UN ATAJO HACIA LAS INDIAS
(Los discursos sobre las drogas en una población marginal)
Hermes Millán Redín
psicólogo-psicoterapeuta
Montevideo, Uruguay
Hablar del Barrio Nueva Esperanza es invocar un sistema de espejismos
que nombra la realidad no para mostrarla sino para eludirla. Lo
de "Barrio" en la medida que oculta la calidad de "asentamiento",
de agrupamiento irregular de casas sobre la base material de terrenos
ocupados ilegalmente; lo de "Nueva Esperanza" en la
medida que elude el hecho de que la motivación nucleadora
de los pobladores es complementaria y paradojalmente, la desesperación.
Nos cuentan algunos de los fundadores del asentamiento como debieron
abandonar "su primera esperanza" empujados por el aumento
del valor relativo de los arrendamientos y por la muerte de un
niño que con su fantasma marcó el territorio de
la catástrofe y obligó el camino hacia una nueva
tierra prometida.
Hablar de "Nueva Esperanza" ya nos condiciona la dirección
del discurso, si tenemos en cuenta que la denominación
es más lo que no-dice que lo que dice. Parafraseando a
Bruno Bulacio podríamos afirmar: siempre que se habla de
Nueva Esperanza estamos hablando de otra cosa.
La llegada del grupo de técnicos de P-CAP al asentamiento
podría más bien calificarse de desembarco en el
sentido de que, como casi siempre sucede en la búsqueda
de verificación de las tesis científicas en el ámbito
de lo psicológico y lo social, el bien atento termina descubriendo
un nuevo continente siempre que cree navegar seguro por el camino
más corto a Las Indias. Es así que lo encontrado,
frecuentemente resulta ser otro tipo de especias.
El choque de culturas, los descubridores descubiertos y la reformulación
de las identidades implicadas, forma parte de "lo que no
debe decirse" en los informes científicos.
Si se trata de ubicar geográficamente el Asentamiento
Nueva Esperanza, diremos que está enclavado en la recientemente
denominada Ciudad de la Costa, que abarca la cadena de balnearios
del Departamento de Canelones desde el límite con Montevideo
hacia el Este (o más bien entre la Ciudad de la Costa y
la zona de cementerios privados concebidos como parques de alta
calidad habitacionaria). Pero la mayoría de la gente sigue
llamando esta zona con la vieja denominación de "Costa
de Oro", y por lo tanto se extraña cuando descubre
que entre el oro de la arena y el sol existen realidades que brillan
menos que los afiches turísticos y que confirman la tesis
popular de que "no es oro todo lo que reluce".
También esta paradoja se inscribe en el orden de lo no
dicho, en la medida que Nueva Esperanza constituye una "aberración"
en el diseño racional que decide donde debe estar cada
cosa. El entender la propia existencia de Nueva Esperanza como
quiebre de una racionalidad, nos ayudará a entender las
contradicciones o paradojas que atraviesan los discursos que nos
ocupan.
La inserción de P-CAP en la zona tiene sentido en función
de un proyecto que abarca la formación de Promotoras de
Salud, la Educación para el Trabajo (dirigida hacia la
formación de unidades laborales autogestionarias) y una
investigación clínica y social sobre las peculiaridades
del discurso sobre las "drogas" en las poblaciones marginales.
Esta investigación se inscribe en el marco de una formulación
abarcativa sobre los discursos políticos, sociales, profesionales
y culturales (presentada en un trabajo titulado: "Los Discursos
sobre las Drogas. Del terrorismo de la derecha al puritanismo
de la izquierda") y que afirma en su introducción:
"Los tiempos que corren, situados entre las predicciones
catastróficas del fin de siglo y los augurios de la "new
age", están atravesados por una variedad de nuevos
discursos que luego de una mirada analítica resultan no
ser tan originales ni tan variados.
Los temas del nuevo orden internacional, la mundialización
y la cultura de internet, parecen estar en el orden del día
de toda reunión, sea esta en la mesa de los organismos
multinacionales o en las ruedas de amigos dispuestos a descubrir
las claves del funcionamiento del universo.
Pero hay un tema más que siempre está invitado
y que curiosamente genera un consenso genérico que sorprende
si nos atenemos a la variedad política e ideológica
de los convidados al debate. En esa rueda de opiniones podemos
escuchar a los más conservadores hablando de la necesidad
de cambios revolucionarios en el enfoque del tema, a los progresistas
invocando al "maldito flagelo", o a los más anárquicos
reclamando un perfeccionamiento de las políticas de Estado.
Nos referimos, por supuesto, al tema de la droga.
Parecería que finalizada una guerra fría que congelaba
el aliento en la expectativa del curso de la confrontación
este-oeste, un nuevo fantasma recorre el mundo, con la peculiaridad
citada de que más que alineamientos enfrentados, genera
acuerdos impensables."
Es en el marco de sorprendentes acuerdos que una mirada ingenua
podría esperar encontrarse, en las poblaciones asentadas
sobre territorios ilegalmente conquistados, con una discrepancia
instalada en la fisura de un discurso que parece convertir a todos
en iguales.
No nos olvidemos que se trata de pobladores que ocupan tierras,
diagraman su propia caminería, se "cuelgan" del
alumbrado público y son ajenos a la ecuación que
afirma la existencia de un individuo en tanto contribuyente. Se
trata, en definitiva de los "diferentes", que en algunos
aspectos de sus discursos reivindican la diferencia y la organizan
política y socialmente.
Sin embargo nuestro primer contacto con Nueva Esperanza nos enfrenta
a un reclamo de ayuda ante el aparentemente creciente y desmedido
problema de la droga, con la reiteración de los conocidos
planteos: "es un problema tremendo", "ya no podemos
sacarle el ojo de encima a nuestros hijos", "yo al mío
no lo descuido ni cuando sale a la puerta", "de noche
andan todos drogados y a los balazos", etc..
Interrogados sobre los hechos motivadores de la alarma (desde
diversos espacios) más que encontrar una lista de sucesos,
o la transmisión de una experiencia personal e inmediata,
se nos devuelven relatos que se vinculaban a lo mítico
o a fantasmas colectivos e imprecisos.
Básicamente nos encontramos con tres relatos repetidos:
la historia de "El Ocupante de la Tierra Santa", el
mito de "La Descendencia Maldita", y el cuento de "La
Guarida de los Ladrones".
El Ocupante de la Tierra Santa era un ilegal dentro de los ilegales,
un transgresor de segunda categoría, un asentado en un
territorio donde la propiedad es privada y privativa, donde los
títulos de acreditación se juegan en el orden de
lo divino. Habiendo construido su precaria casa en el terreno
adjudicado por la colectividad a la Capilla de Nueva Esperanza,
era signado de "drogadicto", cuando cualquiera hubiera
podido apostar mejor a un diagnóstico de retraso intelectual.
Con su existencia se sellaba la ecuación que asume la droga
como expresión de lo demoníaco.
Este personaje es internado en grave estado luego de un accidente
de tránsito al cruzar la ruta, con lo que se confirma la
tesis del debido castigo. Es interesante señalar que los
vecinos, a pesar de haber transcurrido varios meses del hecho,
ignoran si el muchacho está vivo o muerto, aunque se cuenta
el desmantelamiento de la casilla y el requisamiento de guantes
de goma, ligas y jeringas en un televisivo allanamiento civil.
El mito de "La Descendencia Maldita" cuenta de forma
siempre vaga e imprecisa, la historia de una muchacha "drogadicta"
que engendra y pare un hijo sin brazos y sin piernas.
Por supuesto que las posteriores versiones correctivas que hablan
de un fallo genético con nombre propio, y que aseguran
que nadie vio el fenómeno ni nadie sabe a quién
pertenece la autoría de la historia, no alcanzaron para
disimular la marca aleccionadora del espanto. De esta manera se
refuerza de manera contundente la amenaza sin límites de
que "el que las hace las paga"; con el agravante de
que el precio atraviesa el límite de lo personal extendiendo
hasta la descendencia el costo de la maldición.
La muchacha sin nombre vive nuevamente en Nueva Esperanza sin
que nadie pregunte sobre la suerte corrida por el hijo prematuro.
El cuento de "La Guarida de los Ladrones" refiere a
una casa de distribución y consumo de drogas, aguantadero
de diversa índole y centro de prostitución. Reiteradas
versiones anunciaban el siempre postergado día del allanamiento
policial, al punto de haber tenido que suspender una jornada organizada
por P-CAP para un relevamiento de opinión pública
sobre el consumo de sustancias adictivas debido a que los encuestadores
de la comunidad temían verse confundidos con "delatores"
exponiéndose, así, a posibles ajustes de cuenta.
Hasta ahora el anunciado allanamiento no ha llegado y la Guarida
de los Ladrones - "lugar donde entran hombres y salen mujeres"-
crece con toda la dimensión irrefutable del mito
La primera aproximación a una hipótesis de trabajo
que nos sugiere esta situación se refiere a la idea de
que los pobladores de Nueva Esperanza, lejos de representar el
tema de la droga como una posible transgresión (real o
discursiva) al sistema de opiniones dominantes, se suman a este
desde la condena o el temor, con el significativo agregado de
un acomodamiento de la realidad que les permita ser incluidos
en el mapa de los iguales.
El discurso de la homogeneidad, el que no le admite a la realidad
las diferencias, el del pensamiento global y el consenso a priori,
el del dogma del término medio, ha librado aquí
un round definitorio.
Los asentados ilegales (los marginados del sistema y aún
indocumentados) parecen necesitar un respiro de legalidad, aunque
ese respiro requiera levantar un sistema de mitos que, en tanto
mitos, no queden expuestos a la desmentida de la experiencia.
Son los mismos que a la hora de posicionarse políticamente
reproducen toda la gama de matices de la sociedad; aunque mayoritariamente,
se alineen en posturas que por lo menos se definen como alternativas
a la tradición y la costumbre.
Cabría preguntarse, entonces, porque el respiro de legalidad
se hace en los aires del discurso universal sobre las drogas (en
tanto peligro o flagelo) y no en el ámbito del discurso
político, por ejemplo (en el que, decíamos, se mantiene
la heterogeneidad e incluso la disidencia).
Más aún: podría pensarse que en las condiciones
de vida a veces agobiantes de los pobladores de Nueva Esperanza,
la droga podría aparecer como una oportunidad de alteridad
a un sistema de racionalidad que no se sostiene en tanto pretende
articularse sobre la lógica de la pobreza y la marginación.
Aunque esta seducción por la construcción de una
realidad alternativa no se manifestara en el terreno del consumo,
podría expresarse como solidaridad con el que "transgrede"
en nombre de todos (como puede detectarse elementos de simpatía
con los que roban aún en aquellos que no participan de
los beneficios).
Aquí cabe señalar que una parte de la población
encuentra otras vías de acceso a estados alternos de conciencia:
el alto consumo de alcohol en un medio social fuertemente permisivo
a esta práctica, y la existencia de múltiples agrupamientos
religiosos Católicos, Testigos de Jehová y Umbandas.
Quizá también debería incluirse la alucinatoria
ecuación entre la pobreza y la multiparidad y las repetidas
situaciones domésticas donde toda la realidad parece estallar
en el paroxismo de la violencia. Sin dejar de tener en cuenta,
por supuesto, las tardes que algunos muchachos pasan tirados en
el pasto, abandonados al abrazo embriagador del sol, meciendo
sus sueños con música tropical emitida desde equipos
de música con parlantes de alta potencia.
Parecería, entonces que la posible necesidad de transgresión
o de solidaridad con la transgresión del otro a los valores
fundamentales de la sociedad que los excluye, está mediatizada
por la fuerte necesidad de integración y reconocimiento
por esa misma sociedad (no en vano Freud señalaba como
solo los fuertes lazos indentificatorios del esclavo Cayo con
su amo justificaban la permanencia de un régimen tan injusto).
Y que una curiosa intuición lógicamente no racionalizada
les permite disentir en el plano de lo político-ideológico,
como sabiendo que allí se permiten las variantes; o, más
aún, que allí no hay alternativa de alteridad posible
si nos atenemos al emparentamiento de los discursos, aparentemente
opuestos, en el seno de la familia del paradigma racionalista
de corte aristotélico.
Es esa misma intuición la que les parece indicar que en
la época de la mundialización y la refundación
del dogma de la verdad única, es en el discurso antidrogas
donde se debe decir presente a la hora en que se pasa lista para
la aceptación en la fiesta de los iguales.
Desde esta hipótesis resulta comprensible ese primer defasaje
entre una demanda que alude a un problema con dimensiones epidemeológicas
(pandemiológicas, debería decirse) y una realidad
donde la presunta tragedia no puede siempre presentarse en pedidos
de ayuda concretos sino solo sostenerse en la alarma enunciada
en forma de mito.
Cuando los técnicos discutimos con las Promotoras de Salud
de la comunidad las prioridades asistenciales, las mujeres parecen
decir: "no solo tenemos las problemáticas diferenciales
de la pobreza como la sub alimentación, la falta de acceso
a la salud y la educación, la sarna, la amenaza del dengue,
etc. sino que también padecemos del drama universal de
la droga"; lo que, en definitiva, significa decir: "hay
un ojo que aunque enemigo no nos mira en tanto pobres sino en
tanto humanos." Afirmación que implica que la condición
de humano solo puede ganarse en el sentido de una integración
al sistema de ideas dominantes con la consecuente abolición
de las diferencias. Afirmación que involucra un curioso
enunciado lógico: si soy enemigo de tu enemigo debes reconocerme
como tu hermano. No nos olvidemos que en los pobladores de Nueva
Esperanza no funciona la ecuación que reconoce la existencia
de lo humano en tanto ciudadano, como resultado de que una parte
importante de la población está indocumentada, ni
en tanto contribuyente si tenemos en cuenta de que la calidad
de ocupantes los exime dolorosamente de ese paradojal costo-beneficio.
Si retomamos nuestra afirmación inicial de que hablar
de Nueva Esperanza es invocar un sistema de espejismos, deberíamos
convenir que el mecanismo descripto es a la vez un esfuerzo por
la refundación de lo humano, una batalla fallida por el
costado legítimo que toda reivindicación de igualdad
implica.
El contestar con mitos que encubren la realidad a nuestra inquisitoria
investigativa es también una corrida del lugar de objetos
de experimentación; es paradojal y complementariamente
una forma de mostrarnos otra realidad, un nuevo continente a ser
descubierto en el trayecto de nuestro atajo hacia Las Indias.
Es, de alguna manera, un ejercicio dialéctico, una propuesta
de investigación, en la medida que el enunciado de los
mitos contempla a la vez la tesis y la antítesis de las
cuestiones referidas.
Por otra parte, así como podemos develar los mecanismos
de estructuración de los discursos sobre las drogas en
esta u otras poblaciones marginales, podemos suponer y esto
deberá quedar sujeto a un desarrollo de la presente investigación-
que los discursos singulares que sostinen la práctica de
consumo adictivo de un sujeto en particular y los discursos de
la subcultura del grupo de pertenencia del adicto en cuestión,
están vinculados por contraposición o por
asimilación- a la lógica perversa de los discursos
antidrogas.
Por otra parte y he aquí la hipótesis complementaria-
el análisis de los discursos en los agrupamientos que el
trabajo en cada comunidad permita, tiene un sesgo inevitablemente
terapéutico y se convierte en el complemento imprescindible
de todo abordaje individualizado. Develar de que se habla cuando
se habla de la droga nos permite- en definitiva- comenzar a poner
en palabras aquello que el acto de la adicción y el discurso
antidroga relegan al espacio de lo imposible de decir.
Parecería que- como siempre- nos quedan dos posibilidades:
seguir llamándole "Las Indias" al nu evo territorio
descubierto o asumir la realidad del nuevo continente aunque esto
frustre definitivamente nuestra vocación por los atajos.