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Reflexiones sobre el mito del drogadicto
1° parte
Marta L. Guiérrez - Liliana A. Cerfoglia
Queremos reflexionar sobre algunos puntos, pensados a partir
de nuestra práctica, que son interrogantes ejes,
que aparecen como constantes, se reiteran, planteando sentimientos
de impotencia, confusión y hasta angustia, a quienes
trabajamos con las adicciones. Esto aparecería tanto
en instituciones específicas, como en hospitales
generales o en modelos comunitarios, según el emergente
grupal, percibido durante el intercambio efectuado el año
anterior.
Nos encontramos a menudo, frente a una clínica sin
"paciente", en la que ese sujeto ausente, se erige
en fantasma, configurándose en un mito, que al igual
que la droga en el adicto, fascina y atemoriza, llevándonos
a una búsqueda denodada de reaseguro teórico,
que nos enfrenta a cuestionamientos y contradicciones sobre
quién tiene el poder de la cura.
Y mientras tanto, ¿qué nos dice el adicto?
o mejor dicho, ¿qué trae -generalmente sin
verbalisarlo- a través de sus actuaciones o acto-síntoma?.
¿Sólo su presencia es atribuible a esa sensación
de corrimiento del lugar terapéutico, donde como
a él, -en tanto sujeto- pareciera que la identidad
terapéutica fuera barrida y puesta a prueba?.
Su llegada a la consulta aparece con una fachada de desafío,
él nos dice: "vos no podes conmigo", del
discurso familiar, oímos: "yo no puedo con él",
que generalmente reproduce en tal impotencia, el cumplimiento
de mandatos inscriptos desde las vinculaciones con las figuras
parentales.
Se pone en juego el poder. ¿Cómo responder
a tal demanda, exigente e ingenua al mismo tiempo?. Pero...
¿qué demanda?. Pareciera haber un reclamo
de límites. ¿Y qué transfiere en un
reclamo al terapeuta?.
¿Acaso aquello que marcaría el límite/borde
no configurado, que se inscribe y sostiene en la dependencia
a un otro, impidiendo su diferenciación?.
Ahora bien, ¿cómo y qué debe contener
el terapeuta para operar ante ello, si la realidad social
e institucional reproducen las mismas contradicciones vinculares
y de poder, como la metáfora que se impone en el
adicto, respecto a los padres ideales de la infancia?.
¿Cuál es el límite -no frontera- que
debe el terapeuta configurar para preservar su lugar de
tal, (en la escucha y en la mirada), sin quedar entrampado
en la red impotente, que se configura como tóxica,
reproduciendo la patología del paciente?.
El sujeto adicto mueve el deseo del Otro, o ¿es
movido por el deseo de los otros, incluido el Otro institucional,
que da lugar a la existencia recíproca?.
El Otro institucional, que puede constituirse en un modelo
sustituto parental, que recrea aspectos adictivo-dependientes,
donde lo no dicho, pero sí actuado, reitera el síntoma
instaurado míticamente, a riesgo de perpetuarse.
¿Porqué la búsqueda del espejo en
el ex-adicto, que le confiere un rango de deseo?. ¿Quién
es el que sabe?. ¿Qué será necesario
saber para estar habilitado frente al adicto?. ¿Porqué
se recurre a menudo a la técnica de la actuación
frente a otra actuación, sin pretender el acceso
a lo simbólico?. ¿Será ello suficiente?.
Pues así planteado, el círculo se cierra,
y lo psicoterapéutico queda excluido, o en el mejor
de los casos, como un instrumento "legítimo",
allí donde la "ilegalidad" es una constante,
desde el imaginario social en su discurso.
¿Porqué la disputa de pertenencia respecto
al paciente?. Su patología nos confunde y entonces
nos lleva o bien a apropiarnos, o a su opuesto: marginarlo.
¿Quién es el adicto, que en realidad tanto
moviliza e interroga?. Si desmitificamos, ¿qué
hallamos?. En realidad, a alguien, que no sabe de sí
mismo, ni de su espacio, que no puede plantearse proyectos
de vida, que parece sentir que no merece un lugar, ni una
voz, sólo puede hablar de este idilio ambivalente,
de amor y odio en igual intensidad con "ella",
la Droga, en un intento voraz de aliviar y narcotizar el
dolor de la carencia.
Plantearnos la búsqueda de lo absoluto, como modelo
de respuesta terapéutica, conlleva el riesgo de rigidisar
la estructura sujeta a una circunstancia e historicidad,
en proceso de lograr su identidad, ya fuera del deseo inicial
inscripto a través de los significantes que se instalan
en el síntoma. Paralelamente, paraliza a la función
terapéutica en tanto inhibe su dinámica y
creatividad.~
Lic. Marta L. Gutiérrez y Liliana A. Cerfoglia,
Integrantes del Programa de Investigaciones Clínicas
en Drogadependencia del I.D.I.A.
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