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La clinica de lo indecidible
Sergio C. Staude
" Y aquí, ¡Gracias a
Dios!
uno no cree en lo que oye".
de "Un ángel para tu soledad".
Patricio Rey
1.- Un momento de indecisión
Como siempre en el inicio un obstáculo con que nos
enfrenta la clínica. Es una referencia habitual,
en la clínica de la drogadependencia, escuchar que
los adictos mienten y muchas veces constatamos que nos mienten;
es decir que ese acto mentiroso nos implica.
No es desatinado vincular este hecho con otro que también
rescatamos de la escucha clínica: el de la demora
de los padres y familiares cercanos en darse por enterados
de que su hijo se droga. Escuchar que entre el momento en
que se inicia en la droga y el momento en que esto se conoce
pueden pasar hasta diez años, entre personas que
conviven en una misma casa y se ven todos los días,
no deja de sorprendernos aunque sea una circunstancia habitual.
O precisamente sorprende por eso.
Ya esto abre una cuestión: cuál es la dificultad
de esos padres en "ver", en percatarse de lo que
se presenta como obvio, como lo que está a la vista?.
Remite a la desmentida, pero también nos recuerda
que en el Seminario X sobre "La angustia", Lacan
nombra como "el deseo de no querer saber" al objeto
a. Un objeto que se va configurando en un punto de silencio.
Pero si ubico este acontecer no en la actitud familiar
sino en la perspectiva del adicto y su política,
puedo pensar que estamos ante un propósito que ha
cumplido su cometido.
Un accionar logrado. Puedo imaginar que todo ese tiempo
en que el drogarse se mantenía en sombra -para ciertas
miradas y no para otras- constituye una verdadera luna de
miel con la droga. Y lo imagino no sólo por el hecho
de que es el tiempo en que predomina el goce de la ingesta,
unido al de la transgresión, por encima de la preocupación
y del sufrimiento que luego aparecen. Lo logrado se vincula
al hecho de que es posible tener una actividad, un encuentro
de goce, constituir una fratría y sostener una práctica...
en secreto, oculto a las miradas -y al juicio-, de padres,
educadores o autoridades.
Para poder lograrlo fue necesario crear todo un entramado
de acciones y decires que permitieran el ocultamiento, el
secreto. Es decir, fue necesario no sólo mentir sino
crear en torno a la práctica adictiva un entramado
de ficción.
Cuando el secreto se hace conocido, y es necesario indagar
aún mucho ese instante particular, cuando lo oculto
queda expuesto a la luz del día, se conjugan como
reacción en el entorno familiar el temor y la preocupación
por el futuro, por la salud y por la vida del adicto junto
al enojo y hasta el odio por el engaño y la defraudación.
La reacción y el malestar por el engaño es
tal vez de similar importancia a los temores y a la preocupación
por el destino del adicto. Y esto no es para nada extraño
ya que lo que se quebró es la posibilidad de crear
en una palabra que no mienta.
La ficción con que rodean la práctica adictiva
y el embuste incluyen, dramáticamente en la relación
con el otro, la paradoja del mentiroso. Cómo creerle
a alguien que dice la verdad cuando comenta que miente?.
¿Cómo recuperar la confianza en él?.
Pregunta dramática y habitual en al clínica
con familiares de adictos. Con la mentira se abre la alternativa
de lo indecidible.
Irrumpe la desconfianza en el vínculo, junto al
requerimiento de confianza y comprensión.
Lo indecidible es terreno propicio en lo que asientan diversas
demandas. Generalmente la de los familiares o educadores
que se encuentran atrapados en el dilema de: o la impotencia
o el recrudecimiento del seguimiento vigilante, desconfiado
y sospechoso logrando hacer encarnar en ellos una mirada
que exige al sujeto transparencia, ausencia de intimidad.
II. La palabra que miente
Sabemos que un modo de salir de la aporía de la
paradoja del mentiroso es la posibilidad de poder pensar
al sujeto del enunciado a la vez que el sujeto de la enunciación.
Un modo teórico porque en la clínica no es
para nada sencillo, ya que lo cierto es que una palabra
que pierde el valor de verdad la ubica siempre en la dimensión
de una actuación. En su extremo incluso podemos pensar
que la ficción de esa palabra bordea la dimensión
alucinatoria.
Sin llegar a ese extremo, lo que es observable es que la
apelación a lo ficcional y a lo mentiroso es un intento
extremo de neutralizar la certeza de tener un cuerpo o un
aparato psíquico transparente. Para eso se hace necesario
que la palabra no cumpla con la función identificante.
En parte porque las cosas del mundo han perdido, o van perdiendo
valor y sentido. Pero en particular porque la palabra que
da cuenta de un sujeto como deseante es ignorada o francamente
desautorizada por el Otro, y a la vez temida por el mismo
sujeto. La fractura entre lo verdadero y lo falso, o su
confusión, apuntan a evitar que la palabra misma
adquiera ese valor de transparencia para el Otro.
Lacan señalo en el Seminario XIV ("La lógica
del fantasma") los límites que adquiría
para nuestra práctica la ley lógica de la
bivalencia que indica que una proposición o es verdadera
o es falsa. Nos recordaba "los matices que se inscriben
entre lo verdadero y lo falso", y que a la "verdad,
que si se la relaciona con el deseo quizás nos dará
cuenta de las dificultades que tenemos al manejar esta verdad".
De hecho cuando Freud ubica al fantasma como aquello que
soporta la función de la verdad de un sujeto deseante,
leíble en los síntomas y en los sueños,
nos indicaba ya que la verdad siempre tiene una estructura
de ficción. Verdad que el inconciente resguarda "aunque
para eso tenga que mentir".
Sólo que en estos casos sólo podemos hablar
de fantasmas, y de su éxito, sólo en el momento
de la "luna de miel", cuando el ocultamiento fue
logrado y el adicto estaba estabilizado. De ahí en
más es pensable en el fracaso, o en el colapso del
fantasma. Es necesario la referencia a un Otro para sostenerse.
Esa mentira al servicio de la ficción se apuntala
no tanto, o no sólo sobre un fantasma sino sobre
el resguardo yoico ante la angustia por la invasión
-o el temor por la invasión- del Otro. Si pudiésemos
pensar ahí que la vigencia de un fantasma es aquello
a ser leído en la puesta en escena armada en torno
a un personaje -que puede llegar a ser un analista o un
operador terapéutico- que queda como el engañado
o bien como el que encarna la expectativa, y a la vez el
temor, de ser el omnividente, capaz de entenderlo y comprenderlo
sin necesidad de hablar.
Lo indecidible es un efecto que pone a prueba el límite
sobre el cual se elabora un pacto con el Otro. Lo indecidible
va cabalgar, a ampliar la brecha entre lo verdadero y lo
falso y en este sentido excede al tema de la mentira. Más
bien realiza una suspensión del sujeto, es decir
demora el tiempo del impasse. Privilegia el tiempo de vacilación.
Y esto a partir de la distorsión de la función
identificadora de la palabra en el acto de la enunciación.
Respecto de este punto retomo la idea de ubicar la problemática
en torno a la función de la representación
Preconciente en el esquema freudiano, que Lacan ubica en
el nudo borromeo como aquello que ex-siste (que queda por
fuera) del espacio de intersección entre lo Real
y lo Imaginario (de un modo equivalente a cómo el
síntoma queda por fuera de la articulación
entre lo Real y lo Simbólico y el inconciente por
fuera de la intersección de lo Imaginario y lo Simbólico).
Lo indecidible aparece entonces como un salvaguarda ante
todo intento de intromisión del Otro, imposibilitante
de toda tentativa de un pensamiento autónomo del
sujeto. Se erige como un baluarte del resguardo de pensar
con su propia cabeza, de pensar en secreto y aún
de disfrazar su pensamiento. El fantasma de la transparencia,
contra el cual se lucha, habla de la deficiencia en la vigencia
de la función de la pantalla, sostén de la
producción fantasmática. El marco que crea
la palabra no delimita la tela del cuadro, y por momentos
tampoco el del espejo sino que en la transparencia el sujeto
no puede ocultar que es hablado-mirado por el Otro. La ficción
apunta a instaurar una separación, un clivaje entre
el pensamiento y la palabra, que es también un clivaje
con ese Otro.
III. Lo indecidible convoca
Lo indecidible tiende a paralizar en el sentido de perturbar
un saber del hacer. Es lo que plantean quienes soportan
la preocupación por la situación del adicto.
Para éste en cambio, la inhibición es lo que
no logra transformarse en síntoma. No logra ese repliegue
sobre sí que abre el camino por la pregunta por el
sentido del sufrir y sus causas. La inhibición se
desliza más bien por la pendiente de la actuación(pensada
en el doble sentido que tiene en nuestra lengua como pasar
a la acción y como puesta en escena).
Es ahí donde lo indecidible convoca a intervenir,
al modo de una demanda que con frecuencia adquiere una modalidad
perentoria, "algo hay que hacer... y pronto".
Ahí aparecen entonces los esfuerzos en poner orden,
en restablecer límites, en ubicar al adicto dentro
de una normativa social y de convivencia, que de hecho ha
quedado perturbada. O bien promueve, en forma simultánea,
acciones tendientes a resguardar un cuerpo siempre expuesto
a la iatrogenia que puede llevarlo incluso a la muerte.
Es muy destacable este ritornello dramático del adicto:
lo que pretende ser el máximo de autoafirmación
yoica y a la vez de afirmación del derecho a su goce,
termina en general ubicándolo como una "cosa",
un cuerpo a cuidar o bien un elemento perturbador del engranaje
social que hay que modificar o bien expulsar.
Cuando lo indecidible convoca a intervenir saca a la luz
aquello que como intensión o como deseo sostiene
esa intervención. Intervenimos por una necesidad
de cuidado y de protección. Intervenimos como un
modo de preservar la trama social y a la vez la implicancia
social del adicto. También podemos intervenir tratando
de resguardar ese espacio de subjetividad posible que se
abre entre el cuerpo y lo social que llamamos genéricamente
lo psíquico y cuyo motor es siempre el deseo. El
desafío aquí es cómo transformar esa
búsqueda de goce, que es muchas veces una búsqueda,
de sentido de vida, que no vacila en transgredir las leyes
de lo social y del cuerpo, en un pasaje al acto transferencial.
Una cosa parece segura y es la renuncia a que la cuestión
se despliegue en la lucha por el ejercicio de un poder.
¿Cómo hacer para que esa palabra que miente,
que necesita ocultarse y ocultar, nos mienta, es decir sea
un avatar transferencial permitiendo interrogar el enigma
de ese acto?. Es lo que nos permite diferenciar la mentira
del mentiroso. De lograrlo tal vez podamos crear el germen
de un síntoma y de un sujeto que se pregunte por
él.
Cuando es posible, cuando se logra producir el despliegue
de la travesía transferencial, es posible darnos
cuenta que lo indecidible es también el nombre que,
para el adicto, tiene la inhibición. Es decir es
el impasse del deseo ante la posibilidad de un acto que
intenta realizarlo. El adicto se encuentra enredado en la
aporía que lo lleva a fluctuar sin salida entre la
euforia del investimiento de una imagen narcisista (que
la droga ayuda a sostener) y el descrédito y la melancolización
por no alcanzar las propuestas de un ideal del yo que, al
modo de exigencia super-yoica, le indican ordenar su deseo
a las expectativas del Otro. ~
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