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Interrogantes sobre las funciones parentales
en la clínica del adicto
Marta L. Gutiérrez - Liliana A. Cerfoglia
La clínica del Adicto nos plantea una diversidad
de miradas y lecturas posibles, respecto a aquello que la
adicción nos dice en el transcurrir del proceso psicoterapéutico
y que quisiéramos compartir para poder pensar ciertas
cuestiones en torno a ello.
El relato que nos trae el toxicómano, implica apriorísticamente,
a una figura paterna ausente en su discurso -y nos remite
a una exclusión desde lo real y fundamentalmente
en el plano de lo simbólico-.
Esto nos lleva a una pregunta inicial: esa exclusión
y ese borramiento ¿cómo se configura y por
qué?, ¿de quién es hijo y a qué
deseo designa?.
Podremos referirnos y pensar en cuáles fueron las
marcas presentes en su configuración yoica.
La función paterna está ausente, la Ley está
ausente, el tercero que no entra; la reactualización
edípica está en curso, pero está dicho
e inscripto ¿desde dónde?; veamos un relato:
José (26 años): ...Cuando yo nací
desplacé a mi papá. Mi mamá decía:
"éste es el varón que siempre quise".
Tan satisfecha estaba conmigo que mi papá la celaba
y buscó otras parejas...
... Mi abuelo la basureaba, pero le pedía que le
hiciera cosas, que lo afeitara, le cortara el pelo...
... El quería tener un nieto con su nombre, por
eso me llamo José, e incluso pasé a ser el
nieto preferido, al que le asignaba su propio apellido...
... El me heredó una flauta, que le había
regalado mi mamá, y mi abuela la hizo desaparecer...
... Mi mamá no se llevó bien con la abuela,
porque no se defendió del autoritarismo de mi abuelo.
¿De qué pareja es hijo?, ¿en qué
punto se pervierte el deseo?. ¿Qué se inscribe
desde el imaginario materno, en que el hijo sólo
puede ser configurado como hijo del propio padre?.
Pero el triángulo está y se consolida Madre-Hijo-Fantasma
(Objeto droga, sustituto probablemente de un Otro temido),
reforzado en la palabra materna:
Antonia (48 años) -madre de Ariel (19 años)-,
consumidor de cocaína, dice: "estoy destrozada,
golpeada, lastimada, desarmada, como que no tengo ganas
de vivir"; Enrique (43 años) -padre de Ariel-
expresa: "él es mi campeón. Cuando me
esté muriendo, quiero estar tranquilo, bueno... Ariel
puede quedar al frente de la familia... Yo no quiero nada
para mí, cobro el sueldo y así como lo cobro,
se lo doy a mi señora".
Se evidencia lo narcisístico que se impregna en
ese todo simbiótico, oceánico, gozoso entre
madre-hijo, fascinación que peligra ante la llegada
del tercero, y la fantasía tantas veces expresada
"el hijo es sólo mío" -Nora (39
años)-; María (50 años) afirma: "entre
él y yo hay como un hilo que nunca se va a cortar
".
¿Y qué oímos del toxicómano
respecto de sus vínculos parentales?
Ariel (a quien aludimos) : "mi mamá es una
persona miedosa, no sé, no me deja que me desate...
y yo tampoco puedo desatarme de ella...; ...es más
la vida que le di a mi mamá que a mi papá,
porque con él mucho no hablo, todo es mi mamá".
Alejandro (33 años): "no puedo nombrar a mi
padre, porque dañaría a mi madre y su pareja,
¿cómo decirles que con el amor de ella no
me basta?".
Alberto (45 años): "siento que disminuyó
el dolor cuando humanicé a mi padre, sino el dolor
era intolerable".
Pablo (28 años): "no puedo entender a alguien
tan triste, tan abatido, tan sin luchar... frente a esa
máquina demoledora, tan sobreprotegedora que es mi
madre, a la que tengo que dejar para que crezca".
Reflexionando sobre el contenido de estos relatos, pensamos
que:
.- La droga investida representaría la ausencia
simbólica del significante paterno; la adicción
entonces, sería sostén del triángulo
que mediatiza en su configuración fálica al
todo gozoso narcisístico entre madre e hijo.
.- Si el objeto droga toma el lugar ficcional del espacio
simbólico no consolidado, diríamos que cuando
no hay un continente simbólico, hay adicción.
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Lic. Marta L. Gutiérrez - Lic. Liliana A. Cerfoglia,
Integrantes del Programa de Investigaciones Clínicas
en Drogadependencia del I.D.I.A.
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