María Eugenia Gabes
Patologias Actuales

Experiencia en una institución de atención de las adicciones

María Eugenia Gabes

La posibilidad de participar del trabajo en una institución de tratamiento de las toxicomanías me permitió anotar algunas observaciones en la tarea que allí se realiza y en la que participo.

Esta institución ofrece un programa a la comunidad, cuya aspiración es dar una respuesta a la problemática individual, familiar y social que las adicciones presentan. Un equipo de profesionales llevan a cabo la tarea de admitir y tratar a aquellos que acepten el programa propuesto. Dicho equipo está compuesto por médicos psiquiatras y clinicos, psicólogos y operadores terapeúticos, también dos coordinadores, uno de recreación y otro de grupos de padres.

La consigna que se imparte para posibilitar el tratamiento y que se mantendrá durante el transcurso del mismo es la siguiente: "no droga, no alcohol, no a las amistades que puedan poner en riesgo al paciente, no a la violencia" . Esto implica abstinencia, es decir, dejar al goce en suspenso.

Generalmente quien demanda tratamiento no es el adicto, sino la familia, los amigos, compañeros, etc.. La institución se sitúa frente a esta demanda en un lugar de saber. El programa ofrece a quienes lo acepten, terapias individuales, grupales, familiares, internación breve para desintoxicación, o ingreso a comunidades terapeúticas si el caso lo requiere o la dificultad para abandonar la droga es muy grande. Nada de estas cosas se ponen en práctica si los pacientes o los padres no lo aceptan.

A los pacientes que no acuerdan con este programa o son adultos, se les ofrece tratamientos "fuera de programa", que generalmente constan de entrevistas individuales de dos o tres veces por semana y donde se trata de incluir las reuniones familiares.

Mi lectura de esta cuestión se centra en el pedido de abstinencia que se le demanda al paciente en tratamiento y también a la familia y amigos.

La mayoría de quienes concurren no están dispuestos a abandonar un estilo particular de goce que, aunque destructivo para la salud, las relaciones familiares, amistosas, laborales, indica a veces un punto de subjetividad. Aún bajo estas condiciones si el tratamiento es aceptado a poco de transitarlo se presentan las resistencias. Llamo resistencia al goce que comienza a filtrarse nuevamente por los intersticios de la obediencia que se pide en este tipo de curas. Entendíendose por goce a aquello que deja al sujeto a merced de sus impulsos.

Coordinando el grupo de allegados pude observar y escuchar las dificultades que se presentan por parte de amigos y familiares para sostener el pedido de abstinencia. Aquí quedan al descubierto los excesos que habitan, no solo al paciente designado como adicto, sino también al grupo familiar

Si todas estas situaciones están al borde de una la ley, (la que promueve la institución) aunque de algún modo se clame por ella en el cuerpo del adicto, no será fácil mantener obedientemente una norma que es necesaria pero que deberá atravesar previamente el vacío que la falta promueve y que precisamente es lo que todo el tiempo trata de evitarse.

Es entonces en el grupo de allegados por donde aparecen las grietas del tratamiento, de lo que la abstención desencadena: "una lata de cerveza no le va a hacer nada", "en casa seguimos tomando vino", "anoche fue a bailar solo, nadie lo pudo acompañar", etc.. Es que es difícil renunciar al goce para uno y para otros, si no es el deseo el que se pone en juego.

Tanto a familiares como a amigos se les encomienda el cuidado y la vigilancia de su allegado en tratamiento: no deben permitirle por ejemplo, manejar dinero, solo el estrictamente necesario, no deben salir solos ni reunirse con las amistades de riesgo, etc.

Los efectos de esta modificación en las vidas de los participantes del tratamiento se hace sentir en los vínculos. Algunos se cansan de cuidar al paciente, se pelean, se corta la relación. Otros, dotados de un potente Superyo, siguen las indicaciones sin cuestionarlas, persiguiendo al adicto hasta el punto de alentarle, más allá de sus intenciones, el deseo de transgredir De este tipo de acompañantes podemos pensar que no pueden prescindir, léase abstenerse, de su familiar o amigo en tratamiento.

Aquí podemos observar la diferencia que se juega entre cuidar y vigilar, si pensamos que quién cuida tiene un deseo para su semejante, pero en quien vigila se encuentra el goce

Esta modalidad de trabajo no tiene en cuenta al sujeto que queda atrapado en esta red de imposiciones y exigencias que no siempre está dispuesto a aceptar. Muchas veces se logra una sobreadaptación que en principio aparece como un éxito pero que no siempre es duradero, en tanto no es el sujeto que cambia de posición, sino que es la imposición que viene del lado del Otro.

¿Qué implicancia tiene para el sujeto que nos ocupa la demanda proveniente de la institución, -abstinencia como condición para entrar en el programa-, cuando sabemos que el que demanda el tratamiento en muy pocas ocasiones es el sujeto, sino sus allegados?

¿Se trata solamente de que la abstención opere en el lugar de la ingestión o de la agresión o de las "relaciones peligrosas"?

¿Éstas son sólo las que se drogan?

Son muy pocas las personas que piden un tratamiento para dejar la droga, aunque muchas veces se articulen estas frases: "no quiero drogarme más", "ya no puedo seguir así", pero sabemos que el pedido es porque sus relaciones familiares, sentimentales o laborales se quebrantan gravemente, cuando no es también por problemas legales.

El sujeto parece desear mantener un status quo que le permita la convivencia, no ser expulsado de sus lugares habituales, acepta entonces el tratamiento.

La institución hace un lugar, indica, conduce, intentando maniobrar en la tendencia al acting out que estos pacientes permanentemente manifiestan.

El acting out puede comprenderse en el sentido de acciones que poseen un carácter impulsivo descontectuadas del ambiente o de la conducta regular de las personas, pero también podemos pensarlo como una puesta en escena del sujeto, allí donde no hay palabras para dar cuenta de la angustia, del dolor o de otros sentimientos que lo habiten. Podemos pensarlas como conductas renegatorias. El acting out en el transcurso de un análisis significa resistencia, desconocimiento de la transferencia o llamado al analista allí donde no se produjo una interpretación o donde no fue escuchado el sujeto adecuadamente, en todo caso debemos tomarlo como una puesta en acto con valor subjetivo.

En el tratamiento de pacientes adictos es bastante común encontrarse con este fenómeno, sobre todo en la frecuencia, pues ningún sujeto está exento de este tipo de acciones.

Pero, ¿es posible tener un éxito duradero con sólo privar del narcótico tajantemente?, ¿cuáles son las consecuencias?

En este tipo de tratamiento el sujeto no es co nsiderado como tal,pierde lo que tal vez había obtenido mediante la droga, parte de su subjetividad. Su problema es ahora público, todo el mundo sabe y está al acecho para que no haga eso prohibido. La mentira y la desconfianza se transforman en inseparables.

Luego de un tiempo de tratamiento el paciente suele transgredir y volver a drogarse, muchas veces con culpa o con angustia y sobre todo con un sentimiento persecutorio. A veces lo comenta en las entrevistas sobre todo si fue acompañado de angustia, otras se lo descubre por un análisis de orina, los pacientes y sus familias están advertidos y deben aceptar expresamente esta intervención. Estas " recaídas" nos sirven para trabajar e intentar que el tratamiento no sea tomado sólo como un aprendizaje de vida.

La mentira, o tal vez el secreto, no los habita a estos pacientes a partir de su entrada en el tratamiento, sino que ser descubierto lo conducen a él. Sin embargo lo que sucede con ellos es que de pronto se han vuelto horrorosamente transparentes para sus allegados y también para la institución y sus terapeutas, no pueden guardar un secreto porque una excreción de su cuerpo lo denuncia.

Un joven muy desconfiado por su familia a partir del conocimiento de su adicción pero que estaba haciendo un tratamiento satisfactorio, comenzó a "ratearse" a la escuela hasta que lo amonestaron y por supuesto la familia tomó conocimiento de esto. Es que el joven venia pidiendo tanto a los terapeutas como a la familia que lo dejaran salir solo, ir a bailar, etc. El acting puso en escena el deseo del joven pero también la actitud renegatoria de familiares y terapeutas en tanto había cuestiones en juego que no se querían "ver", pues a mi entender no podían considerar que el joven necesitaba liberarse de su verdadera dependencia (sustituir al padre para su madre) para poder liberarse de la droga.

Lo que en un principio leí como resistencia al tratamiento, lo veo ahora como la presencia de algo que se desborda o que no encuentra los bordes, por el solo hecho de que una obligación se imponga, -en este caso abstinencia- ya que este pedido no tiene en cuenta al goce. ¿Se suspende un modo de satisfacción con directivas o se crea otro frente por donde se manifestará?

Lo deseable es que se busque la vertiente del deseo, pero allí donde el sujeto no es reconocido, la vertiente encontrada será el acting o el pasaje al acto.

¿Qué lugar hay dentro de este tipo de estructura institucional para el psicoanálisis?

El lugar es marginal, pero creo que es preciso que así sea, en tanto es en los márgenes, en los intersticios donde el goce se produce, que el psicoanálisis se activa.

Está claro que para que un analista ocupe ese lugar será necesaria la demanda, poco frecuente con la patología que en estos casos trabajamos. A veces se trata de esperar, pero que esa espera no sea sin la presencia del analista. La interrogación correrá muchas veces por nuestra cuenta y también habrá que hacer un lugar, alojar algo que nunca encontró su espacio.

Podemos aceptar que no sólo se trata de la palabra, del símbolo del lenguaje, del síntoma, sino de un cuerpo en su estado bruto, allí donde los estragos se presentifican con la mayor dramaticidad, patéticamente.

Tal vez es cuestión de tiempo, cuestión de presencia, de despertar el enigma que hace que una y otra vez el sujeto acuda aunque no sepa muy bien a qué o por qué.

El goce y el deseo son las coordenadas que nos conducen en un análisis, en estos casos tendremos que vérnoslas con la pasión que el goce produce.

María Eugenia Gabes

E-mail : maga@pccp.com.ar

Telefax: 0054 011 4431 1889

Trabajo presentado en la prejornada lacanoamericano, julio 97

 

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