"Resistiré"

Sergio C. Staude

1.- La práctica del análisis nos enfrenta, cotidianamente, con la necesidad de decidir. Ahí es donde jugamos nuestro acto. Lo complejo de ese acto está dado porque tenemos que decidir cuando no disponemos de todas las premisas necesarias para garantizar un efecto. De ahí que sea el deseo del analista quien lo sostenga en esos momentos. Deseo que podríamos nombrar como la insistencia de suponer un sujeto en aquellos instantes o en aquellas situaciones donde todo parece indicar que no lo hay. Esto es correlativo al hecho de que cada particularidad de la clínica que enfrentamos interrogue, necesariamente, a este deseo del analista.

Hoy día la clínica con pacientes drogadependientes nos plantea en forma dramática esta encrucijada, que por momentos se nos presenta como una crisis de posicionamiento como analistas, la que se debe hasta cierto punto a cierto déficit en la conceptualización que trasladó a la escena de la cura, el clima de pesadilla que es frecuente tanto en la vida del adicto como en la que los rodean.

2.- Producir encuentros como los de estas jornadas (26/3/94), unido al trabajo que realizamos, como el hecho de producir escritos, es un modo de ir avanzando en este desafío de la clínica y un modo posible de procesar y de dar a conocer lo que hacemos. Diría que es intercalar el tiempo de comprender entre el instante de ver y el momento de concluir o de actuar. En particular en una situación donde el tiempo de la prisa y de la angustia parecen predominar.

Desde hace unos siete meses estoy trabajando en un centro de atención de drogadependientes que implicó para mí un tomar contacto con sus avatares y problemas, en un contexto no habitual de mi práctica como analista. Una pregunta me acompaña: desde qué lugar, o en qué lugar soy convocado, y por quién, o por quiénes?.

A veces la respuesta es obvia: generalmente por la angustia y la preocupación de los familiares, o de quienes rodean al adicto. En otras, las razones son más oscuras. Por ejemplo, cuál es la demanda desde el adicto, si la hay; y en otras ocasiones, cuál es la demanda de la institución misma.

3.- El título del trabajo remite a una canción. Es la que cantan los protagonistas de la película de Almodovar, "Atame", al finalizar el film. La tomé de aquí, aunque podría haberlo hecho de innumerables canciones que cantan los adolescentes. En estas patologías donde lo que predomina es la a-dicción, una canción que se despliega en silencio, es a veces necesario escuchar ciertas verdades que van destinadas a otros oídos. Generalmente de pares. La canción dice así:

Cuando pierda todas las partidas,
cuando duerma en la soledad,
cuando se me cierren las salidas
y la noche no me deje en paz.

Cuando tenga miedo del silencio,
cuando cueste mantenerme en pie,
cuando de revelen los secretos
y me pongan contra la pared

Resistiré.

Resistiré para poder seguir viviendo.

La letra es más extensa, pero estas estrofas me son suficientes. Da cuenta con mucha justeza de momentos de vacilación subjetiva, de vacilación fantasmática en el que parece tambalear el sostén simbólico e imaginario del sujeto y de su realidad. Pero habla especialmente de una resistencia, y diría que se trata de un tipo particular de resistencia. En psicoanálisis estamos habituados a que la resistencia sea un nombre posible de la transferencia. Fue el primero de los nombres que se le dio. La resistencia, en tanto baluarte subjetivo, es algo capaz de posibilitar un análisis. También de impedirlo cuando no es una resistencia de transferencia sino a la transferencia.

Pensar la drogadependencia desde la resistencia tiene ciertas ventajas. Por un lado remite a una vicisitud de la clínica, a un obstáculo referido a una dirección posible. Permite también diferenciarla de una estructura definida como puede serlo la neurosis, la perversión o las psicosis. De hecho la clínica nos dice que la recurrencia a la droga es posible desde cualquiera de ellas. Pero permite también diferenciarla de un síntoma. La drogadicción puede no ser un síntoma desde la perspectiva psicoanalítica si entendemos por tal aquello que es del orden de un entramado significante reprimido. Una verdad censurada. Sí en cambio puede serlo desde una perspectiva médica o jurídica que crea una suerte de síntoma prete-a-porter, una suerte de figura del imaginario social que permite a muchos adictos encontrar allí un sostén identificatorio.

4.- Las dificultades transferenciales ponen de manifiesto en estos casos, más que un ocultamiento fantasmático, una vacilación, o una conmoción o bien un fracaso de la operatividad del fantasma. Si el fantasma es una suerte de dispositivo que permite la transformación de goce en placer, dándole a la vez sentido a los síntomas, su fracaso habla de la persistencia de un goce que no pudo ser metaforizado en discurso. De aquí la diferencia notoria en su modo de acceder a la demanda de análisis. Si el neurótico lo hace empujado por la angustia e interrogándose por sus síntomas que padece y no entiende, los adictos en cambio, cuando consultan -que no es no es lo frecuente- lo hacen más bien desde un malestar por el que poco se interrogan. O bien quienes piden la consulta son las personas cercanas que soportan el malestar. Ellos parecen bien instalados en un lugar de goce. Si los primeros demandan a alguien que sepa sobre sus síntomas, los segundos se ubican ellos mismos como respuestas. No hay nada a saber. Los familiares preguntan y se preguntan. También el analista. Incluso es para pensar si un lugar posible en esta clínica es sostener ese lugar de la pregunta y la interrogación por el sentido oculto o perdido de esos actos repetidos.

Ese cuerpo opaco de goce mudo, ese a-dicto que parece enarbolar un goce "del que no puede decir su nombre", es lo que produce en otros variados discursos. Es lo que encontramos habitualmente, referidos a la drogadicción, una multiplicidad enorme de discursos que pretenden explicarla. En lo cotidiano de la clínica este "hacer hablar" lleva a los padres o implicados más directos a ser quienes plantean su preocupación y por lo tanto quienes formulan una demanda de ayuda. Es con ellos que estoy trabajando en mi inserción institucional.

5.- El dispositivo institucional lleva a que se trabaje por separado a los adictos y a los familiares, si bien nos comunicamos entre quienes sostienen cada tarea y además, en las reuniones llamadas multifamiliares podemos intervenir en encuentros y diálogos con los adictos y sus familiares.

En los inicios del tratamiento son éstos quienes sostienen el interés y la preocupación por el tratamiento. Suelen ser los que más atrapados están en el sufrimiento. A medida en que el tratamiento avanza y el adicto va transformando en síntoma y en interrogación su adicción, los padres más aliviados, suelen sustraerse al compromiso terapéutico. Una alternativa distinta es cuando el trabajo inicial permitió también abrir un espacio sobre la problemática familiar o la de cada uno de los integrantes. Es notorio como muchas veces coincide la perspectiva familiar, la del adicto e inclusive la de muchos dispositivos terapéuticos": lo dramático y lo angustiante de la adicción hace olvidar aquello que como causa ha llevado a alguien a drogarse y a insistir en ello. Es como si todo quedara reducido a un problema tóxico.

Algunas reiteraciones que me resultaron significativas:

. El período de tiempo prolongado entre el inicio de la adicción y el momento en que los padres se dan cuenta de esto. Desde 3 ó 4 años hasta 10.

. En muchos casos hay una franca desmentida de los indicios que se despliegan pos todos lados. En otros parece faltar la angustia, señal que permitiría tomar cartas en el asunto más rápidamente. El monto de angustia de los padres parece tener, entre otros ingredientes, el peso de haber llegado ya tarde. Muchas veces el adicto tiene que producir un acting-out, que es una notoria puesta en escena para que los demás reaccionen. Y aún así...

. Otro modo más dramático de anuncio es cuando "el cuerpo ya no resiste más". Ahí es el cuerpo, o el cuerpo médico, o el cuerpo policial y jurídico, el encargado de poner un límite, lo que equivale también a nombrar el problema de algún modo.

6.- Así como hay muchos discursos sobre la drogadicción, hay también distintos modos de nombrarla. Tomaré sólo dos para destacar ciertas características que me interesa remarcar ahora. El primero es el de a-dicción, que separo con el guión para indicar que la palabra mata a la Cosa, en el sentido que le da Freud como sinónimo del cuerpo perdido de la madre. La droga, en cambio, le devuelve todo su esplendor, pero mata al sujeto. Por eso el término delimita a una práctica que es a la vez una posición del sujeto y la dimensión de su atrapamiento en un goce, que transcurre en silencio aunque sus efectos sean ruidosos. Es el silencio del sujeto que identificado al objeto "a" se ubica en el epicentro de un goce y, supuestamente, de un saber sobre el goce. O bien como desecho, como resto caído, pero en ambos casos suele no interrogarse por su posición.

El tema de la resistencia lleva a reactualizar un momento fundante del sujeto. Es el momento, constituyente, en que es capas de decir no a la demanda incondicional del Otro materno. Pero ocurre que este momento de privación y de negación se transforma en baluarte a todo posterior investimiento libidinal posible. En realidad ocurre que es un modo de resistencia contra el mismo trabajo de duelo. De esto resulta que se constituye una resistencia que impide un investimiento y a la vez transita por los caminos de la manía. A todo puede decirle que sí. Una resistencia que parece no resistir y que lo lleva al sujeto a esa posición de vacilación porque termina nuevamente sujeto a la demanda del Otro. De ahí lo de toxico-manía.

En ambos caos, en el de la a-dicción y el de la toxico-manía, lo destacable es la desconfianza en la palabra, cuestionada siempre por ser mentirosa, pálido sustituto de una relación vincular perdida. La droga, al aumentar la sensibilidad y la sobreexcitación empuja a la desregulación del goce con la promesa de una relación "verdadera", es decir sin intermediarios. Se excede el marco que brinda el fantasma y entonces el deseo -loco- no encuentra límites.

7.- Otro tema relevante en la clínica de la drogadependencia es la referida al lazo social. La más notoria, y tal vez la más remarcada, es el hecho de que la droga aísla, perturba o impide el lazo social. Lo cual es cierto. Pero también es notorio -y en algunos casos es un buen indicador diagnóstico- que en muchos casos no es sino un apuntalamiento para encontrar y sostener en lazo social posible. También es frecuente que la misma práctica adictiva cree lazos sociales, muchos de ellos de gran arraigo ya que se forjaron en la necesidad y el respaldo mutuo. A esto se agrega el hecho de que ser adicto confiere un soporte identificatorio: "soy un adicto", que es a la vez un rasgo que señala su vinculación a un grupo. El riesgo crea pertenencia.

Sin embargo lo más interesante, a mi parecer, es esa suerte de desdoblamiento dentro del grupo de adictos que se transforman en agentes de cambio y de asistencia. Incluso es frecuente que ellos despierten más confianza que los profesionales de la salud. Es posible suponer o pensar que los así llamados grupos de autoayuda no son sino una tentativa de sostener una ilusión narcisista. De hecho lo son: son grupos, o instituciones, donde trabajan exadictos, padres, profesionales para mantener la ilusión de que alguien se ayuda solo. Sin embargo creo que se precisamente ese valor del engaño, de la "mentira" la que se constituye en un soporte terapéutico. Un soporte que permite rescatar el plano de la autoestima y del investimiento fálico del que en general se carece.

El tema deja abierta la espinosa cuestión del lugar que ocupan los "ex", particularmente cuando tienen que ser quienes sostienen la figura del ideal, o idealizado, del que fue adicto y pudo salir. Desde esta situación aparece como tema relevante la cuestión de la recaída, ya que no sólo se juega el prestigio de los "ex" ante los aún adictos, sino porque esa situación reactualiza la preocupación familiar y también la de la institución. Retomo el tema más adelanta porque me interesa considerar este lugar de los "ex" en el marco de las intervenciones terapéuticas.

8.- La tarea de coordinar a grupos de familiares de adictos se lleva a cabo por un "ex" adicto o bien un familiar de "ex" adicto y un terapeuta. Es notorio, en muchas ocasiones, que sea sobre el familiar sobre el que recae el supuesto de que es quien sabe sobre el problema o sobre posibles soluciones. Esto trae aparejado no pocos tironeos dentro de la pareja de coordinadores. También está el hecho de que las indicaciones más francamente directivas suelen ser mejor escuchadas y con menos interferencias "transferenciales" desde el familiar que desde el terapeuta. Esto lleva a tener que pensar de la manera más sutil posible estos lugares y sus interjuegos, del mismo modo en que es necesario evaluar en los distintos momentos las alternativas y vicisitudes que adopta la demanda de ayuda.

Tal vez no sea ajeno a esta clínica el poder soportar el lugar del excluido, que no es extraño al lugar que ocupa el adicto. El problema es cuando el psicoanalista supone que se tiene que "ganar" un lugar y renuncia al suyo en aras de esgrimir otras posiciones: ser más padre que los padres, o el del legislador., o el del representante institucional. Aquí muchas veces encontramos que es el analista mismo la fuente y la razón de las resistencias.

Esto hace retornar a lo dicho en un principio sobre la posibilidad de abrir un espacio de reflexión y análisis sobre las prácticas mismas que intentan dar cuenta del problema de las adicciones.

Las técnicas alternativas y los grupos de autoayuda surgieron en un espacio donde el psicoanálisis no tenía un suficiente arsenal conceptual o bien porque lo había decretado un territorio que no era de su incumbencia. Lo cierto es que, pareciera que en estos momentos, esas mismas prácticas requieren su presencia aunque estos llamados se realizan aún de un modo no claramente definido. De ahí que la sutileza en el manejo clínico sea más imperioso que nunca. Algunos atisbos hay, en particular los referidos al modo de implementar trayectorias más allá del momento de la privación, de la abstinencia.

En esta perspectiva es donde recorto el tema de las recaídas, foco central de temores tanto para familiares y adictos, como tema de preocupación institucional. La experiencia confirma que el adicto se precipita al acto de adicción de un modo tal que éstos no logran hacer una serie. No se los puede historizar ni enhebrar a un contexto significante. En ese sentido es una repetición pero que no alcanza a instituirse como repetición significante. Sin embargo puede constituir un momento fructífero en la clínica en tanto sea posible ponerlo en perspectiva. Fructífero por que podría dar cuenta, en reiterados momentos, del porqué y del cómo alguien ha elegido ese camino. Podría constituir un momento productivo en el momento en que una recaída se hace en un contexto transferencial, más acá o más allá de los vericuetos de la neurosis, o de locura actual que tiene toda toxicomanía.

Con ésto dejo aquí estos comentarios sobre mi inclusión en un equipo de atención a pacientes drogadependientes. La institución en la que estoy haciendo la experiencia es el Programa Andrés.~

Lic. Sergio C. Staude. Integrante del Programa de Investigaciones Clínicas en Drogadependencia del IDIA.

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