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Libro: "DROGAS"
Hermes Millán Redin

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CRONICA DE UNA CURA SOSPECHOSA

Se dice a veces –con cierta razón- que a los psicólogos y los psicoterapeutas nadie los quiere. Parecería que esta temeraria afirmación se refiere a que nunca son queridos por quién no es paciente –por la esperable incomprensión de la naturaleza que ese amor involucra- Y cuando son queridos por quienes si son pacientes, no ocupan otro lugar que no sea el de intermediarios de otros amores más sustanciales.
Por otra parte cabe señalar que a diferencia de la cirugía y la medicación de choque, cualquier progreso o mejoría de un paciente en psicoterapia siempre puede ser atribuido al paso del tiempo y no a nuestra intervención especializada.

Será quizá por eso que los psicólogos y los psicoterapeutas son/somos tan sensibles a los elogios y agradecimientos de los pacientes y sus familias –cuando este milagro sucede- aún cuando sepamos que estos amores son tan fugaces como inmerecidos. Si la honestidad fuera posible en esos momentos deberíamos decirles como Freud en su arribo a los EEUU a sus entusiasmados anfitriones: “pobres, no saben que les he traído la peste”. Porque no hay cura imaginable que no sacuda aquello que se querría preservar de toda sacudida posible.

Por eso y por mucho más apenas sonreí cuando la madre de Ruben me dijo mirándome a los ojos: “doctor, un día me lo voy a llevar a la cama... perdón, qué dije! me lo voy a llevar a la casa para consultarlo a cada rato...porque usted nos ha aclarado tantas cosas, doctor que no se como agradecérselo!”

Mi reticencia a señalar con más que una sonrisa la trasposición de términos casa/cama obedeció- entre otras consideraciones técnicas- a que ya sabía desde hacía varias sesiones del acoso de agradecimientos y endiosamientos a que me sometía la madre de ese joven paciente de dieciséis años, en abstinencia de la cocaína desde que comencé a atenderlo, cinco meses atrás del inicio de este relato. Si no hubiera estado tan advertido no podría jurar que semejante lapsus no me hubiese sonado como una promesa reparadora de tantos injustos desagradecimientos.

Ruben consumía alcohol, cemento, marihuana y cocaína desde los diez años; por lo menos la primera vez que fue sorprendido inhalando pegamento en el baño de la escuela tenía esa edad; al año siguiente la maestra le encontró marihuana en una revisación de mochilas, y a los pocos meses la policía lo detuvo por primera vez esnifando cocaína en una plaza del barrio. Desde allí siguieron detenciones varias, internaciones en el Instituto Nacional del Menor por consumo y participación en arrebatos de carteras y un asalto a un comercio minorista.
Pero cuando la madre me consulta por primera vez estando Ruben internado, fugado y vuelto a internar en el Centro de Seguridad para menores, me habla como si todo hubiera comenzado hacía muy poco. Luego que con la participación del padre reconstruimos la historia de consumo y delitos, ella argumenta que no me dijo todo de golpe para que yo no viera a Ruben con prejuicios y lo estigmatizara como siempre hacen con él, y quizá no quisiera atenderlo. Ruben disfrutaba de decir delante de la madre los detalles de sus antecedentes, mientras la mujer repetía: “que tonta que fui! cómo no me di cuanta antes de todo en lo que estabas metido!; además doctor, usted debe estar acostumbrado a estas cosas y no se debe asustar de nada...”. Demás está decir que yo omití referir las cosas de las cuales todavía era capaz de asustarme.

Los padres de Ruben se habían separado hacía diez años en medio de una historia de infidelidades por parte del hombre, violencias varias y elección por parte de la mujer de un lugar de víctima que sostuvo con esfuerzo todo este tiempo, jugando a reforzar con sus hijos (Ruben y una hermana de quince años recién cumplidos) una fuerte sociedad de parientes muertos. Y digo muertos porque en esa familia estaba muerta la sorpresa, el deseo que involucrara a terceros, se sabía perfectamente y sin margen de error que “los de afuera son peligrosos”, que “solo podés confiar en los tuyos”, que “mamá siempre va a estar cerca de vos”, que “papá ya sabés como es”, que “de el no podés esperar nada”, que “mejor de dedique a coger a la minita que nos jodíó la vida”, que “para aparecer y cagarles la historia es mejor que ni aparezca”.
Claro que el padre aparecía y desaparecía de una manera que facilitaba el discurso de la madre; pero también parece cierto que si no desaparecía por su cuenta era expulsado por la ex mujer; y el hombre tosco, violento pero ingenuo, esquemático y principista de una manera insustancial, no sabía como defenderse de estas maniobras y quedaba siempre enredado entre ellas y el rechazo de sus hijos. Podríamos decir que la madre de mi joven paciente juega perfectamente a la ley del of side.
Mientras la madre financiaba el consumo de Ruben, dándole dinero o permitiendo que vendiera el televisor, los equipos de música, la plancha, la aspiradora y cuanta cosa de valor iba quedando en la casa (reponiendo incansablemente el stock hasta el límite de sus economías), el padre lo castigaba con su ausencia y la prohibición de aparecer por su domicilio en cada episodio crítico de los que se enteraba por una llamada de la ex mujer o de la policía.
Rubén pasaba de decir “papá es un hijo de puta, nunca nos quiso, dejó a mamá por esa conchuda”, a reconocer cuando yo le habilitaba esos sentimientos: “yo a papá lo quiero, lo que pasó con mi madre es cosa de ellos, pero si voy a verlo al trabajo mamá se enoja, y yo no quiero que mamá se enoje”.

La relación de Ruben y su madre era muy estrecha, dormían en la misma habitación (habiendo otro cuarto vacío en la casa) y algunas veces en la misma cama si Ruben había vendido el colchón que ponía en el piso junto a la cama grande.. Otras veces Ruben reaccionaba violentamente con la madre –sobre todo si ella se negaba a darle dinero- y la sacudía, le tiraba del pelo, le torcía el brazo o la amenazaba con un cuchillo como la última vez cuando ocurrió la internación que motivó se me consultara en el marco de un convenio con el Instituto del Menor..
Podría decirse que la casa estaba atravesada por varias líneas de promiscuidad familiar: por un lado la cohabitación de Ruben y su madre; por otro lado Ruben acostumbraba a pasearse desnudo por la casa de su cuarto al baño, e incluso, cuando su madre estaba trabajando, entraba desnudo al cuarto de su hermana y le mostraba su pene diciéndole: “andá mirando para que aprendas y no te asustes cuando te toque debutar”. Ruben me contaba estos secretos cuando tenía miedo que su hermana lo denunciara con la madre. Y siempre agregaba: “yo prefiero que mire mi pija y sepa lo que es y no salga por ahí y por curiosidad termine garchando con algún hijo de puta”. Ruben cuenta que la madre también se pasea en ropa interior por la casa y que algunas veces el le pellizca el culo diciéndole como en broma: “andá a vestirte que ya estás vieja, putita”.
Aquí cabe recordar que en oportunidad de un viaje que yo realizo por quince días, queda mi asistente a cargo de las consultas con Ruben. En uno de los encuentros este intenta seducirla preguntándole si es soltera, si vive sola, si tiene novio en este momento y coronando su tarea con un piropo mientras inclinaba su cuerpo provocativamente hacia Jacqueline. El piropo en cuestión fue: “quién pudiera ser pirata para robar ese tesoro!” Agregando para que no quedaran dudas: “el tesoro sos vos, claro”. Y finalmente, ablandando su tono, agrega: “no lo tomes a mal, Jacqueline”. En esa misma sesión cuenta que teme por un drama en su familia pues ha soñando que alguien entra la casa, viola a la hermana y acuchilla a la madre.
En otras oportunidades, valiéndose de la confianza que dice le da hablar de hombre a hombre, me describe detalles del físico de una muchacha que le gusta a la cual se refiere con el nombre de “la pardita” o “la yegüita”, agregando frecuentemente: “Millán, si usted la conociera también se calentaría”.
Cuando la hermana comienza a salir con un chico (a escondidas del padre que es también muy celoso) la madre le encarga a Ruben acompañarlos en toda salida; Ruben se siente incómodo en esa situación y termina dejándolos solos un rato mientras él va hasta la playa a mirar jugar a la pelota; luego termina sintiéndose angustiado y culpable por haberle fallado a la madre y por el temor de que en su ausencia haya pasado algo entre la joven pareja.

Lo cierto – y eso es lo que me ocupa fundamentalmente en esta reseña- es que desde que comienzo a trabajar con Ruben, este deja de consumir y mantiene su dificultosa abstinencia durante los cinco meses de la primera etapa del tratamiento.. La fórmula parece demasiado sencilla para un resultado tan inmediato. Cuando la madre me consulta estando Ruben internado –con una causa penal abierta por la participación en una rapiña- ella me pide una fórmula que ayude al hijo sacándolo de la internación sin tener que volver al Centro de Seguridad para menores. “Ese lugar es el peor posible” me dice. Yo le explico con dureza que el peor lugar posible es su casa, o sea, su casa en el marco de la relación que ambos sustentan hasta el momento, donde ella sostiene y financia la adicción. Le planteo la aceptación de trabajar con Ruben y la familia sólo a punto de partida de un contrato que suponga la aceptación de determinadas premisas: 1- la suspensión de todo suministro de dinero; 2- el establecimiento de horarios máximos para la vuelta a la casa; 3- cumplimiento estricto del régimen de sesiones de trabajo estipulado; 4- comunicación inmediata a la policía con la consiguiente suspensión de la libertad acordada a condición de un tratamiento de rehabilitación ante cualquier hecho de violencia doméstica; 5- la prohibición de la llegada a la casa por parte de Ruben con señales evidentes de consumo; 6- suspensión de mi intervención terapéutica ante la violación de cualquiera de los acuerdos por parte del chico o de la madre.
Con estas condiciones pretendo evidenciar que existe un régimen a cumplir por el chico y otro por la madre en la condición obvia de co-adictos.

A partir de allí la historia del tratamiento fue el cotidiano forcejeo con la madre ante sus permanentes amagues de aflojar el sistema de límites establecido, permitiendo por ejemplo el consumo de sidra por considerarla una “bebida familiar”, o el darle el dinero para los cigarrillos en vez de los cigarrillos, para luego quedar preocupada todo el día –con sucesivas llamadas telefónicas- pensando si Ruben habría utilizado o no el dinero para comprar un faso o una entrega a cuenta de un saque de merca. También la historia fue de allí en adelante una sucesión interminable de elogios y agradecimientos dedicados a mi persona; los concebidos: “qué nunca nos falte doctor!; usted si que se las sabe todas; usted habla con el de hombre a hombre, es como el padre que nunca tuvo”. Cosa que siempre me sonó – acorde a la invitación a llevarme a su cama- que yo era, en su discurso, el marido que no tenía y que si yo caía en la seducción podría correr la misma suerte de su ex esposo.

Pero lo cierto es que Ruben continuaba sin consumir, con momentos de fuertes dudas en relación a si sería capaz de cumplir las promesas que se había hecho a si mismo y a su familia y a mi mismo, con momentos de gran angustia, con llamadas telefónicas nocturnas (a mi o a mi asistente) pidiendo un refuerzo para su voluntad azotada. Pero lo cierto, repito, es que Ruben se mostraba capaz de sostener esa abstinencia a pesar de provenir de una vieja y precoz historia de consumo, con una vida absolutamente marginal, con los antecedentes de detenciones y robos, con el diagnóstico psiquiátrico de trastornos de personalidad, con la historia de días y días de ausentismo a la casa familiar y de reacciones de violencia como la que ameritó la ultima intervención policial cuando ni siquiera su permisiva madre creyó poder controlar la situación sin riesgos mayores.

Mientras tanto trabajábamos para la recuperación de un vinculo posible con el padre (que se mostraba más dispuesto de lo que indicaban las predicciones de la madre), para la retirada del cuarto de la madre, para la ruptura del régimen de dependencia mutua, para la reformulación de la imagen que Ruben tenía de la madre como víctima a la cual debía siempre en última instancia amparar. La madre contestaba con las humedades de la habitación donde Ruben podría dormir solo, con el temor a que se levantara de noche y saliera a la calle sin que ella lo notara, con el riesgo de alentarle un vínculo posible con el padre y dejarlo así expuesto a más frustraciones y abandonos, y en la medida de sus miedos a perder el vínculo que sostenía con el hijo, con darle dinero, con sugerirle que se comprara un porrito y nada más que uno cuando lo veía muy triste y angustiado, con el ofrecimiento como regalo de cumpleaños de cuatro días de alquiler de una cabaña en la playa para que pudiera ir a pasarla solo con sus amigos.
Y todo a tal punto que de alguna forma era la madre la que proponía la vuelta al consumo –de forma más o menos encubierta- y era Ruben el que resistía. Parecía quedar claro que la adicción de Ruben era a la vez un intento fallido de independencia y el dispositivo familiar que sostenía la dependencia al costo que fuera necesario.

Una sesión Ruben falta sin aviso (cosa que nunca sucedía) y cuando logro comunicarme con la casa, la madre me dice que sufrió un fuerte tirón muscular en una pierna y que posteriormente le diagnosticaron esguince; aparentemente recuperado fijamos una nueva sesión a la que vuelve a faltar y así otra vez; la madre, la misma que llamara repetidamente sin consideración de día ni hora y por cosas irrelevantes la mayoría de las veces, no me llama ni contesta mis mensajes. Un fin de semana, luego de la primer falta sin aviso, la madre me llama diciéndome que acaba de internar a Ruben porque lo vio muy nervioso y con fuerte necesidad de consumir cocaína; le pido que deje constancia en el Sanatorio de que voy a pasar a visitarlo al día siguiente, pero cuando chequeo con la guardia antes de ir si está el permiso este no consta en el legajo; contestándome a un mensaje la madre me dice que no pudo ver a la psiquiatra tratante y que además ya tiene el alta para dos días más tarde.
Cuando logro ver a Ruben –ya en mi consultorio nuevamente- me cuenta que consumió un gramo de cocaína antes de la internación y un porro compartido en el Sanatorio; me dice también que le está costando venir a la consulta y que prefiere aceptar una propuesta de la psiquiatra de ir a las reuniones de Narcóticos Anónimos en un régimen libre de todo compromiso de frecuencia. Luego me confiesa que esta promesa no la va a cumplir y que se trata de un discurso acordado con la madre para que yo no me “enoje” pensando que va tirar por la borda todo lo que hice por él.

A partir de ese momento tengo consultas esporádicas con la madre y algunos contactos con Ruben.
El muchacho actualmente consume alcohol en forma generalmente moderada, un par de veces cocaína en un período de dos meses y algún porro los sábados de noche cuando va a bailar; comenzó a estudiar computación y hace alguna changa en un supermercado cerca de la casa.
A la primer sorpresa del boicot de la madre (que sigue siendo amable y elogiosa conmigo pero que ya no me promete llevarme a su cama), le sigue esta otra: ante la especulación de que el abandono de la asistencia regular de Ruben al tratamiento podría ser el comienzo de una recaída, el muchacho se muestra capaz de sostener un consumo moderado e incluso de intentar afrontar un proyecto de estudio y trabajo.
Es aquí que me planteo una serie de preguntas:
1- cómo pudo Ruben pasar de un nivel de consumo de alto riesgo a una abstinencia esforzada en tan poco tiempo, teniendo en cuenta sus antecedentes y el diagnóstico psiquiátrico?
2- porqué razón se retira del tratamiento en esa puesta en escena preparada junto con la madre?
3- porqué la madre pasa del acoso a la distancia en el vínculo conmigo?
4- y sobretodo: porqué lo que parecía ser el comienzo de una recaída se constituyó en la apertura de un período de estabilidad aparentemente más sólida?

Mi primer reflexión se refiere a como mi inclusión inicial y mi exclusión posterior jugaron como amenaza o consolidación del carácter “endogámico” y promiscuo de la familia de Ruben. Mi hipótesis es que este proceso siguió una secuencia que podría detallarse de esta manera:
- la madre de Ruben, incapaz de sostener la adicción del hijo en los niveles que pudieran asegurar el reforzamiento de la dependencia, convoca mi participación para reconstruir ese costoso filo de la navaja;
- Ruben acepta mi inclusión mientras yo pueda operar como objeto erótico de la madre;
- mientras la madre puede mantener esa fantasía Ruben logra retirarse de la madre, del cuarto de la madre y de la droga;
- a medida que la madre de Ruben va reconociendo la frustración del juego de incluirme en el escenario de la promiscuidad familiar, necesita crecientemente del Ruben drogadicto,
- a medida que Ruben va comprendiendo el diseño de los juegos de poder de la madre, teme por mi suerte y se retira para salvarme; allí me percato de que en las últimas sesiones regulares Ruben me dice insistentemente: “usted Millán debe estar podrido, mi madre no lo deja tranquilo ni un minuto. Yo le digo aflojá vieja que el tipo tiene mujer e hijos”;
- esa retirada lejos de anticipar una recaída, abre el espacio a un proceso de mejoría más consistente; la paradoja parece consistir en que no es una retirada para volver a cuarto de la madre sino para negarse ser intermediario de la voracidad de la misma (voracidad que se manifiesta en el hablar y hablar atrapando al interlocutor en las redes de su incansable palabra);
- la retirada de Ruben puede ser leída como un intento de zafar de una de las dimensiones de la promiscuidad familiar, y en ese sentido se convierte en espacio de crecimiento.


Lic. en Psic. Hermes Millán Redin

 
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