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Norma Fernandez

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De la totalidad a la necesidad de diferencias

La consulta

Lucía tiene veintiún años y llega a la consulta traída por sus padres, quienes han visto con anterioridad a varios profesionales. El padre la fue a buscar a la India, donde estuvo internada en una clínica psiquiátrica. En el resumen de la historia Clínica se consignan los siguientes datos: Psicosis tóxica. Consumo de hongos alucinógenos. Medicación indicada: Halopidol.
Primeras entrevistas

Lucía se presenta hablando en voz muy baja y llorando sin parar. Parece hacer un gran esfuerzo para encontrar palabras. Por momentos se la ve ida; "me pierdo", dice.
"No sé por qué le tengo tanto miedo a la gente, me parece que todo el mundo sabe lo que me pasa, tengo miedo de lastimar a los que conozco... yo estaba muy mal... me quería quedar en la India... siento que estoy haciendo caso a todo lo que me mandan, yo no quiero estar acá... Yo venía a la Argentina cada año o cada dos años, y trataba de contentarlos... estaba de visita, contaba todas las cosas buenas". Plantea que su meta es irse lo antes posible. La familia solicita recuperar un estado de equilibrio anterior. No hay pedido ni demanda por parte de Lucía, no obstante, se observa en ella un fuerte padecimiento. Se la escucha bajo los efectos de un goce culposo: "Me siento una mierda, una porquería, defraudé a todos. Embarazarme y tomar drogas eran las peores cosas que podía hacer, según lo que me enseñaron mis padres".
Se ubica en posición de objeto. " ¿De qué tengo que hablar acá?, si vos me preguntás, siento que tengo que venir a angustiarme...".
En este contexto, cuenta su historia infantil. Señala la separación de sus padres como un hito fundamental que tuvo lugar cuando ella tenía diez años; a partir de allí la madre empieza a estar mal, toma pastillas y los pone, a ella y a sus hermanos, en contra del padre, que "había sido infiel". "Siempre con juicios por la plata, nos ponían en el medio. Siento culpa por traicionar a mi mamá". Cuando Lucía tiene trece años, la madre decide irse de la casa con un hombre, y deja a los tres hijos adolescentes viviendo solos. A los 16 años ella se va a estudiar a los Estados Unidos, y desde entonces ha estado viajando por todo el mundo.
Desde que volvió de la India, vive con la madre y con la abuela. "No me hallo, no entiendo los códigos. Buenos Aires no es mi lugar", dice. Aparece una y otra vez la premura por irse. Pongo a trabajar estos dos significantes: lugar e irse (uno se va de algún lugar, irse ¿de dónde?, ¿hacia dónde?...). Lucía cuenta sobre sus viajes y habla de infinidad de lugares y de personajes termina diciendo, ahogada por el llanto, que no hay ningún lugar que reconozca como propio. "Lo peor -dice- fue el viaje de vuelta. La presencia de mi papá me indicaba que había hecho las cosas mal". Esta presencia ,sin embargo, fue invocada por ella. Hubo un llamado donde Lucía, alucinada, le dijo: "estoy hecha mierda", y cortó. El padre, entonces, la fue a buscar.
Basándome en la conjetura de que Lucía pide vía el acting y en que hay una dificultad de alojamiento en el Otro, le ofrezco que usemos este espacio para investigar sobre su lugar, oferta que acepta mostrando cierto interés.

Las drogas, el amor y la religión

Lucía prueba por primera vez drogas a los diecisiete años junto con su novio: "Consumí LSD con él, fue una experiencia muy linda". Ha probado distintas sustancias: haschís, cocaína, opio, alcohol; fuma marihuana diariamente, por temporadas, pero puede estar meses sin probarla. Prefiere las sustancias naturales, y no consume cuando está con mucha actividad. El consumo aparece ligado a la experiencia de compartir y al campo del amor. "Con Hanna, una amiga irlandesa, con la que intentamos una experiencia amorosa que no fue porque yo no estaba a la altura, consumimos hongos mágicos. Yo venía de estudiar budismo, y sentí que lograba la experiencia de iluminación. Era una cosa telepática, de comunicación, donde los objetos estaban al servicio de celebrar ese encuentro entre nosotras".
Allí donde la presencia del otro suscita angustia, aparece la droga. Es un recurso al que apela en el intento de lograr una totalidad, un encuentro donde se borren las diferencias; "una masa de dos", en términos de Freud.
El episodio de confusión alucinatoria se desencadena cerca de Navidad, mientras Lucía esperaba en GOA la llegada de Bratt, un joven inglés que había conocido en Tailandia. "Yo con él me iba a transformar en alguien especial, pero no sabía. Por momentos pensaba que todo iba a estar bien, por momentos todo mal. No me sentía a la altura. Tomé (consumí) hongos. Quería mantener ese estado".
Con el auxilio del tóxico intenta desmentir la distancia entre el yo y el ideal. La plenitud dura un instante, ya que si seguimos su discurso escuchamos como se renueva la ferocidad superyoica.
"Fue raro, me aislé mucho. Sentía que me iban a juzgar y huía de un lado a otro con la moto. Un brasilero que había conocido en Goa me tomó a su cargo. Me invitó a comer para Nochebuena, yo estaba muy mal, y no llevé ni llaves ni plata. No elegí nada, él pagó y eligió por mí. Yo escuchaba que en las mesas de al lado hablaban de una historia que era igual a la mía: ella está enamorada y lo está esperando, la plata que tiene no tiene valor por cómo la ganó... Fuimos a tomar un helado y era caro. Estuve mal porque no pagué y no hice nada por ir a buscar a Bratt. Cuando llegó papá, lo confundí con Bratt......Yo me culpaba por cómo hice la plata. Nunca le conté a Bratt que trabajé como copera y stripper en el Japón...

Desarrollo de la transferencia

Sitúo dos tiempos en el trabajo institucional realizado con Lucía durante un año y siete meses. En un primer momento, Lucía concurre a las entrevistas pautadas, y mientras, planea irse. Habla de sus dificultades para estar con los otros. La dimensión del hacer aparece privilegiada, desarrolla muchas actividades: estudia francés, tango, da clases de inglés, va a un taller literario, trabaja en la empresa de un amigo del padre. "Si no hago cosas, siento que tengo que acompañar a la abuela".
De sus relatos, se recorta una posición de sumisión en relación con el otro, aparecen la oposición y cierta rebeldía pasiva como un intento de separación fallida. "Me dijo que me quedara y no pude decirle que no, pensé que así estaría bien conmigo".
Esta posición se actualiza en la transferencia. Dice, por ejemplo, "Siento que tengo que dejar de hacer cosas para venir a hablar". "Hablo de las cosas que supongo que hay que hablar. No me sirve para mí... Siempre fui de hacer hablar al otro y de acuerdo a eso, contar o no". "Siento vergüenza con vos, te veo como una figura maternal que dictamina lo que está bien o mal. Sé que no es así...¿? No sé con qué tiene que ver, con mi mamá no; no sé cómo es. Siempre la admiré, más que a mi papá; apoyó mis viajes, mis proyectos; ahora veo que es una chiquilina, compite con mi papá, no acepta que él pueda empezar a dar...
"Lo que pasa es que estoy acostumbrada a relacionarme con varones, los viajeros son varones"(describe relaciones fugaces, donde entrega el cuerpo). "Mi papá dice que estoy mejor con el tratamiento, no todo el mundo tiene un tratamiento, ¿por qué yo?". " A él le saqué los títulos de padre... se llenaba la boca hablando de mí... de lo bien que salimos por los límites que puso... quiere ser un buen padre, hace cosas para eso". El interés que manifiesta el padre para que Lucía sostenga el tratamiento es leído por ella, no como acto de amor, sino como conducta compensatoria, y es uno de los factores que hacen a la resistencia en este primer tiempo. Otro motor de la resistencia es la necesidad de sostener una imagen omnipotente. "Creo que no quiero reconocer que no me las puedo arreglar sola, siempre pensé que sí, me empiezo a dar cuenta de que mucho de lo que me pasó fue porque estuve sola". Luego de que arriba a esta conclusión, me pregunta si puede venir de vez en cuando. Le contesto que no le conviene quedarse sola.
Entiendo que hay una puesta a prueba permanente de mi posición, lo que me lleva a soportar la resistencia y a sostener el lugar.
Cuando se aproxima la fecha que Lucía se fijó para irse del país, que coincide con la ida de la hermana a la India por seis meses, se desencadena lo que Lucía y la familia llamarán "la segunda crisis".
La madre llama diciendo que está muy preocupada porque su hija está muy regresiva, en un estado similar al que tenía cuando llegó de la India; avisa que la dejará sola un par de días, porque ella tiene programada una salida de fin de semana con una nueva pareja.
Esta crisis marcará un antes y un después en el tratamiento y en el desarrollo de la transferencia. Desde el punto de vista fenomenológico se observan: aceleración del pensamiento y de la motilidad, ritualismo, exacerbación del erotismo -trae situaciones en las que la sexualidad aparece de un modo loco y desamarrado-.
A la escena del análisis, Lucía trae a una niña que parece no haber tenido demasiado lugar. Me pregunta por mis hijos; trae fotos de cuando era bebé, donde está con un muñeco que heredó del hermano mayor. "Me vistieron de amarillo con la ropa de él. Vos ¿qué ropa les preparaste a tus hijos?". Empieza un movimiento interesante en relación con los objetos: están los que deja temporariamente en el consultorio para no perderlos "estoy olvidadiza"; otros que trae para usar en la sesión (unos marcadores por ej.), y uno que entrega como regalo: un pajarito de cerámica. De este último dice: "Parece que tiene el cuerpo roto pero no lo está, es sólo la apariencia". Trae los bocetos de su vasta producción de pinturas, y muestra su obra preferida: "un pájaro que es muerto por otro de la misma especie". Observo que en muchas de sus pinturas se repite una constante: aparece la foto de una mujer desnuda o semidesnuda en un ángulo del cuadro. Cuando le pregunto, responde: "Esa soy yo ¿? No sé por qué la pongo". En la sesión siguiente cuenta que le mostró por primera vez al padre sus obras, excluyendo las de los desnudos: "Pensé que no tenía nada que ver después de lo que hablamos". Parecería que a través de la transferencia ciertos diques psíquicos se reinstalan. La paciente dice que tiene interés en recuperar recuerdos de sus años fuera del país. "Si hablo, vuelvo a tener...". Cuando intenta rememorar en sesión sobre su deambular por el mundo, surgen frases como "Me pierdo..., qué lío..., qué loco..."; por momentos se pone confusa y llega a decir: "No tengo más palabras", mostrando signos de angustia. El encuentro con lo innombrable la lleva a tomar el camino de la ficción literaria; empieza a escribir sobre sus viajes, armando relatos desde el punto de vista de distintos personajes (el suyo, el de sus padres, el de los hombres que la acompañaron...). Podríamos pensar que algo de lo traumático no ligado se empieza a inscribir, ya que pronto surgen no sólo cuentos, sino también sueños. Lo que antes funcionaba como cuerpo extraño, ahora aparece infiltrado, metaforizado, condensado.
Tras la crisis Lucía plantea: "No quería enamorarme porque me iba a ir. Ahora empiezo a pensar que el amor puede ser un motor que da impulso a la vida de uno". Y entre los amores, surge Diego, un joven malabarista, que contrapone a la figura del padre: "Me protege, me escucha, me respeta". Con el enamoramiento se da cierto cierre del campo transferencial. "No sé si tengo ganas de venir más. Quiero tiempo para pintar". No obstante, sigue viniendo y empiezo a escuchar ciertos cambios en su posicionamiento:"Si Diego no se hace el test del SIDA, seguimos usando forros, no voy a aflojar. Antes no me importaba morirme, hoy me importa. Siento la necesidad de que haya diferencias, no da lo mismo cualquier cosa.....Fui a una fiesta, había porro y decidí que con esa gente que no conozco no consumo. Eso no quiere decir que nunca más vaya a fumar un porro. Mi papá no lo entiende pero para mí es así"
Los actings prosiguen pero ahora en la escena del análisis. Anuncia con cierta euforia que volverá a Japón a trabajar como bailarina. Plantea que es la forma más rápida de juntar plata para poder pagarse los estudios de dirección de cine en Nueva York. Intervengo confrontándola con sus dichos: "escuchaba que en las mesas de al lado decían que la plata que tenía no tenía valor por cómo la había ganado...Yo me culpaba por cómo había hecho la plata....".
Lucía decide quedarse y manifiesta: trabajaré aquí de lo que consiga. Luego de unos meses plantea: "No estoy en condiciones de aprovechar un curso como el de Nueva York por ahora, estudiaré en la Escuela Nacional como todo el mundo".
Se empieza a escuchar cierta entrada en la lógica del para todos; puede incluirse como una más.
Unas semanas más tarde llega a una sesión llorando. "No quiero venir más", dice. Me entrega un escrito en el que habla sobre la muerte. En el relato hay dos personajes que podemos pensar que escenifican dos aspectos suyos: uno que cumple con todos los ideales y otro que comete todos los excesos y transgresiones. A ambos los sorprende la muerte. Me pide mi opinión; le digo entre otras cosas que hay una muerte que nos espera a todos, el peligro es la muerte en vida. Acto seguido me pregunta qué pienso sobre su decisión de irse del análisis. Le respondo que la respetaré, pero que habría que ver desde dónde decide. A veces, por culpa, uno necesita seguir pagando con la propia vida. Dos semanas después, me llama diciendo que se terminó un tratamiento y que está dispuesta a empezar otro: "este tratamiento me lo pagaré yo".

Algunas conclusiones

Entiendo que Lucía actúa buscando investigar su historia. Viene de acting en acting y en la vía hacia el pasaje al acto.
En su historia, hay cierta falta de sostén del Otro, que aparece disfrazada con los ideales de libertad e independencia. Parece haber sido arrojada a volar por el mundo.
Lucía hace activamente lo sufrido pasivamente, por eso cuando se le ofrece lugar, amenaza con irse.
Lucía aparece identificada con una madre que se va, de la que también toma el arreglárselas sola y el recurso de la droga, como respuesta a las cuestiones de la pérdida y de la falta.
Las conductas adictivas toman su modelo del campo materno y se sitúan en un espacio de llamado e interrogación al lugar del padre.
Pasar de la actuación a la palabra es la apuesta de este recorrido. La huida y el riesgo de una fuga sin destino empiezan a cesar en la medida en que empieza a hablar de irse. El acting, bajo transferencia, posibilita un corte.
La decisión de pagar su tratamiento muestra un deseo de salir de un circuito de culpa y castigo para empezar a responsabilizarse.

Lic. Norma Fernández

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