|
Trastorno de Personalidad y toxicomania
Introducción.
El presente trabajo tiene por objeto abordar una instancia
clínica que se presenta con elevada frecuencia en
la tarea asistencial, esto es, la patología dual
comprendida por los trastornos relacionados con sustancias
y trastornos de personalidad.
Se destaca la importancia que reviste el arribar a un
diagnóstico correcto como paso fundamental para
establecer luego las estrategias correspondientes, desde
el punto de vista psicoterapéutico y psicofarmacológico
y tener una mejor aproximación pronostica.
Según nuestro criterio es menester reparar en este
procedimiento esencial para maximizar la eficacia de los
recursos utilizados al enfrentar la complejisima patología
que nos ocupa.
Personalidad. Definición estructural.
Son múltiples las definiciones de personalidad
existentes y los criterios utilizados para dar cuenta de
la misma.
Allport las divide en tres grupos: las basadas en el efecto
exterior, las basadas en la estructura interna y las basadas
en operaciones exteriores.
Los conceptos de personalidad basados en el efecto exterior
giran en torno a la impresión que una persona produce
en otra, partiendo de una apreciación social.
Los conceptos basados en resultados y operaciones exteriores
suelen tener una raigambre conductista, reconociendo solamente
como datos de la personalidad las operaciones exteriores
visuales o manipulables. En este caso, si equiparamos la
personalidad con la conducta se volatiliza todo lo propiamente
psíquico, por esto se dice que el conductismo es
una psicología sin psicología, esto es, una
psicología que prescinde del mundo interior, de
la conciencia y de la subjetividad.
En cambio, para la concepción estructural de la
personalidad, la conducta es la manifestación exterior
de los datos internos y subjetivos que integran las bases
de la personalidad.
Diversos conceptos de personalidad centrados en la estructura
interna de la misma han sido formulados por una amplia
serie de psicólogos y filósofos. Su radical
común es considerar la personalidad como una entidad
a la vez interna y objetiva ya que se trata de una entidad
abierta al mundo circundante. Influye sobre el mundo y
es influida por él.
La personalidad es la organización dinámica
de los aspectos cognitivos, afectivos, fisiológicos
y morfológicos del individuo, estableciendo así no
una unidad estática, sino un desarrollo en incesante
evolución, es decir, una estructuración progresiva,
apareciendo la personalidad como una unidad sintética
siempre en movimiento.
Para Kurt Schnneider la personalidad abarca el conjunto
de los sentimientos y tendencias de índole psíquica,
las valoraciones, siendo excluidas de los dominios de la
personalidad la inteligencia, los sentimientos y tendencias
corporales y vitales. En realidad estos conceptos se ajustarían
a la definición de carácter.
Los conceptos de carácter y temperamento se contraponen
y a la vez resultan complementarios, siendo dos perspectivas
distintas de la realidad global a la que ambos pertenecen:
la personalidad. En tanto el carácter está condicionado
por el influjo de factores adquiridos vivenciales, por
lo que presenta una entidad psicosocial, el temperamento
tiene un origen fundamentalmente hereditario y representa
una entidad biológica. En tanto el carácter
comprende sobre todo los sentimientos, las actitudes ante
si mismo y ante los demás, los valores y las voliciones,
el temperamento está formado por las tendencias,
los instintos y los sentimientos vitales. El carácter
es lo mas personal y propio de la personalidad por estar
más vinculado a la libertad y responsabilidad de
uno mismo que el temperamento. De la formación del
carácter somos algo responsables, lo adquirimos
nosotros. En cambio el temperamento lo recibimos pasivamente,
nos es dado,.
La libertad psicológica significa intervención
de la actividad reflexiva en la conducta propia y naturalmente
este ejercicio de la reflexión está mucho
más vinculado al carácter que al temperamento.
Temperamento y carácter se integran unitariamente
en el seno de la estructura de la personalidad y hasta
tal punto pierden sus rasgos primigenios que ciertos factores
del temperamento como la excitabilidad y la estabilidad
tienen al lado de su componente hereditario un componente
adquirido en el curso de la evolución, el aprendizaje
influye sobre el temperamento.
Schnneider excluye la inteligencia del campo de la personalidad
inspirándose en el acontecer psicopatológico,
esto es, las interferencias del desarrollo de la inteligencia
y de la personalidad que organizan las deficiencias mentales
y las personalidades psicopáticas respectivamente,
suelen aparecer separadas: la mayor parte de los psicópatas
no son oligofrénicos y viceversa.
Entre los desarrollos de ambas entidades hay un condicionamiento
reciproco, donde el papel operativo básico corresponde
a la personalidad y el papel instrumental a la inteligencia,
por ello afirma Jaspers que la inteligencia es una herramienta
de la personalidad.
En resumen la personalidad puede definirse como una totalidad
de los rasgos emocionales y conductuales que caracterizan
a una persona en su vida en condiciones normales, siendo
relativamente estable y predecible, esto es aquello que
mas permite anunciar lo que un individuo hará en
una determinada situación, constituyéndose
en el objeto último y más complejo de la
psicología.
Trastornos de Personalidad.
Un trastorno de la personalidad supone una variante de
los rasgos de personalidad, variante que va más
allá de lo que normalmente presentan la mayoría
de las personas. Solo cuando los rasgos de personalidad
causan o bien un deterioro funcional significativo o bien
un malestar subjetivo, constituyen un trastorno de personalidad.
Los pacientes con este tipo de trastornos presentan patrones
de percepción de si mismos y del ambiente inflexibles,
desadaptativos y muy arraigados.
Los síntomas de un trastorno de la personalidad
son aloplásticos ( es decir, ¿..? ) y egosintónicos
(aceptados por la persona, no generándole malestar).
De los trastornos de personalidad existentes, tomaremos
para el presente análisis, aquellos donde la asociación
con el consumo de sustancias es más frecuente: los
trastornos impulsivos de la personalidad: trastorno antisocial
de la personalidad y trastorno limite de la personalidad,
asociación muy frecuente en nuestra tarea asistencial
cotidiana.
Los pacientes drogadependientes poseen características
personales comunes tales como inmadurez afectivo – emocional,
dependencia afectiva, baja autoestima, labilidad afectiva,
incapacidad de futurizar, ausencia de proyecto vital, agresividad,
egocentrismo, permanente temor al abandono, habilidades
sociales deficientes, retraimiento social, escasa tolerancia
a la frustración, dificultad en las relaciones sociales
y a veces en la identificación de su rol sexual.
Características estas , compartidas con los trastornos
de personalidad de nuestro análisis.
Trastorno Antisocial de la Personalidad.
El trastorno antisocial de la personalidad está caracterizado
por continuos actos criminales o antisociales pero sin
constituirse en sinónimo de criminalidad, más
que esto, suponen una incapacidad para adaptarse a las
normas sociales.
Durante la entrevista el paciente puede presentarse tranquilo,
con un discurso creíble, colaborador en el interrogatorio
y hasta en algunos casos con actitudes seductoras, alegando
ser víctimas del sistema y aun ante la contundencia
de causas judiciales de carácter penal se valen
de argumentos falsos con intenciones desincriminatorias.
Mas allá de la impresión inicial resulta
evidente la presentación sintomática florida
que se pone en evidencia en actitudes interpersonales y
conductas características hacia sus pares en caso
de ser internados en un centro asistencial.
Sus historias revelan muchas áreas disfuncionales:
la mentira, la delincuencia, reiteradas fugas del hogar,
los robos, las peleas y actividades ilegales son experiencias
típicas que el paciente inició desde su niñez
o al ingreso en la adolescencia. Carecen de sentimientos
de ansiedad o depresión. El contenido mental presenta
completa ausencia de delirio y otros signos del pensamiento
irracional, impresionando a los observadores por su despliegue
verbal. Carecen de remordimientos sobre sus acciones.
Trastorno Límite de la Personalidad.
Los pacientes con trastorno límite de la personalidad
están situados en la frontera entre la neurosis
y la psicosis, caracterizándose por una extraordinaria
inestabilidad emocional, conductual, relacional y en cuanto
a su autoimagen. El trastorno también se ha llamado
esquizofrenia ambulatoria, personalidad como si, esquizofrenia
seudo neurótica y carácter psicotico.
Los pacientes con trastorno Borderline casi siempre parecen
estar en estado de crisis. Los cambios de humor son muy
frecuentes, por momentos pueden mostrar enojo, luego sentirse
deprimidos y a continuación quejarse de no tener
sentimientos. Pueden haber sufrido episodios psicóticos
de corta duración o micropsicóticos, siendo
que no se tratan de genuinas rupturas psicoticas en toda
su magnitud.
La conducta es altamente imprevisible, presentando repetidas
conductas autolesivas. Al sentirse personas dependientes
y a la vez hostiles, sus relaciones personales resultan
tempestuosas, intensas e inestables. Pueden ser muy dependientes
de las personas que están cerca de ellos y expresar
una enorme ira con sus relaciones más cercanas cuando
se sienten decepcionados. Les resulta intolerable la soledad,
lo que determina una búsqueda frenética de
compañía sin importar lo insatisfactoria
que esta sea. Expresan sentimientos crónicos de
vacío y aburrimiento, careciendo de un sentido de
identidad consistente.
Poder realizar un adecuado diagnóstico favorecerá las
posibilidades del paciente, en tanto que, por regla general,
son definidos como de “diagnóstico reservado”, esto
es, pacientes de difícil abordaje por sus propias
características.
Psicogenesis.
Diversas escuelas dentro del psicoanálisis intentan
respuestas posibles al tratamiento de estos pacientes.
Es de nuestra experiencia cotidiana, sobre todo en el trabajo
institucional, que se presentan a las entrevistas como
pacientes que:
Refieren desinterés y absoluto descreimiento
en los tratamientos.
Son refractarios a la palabra. No le confieren
ningún valor.
No logran armar formaciones sintomáticas,
en términos psicoanalíticos. En general,
el síntoma lo es para el otro: el otro social, la
familia, el terapeuta. El paciente no refiere como egodistónico
o causante de malestar nada de aquello por lo cual es traído
a consulta.
Presentan severas dificultades en el establecimiento
de la transferencia, y cuando lo hacen la misma se encuentra
teñida de sentimientos de desconfianza, intentos
de manipulación de la situación terapéutica
y continuos virajes del amor al odio.
Se desinteresan del vínculo con el
otro, no estableciendo lazo social. Refieren no sentir
culpa ni preocupación por los demás, encontrándose
abocados a sus intereses narcisistas y egoístas.
Patologías del acto. Borderline. Fronterizos. Psicosis
blanca. Patologías del desvalimiento. Estos son
algunos nombres de los múltiples intentos de respuesta
a pacientes con presentaciones clínicas tan floridas:
impulsiones, actings, pasajes al acto, trastornos de alimentación,
manifestaciones psicosomáticas, adicciones, agresividad
y violencia.
Mahler ubica el origen de estas patologías en fallas
en las diferentes sub-fases de la fase de individuación-separación.
Según este autor la madre reedita con el niño
sus propias fases autistas, simbiótica y de individuación-separación
que condicionan y se inscriben en el psiquismo del niño.
El hijo será el deseo del deseo de la madre: el
primer deseo es el de recuperar el vínculo simbiótico
que ella tenía con su propia madre y de este surge
un segundo deseo: el de tener un hijo con el cual cumplir
el primer deseo.
En la subfase I (o de diferenciación) se produce
una crisis en la que aparecen ansiedades de abandono, de
separación y de ser devorado por la madre. Como
defensa, el mecanismo paranoide. Lo paranoide será una
forma de estar acompañado por el perseguidor, remedando
la simbiosis. La no clara diferenciación entre el
adentro – mundo interno – y el afuera – mundo externo – será una
constante consecuencia de la falla en esta subfase. Esta
situación será repetida vía transferencial.
En la subfase II (o de alejamiento) frente a las ansiedades
de abandono la omnipotencia aparece como principal defensa,
dando lugar a rasgos de personalidad narcisista, donde
la propia idealización y la autosuficiencia no dan
lugar a la consulta terapéutica.
En la subfase III (de reacercamiento) el monto de ansiedades
de abandono funciona al máximo y la omnipotencia
al mínimo. Uno de los rasgos clínicos más
sobresalientes de los limítrofes es la dependencia
extrema al objeto valorizado con el que llegan a mimetizarse,
cosa que hacen por sometimiento, ya que esto los protege
de las ansiedades de abandono
En la subfase IV (o de constancia libidinal), edípica,
se separa el objeto de la función que este cumple.
En el caso de nuestros pacientes, para evitar la pérdida
del objeto, ellos lo abandonan, cambiando entonces constantemente
de objetos, por temor a la pérdida.
Para Mahler no existe paciente limítrofe que no
tenga por lo menos uno de sus progenitores con un trastorno
grave de personalidad narcisista, ni tampoco que no tenga
discarencias afectivas en esta fase del desarrollo.
Geberovich, representante de otra corriente dentro del
psicoanálisis, explica las toxicomanias y las conductas
de autoagresión como resultantes de una falla en
el estadio del espejo, que aparece subvertido: no es la
madre quien mira, sosteniendo, al hijo mirarse: por el
contrario, el niño está forzado, para existir,
a encontrar un lugar en la mirada de la madre mirándose
a si misma, intentando constituirse y sostenerse como Yo
Ideal de lo materno, tarea imposible.
El adicto intenta, a través de su florida presentación,
liberarse de aquello que lo materno no puede perder, lo
materno narcisista, que no ha podido mirar y libidinizar
al pequeño infante como otro, alojándolo
y deseándolo, transformando su carne en cuerpo erogeneizado.
Este lugar de ídolo (yo ideal de la madre) protege
precariamente al niño de la destrucción y
a la madre de la culpabilidad.
Se distinguen entonces dos tiempos: primero, la efracción – depositación
- de lo materno sobre el pequeño, luego, la fallida
apropiación de esta efracción por ambos partenaires.
Desde ese momento, cualquier entrada en juego de algo que
funcione como tercero, es decir, de la realidad en tanto
agente de castración, de lo simbólico, no
podrá sino hacer efracción, poner en peligro
la fortaleza del ídolo, reactivar el duelo congelado,
desequilibrar la mira perversa y disparar el movimiento
de péndulo que develará que el objeto a idolatrar
es también el objeto a destruir: el otro polo identificatorio
de la ambivalencia materna.
Geberovich da cuenta así no solo de un deseo materno
que no logró el alojamiento adecuado para el niño,
sino también de un fracaso parcial de la función
paterna.
En ambas corrientes, de diferentes escuelas del psicoanálisis,
el acento cae en las funciones parentales y lo fallido
de las mismas provocando marcas en el psiquismo infantil
que determinarán la estructuración psíquica.
Estrategias de abordaje.
A lo largo del trabajo hemos partido de definir la personalidad,
para luego adentrarnos en las características principales
de los trastornos de personalidad asociados al consumo
de sustancias.
Hemos visto cómo en los trastornos de los impulsos
y la drogadependencia pueden ubicarse fallas en las funciones
parentales que decantaron en la adolescencia y la edad
adulta como las patologías a tratar.
De abordaje extremadamente complejo, debido fundamentalmente
al desinterés del paciente en realizar ningún
tratamiento, son las instituciones los lugares indicados
para el tratamiento de estas patologías.
En 1956 D. Winnicott, hablando sobre las tendencias antisociales
decía que “ el tratamiento adecuado no era el psicoanálisis....sino
encontrarle una colocación (al paciente). El psicoanálisis
solamente tiene sentido después de lo otro.”. Con
esto hace referencia a la imposibilidad de alojar al paciente
solo en un espacio de psicoterapia individual. “encontrarle
una colocación” remite a poder incluirlo en un ambiente
estructurado terapéuticamente, que facilite la puesta
en acto y repetición de los conflictos psíquicos
para que puedan ser reelaborados y modificados.
Frente a los múltiples traumas, pérdidas
y desposesiones que caracterizan los primeros años
del niño y su adolescencia, la respuesta institucional
debe estar estructurada y organizada para poder tolerar
la tensión resultante del continuo comportamiento
impulsivo.
Las instituciones que toman elementos de las Comunidades
Terapéuticas ofrecen al paciente una estructura
social artificial que facilita esta repetición y
posterior corrección de modelos de respuesta aprendidos
durante los primeros años de vida, además
de funcionar ofreciendo alojamiento y límites a
los continuos desbordes y demandas del paciente.
El dispositivo mismo confronta al sujeto con la existencia
de la ley, terceridad que sobrepasa los intereses y deseos
personales de cada paciente y también, de cada profesional.
La transgresión – esperable – será aquí interpretada
y “ puesta a trabajar”, generando en el paciente una respuesta
que abra vías para la elaboración y el pensamiento,
logrando que el mismo pueda comenzar a responsabilizarse
por sus actos y por las consecuencias que sus actos tienen
sobre él y sobre los demás, forzando así el
vínculo social, el lazo al otro.
Grupos, tareas, responsabilidades, un equipo de trabajo
sólido, otorgan a los pacientes un medio socio – familiar
estable. Este nuevo medio ambiente, con una legalidad no
caprichosa, oferta una nueva oportunidad al paciente para
la repetición y elaboración de conductas
e impulsiones.
Por supuesto que el equipo terapeutico debe poder sostener
al paciente y al encuadre en sus continuas puesta a prueba,
provocando y acompañando al mismo en la aparición
de nuevas significaciones para sus conductas sin sentido.
Que sus conductas, egosintónicas, puedan comenzar
a ser puestas en cuestión, primero por sus pares,
siendo un logro terapéutico que un paciente pueda
comenzar a preguntarse él mismo por ello, que le
preocupe, que lo incomode. Que pueda, vía identificación,
relacionarse con otros por caminos diferentes a la violencia
y la agresividad. Para ello necesitará de toda la
estructura institucional, de la que forman parte también
la psicoterapia individual y las entrevistas psiquiátricas.
El trabajo interdisciplinario y la conformación
de una estructura terapéutica consistente pero lo
suficientemente flexible como para soportar los intentos
destructivos del paciente, crearán un medio capaz
de contener y alojar a los mismos, favoreciendo el acotamiento
de sus continuos desbordes y el inicio de un trabajo de
elaboración, donde la responsabilidad por los propios
actos toma un valor esencial.
|