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La supervivencia del terapeuta en las
narcodependencias
Alvaro de Las Carreras
Desde hace mucho tiempo se habla de uso indebido de drogas.
Debido o no debido corresponde a una escala valorativa que
no es el objeto de este trabajo, pero lo cierto es que el
uso de drogas es una práctica tan añeja como
el hombre mismo que al igual que el resto de las especies
a desarrollado ciertas prácticas en su lucha por
la supervivencia.
Es en este sentido en primera instancia que hay que ubicar
el fenómeno de la toxicomanía: como el consumo
de una sustancia para conseguir una utilidad dentro de un
determinado contexto. Una primera lectura sería entonces
la droga como herramienta.
El fenómeno de la toxicomanía concierne de
una manera especial a quien realiza la tarea, al ejecutivo,
al yo. La tarea consisten en conciliar dos realidades, la
realidad psíquica y la realidad exterior. Es, podríamos
decir, la primerísima utilidad que reporta al hombre
el uso de drogas: la posibilidad de continuar, de permanecer,
de subsistir gracias al olvido pasajero pero olvido al fin
de sus realidades.
Seguro de su impotencia el adicto se transforma en silencio
y en actos, como si el silencio no hablara, como si el acto
no tuviera dirección. Es allí que corresponde
una segunda lectura donde en la omisión de palabras
y en la dirección del acto, cada una de las partes
que intervienen en el contexto lee y significa lo que más
le conviene , la madre, el padre, la sociedad en general;
cada uno tiene una idea de qué es lo que le sucede
a ese sujeto.
Mas allá de cual sea la verdad si la hay, todos
están de acuerdo en que detrás del acto en
la omisión de palabras hay una idea; todos leen algo
allí donde el toxicómano calla, de la misma
manera en que es semantizado el llanto del bebe.
Así, como al pediatra es como llega muchas veces
una demanda al terapeuta. Llega alguien con un cierto quantum
de angustia por actos que son de otros. Cuando la palabra
se juega la demanda implica al sujeto en una pregunta por
una no correlación entre sus representaciones, sus
actos y el afecto resultante.
La demanda en sí misma implica un punto de castración.
Se reclama a un otro por un saber, que es a quien se le
supone un saber. Esta es la idea, la representación
que sostiene la demanda.
Para comenzar a trabajar tengo en cuenta siempre la idea,
la convicción de que sólo se que no se nada.
De tal manera que me encuentro frente a alguien que no sabe,
que cree que yo se y yo se que no se nada.
Es allí entonces que para saber interrogo. Me pregunto
por la utilidad de la herramienta, le pregunto a aquella
idea, por aquella representación que sostiene y mantiene
el uso, el abuso y la dependencia.
Interrogar la utilidad del consumo implica interrogar la
representación en la que se sostiene, estoy interrogando
por sus fundamentos dando la posibilidad al sujeto de ratificar
o rectificar, dando la posibilidad de poner palabras donde
no las había, de poner sus palabras.
También me he de interrogar por el contexto. El
terapeuta no puede ignorar el mercado del narcótico.
Se trata de un mercado del que obtienen beneficios o utilidades
el productor, el vendedor y el consumidor; siendo sus roles
intercambiables, sus beneficios también lo son.
Para hacer un pequeño recorrido en lo que al mercado
se refiere diré que los que saben los economistas,
emplean el concepto de "utilidad marginal" para
medir la utilidad. Tal concepto dice que a medida que el
individuo avanza en el consumo, se encuentra más
satisfecho hasta que una última unidad no le produce
satisfacción alguna por que a alcanzado su saturación.
Dice también que el consumo mas allá del punto
de saturación corresponde a conductas no racionales
del sujeto.
Así, nos encontramos con un mercado, todo un mercado,
al que le interesa ampliar la demanda de un producto y que
para ello apela a lo inconsciente narcotizando al sujeto.
Me pregunto, tal vez ingenuamente, si en el caso de los
productos llamados legales el mercado se comporta de igual
forma.
Creo que Freud nunca sospecho lo que sucedería:
fue el mercado el que le dio la razón de la existencia
del inconsciente.
Los comerciantes, que saben de ellos mismos, de su dependencia,
han invertido su demanda para sostener la demanda de aquel
de quien dependen.
Como terapeuta tengo que saber que el paciente toxicómano
forma parte de un mercado de una cadena, en la que se juegan
permanentemente relaciones empastadas.
Los terapeutas que saben, confirman que la resistencia
al fin y al cabo es del terapeuta.
Tendríamos que preguntarnos: qué hay de nosotros
en todo esto?, qué hay de todo esto en nosotros?.
Establecer, como requisito primero, que de no haber tratamiento
por parte del terapeuta, se producirá una plusvalía
narcotizante en el sostenimiento por parte del toxicómano,
de su propia adicción con más la del terapeuta,
operador o como se lo quiera llamar. Se produce un fracasar
juntos en el no reconocimiento de aquellas representaciones
no conscientes del terapeuta que se hacen acto en el proceso
terapéutico. De esta manera el operador favorece
la resistencia y pasa a formar parte de la cadena.
Así, para evitar gratuitos tratamientos de las dependencias
de los terapeutas, de los operadores, es necesario recrear
el dispositivo analítico, como un lugar de posibilidad
para el desempeño terapéutico como un lugar
que facilite la caída de las barreras fantasmáticas.
El terapeuta ha de vencer también las resistencias
que le surgen a partir de las normativas institucionales,
explícitas e implícitas, las del cuerpo teórico
etc., que le hacen obstáculo y paralizan su tarea.
Es necesario entonces un compás de espera en el
trabajo terapéutico, el dispositivo de supervisión,
para que no se hagan acto aquellas representaciones llamadas
a jugarse en la dinámica transferencial, para no
empastar de manera de permitir la supervivencia del terapeuta,
liberando el dispositivo terapéutico de la cadena
narcotizante.
Las dependencias a veces son físicas, pero siempre
son psíquicas. ~
Lic. Alvaro de Las Carreras. Integrante del Programa de
Investigaciones Clínicas en Drogadependencia del
IDIA.
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