Adicción a las relaciones vinculares inadecuadas

Graciela Zuik

Caso Clínico

Tengo 39 años. Desde pequeña tuve que ocuparme de mis 2 hermanitos por tener una madre con problemas físicos y un padre muy ocupado todo el día y muy distante afectivamente.

Siempre fui muy responsable y traté de hacer lo mejor posible, aquello que yo creía que a mis padres los hacía sentir bien. Cursé la primaria y tarde, empecé la secundaria, pues se necesitó de mi sueldo, salí a trabajar y el secundario lo hice de noche. Poco, casi nulo fue el tiempo disponible para hacer lo de las chicas jovencitas. Ni bailes, ni amigos. A los 24 años, un poco tarde, empiezo una carrera terciaria que termino y ejerzo con bastante éxito.

Por una compañera de estudios voy a una fiesta. Allí conozco a Juan. Me atrajo de inmediato, su aspecto era tímido y distante, apartado del grupo, me sentí tentada, fui hacia él y allí empezó un vínculo que luego se convirtió en una obsesión para mí.

Yo vivía pegada al teléfono esperando sus llamadas que al principio fueron continuas pero pronto se esparcieron. Me decidí a conquistarlo. Me parecía tan débil y necesitado ... y yo sentía que podía darle todo lo que él necesitaba.

En mi trabajo, yo ganaba bien, si bien aportaba en casa, lo llené de regalos, a mí no me quedaba un centavo. Juan tenía problemas en su trabajo y cambiaba constantemente. Le buscaba trabajo para ayudarlo y me la pasaba consolándolo por sus desventuras.

El no se ocupaba de mí, centrado en sus necesidades, las mías no existían. Pero a mí, no me importaba, lo fundamental era que lo tenía cerca. Finalmente nos casamos. Dejé de trabajar para ocuparme de la casa, pero los problemas de Juan aumentaron y él empezó a venir cada vez más tarde a casa con excusas de reuniones de trabajo. Yo salí nuevamente a trabajar para compensar las carencias económicas. Trato de conquistarlo, le compro más cosas. Sus ausencias aumentan, siento miedo, rabia y mucha desvalorización. Empiezan las peleas. Me desespero, me enfermo, adelgazo 8 kg. en 2 meses. El está desganado sexualmente y se pega al televisor. Nada de mí atrae su atención. Le preparo las comidas que le gustan, disimulo mi dolor, pero finalmente caigo en depresión y me aparecen síntomas de úlcera. No soporto la idea de perderlo, él es el centro de mi vida. ¿Qué será de mí sin él?. Es el tema de todas mis conversaciones y pensamientos. ¿Qué habré hecho mal, para que no me quiera?. Me siento un fracaso, pero no puedo dejar de insistir.

Alguien me dice que mi obsesión por Juan es como una adicción y me sugiere me conecte con una terapeuta que trabaja especialmente el tema. Con miedo la llamo y me animo a ir para ver que puedo hacer para reconquistarlo, pero en cambio de eso empiezo a darme cuenta de otras cosas, cosas que tienen que ver conmigo, con mi familia de origen y las causas de mi obsesión por Juan. Me doy cuenta de que , cuanto más se aleja Juan, más lo necesito, como una droga, y que eso y mi desamparo infantil están relacionados. Poco a poco aprendo a centrarme en mí, a mirarme en el espejo y a correrme del lugar de la que siempre da, a mostrar mis necesidades y a que pedir ayuda no es vergonzoso. Estoy recuperándome buscando quien soy yo y centrándome en proyectos personales.

"El hombre no sabe nunca de lo que es capaz de hacer, hasta que lo intenta".

Charles Dikens

Vemos a través del caso clínico aquí expuesto, una persona, en este caso, una mujer, que se adicciona a otro ser: un hombre, y decimos que su relación se constituye en adictiva pues, aunque sabe que este vínculo le causa dolor y sufrimiento no puede dejarlo.

Esta mujer, como tantas otras mujeres, muestra bajo nivel de autoestima y valoración, escaso amor propio y necesidad permanente de complacer a otro, para garantizarse el amor de este y su permanencia, se convierten en indispensables, solucionándole todos los problemas, dejan de existir como personas si les falta este vínculo y son capaces de cualquier sacrificio con tal de que el otro no las abandone. Es necesario remitirnos para comprender estos vínculos a las experiencias tempranas de estas personas, ya que desde un comienzo ellas eran a su vez, objeto de satisfacción de sus padres y por lo tanto, padecen graves trastornos en la constitución de un yo propio, que es lo que permite la estructuración como sujeto.

Experiencias de tempranas carencias, responsabilidades inadecuadas para la edad, abusos sexuales, padres inmaduros o alcohólicos, acosos de violencia, descuido o indiferencia, despiertan en el niño o niña, sentimientos contradictorios.

Por un lado, el vacío de afecto, pero por otro, el sentimiento de omnipotencia de poder ellos hacerse cargo de sí, y de aquellos que los necesiten, lo cual recrea el imaginario de grandeza. Sumirse en el imaginario aleja de la realidad y, en esa realidad está el sí mismo, los sentimientos y un lugar propio, pero paradójicamente, en estos casos eso, es lo que resulta aterrador. Para evitar justamente encontrarse con las experiencias traumáticas propias, es decir consigo mismas, se convierten en dadoras, sostenedoras, sacrificadas, centradas en el otro y por lo tanto, sometidas a todas las vicisitudes que el otro les impone, viven a través del otro, indiscriminándose con él, en este caso, el éxtasis es, convertirse en el objeto del otro hasta que ... aparece la angustia que yo la pienso como, la primera señal de alarma, la primera expresión del encuentro con el si mismo.

Es indispensable además, tener en cuenta, cuanto de esta actitud en la mujer está respaldado por un condicionamiento histórico-cultural. Pensemos que desde la creación, descripta por el génesis, la mujer ni siquiera es creada por un barro propio, diferente al de Adán, sale en cambio, del mismo barro, es extraída del flanco del varón, y por eso se llamó EVA, que significa varona, o sea que, según esta creencia, la mujer no fue creada con un fin en sí misma, sino como complemento del hombre.

También vemos como a través de los distintos medios de comunicación, tales como la música (boleros, tangos), las novelas de televisión, etc., se fomentan modelos de amor en los que, el sufrimiento, el permanente anhelo y el dolor, lo convierten en más interesante, es curioso pero, el amor sin tanto conflicto, aquel que es sereno y produce bienestar, aparece como insulso.

Decimos entonces que estos adictos, avalados por condicionamientos sociales, sumado a experiencias infantiles, se ven impulsados a recrear patrones del pasado buscando, en el caso de las mujeres, hombres débiles y necesitados, agresivos o distantes, para recrear la falta primaria y manipular a un otro con la esperanza de vencer la situación de su pasado. Todo esto, a costa de sí mismas y para no enfrentar sus propios conflictos, utilizan al hombre como una droga, se inyecta con él y esto les sirve como una vía de escape, pero como toda situación adictiva produce el círculo de excitación y caída, pues ese hombre, a pesar de todos los sacrificios que ella hace, la decepciona, le falla, esto la vuelve más dependiente de él, en lo emocional, convirtiéndolo en la fuente de todas las cosas buenas de la vida.

La mujer adicta está segura que si puede hacer felíz a este hombre, él la tratará mejor y entonces, ella también será feliz. Ha pues, convertido al otro en su barómetro, su radar, su medidor emocional.

No es exagerado entonces comparar este tipo de vínculos con el que el adicto tiene con una sustancia, ya que interrumpir este círculo de dolor y dependencia le trae al sujeto miedo, terror a la soledad y por lo tanto, la tentación de recurrir a otro hombre, a otra inyección.

Quiero destacar otro elemento que caracteriza a estas mujeres y es la búsqueda permanente de aprobación por parte de los otros, ya que la sensación de seguridad que poseen es muy precaria, aún cuando muy a menudo son muy exitosas en otros campos, si no lo son en lo afectivo, no se sienten valoradas. Esto las lleva a comportarse con extremada corrección para no perder el afecto de sus padres, cuando fueron pequeñas y la aprobación del medio social, de adultas, sofocando así la posibilidad de establecer su identidad, lo cual trae aparejado una personalidad depresiva, que habitualmente queda encubierta por la dedicación exclusiva hacia el otro.

Esta adicción puede estar también dirigida a los hijos. Hay madres cuya autoestima la miden en relación al éxito de estos y para eso les dirigen y manipulan la vida. A menudo esto produce en los jóvenes, reacciones de gran contrariedad y responden denigrando a su madre. Además cuando captan la dependencia que ella tiene, comienzan a hacer uso de esto, manipulando a su madre hasta en los menores detalles, lo cual obstaculiza el camino al crecimiento propio.

Es así como se crean vínculos, donde todo está confundido y la agresión, la bronca o el reproche aparecen como los únicos atisbos de seudo-discriminación.

Para la recuperación de esta adicción es indispensable aceptar que se la padece y entonces pedir ayuda. Pasando por el vacío de despojarse de una seudo-identidad, reconstruir los pedazos de un sí mismo verdadero y, como un adicto en abstinencia, tener el coraje de hacer un proyecto propio de vida.~

Lic. Graciela Zuik, Integrante del Programa de Investigaciones Clínicas en Drogadependencia del I.D.I.A.

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