Cristina Petit
Abordaje Grupal


Introducción


Cuando fui convocada, desde mi "oficio", al decir de Ulloa, más que profesión, un oficio disciplinado en cuanto a liberar posibilidades, sin ritualizar gestos. Un oficio que busca apoyo no tanto en lo instituído sino en la singularidad de cada uno, sin deconocer el rol social, porque cuando se trabaja con la gente y se quiere preservar esa singularidad, es más necesaria la creatividad que "oficia" que la "regularidad" que profesa.

Los que hoy estamos transcurriendo la mediana edad somos o mejor dicho fuimos los jóvenes de los 70¨. Nos tocó crecer con ciertas marcas e Ideales, que desde aquí valoramos. El tiempo de las utopías, los Beatles, Joan Manuel Serrat, pero también la Triple A, la última dictadura militar, la guerra de Las Malvinas, la llegada de la democracia. El Rodrigazo, El plan Austral, la Hiperinflación. Y aquí estamos.
Cuando describo estos acontecimientos políticos y económicos, recuerdo algunas charlas con una tía interesada en la política, que en mis años juveniles, me contaba sobre la crisis del 30¨, el primer golpe de estado, los hechos del 45¨ el gobierno de Perón, el voto femenino, la Revolución libertadora, los gobiernos siguientes, el gobierno de Illia, la noche de los bastones largos.
Con esta introducción intento ubicar el tiempo histórico-social, nombro acontecimientos en distintas décadas, aparece algo de la repetición pero también algo de la diferencia.
En otro orden, los cambios producidos en torno a la estructura e inserción social y cultural de la familia, en sus determinantes relaciones con el poder político y económico conducen a interrogantes para los que no tenemos aún respuestas. Aparece la necesidad de dar cuenta de cambios de organizadores en el imaginario social, por tanto de la constitución subjetiva; se nos plantea la tarea de adecuar nuestra técnica a las nuevas condiciones...(1919) "Nuevos caminos de la terapia analítica."

Cómo definir "Mediana Edad"? En nuestro imaginario no hay representación de la mediana edad, no funciona conceptualizado como tal. Es frecuente hablar de niñez, adolescencia, madurez y vejez. Podríamos entonces homologar la mediana edad con madurez? entonces, es una transición entre adolescencia y vejez, pero esta transición a diferencia de otras acepciones , es un período que abarca un tiempo prolongado de la vida, y es justamente este tiempo al que no estamos acostumbrados a definir, sino que lo transcurrimos y es definido por los otros (hijos, amigos, pares) que nos "ubican" :"no estás en edad de..", "está muy bien para su edad". Si tratamos de definirla desde la edad cronológica, comienza a incomodarnos alguna referencia exacta. Algunos definieron la mediana edad desde los 35 a los 60 a, otros desde los 40 a los 65 años. De cualquier manera, no podemos dejar de reconocer que en nuestra sociedad sería absurdo decir que la edad es irrelevante.
No existe ninguna sociedad donde la edad sea irrelevante, pero lo que varía de una sociedad , de una cultura a otra, son los modos de referencia y las representaciones imaginarias que la misma atribuye. Desde dónde son otorgados esos significados? desde las distintas disciplinas, y desde el entramado socio-histórico-cultural. Partimos de esta premisa: "las normas relacionadas con la edad se construyen socialmente", desde allí, tendremos en cuenta el contexto en el cual los sujetos crecen, maduran y envejecen.

Referirme a la mediana edad, no es una tarea fácil, por varias razones: 1° porque la clasificación nos es harto difícil en nuestra disciplina psicoanalítica y luego porque que en cualquier clasificación que encuentre estaré dentro de la misma. Trataré entonces de hacer algún recorte productivo desde mi experiencia, que por supuesto, será una mirada particular, que incluirá mi propia experiencia de vida y mi recorrido como psicoanalista.
Sin temor a equivocarnos, decimos que la mediana edad simplemente es el tiempo que transcurre entre la juventud y la vejez. También podemos decir, es el tiempo más fructífero de la vida, lleno de crecimientos y desarrollos, y el tiempo de ciertos balances.
Las normas y expectativas de la edad operan como un sistema de control social, como estímulo y freno sobre los comportamientos, son "los relojes sociales", dice Berenice Neugarten en su libro "Los significados de la edad", que en algunos momentos actúan acelerando un suceso y en otros, retrasándolo.
La referencia está hecha a ciertos acontecimientos de la vida: profesión, casamiento, hijos, que se constituyen a través de la mirada de los otros, en un lugar y tiempo adecuado: se recibió joven, se casó a tiempo, la maternidad llegó con retraso. La lectura es llegar a tiempo o fuera de tiempo. En este sentido, las personas internalizan un reloj social que les dice si son puntuales o no.
Este Tiempo a que me refiero tiene que ver con los acontecimientos que alteran la secuencia esperada y el ritmo del ciclo vital, son los que causan problemas, como sucede cuando el hijo llega demasiado temprano, cuando la carrera profesional se ralentiza, cuando se adelana el ser abuelos o la viudez; cuando los acontecimientos ocurren sin sincronización con los "horarios tradicionales" de la vida que rigen para una sociedad determinada. Las incongruencias entre las normas sociales y el ciclo de vida representan libertades para unos, para otros incertidumbres y preocupaciones.
Las personas utilizan la edad como una guía para adaptarse a los demás, para dar sentido a la vida, para reflexionar sobre el tiempo que ha pasado y el que queda.
"Un anciano señor, muy rico y culto, que vive en París, desea encontrar señora de su edad que acepte ser su secretaria y se ocupe del funcionamiento de su casa", decía un aviso en un diario de Francia, en 1876, fue encargado por Alfred Nobel, poco después de haber cumplido sus 43 años. Así conoció a la condesa austríaca Berthe Kinsky, la mujer distinguida y bella que cautivó al "anciano señor". La cita corresponde a un artículo de un matutino actual, que hacía referencia a la vida de Alfred Nobel; me pareció interesante como representación de la "edad social" en ese momento histórico (Siglo XIX). Desde nuestro discurso actual podría escucharse, "un señor de 43 años", o "es un viejo de 43 años, si la referencia la hace algún adolescente. Las normas de la edad son reflejo de un tiempo y una cronología definidos por la sociedad.
Han cambiado las expectativas de la esperanza de vida, los patrones que sostienen la edad "social" no son los mismos, además, los límites entre los distintos períodos de la vida perdieron nitidez. Aparecen nuevos patrones y nuevas definiciones de los grupos de edad y por lo tanto son inconsistentes los comportamientos que se denominaban "adecuados" a cada edad.
Con el paso del tiempo la vida se hace más compleja, pero la complejidad no es sinónimo de malestar, puede serlo o no, se puede ver como valor de enriquecimiento o de empobrecimiento. Hablamos así de la mirada hacia las pérdidas o ganancias, claro que nunca salimos "hechos".
Al transitar la madurez no podemos dejar de situar los cambios biológicos, el cuerpo que responde de otra manera; si bien sabemos que las células empiezan el envejecimiento algo antes, el encuentro con determinadas modificaciones fisiológicas comienza a reconocerse: la piel pierde su hidratación y su elasticidad, como así también la tonicidad muscular, las alteraciones visuales y auditivas, es decir, una cierta declinación paulatina que no deriva de un estado patológico, sino del paso del tiempo.
En la mujer, la menopausia, como en otros períodos de la vida, la pubertad y el embarazo, refleja cambios tanto somáticos, como endócrinos y psicológicos. Con frecuencia se considera la menopausia como una amenaza en el desarrollo psicosexual de la mujer, dado que significa que la vida reproductiva ha llegado a su fin; aquí también es necesario remitirnos a las representaciones sociales, al lugar otorgado para el placer sexual y la diferenciación con la fertilidad. Actualmente podemos decir que la energía psíquica que se utilizaba anteriormente para hacer frente a las fluctuaciones del ciclo menstrual y la reproducción se libera para las nuevas formas de expansión psicológica y social.
En el hombre, también los cambios físicos constituyen tema de preocupación, la reducción en la eficacia del cuerpo, la mayor atención dedicada a su salud, el fantasma de la potencia sexual, el lugar alcanzado en el mundo laboral, la concientización de la finitud de la vida.
Un paciente de 52 años, expresaba hace un tiempo que en una charla con los que consideraba "pares" en su trabajo, hizo un comentario sobre un programa de televisión de los 70´; los compañeros quedaron mirando, no sabían de qué estaba hablando; la escena lo impactó, lo hizo detenerse en la edad de ellos, tenían entre 15 y 20 años menos; "después dicen que 20 años no es nada"!; hasta ese momento no sentía la diferencia, eso me hizo pensar en lo que me queda por vivir, y allí acuñó esta frase: uno empieza a ser viejo cuando se para a mirar hacia adelante y el camino que queda es más corto que el que ya recorrió. Los otros devuelven una imagen, en este punto de desconocerse y re-conocerse, los recursos con que se cuenta permitirá la aceptación o tendrá un efecto siniestro, si sorprende con horror.
Tendrán, no obstante, significación diferente y singular en relación a la historia de vida, los ideales en juego, la posibilidad de integrar sus duelos y decepciones.
Lo social y lo biológico son marcas en el cuerpo, marcas que registran la temporalidad, pero mientras vivimos, desde el psiquismo inconciente, el envejecimiento no existe, es atemporal; el trabajo psiquico del envejecer consiste en metabolizar esas marcas. Poder realizar ese interjuego entre el núcleo atemporal y el registro de la temporalidad. Poder aceptar que uno se siente joven, pero que el cuerpo envejece; una cosa es "sentirse joven" y otra es querer "ser joven". Se puede serlo sin sentirlo y sentirlo sin serlo. Mantener la capacidad de asombro, la flexibilidad suficiente para estar dispuesto a cambiar.
Algunos llaman a este "segundo momento de la vida", la "flor de la edad", acercarse a la conciencia del tiempo "limitado", tomar conciencia de la finitud de la vida, podrá permitir una mayor comprensión y poner a disposición un repertorio más amplio para enfrentarse a la vida.
Cuando el tiempo se transforma en el tiempo que queda por vivir, aparece una mayor introspección y sobre todo un aprovechamiento de lo que se ha aprendido para reestructurar las metas deseadas. Desde esta perspectiva, es inadecuado hablar de crisis de la edad mediana, sí que constituye un período de cambios, que a veces producen crisis en algunas personas, y que son las que se acercan a pedir ayuda, las que reconociendo la crisis se pueden dar una oportunidad.

"El hombre empieza a envejecer cuando comienza a parecerse a su padre..." escribió Gabriel García Márquez (El amor en los tiempos del cólera) La historia de vida propia hace detenerse, en algún momento puntual, por alguna contingencia de la vida a mirar hacia atrás, el relato que se construye de esa historia, podrá tomarse como un proceso, o con episodios congelados. El relator de esa historia , dará cuenta de un trayecto que podrá estar cargado de negros momentos o teñido de certeras alegrías. La cuestión que nos concierne, es que el sujeto construye su historia a través de representaciones, finalidades y afectos que constituirán su proceso identificatorio.
La memoria y el olvido, dos términos complementarios, que en estos momentos más que nunca hacen que la construcción del relato tenga la forma nostalgiosa o pueda transformarse en un recuerdo, cuya función es servir de eslabón entre el pasado y el presente, y que contribuye a la formación y mantenimiento de la identidad.

La patología muestra una ruptura o desgarradura donde en lo normal está presente una articulación: estamos familiarizados con la concepción de que la patología, mediante sus aumentos y engrosamientos, puede llamarnos la atención sobre las constelaciones normales que de otro modo se nos escaparían. Toda vez que se nos muestra una ruptura o desgarradura, es posible que normalmente preexistiera una articulación. Si arrojamos un cristal al suelo se hace añicos, pero no caprichosamente, sino que se fragmenta siguiendo líneas de escisión cuyo deslinde, aunque invisible, estaba comandado ya por la estructura del cristal." (Nuevas conferencias de introducción al Psicoanálisis 1932)
La cita corresponde a Freud; en este caso la utilizo como metáfora de ruptura en cierto tipo de articulación en un momento en un sujeto; cuando alguien llega a consultarme lo hace desde su sufrimiento, a veces con alguna interrogación, otras, desde preocupaciones o escenas fijas, que tienen más que ver con mostraciones que el analista tiene que ayudar a re-formular.
La edad cronológica no es un indicador para determinar la posibilidades de análisis de una persona, por suerte en este caso desoímos las indicaciones del maestro, que en 1904, manifestó: "la edad de los enfermos cumple un papel en su selección para el tratamiento psicoanalítico, en la medida que las personas que se acercan a la cincuentena o la sobrepasan suelen de carecer de la plasticidad de los procesos anímicos de la que depende la terapia, y por otra parte, porque el material que debería reelaborarse prolongaría indefinidamente el tratamiento." Tenemos una ventaja sobre el maestro, es que contamos con desarrollos interdisciplinarios que nos permiten acercarnos de otra manera, y que en su época los treinta años se encuadraban en la mediana edad. Además Freud caracteriza lo joven por el rasgo de inacabado, y por tanto flexible, y lo viejo por la inmutabilidad psíquica.
Desde mi experiencia, puedo decir que las limitaciones deben decidirse desde la situación terapéutica. Cuando decimos que los pacientes están en los límites de lo analizable? Se pueden enumerar diferentes criterios: los síntomas pueden ser defensas ante el riesgo de disolución yoica; me refiero a pacientes cuya demanda de análisis está sustentada en un sufrimiento casi intolerable, que son para el analista un desafío que lo cuestiona tanto en su escucha como en su modalidad de interpretar, pero que no depende directamente de la edad cronológica, sino más bien, del modo de presentación, a veces desde la falta de estructuración, caracteropatías, o patologías narcisistas.
El paciente es una exigencia de trabajo. Analizar es buscar verdades, siempre múltiples y singulares. No se trata del juego de la verdad, sino de la verdad posible, que es la verdad elaborable. Como analista combato en la medida de lo posible la empresa de lo mortífero que perturba al paciente en su acceso a la vida.
En este sentido, la rigidez o la plasticidad no la refiero al paciente solamente, sino al aparato psíquico y/o teórico del analista. Mantengo como horizonte la relación entre lo verdadero y lo soportable.

Una paciente que inicia su análisis a los 48 años, profesional de la salud, con un relato teñido de sacrificio, infancia "amarga", con una serie de imposibilidades y penurias,
consulta por lo que ella cree, es una depresión, armada detrás de una serie de rótulos diagnósticos; en la primera entrevista me pregunta con qué fundamento teórico trabajo, pues ella tiene algunas referencias sobre el psicoanálisis, y expresa, no quiero hacer historia. El primer tiempo se remitía constantemente a la queja por su marido; llega a expresar que padece "depresión domiciliaria". Con cuatro hijos adolescentes, que se van desprendiendo, trae el "síndrome del nido vacío", que es eso, le pregunto? Es la pérdida de los hijos, pérdida de los hijos? pregunto y agrego, puede ser también ganancia de más espacio propio, agrego. Allí aparece su angustia, mi intervención presentifica un encuentro con lo propio, y con su pareja, un re-encuentro que aparece sobrecargado de reproches. De ser padres, se abre un espacio, que estaba vedado. Comienzan a aparecer relatos de su historia, coagulados con valoración negativa; el único espacio libidinizado era el de su tarea, aunque con ciertas inhibiciones, para exponer, hablar en público. Trabajamos sobre su tarea, lugar reconocido por ella, despreciado por su esposo, inicia un curso de post-grado, que la conecta con pares, y como ella expresa: "recobro en este espacio mi autoestima", puede programar un viaje "con las chicas", compañeras de curso, por primera vez. Estudia y se reconoce y la reconocen en su producción. Comienza a tener actitudes agresivas con su marido y trae en una sesión una situación ocurrida con él. Dice:"sé que estoy combativa, por ahí esto que ocurrió hoy es que le estoy pasando muchas facturas antiguas, porque ahora reconozco que él está distinto, pero tengo muchas facturas acumuladas" Yo intervengo y le digo: Vio que muchas facturas entran en condonación de deuda? y otras en moratoria. Ella se sorprende y me dice: es cierto, también desde lo legal algunas cosas prescriben, y no puede iniciarse juicio, pero por qué con lo psicológico no pasa lo mismo? Podemos hacer que ocurra, por lo menos diferenciar, pasar factura de lo actual, y condonar algunas deudas pendientes, así lo viejo puede envejecer y ser pasado, para aprovechar el presente.
Puede esperarse una disminución del efecto siniestro que opera sobre cualquiera que, al negar una realidad hostil, la puede transformar en una suerte de secreto con el que convive cotidianamente, sin impedir que ella se filtre, pese a sus ojos cerrados, y provoque la acobardada coartación de su condición de sujeto. Quien puede mirar la tragedia tiene oportunidad de no caer preso de la angustia de muerte, y abre paso a algo que se podía definir como vivencia de muerte; con la referencia a la vida que este término implica.
Insisto en este sentido, en la importancia de modular la exposición de los pacientes a experiencias significantes cuando está en juego un muy delicado equilibrio narcisista. Es necesaria la prudencia frente a los equilibrios alcanzados por un paciente. El análisis puede ser un refugio, sin dejar de ser un lugar de re-descubrimiento, donde se cicatricen heridas y decepciones.
Es tiempo de concluir. L referencia al tiempo, a los tiempos que recorrió todo el trabajo, me llevó a encontrar una referncia en la literatura.
"El jardín de los senderos que se bifurcan es una enorme adivinanza, o, parábola, cuyo tema es el tiempo. Es una imagen incompleta, no falsa, del universo, tal como lo concebía Ts´ui Pen. Creía en una infinita serie de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempod divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan, o que secularmente se ignoran, abarca todas las posibilidades."


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