Introducción
Cuando fui convocada, desde mi "oficio", al decir de Ulloa,
más que profesión, un oficio disciplinado en cuanto
a liberar posibilidades, sin ritualizar gestos. Un oficio que busca
apoyo no tanto en lo instituído sino en la singularidad de
cada uno, sin deconocer el rol social, porque cuando se trabaja
con la gente y se quiere preservar esa singularidad, es más
necesaria la creatividad que "oficia" que la "regularidad"
que profesa.
Los que hoy estamos transcurriendo la mediana edad somos o mejor
dicho fuimos los jóvenes de los 70¨. Nos tocó
crecer con ciertas marcas e Ideales, que desde aquí valoramos.
El tiempo de las utopías, los Beatles, Joan Manuel Serrat,
pero también la Triple A, la última dictadura militar,
la guerra de Las Malvinas, la llegada de la democracia. El Rodrigazo,
El plan Austral, la Hiperinflación. Y aquí estamos.
Cuando describo estos acontecimientos políticos y económicos,
recuerdo algunas charlas con una tía interesada en la política,
que en mis años juveniles, me contaba sobre la crisis del
30¨, el primer golpe de estado, los hechos del 45¨ el
gobierno de Perón, el voto femenino, la Revolución
libertadora, los gobiernos siguientes, el gobierno de Illia, la
noche de los bastones largos.
Con esta introducción intento ubicar el tiempo histórico-social,
nombro acontecimientos en distintas décadas, aparece algo
de la repetición pero también algo de la diferencia.
En otro orden, los cambios producidos en torno a la estructura
e inserción social y cultural de la familia, en sus determinantes
relaciones con el poder político y económico conducen
a interrogantes para los que no tenemos aún respuestas.
Aparece la necesidad de dar cuenta de cambios de organizadores
en el imaginario social, por tanto de la constitución subjetiva;
se nos plantea la tarea de adecuar nuestra técnica a las
nuevas condiciones...(1919) "Nuevos caminos de la terapia
analítica."
Cómo definir "Mediana Edad"? En nuestro imaginario
no hay representación de la mediana edad, no funciona conceptualizado
como tal. Es frecuente hablar de niñez, adolescencia, madurez
y vejez. Podríamos entonces homologar la mediana edad con
madurez? entonces, es una transición entre adolescencia
y vejez, pero esta transición a diferencia de otras acepciones
, es un período que abarca un tiempo prolongado de la vida,
y es justamente este tiempo al que no estamos acostumbrados a
definir, sino que lo transcurrimos y es definido por los otros
(hijos, amigos, pares) que nos "ubican" :"no estás
en edad de..", "está muy bien para su edad".
Si tratamos de definirla desde la edad cronológica, comienza
a incomodarnos alguna referencia exacta. Algunos definieron la
mediana edad desde los 35 a los 60 a, otros desde los 40 a los
65 años. De cualquier manera, no podemos dejar de reconocer
que en nuestra sociedad sería absurdo decir que la edad
es irrelevante.
No existe ninguna sociedad donde la edad sea irrelevante, pero
lo que varía de una sociedad , de una cultura a otra, son
los modos de referencia y las representaciones imaginarias que
la misma atribuye. Desde dónde son otorgados esos significados?
desde las distintas disciplinas, y desde el entramado socio-histórico-cultural.
Partimos de esta premisa: "las normas relacionadas con la
edad se construyen socialmente", desde allí, tendremos
en cuenta el contexto en el cual los sujetos crecen, maduran y
envejecen.
Referirme a la mediana edad, no es una tarea fácil, por
varias razones: 1° porque la clasificación nos es harto
difícil en nuestra disciplina psicoanalítica y luego
porque que en cualquier clasificación que encuentre estaré
dentro de la misma. Trataré entonces de hacer algún
recorte productivo desde mi experiencia, que por supuesto, será
una mirada particular, que incluirá mi propia experiencia
de vida y mi recorrido como psicoanalista.
Sin temor a equivocarnos, decimos que la mediana edad simplemente
es el tiempo que transcurre entre la juventud y la vejez. También
podemos decir, es el tiempo más fructífero de la
vida, lleno de crecimientos y desarrollos, y el tiempo de ciertos
balances.
Las normas y expectativas de la edad operan como un sistema de
control social, como estímulo y freno sobre los comportamientos,
son "los relojes sociales", dice Berenice Neugarten
en su libro "Los significados de la edad", que en algunos
momentos actúan acelerando un suceso y en otros, retrasándolo.
La referencia está hecha a ciertos acontecimientos de la
vida: profesión, casamiento, hijos, que se constituyen
a través de la mirada de los otros, en un lugar y tiempo
adecuado: se recibió joven, se casó a tiempo, la
maternidad llegó con retraso. La lectura es llegar a tiempo
o fuera de tiempo. En este sentido, las personas internalizan
un reloj social que les dice si son puntuales o no.
Este Tiempo a que me refiero tiene que ver con los acontecimientos
que alteran la secuencia esperada y el ritmo del ciclo vital,
son los que causan problemas, como sucede cuando el hijo llega
demasiado temprano, cuando la carrera profesional se ralentiza,
cuando se adelana el ser abuelos o la viudez; cuando los acontecimientos
ocurren sin sincronización con los "horarios tradicionales"
de la vida que rigen para una sociedad determinada. Las incongruencias
entre las normas sociales y el ciclo de vida representan libertades
para unos, para otros incertidumbres y preocupaciones.
Las personas utilizan la edad como una guía para adaptarse
a los demás, para dar sentido a la vida, para reflexionar
sobre el tiempo que ha pasado y el que queda.
"Un anciano señor, muy rico y culto, que vive en París,
desea encontrar señora de su edad que acepte ser su secretaria
y se ocupe del funcionamiento de su casa", decía un
aviso en un diario de Francia, en 1876, fue encargado por Alfred
Nobel, poco después de haber cumplido sus 43 años.
Así conoció a la condesa austríaca Berthe
Kinsky, la mujer distinguida y bella que cautivó al "anciano
señor". La cita corresponde a un artículo de
un matutino actual, que hacía referencia a la vida de Alfred
Nobel; me pareció interesante como representación
de la "edad social" en ese momento histórico
(Siglo XIX). Desde nuestro discurso actual podría escucharse,
"un señor de 43 años", o "es un viejo
de 43 años, si la referencia la hace algún adolescente.
Las normas de la edad son reflejo de un tiempo y una cronología
definidos por la sociedad.
Han cambiado las expectativas de la esperanza de vida, los patrones
que sostienen la edad "social" no son los mismos, además,
los límites entre los distintos períodos de la vida
perdieron nitidez. Aparecen nuevos patrones y nuevas definiciones
de los grupos de edad y por lo tanto son inconsistentes los comportamientos
que se denominaban "adecuados" a cada edad.
Con el paso del tiempo la vida se hace más compleja, pero
la complejidad no es sinónimo de malestar, puede serlo
o no, se puede ver como valor de enriquecimiento o de empobrecimiento.
Hablamos así de la mirada hacia las pérdidas o ganancias,
claro que nunca salimos "hechos".
Al transitar la madurez no podemos dejar de situar los cambios
biológicos, el cuerpo que responde de otra manera; si bien
sabemos que las células empiezan el envejecimiento algo
antes, el encuentro con determinadas modificaciones fisiológicas
comienza a reconocerse: la piel pierde su hidratación y
su elasticidad, como así también la tonicidad muscular,
las alteraciones visuales y auditivas, es decir, una cierta declinación
paulatina que no deriva de un estado patológico, sino del
paso del tiempo.
En la mujer, la menopausia, como en otros períodos de la
vida, la pubertad y el embarazo, refleja cambios tanto somáticos,
como endócrinos y psicológicos. Con frecuencia se
considera la menopausia como una amenaza en el desarrollo psicosexual
de la mujer, dado que significa que la vida reproductiva ha llegado
a su fin; aquí también es necesario remitirnos a
las representaciones sociales, al lugar otorgado para el placer
sexual y la diferenciación con la fertilidad. Actualmente
podemos decir que la energía psíquica que se utilizaba
anteriormente para hacer frente a las fluctuaciones del ciclo
menstrual y la reproducción se libera para las nuevas formas
de expansión psicológica y social.
En el hombre, también los cambios físicos constituyen
tema de preocupación, la reducción en la eficacia
del cuerpo, la mayor atención dedicada a su salud, el fantasma
de la potencia sexual, el lugar alcanzado en el mundo laboral,
la concientización de la finitud de la vida.
Un paciente de 52 años, expresaba hace un tiempo que en
una charla con los que consideraba "pares" en su trabajo,
hizo un comentario sobre un programa de televisión de los
70´; los compañeros quedaron mirando, no sabían
de qué estaba hablando; la escena lo impactó, lo
hizo detenerse en la edad de ellos, tenían entre 15 y 20
años menos; "después dicen que 20 años
no es nada"!; hasta ese momento no sentía la diferencia,
eso me hizo pensar en lo que me queda por vivir, y allí
acuñó esta frase: uno empieza a ser viejo cuando
se para a mirar hacia adelante y el camino que queda es más
corto que el que ya recorrió. Los otros devuelven una imagen,
en este punto de desconocerse y re-conocerse, los recursos con
que se cuenta permitirá la aceptación o tendrá
un efecto siniestro, si sorprende con horror.
Tendrán, no obstante, significación diferente y
singular en relación a la historia de vida, los ideales
en juego, la posibilidad de integrar sus duelos y decepciones.
Lo social y lo biológico son marcas en el cuerpo, marcas
que registran la temporalidad, pero mientras vivimos, desde el
psiquismo inconciente, el envejecimiento no existe, es atemporal;
el trabajo psiquico del envejecer consiste en metabolizar esas
marcas. Poder realizar ese interjuego entre el núcleo atemporal
y el registro de la temporalidad. Poder aceptar que uno se siente
joven, pero que el cuerpo envejece; una cosa es "sentirse
joven" y otra es querer "ser joven". Se puede serlo
sin sentirlo y sentirlo sin serlo. Mantener la capacidad de asombro,
la flexibilidad suficiente para estar dispuesto a cambiar.
Algunos llaman a este "segundo momento de la vida",
la "flor de la edad", acercarse a la conciencia del
tiempo "limitado", tomar conciencia de la finitud de
la vida, podrá permitir una mayor comprensión y
poner a disposición un repertorio más amplio para
enfrentarse a la vida.
Cuando el tiempo se transforma en el tiempo que queda por vivir,
aparece una mayor introspección y sobre todo un aprovechamiento
de lo que se ha aprendido para reestructurar las metas deseadas.
Desde esta perspectiva, es inadecuado hablar de crisis de la edad
mediana, sí que constituye un período de cambios,
que a veces producen crisis en algunas personas, y que son las
que se acercan a pedir ayuda, las que reconociendo la crisis se
pueden dar una oportunidad.
"El hombre empieza a envejecer cuando comienza a parecerse
a su padre..." escribió Gabriel García Márquez
(El amor en los tiempos del cólera) La historia de vida
propia hace detenerse, en algún momento puntual, por alguna
contingencia de la vida a mirar hacia atrás, el relato
que se construye de esa historia, podrá tomarse como un
proceso, o con episodios congelados. El relator de esa historia
, dará cuenta de un trayecto que podrá estar cargado
de negros momentos o teñido de certeras alegrías.
La cuestión que nos concierne, es que el sujeto construye
su historia a través de representaciones, finalidades y
afectos que constituirán su proceso identificatorio.
La memoria y el olvido, dos términos complementarios, que
en estos momentos más que nunca hacen que la construcción
del relato tenga la forma nostalgiosa o pueda transformarse en
un recuerdo, cuya función es servir de eslabón entre
el pasado y el presente, y que contribuye a la formación
y mantenimiento de la identidad.
La patología muestra una ruptura o desgarradura donde en
lo normal está presente una articulación: estamos
familiarizados con la concepción de que la patología,
mediante sus aumentos y engrosamientos, puede llamarnos la atención
sobre las constelaciones normales que de otro modo se nos escaparían.
Toda vez que se nos muestra una ruptura o desgarradura, es posible
que normalmente preexistiera una articulación. Si arrojamos
un cristal al suelo se hace añicos, pero no caprichosamente,
sino que se fragmenta siguiendo líneas de escisión
cuyo deslinde, aunque invisible, estaba comandado ya por la estructura
del cristal." (Nuevas conferencias de introducción
al Psicoanálisis 1932)
La cita corresponde a Freud; en este caso la utilizo como metáfora
de ruptura en cierto tipo de articulación en un momento
en un sujeto; cuando alguien llega a consultarme lo hace desde
su sufrimiento, a veces con alguna interrogación, otras,
desde preocupaciones o escenas fijas, que tienen más que
ver con mostraciones que el analista tiene que ayudar a re-formular.
La edad cronológica no es un indicador para determinar
la posibilidades de análisis de una persona, por suerte
en este caso desoímos las indicaciones del maestro, que
en 1904, manifestó: "la edad de los enfermos cumple
un papel en su selección para el tratamiento psicoanalítico,
en la medida que las personas que se acercan a la cincuentena
o la sobrepasan suelen de carecer de la plasticidad de los procesos
anímicos de la que depende la terapia, y por otra parte,
porque el material que debería reelaborarse prolongaría
indefinidamente el tratamiento." Tenemos una ventaja sobre
el maestro, es que contamos con desarrollos interdisciplinarios
que nos permiten acercarnos de otra manera, y que en su época
los treinta años se encuadraban en la mediana edad. Además
Freud caracteriza lo joven por el rasgo de inacabado, y por tanto
flexible, y lo viejo por la inmutabilidad psíquica.
Desde mi experiencia, puedo decir que las limitaciones deben decidirse
desde la situación terapéutica. Cuando decimos que
los pacientes están en los límites de lo analizable?
Se pueden enumerar diferentes criterios: los síntomas pueden
ser defensas ante el riesgo de disolución yoica; me refiero
a pacientes cuya demanda de análisis está sustentada
en un sufrimiento casi intolerable, que son para el analista un
desafío que lo cuestiona tanto en su escucha como en su
modalidad de interpretar, pero que no depende directamente de
la edad cronológica, sino más bien, del modo de
presentación, a veces desde la falta de estructuración,
caracteropatías, o patologías narcisistas.
El paciente es una exigencia de trabajo. Analizar es buscar verdades,
siempre múltiples y singulares. No se trata del juego de
la verdad, sino de la verdad posible, que es la verdad elaborable.
Como analista combato en la medida de lo posible la empresa de
lo mortífero que perturba al paciente en su acceso a la
vida.
En este sentido, la rigidez o la plasticidad no la refiero al
paciente solamente, sino al aparato psíquico y/o teórico
del analista. Mantengo como horizonte la relación entre
lo verdadero y lo soportable.
Una paciente que inicia su análisis a los 48 años,
profesional de la salud, con un relato teñido de sacrificio,
infancia "amarga", con una serie de imposibilidades
y penurias,
consulta por lo que ella cree, es una depresión, armada
detrás de una serie de rótulos diagnósticos;
en la primera entrevista me pregunta con qué fundamento
teórico trabajo, pues ella tiene algunas referencias sobre
el psicoanálisis, y expresa, no quiero hacer historia.
El primer tiempo se remitía constantemente a la queja por
su marido; llega a expresar que padece "depresión
domiciliaria". Con cuatro hijos adolescentes, que se van
desprendiendo, trae el "síndrome del nido vacío",
que es eso, le pregunto? Es la pérdida de los hijos, pérdida
de los hijos? pregunto y agrego, puede ser también ganancia
de más espacio propio, agrego. Allí aparece su angustia,
mi intervención presentifica un encuentro con lo propio,
y con su pareja, un re-encuentro que aparece sobrecargado de reproches.
De ser padres, se abre un espacio, que estaba vedado. Comienzan
a aparecer relatos de su historia, coagulados con valoración
negativa; el único espacio libidinizado era el de su tarea,
aunque con ciertas inhibiciones, para exponer, hablar en público.
Trabajamos sobre su tarea, lugar reconocido por ella, despreciado
por su esposo, inicia un curso de post-grado, que la conecta con
pares, y como ella expresa: "recobro en este espacio mi autoestima",
puede programar un viaje "con las chicas", compañeras
de curso, por primera vez. Estudia y se reconoce y la reconocen
en su producción. Comienza a tener actitudes agresivas
con su marido y trae en una sesión una situación
ocurrida con él. Dice:"sé que estoy combativa,
por ahí esto que ocurrió hoy es que le estoy pasando
muchas facturas antiguas, porque ahora reconozco que él
está distinto, pero tengo muchas facturas acumuladas"
Yo intervengo y le digo: Vio que muchas facturas entran en condonación
de deuda? y otras en moratoria. Ella se sorprende y me dice: es
cierto, también desde lo legal algunas cosas prescriben,
y no puede iniciarse juicio, pero por qué con lo psicológico
no pasa lo mismo? Podemos hacer que ocurra, por lo menos diferenciar,
pasar factura de lo actual, y condonar algunas deudas pendientes,
así lo viejo puede envejecer y ser pasado, para aprovechar
el presente.
Puede esperarse una disminución del efecto siniestro que
opera sobre cualquiera que, al negar una realidad hostil, la puede
transformar en una suerte de secreto con el que convive cotidianamente,
sin impedir que ella se filtre, pese a sus ojos cerrados, y provoque
la acobardada coartación de su condición de sujeto.
Quien puede mirar la tragedia tiene oportunidad de no caer preso
de la angustia de muerte, y abre paso a algo que se podía
definir como vivencia de muerte; con la referencia a la vida que
este término implica.
Insisto en este sentido, en la importancia de modular la exposición
de los pacientes a experiencias significantes cuando está
en juego un muy delicado equilibrio narcisista. Es necesaria la
prudencia frente a los equilibrios alcanzados por un paciente.
El análisis puede ser un refugio, sin dejar de ser un lugar
de re-descubrimiento, donde se cicatricen heridas y decepciones.
Es tiempo de concluir. L referencia al tiempo, a los tiempos que
recorrió todo el trabajo, me llevó a encontrar una
referncia en la literatura.
"El jardín de los senderos que se bifurcan es una
enorme adivinanza, o, parábola, cuyo tema es el tiempo.
Es una imagen incompleta, no falsa, del universo, tal como lo
concebía Ts´ui Pen. Creía en una infinita
serie de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempod
divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos que
se aproximan, se bifurcan, se cortan, o que secularmente se ignoran,
abarca todas las posibilidades."