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El cuerpo y la adicción
Perla Tarello
Este texto habla de ciertos modos de vincularse con el
medio y con los otros, que parecen condición necesaria
para la estructuración y desarrollo de una personalidad
adicta. Y de las diferentes maneras en que dicha problemática
puede verse reflejada en el cuerpo.
Cada persona en el mundo es en sí misma un universo.
Cada uno de nosotros siente, piensa, vive y actúa
de acuerdo a una lógica imposible de generalizar
para el conjunto. Nada es más disparatado y difícil
de prever que la conducta humana. Sin embargo, estos universos
humanos no se han constituido en forma aislada. Numerosos
factores influyen en su constitución. No es mi intención
en este trabajo dedicarme al análisis de cada uno
de ellos. Sí quiero dedicar estas líneas a
un grupo de factores del orden de lo vincular, que por su
especificidad funcional los considero condición necesaria
para la estructuración y consecuente desarrollo de
la personalidad de los pacientes que presentan una problemática
relacionada con las adicciones, y las maneras en que dicha
problemática puede verse reflejada en el cuerpo.
Creo que es importante en este punto aclarar que cuando
digo "cuerpo", no estoy hablando del mismo de
la manera en que lo conceptualiza la medicina clásica.
No estoy hablando del cuerpo biológico compuesto
por determinados órganos, aparatos y sistemas, en
los cuales se producen diferentes procesos fisiológicos,
metabólicos, etc.. Sino que estoy hablando del cuerpo
tal como es considerado por la disciplina que profeso: La
terapéutica corporal. Es decir: la imagen dinámica
de un ser humano vivo, en la cual se puede leer, a partir
de sus múltiples expresiones, posturas y movimien-tos,
una situación psicológica determinada, parti-cular
para cada sujeto e igualmente dinámica.
Durante el transcurso de los últimos años
de trabajo con pacientes que presentan problemas de adicción
a distintas sustancias, he logrado observar en ellos ciertas
características comunes, referidas a su forma de
vincularse e interactuar con el medio, y en especial con
aquellas personas que constituyen su vida afectiva.
Si bien es cierto que la modalidad del vínculo presenta
las particularidades propias de cada sujeto, creo que es
posible aislar del conjunto determinados rasgos que por
la frecuencia de su aparición podemos considerar
constantes.
Tal vez el rasgo principal de la vincularidad adicta sea
la marcada dependencia que establecen con las personas que
conforman la esfera de sus afectos, por lo general dependientes
también de las drogas más frecuentes o, y
este punto es el que considero significativo, de determinadas
personas que por sus características propias, pueden
constituirse en objetos a los cuales adherirse, repitiendo
un modo de vínculo que en relación al hábito
de consumir las distintas sustancias tóxicas, tienen
en el sentido de lo temporal, un carácter primario.
Otra característica que se observa frecuentemente
en esta modalidad vincular es la dificultad que tienen los
pacientes para asumir la responsabilidad que les concierne
en lo referente a las distintas circunstancias que se producen
en sus actividades cotidianas y en su vida de relación
con los otros, frente a los que ocuparan indistintamente
un lugar de dominio o de sumisión, y a los cuales
responsabilizarán constantemente de todo lo bueno
o malo que acontece en sus vidas.(La culpa de todo está
afuera).
Estas personas tienen por lo general una vida sexual en
la que pueden reconocerse atributos perversos, sobre la
cual predomina un sentimiento de constante insatisfacción,
acompañado por la ausencia de un proyecto de vida
individual o de la pareja, basado en las posibilidades que
brindan los medios "reales" a su alcance factible
de alcanzar su futura realización.
La imposibilidad de relativizar la cualidad del afecto
que reciben o brindad, la incapacidad de aceptar cambios
en la imagen que han internalizado de sí mismos y
de los demás, que como personas diferentes a ellos,
son capaces de sorprenderlos con acciones imprevistas, actos
creativos o momentos de cambio y crecimiento propios del
acontecer humano, también nos remite a una forma
de vínculo primario en la cual estas acciones tampoco
eran aceptadas o promovidas por los padres, sino, por el
contrario, prohibidas o castigadas en algunos casos con
desmesurada violencia.
Todo lo anteriormente expuesto da cuenta de la existencia
de una forma de vincularidad primaria, caracterizada por
un déficit, una falla, o una ausencia, que se manifestarán
en la vida de los pacientes de diferentes formas, tendientes
a reproducir aquellas condiciones fundantes de su vida relacional,
en las cuales la persona no puede originar, sin la ayuda
adecuada, ninguna modificación capaz de liberarla
de su dependencia afectiva.
Mi trabajo no consiste sólo en la observación
e interpretación de lo corporal. Las consignas verbales,
la palabra y la escucha de lo que mis pacientes cuentan
durante las sesiones, tienen también una importancia
fundamental. Ya que la tarea de repensar y analizar este
material me permite el desarrollo de una primera aproximación
teórica cuya propuesta es el abordaje del problema
de las adicciones desde una perspectiva corporalista.
Con el objeto de ejemplificar mi metodología de
trabajo, expondré a continuación la descripción
de una de las primeras sesiones con una paciente que presenta
la problemática anteriormente mencionada, entendiendo
que vamos a producir un corte en un momento específico,
donde queda limitada la posibilidad de explorar, cómo
dicha terapéutica es abordada desde diferentes posibilidades
en lo verbal y corporal.
Cómo espero al paciente:
Desde el momento de abrir la puerta y recibirlo observo
su modo de entrar, cómo se acerca al saludo, si adelanta
el pecho o lo retira, la posición postural de la
pelvis, etc. Lo invito a sentarse en un almohadón
y hago lo mismo en otro, colocado a una distancia tal que
permita la posibilidad de registrar con mi vista la totalidad
de su cuerpo. Respiro tranquila, sin colocar ningún
gesto en la cara. Pongo a disposición de la tarea
mis ojos, oídos, piel y olfato, atentos a percibir
el otro cuerpo. Entendiendo que éste trae una información
total. Lo cual no quiere decir que uno como observador pueda
captar esa totalidad.
Discurso del paciente:
M - Siempre lo mismo. Siento que no puedo más. Me
siento sola para todo. ¿Por qué los otros
están bien y a mí me cuesta tanto? Me siento
como un volcán a punto de estallar. Pero me da miedo
porque tengo temor al desborde y a partirme en mil pedazos
y otra vez Oscar se instaló en mi casa (Su ex marido).
Me tiene podrida.
Cómo escucho y observo:
Cada discurso conlleva una gestualidad que lo acompaña
al unísono y dicha gestualidad nos está dando
una pauta clara acerca de lo que este discurso esconde.
Cuando M dice "me siento como un volcán a punto
de estallar", sus gestos son: las manos apretando el
pecho, su mirada y cabeza hacia arriba, el cuello tensionado,
sus pies y rodillas se aprietan juntándose. Por lo
tanto podemos pensar más en una implosión
que en una explosión. Esto es lo que veo.
Un volcán es algo que sobresale de la tierra. Es
rígido. Por dentro es caliente y blando, pero no
se sabe cuándo va a estallar. Al entrar en actividad,
desde lejos puede llamar la atención. Si estalla
puede ocasionar destrozos y muerte.
Le doy a M la consigna de trabajar con el cuerpo, desde
la sensación que ella trae de la imagen-volcán.
Que vaya buscando a través de los movimientos una
figura estática de volcán. M construye una
imagen estática y rígida. Le pregunto cómo
se siente y qué molestias tiene.- Me siento incapacitada
para comunicarme. Me duele el cuello, cintura, rodillas.
La siguiente consigna es: Qué imagen opuesta se le
ocurre de volcán. -Lago, responde M. Le propongo
desarmar la imagen desde alivianar las molestias e ir dirigiéndose
a través de los movimientos hacia la imagen-lago.
Con esta imagen queda tendida en el piso en posición
fetal. Pregunto cómo se siente y qué zonas
molestan. -Me siento nuevamente sin poder comunicarme. No
me molesta nada, pero no tengo voluntad de levantarme.
La información que nos da la acción del cuerpo
se está anunciando en cada movimiento que va buscando
cumplir con la consigna, y al desarmarse hacia la siguiente,
sigue dando información acerca de las zonas en las
que aparecen las dificultades. El movimiento activa a su
vez la memoria corporal y aparecen nuevas imágenes
referidas a la historia que contiene este cuerpo.
De esta manera lo que se busca producir es una continuidad
sin corte en el movimiento que posibilitará la disolución
de las situaciones violentas que quedaron impresas en el
cuerpo.
Algunas conclusiones:
Del relato de mis pacientes se deduce lo siguiente: Toda
adicción es el resultado de una elección forzada
realizada durante las primeras etapas del desarrollo. Dicha
elección se presenta como la única salida
posible porque las otras opciones son quedar atrapado en
un vínculo asfixiante donde está anulada toda
posibilidad de diferenciarse de ese Otro en relación
al cual el sujeto se encuentra absolutamente indefenso.
Las opciones son: la aceptación del contenido implícito
del discurso del portavoz (Madre o Padre) y del modelo que
propone, la locura o la muerte.
A pesar de que para ellos en su realidad subjetiva las
opciones siguen siendo las mismas, el trabajo terapéutico
los ayuda a ver que hay otras. La realidad de este cuerpo
que participó en esta historia (ilusión) que
se hace cuerpo, que queda en el cuerpo como memoria corporal,
la cual se activará a partir del movimiento, memoria
que será necesario evocar y contar de nuevo, para
poder entender y de esta forma no repetir.
Así como el jugador compulsivo juega para perder
y de esa manera reencontrarse con la falta, cada adicción
conduce al sujeto hasta la repetición de un estado
psíquico y orgánico en el cual podemos reconocer
la misma situación de inermidad e indefensión
que corporalizó el no deseo del Otro en las primeras
etapas de su desarrollo subjetivo.
Hay sensaciones orgánicas de malestar, dolor, contracturas,
etc. Recuerdos que tienen que ver con lo primario, éstas
son derivadas de la compulsión a la repetición,
que también compromete al cuerpo y que tiene que
ver tanto con el exceso de goce en el vínculo destructivo
como con el síndrome de abstinencia en el corte vincular.
La falta, el vacío, aparecen tanto en el exceso de
la presencia del otro como en su ausencia.
Un caso:
Amalia acude a mi consultorio con una queja, un dolor en
la espalda, había consultado previamente con otros
profesionales pero el dolor persistía, siempre volvía.
Cuando empezamos a trabajar con el dolor, éste empezó
a tener forma, color, profundidad. El dolor comenzó
a contar su historia. Sobre ella pesa la culpa de la disgregación
familiar. Es como un mapa desplegado sobre su espalda de
cuyos distantes puntos convergen en un centro las distintas
líneas del dolor, como un intento de reparar desde
la culpa lo que se había disgregado. Se vincula afectivamente
a través del dolor. Consume todo tipo de analgésicos
en forma compulsiva.
El dolor de Amalia habla y sólo a partir de lo que
cuenta, ella podrá resignificar su historia por medio
del trabajo corporal, el cual a su vez la reinscribirá
en el cuerpo de otra manera. El dolor desaparece luego de
cinco años de trabajo porque ya no es necesario:
La historia de Amalia encuentra nuevas formas de expresión.
Sus vínculos tampoco representan ya el abandono.
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Perla Tarello,Integrante del Programa de Investigaciones
Clínicas en Drogadependencia del I.D.I.A.
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