CUANDO LA PRESENCIA ES UN VACIO
La violencia familiar es quiza uno de los problemas más angustiantes
de este fin de milenio. Por otra parte, sabemos que, dentro del
seno conyugal esta violencia ubica a los hijos en el papel de participantes
indefensos, donde los profesionales intervinientes avasallados por
demandas caóticas quedan, en un primer momento paralizados
en su capacidad de reflexión inicial.
En nuestras practicas privadas nos hallamos frente a padres con
personalidades afectivas inmaduras, inseguros, infantiles como
consecuencia de la incapacidad para satisfacer esas necesidades
afectivas mínimas y necesarias para un buen desarrollo
de su propia historia. Frente a la ruptura, estas parejas violentadas
llegan no solo a situaciones de maltrato físico o emocional,
sino también a situaciones que dejan al niño en
un estado de absoluta desprotección que los expone a situaciones
de alto riesgo psíquico. Estos niños aceptan todo
en silencio por temor a perder el amor.
La pareja parental se convierte en cómplice del maltrato,
el niño acepta el maltrato y/o sadismo de sus padres ejercido
de diferente forma: 1. -No reconociendo el valor del niño
y sus reclamos
2. - aislandolos de experiencias sociales acordes con su edad
y/o empujándolo a socializarse con profundas limitaciones
y barreras impuestas por ellos.
El niño crece así con una cólera intensa,
no va a permitirse jamás el sentimiento de impotencia que
siente, como mudo testigo ante tanta acción violenta. Rechaza
toda expresión de pensamientos y sentimientos interiores,
evita el conflicto pues no lo puede manejar. Evita escuchar criticas
constructivas y son intolerantes con los sentimientos de los demas.
Se sienten frustrados, desconfiados, miedosos. Confundidos, intentan
intervenir en episodios de violencia y muchas veces se dañan
a sí mismo. El varón puede aprender a ser violento
con su madre cuando es más grande y fuerte que ella. Las
niñas suelen sentir mucho enojo por no haber sido protegidas.
Algunos se transforman en niños-padres, asumiendo la responsabilidad
de sus progenitores. Otros abandonan el hogar para ponerse a salvo
de este.- Ya adultos desconfían de los otros y temen a
la intimidad. Sufren un debilitamiento gradual de sus defensas
psíquicas y psicológicas que se traducen en problemas
de salud, indiferencia, aislamiento respecto del mundo externo,
junto con actitudes sumamente alertas y a la defensiva de posibles
ataques.
Quienes presentamos esta ponencia, sabemos que no es posible
el abordaje de este tipo de situaciones sino a través de
un equipo interdisciplinario con características y condiciones
precisas, ya que el problema acuciante, se produce dentro del
grupo familiar y, las innumerables situaciones criticas deben
ser previstas por los profesionales intervinientes en el caso
a partir de las distintas disciplinas involucradas.
Conocer los motivos de reacción habitual de los familiares
y de las victimas, favorece nuestra intervención para organizar
las crisis sin desorganizarnos, ni desesperarnos ante la intensidad
de las fuerzas desatadas dentro del grupo familiar.
El abordaje legal resulta indispensable para dar un corte a situaciones
manifiestas: denuncias, medidas precautorias, medidas de protección,
etc.-
Simultáneamente debe trabajarse el problema subyacente.
Este trabajo en particular requiere de una gran apertura para
poder comprender y a partir de esa comprensión intentar
modificar la compleja trama vincular, verdadera raíz del
conflicto.
Es aquí donde surge el primer gran desafió. L a
comprensión no es posible sino desaparecen las categorías
legales, superando los términos de “culpable-inocente”,
“victima-victimario”.
Los miembros del equipo debemos alejarnos interiormente de las
alternativas de las causas judiciales. Para poder encontrar a
las “personas”. Y en este ámbito “el
violento”, “la victima” dejan estos roles para
pasar a ser seres humanos y como tales comprendidos en sus motivaciones,
necesidades y posibilidades mas allá de las emociones y
prejuicios profesionales. No resulta fácil no tomar partido,
mantener la serenidad ante actitudes o conductas aberrantes, acotarlas
sin condenar, operar manteniendo viva la confianza en que esos
seres humanos podrán, en algún momento, vivir de
otra manera.
Por eso decimos que este equipo requiere de un alto grado de
flexibilidad para poder incorporar otros métodos de trabajo,
asimilar ideas diferentes no solo de los profesionales del equipo
sino también de otros profesionales, escuelas, métodos,
teorías, etc.-
En el equipo ideal, no cuentan las susceptibilidades. Es indispensable
un continuo control para poder prevenir, detener a tiempo un acting-out.
El chequeo mutuo, el disenso, la discusión, son las herramientas
infaltables para construir una estrategia sujeta a una continua
evaluación pues, estas parejas manejan un discurso seductor
donde los profesionales, al igual que los niños, pueden
quedar atrapados. La ínter disciplina no supone solo, las
diferentes disciplinas sino la posibilidad de unificar criterios
para encontrar un lenguaje que una y así poder ordenar
a estos grupos familiares tan caóticos, donde las diferencias
comúnmente se han borrado.
La intervención del equipo interdisciplinario debe darse
con el consentimiento y aprobación de los miembros de la
familia en conflicto. Ellos deben saber y aceptar que el secreto
quedara erradicado durante el tratamiento, pues se intercambiaran
las distintas informaciones entre los profesionales intervinientes,
como así también todas las ínter consultas
inherentes al caso, haciéndoles ver que lo judicial incide
en lo psíquico y viceversa.
Suele ocurrir que los letrados de la otra parte, ajenos al equipo,
acepten la propuesta de incorporarse a esta tarea conjunta. La
tradicional estructura de enfrentamiento: parte actora –
parte demandada, cede ante la real intención de encontrar
una solución para estos grupos familiares arrasados psíquicamente.
Presentaremos un caso a modo de ejemplo
A tiene 6 años, es llevado a la consulta bajo sospecha
de haber sido abusado por su padre. Esta sospecha se basa en una
producción grafica del psicodiagnostico y también
porque A se niega a ver a su padre.
La pareja parental se separo cuando el niño tenia 6 meses,
desde ese momento inician un proceso judicial sobre régimen
de visitas.
En esta situación observamos:
1.- Los padres utilizan al niño en función de su
necesidad personal
2.- La madre prohíbe al padre ver al niño y este
en represalia deja de abonar la cuota alimentaría.
3.- Existe entre ambos una situación de agresión
continua, de la que participan los diferentes letrados intervinientes
que se embanderan con sus defendidos sin la menor consideración
y objetividad que el caso requiere.
4.- Resulta evidente el desacato por parte de los padres hacia
las decisiones judiciales.(la madre nunca asistió a las
entrevistas ordenadas por el juez para la realización de
la pericia siquiátrica) Nunca pudo concretarse el informe
ambiental en el domicilio del niño.El padre nunca cumple
con los días y horarios de visita fijados judicialmente.
5.- Es claro el manejo que los padres hacen del proceso según
sus propios intereses ocasionales ( testigos que nunca son citados,
acusaciones que no se comprueban, etc.)
6.- Luego de una sucesión de ataques mutuos el expediente
queda sin movimiento durante meses, hasta la próxima pelea.
7.- Es sistemático que esta por producirse algún
cambio en él vinculo, los padres cambian de profesionales,
con lo cual todo vuelve a foja cero.
Al niño se lo ve retraído, metido prácticamente
en el cuerpo de la madre de la cual no se puede desprender. Esto
genera en la misma placer y refuerza su discurso, solo se habla
de la violencia paterna sobre ellos dos.
De lo que no se habla es que A duerme con la madre en la misma
cama, que no tiene prácticamente amigos y que tiene poco
contacto con la familia ampliada.
En el jardín de infantes siempre se lo ve como un niño
silencioso y solitario.
Se indica entrevistas de orientación con el padre y con
la madre, con diferentes terapeutas. Terapia para A para que pueda
aparecer su propio pensar y sus deseos. De otro modo el equipo
no tomara el caso.
La constante comunicación e ínter consulta entre
los profesionales intervinientes tanto en lo legal como en lo
psicológico, donde se integra a los padres permite suspender
en forma transitoria el proceso legal para facilitar el restablecimiento
del vinculo entre los padres y el niño.
En esta instancia y con instrucciones establecidas, claras y
precisas, se pautan reuniones conjuntas entre abogado, terapeutas
y los padres.
A la fecha, el régimen de visitas que había sido
interrumpido totalmente por la madre durante casi un año
ha sido reestablecido y las transgresiones en gran medida acotadas,
deteniendo el litigio judicial que al tomar el caso, llevaba cuatro
años. Al bajar el nivel de maltrato la madre puede comenzar
a reflexionar acerca de sí misma (su propia historia),
permitiendo así el despegue y crecimiento (interior) de
su hijo.
La violencia familiar despierta siempre actitudes defensivas
y desconfiadas pues señala puntos de ruptura que no pueden
verse por la alta valoración que se tiene del concepto
“familia como pilar del grupo social”.
El primer obstáculo a vencer es la idea que la familia
conforma un ámbito privado e intocable, cuando lo cierto
es que allí ocurren mucho mas a menudo de lo que se quiere
ver, innumerables situaciones de maltrato, abandono, abuso sexual
y emocional, lesiones leves y graves que no pocas veces llevan
a la muerte, y todo esto transcurre en una sociedad que calla
y no interviene por respeto a la intimidad de ese grupo familiar.
No obstante el rechazo que provoca el mirar y abordar estas situaciones,
probablemente ante la evidencia de la magnitud de este problema
social, la comunidad comenzó a tomar recaudos legislativos,
pero estos resultan insuficientes.
El aparato judicial maneja procesos que transcurren por carriles
propios, donde se cumple paso a paso con lo que el ordenamiento
establece pero perdiendo de vista que la razón de ser,
por excelencia de esta estructura, de este proceso, es el niño,
testigo y victima del fuego cruzado entre los padres.
Frecuentemente nos encontramos con expedientes que llevan varios
años de tramitación, cientos de fojas, dictámenes,
planteos y resoluciones en los que el menor es poco menos que
un dato contingente y sin importancia. Los padres luchan entre
ellos invocando su interés por la “salud psíquica
y física del niño”, pero lo cierto es que
a este muy pocas veces se lo escucha y a menudo no se lo conoce
y nadie controla la implicancia que esta situación de eterna
batalla tiene sobre él.
Ante esta situación la estructura judicial, muchas veces
queda atrapada, transformándose así en una herramienta
mas de la violencia cruzada. No queda más remedio que dar
la razón a uno o a otro, no hay posibilidad de pasar por
alto los plazos legales, pero en esta trama de formas procésales
muchas veces se diluye y desatiende el miedo, el dolor y en suma
la desprotección de ese niño.
Si no se asume que la violencia no solo queda circunscripta al
ámbito familiar sino que atraviesa puertas y ventanas,
escala los más altos muros y contamina otras áreas
de la sociedad, el daño se expande en círculos cada
vez más grandes.
La felicidad y el bienestar del niño no son nunca efecto
de la casualidad, es una producción humana, nunca puramente
individual, ni siquiera únicamente familiar, sino el resultado
del esfuerzo de la sociedad en su conjunto. Ha llegado la hora
de que nuestras sociedades acepten que detrás de cada niño,
adolescente, delincuente, drogadicto, prostituido, hay una historia
de poder y violencia.
Aceptar esta realidad podrá conducirnos hacia nuevas posibilidades
de prevención de estos fenómenos tan trágicos.
Autoras:Lic. Liliana Milshtnein, Lic. Julia Resnicoff, Dra. Silvia
Ugarte