrías y enigmas de la sexualidad no se acomodan fácilmente a las tendencias a la igualación, lo que se ha transformado radicalmente es la consideración de la satisfacción femenina como un dato secundario y de la satisfacción sexual de ambos integrantes como subordinada a la conservación de la familia.

Más allá de la valoración que hagamos de estos cambios. Mas allá de que sostengamos que esto es mejor o peor que lo anterior, es un dato insoslayable que los cambios culturales son irreversibles y producen profundas modificaciones en nuestro modo de vincularnos.
Al mismo tiempo, podemos valorar positivamente la vigencia del placer individual y, aún, de la pareja como condición irrenunciable para su sostenimiento, pero no podemos (ni debemos) dejar de considerar los modos que esta “satisfacción” puede adquirir en una cultura atravesada por la lógica del consumo, como variable excluyente para esa satisfacción.
Decíamos en nuestra conferencia del mes de mayo que “... la impronta del consumo es central en la transmisión de los códigos sociales contemporáneos". Por consenso queda establecido que la felicidad de nuestros hijos será directamente proporcional al nivel de consumo de objetos y servicios que podamos proporcionarles.

Un ejemplo clínico de consulta familiar: A la entrevista concurren tres generaciones que consultan por la supuesta adicción de uno de ellos. Abuelos, hijos adultos jóvenes y un nieto. Se dice del niño pequeño, de tres años, el nieto de este grupo familiar, que hay que darle "caramelitos" para que se tranquilice. La madre hace un gesto, como de inyectarle algo con una jeringa en el antebrazo al niño, y dice, riéndose: "Le voy a inyectar los ´caramelitos´ para que se calme."

Saturación, exceso, desborde, instantaneidad. Sofocación del deseo, abrumado por la sobreoferta de objetos. Imposición de una subjetividad intolerante a la espera, disparada hacia la “satisfacción” inmediata con “lo que haya a mano”.


El alcohol y la pareja

Freud sostiene, en “Contribución a la psicología de la vida amorosa” que las relaciones del bebedor con el vino “delatan una perfecta armonía que podría servir de modelo a muchos matrimonios”. La mujer, a pesar de todos los intentos de “disciplinarla” ha permanecido diferente, ajena indomeñable y hasta incomprensible para el hombre. El vino, por el contrario, le pertenece al bebedor, no le plantea demanda alguna ni lo confronta con ninguna diferencia.
Se podría aquí plantear la pregunta ¿El alcoholismo o el acto de beber pertenecen al registro del amor o al de la satisfacción erótica? 
Para su satisfacción, el sujeto, como hemos visto, se halla bajo la presión de una serie de condicionamientos culturales que hacen de él un ser cuya insatisfacción es casi constitutiva. En este sentido, es posible considerar al alcoholismo como una "solución" en la medida en que por la vía del “matrimonio feliz” con un producto que tiene la virtud de “estar siempre disponible” un sujeto se escapa de los apremios de la civilización para encontrar un sustituto de la compleja satisfacción erótica. 
El alcohol fue considerado un remedio por mucho tiempo y recetado por los médicos. Se vendía en lugares ignotos. Cuando se hace público, en las tabernas, deviene tóxico. El alcohólico vuelve a elevarlo a la categoría de “remedio” ante el malestar inherente a la cultura, la angustia, el desencuentro. Tal como en las bacanales romanas, permite pasar de la exaltación y el desborde al olvido y recomenzar el circuito, día tras día.
El goce del alcohólico es autoerótico aunque beba en compañía. Freud sostiene que el prototipo de todo goce autoerótico es la masturbación infantil. Ya no se trata, hoy, de cuestionar el goce autoerótico como intrínsecamente perverso sino de considerar la función tóxica del alcohol con respecto al deseo, en el plano de la subjetividad y con respecto a la pareja y a la familia , en el plano vincular.

Abuso de alcohol

Primero una mención a los medios de comunicación y a las leyes de mercado y ruta de promoción y comercialización.
Antonio Escohotado habla en la "Historia de las drogas" del asunto y la posesión del tráfico del alcohol:
"... Como ni el whisky ni el vino pendían de los árboles, al modo de las frutas, faltando el concurso de algún agente sobrenatural resultaba imposible acceder a la droga sin participar en transacciones económicas."
"El sistema de castigar el tráfico y no el uso (del alcohol) logró básicamente... poner a los ciudadanos en la disyuntiva de la abstinencia o la frecuentación de ambientes dominados por organizaciones criminales, amparadas en un negocio colosal."

El alcoholismo introduce "la botella" en el medio de algunas cualidades del intercambio vincular.

Volviendo a Escohotado, ".... tanto en lo que respecta al alcohol como a los otros fármacos, la influencia de la individualidad hace ilusoria toda fijación o delimitación preconcebida de los efectos de una sustancia química sobre el hombre".

1) El alcohol como lazo falsamente socializante (comidad, festejos, tragos y farras). ¿Se lo introduce a un hijo en la llamada "cultura alcohólica"? Ya que lo social impera, "mejor que aprenda a tomar en casa".
2) El alcohol como objeto que no se resiste, acompañante o contrafóbico. Unas frases: "un poco de gin tonic me da fuerza", " si no tomo, me siento un estúpido, no sé de qué hablar, lo hacen todos".
3) El alcohol como fuga. Para diluir una depresión o para poder dormir ya que el enorme monto de problemas sociales, laborales, vocacionales, hoy, no invitan fácilmente ni a la organización de la recreación de la familia ni al descanso.
4) El alcohol para borrar. ¡ La reconfortante negación de los problemas! Suele retornar como agresividad o violencia , las cuales, en un segundo momento se vuelven arrepentimiento, y en su estado crónico: descrédito y, por qué no, burla.
Ya no es creible ese padre o ese hijo. Es el alcohol que habla por él. 
Una frase condenatoria: "Con sólo olerle el aliento, ya sé lo que va a decir y después lo que va a hacer...."
5) Vinculación del abuso de alcohol, considerando que es una droga legal como tantas otras, con accidentes o culquier otro tipo de "causa externa" violenta conducente a lesiones. En un abuso de poder, un padre alcoholizado conduciendo un automóvil, puede exponer a toda una familia a un descenlace fatal.


Como hemos intentado desarrollar, el difícil encuentro entre los sexos y el, más aún difícil, establecimiento del marco de crianza para los niños pueden volverse a través de los excesos del consumo de bebidas euforizantes, que no tienen sexo, en el contrapeso de visiones extremas: la total impotencia y descrédito o el indiscriminado uso del poder: pasaje de la autoridad a la seducción continua o al autoritarismo.


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