De la totalidad a la necesidad de diferencias
La consulta
Lucía tiene veintiún años y llega a la consulta
traída por sus padres, quienes han visto con anterioridad
a varios profesionales. El padre la fue a buscar a la India, donde
estuvo internada en una clínica psiquiátrica. En
el resumen de la historia Clínica se consignan los siguientes
datos: Psicosis tóxica. Consumo de hongos alucinógenos.
Medicación indicada: Halopidol.
Primeras entrevistas
Lucía se presenta hablando en voz muy baja y llorando
sin parar. Parece hacer un gran esfuerzo para encontrar palabras.
Por momentos se la ve ida; "me pierdo", dice.
"No sé por qué le tengo tanto miedo a la gente,
me parece que todo el mundo sabe lo que me pasa, tengo miedo de
lastimar a los que conozco... yo estaba muy mal... me quería
quedar en la India... siento que estoy haciendo caso a todo lo
que me mandan, yo no quiero estar acá... Yo venía
a la Argentina cada año o cada dos años, y trataba
de contentarlos... estaba de visita, contaba todas las cosas buenas".
Plantea que su meta es irse lo antes posible. La familia solicita
recuperar un estado de equilibrio anterior. No hay pedido ni demanda
por parte de Lucía, no obstante, se observa en ella un
fuerte padecimiento. Se la escucha bajo los efectos de un goce
culposo: "Me siento una mierda, una porquería, defraudé
a todos. Embarazarme y tomar drogas eran las peores cosas que
podía hacer, según lo que me enseñaron mis
padres".
Se ubica en posición de objeto. " ¿De qué
tengo que hablar acá?, si vos me preguntás, siento
que tengo que venir a angustiarme...".
En este contexto, cuenta su historia infantil. Señala la
separación de sus padres como un hito fundamental que tuvo
lugar cuando ella tenía diez años; a partir de allí
la madre empieza a estar mal, toma pastillas y los pone, a ella
y a sus hermanos, en contra del padre, que "había
sido infiel". "Siempre con juicios por la plata, nos
ponían en el medio. Siento culpa por traicionar a mi mamá".
Cuando Lucía tiene trece años, la madre decide irse
de la casa con un hombre, y deja a los tres hijos adolescentes
viviendo solos. A los 16 años ella se va a estudiar a los
Estados Unidos, y desde entonces ha estado viajando por todo el
mundo.
Desde que volvió de la India, vive con la madre y con la
abuela. "No me hallo, no entiendo los códigos. Buenos
Aires no es mi lugar", dice. Aparece una y otra vez la premura
por irse. Pongo a trabajar estos dos significantes: lugar e irse
(uno se va de algún lugar, irse ¿de dónde?,
¿hacia dónde?...). Lucía cuenta sobre sus
viajes y habla de infinidad de lugares y de personajes termina
diciendo, ahogada por el llanto, que no hay ningún lugar
que reconozca como propio. "Lo peor -dice- fue el viaje de
vuelta. La presencia de mi papá me indicaba que había
hecho las cosas mal". Esta presencia ,sin embargo, fue invocada
por ella. Hubo un llamado donde Lucía, alucinada, le dijo:
"estoy hecha mierda", y cortó. El padre, entonces,
la fue a buscar.
Basándome en la conjetura de que Lucía pide vía
el acting y en que hay una dificultad de alojamiento en el Otro,
le ofrezco que usemos este espacio para investigar sobre su lugar,
oferta que acepta mostrando cierto interés.
Las drogas, el amor y la religión
Lucía prueba por primera vez drogas a los diecisiete años
junto con su novio: "Consumí LSD con él, fue
una experiencia muy linda". Ha probado distintas sustancias:
haschís, cocaína, opio, alcohol; fuma marihuana
diariamente, por temporadas, pero puede estar meses sin probarla.
Prefiere las sustancias naturales, y no consume cuando está
con mucha actividad. El consumo aparece ligado a la experiencia
de compartir y al campo del amor. "Con Hanna, una amiga irlandesa,
con la que intentamos una experiencia amorosa que no fue porque
yo no estaba a la altura, consumimos hongos mágicos. Yo
venía de estudiar budismo, y sentí que lograba la
experiencia de iluminación. Era una cosa telepática,
de comunicación, donde los objetos estaban al servicio
de celebrar ese encuentro entre nosotras".
Allí donde la presencia del otro suscita angustia, aparece
la droga. Es un recurso al que apela en el intento de lograr una
totalidad, un encuentro donde se borren las diferencias; "una
masa de dos", en términos de Freud.
El episodio de confusión alucinatoria se desencadena cerca
de Navidad, mientras Lucía esperaba en GOA la llegada de
Bratt, un joven inglés que había conocido en Tailandia.
"Yo con él me iba a transformar en alguien especial,
pero no sabía. Por momentos pensaba que todo iba a estar
bien, por momentos todo mal. No me sentía a la altura.
Tomé (consumí) hongos. Quería mantener ese
estado".
Con el auxilio del tóxico intenta desmentir la distancia
entre el yo y el ideal. La plenitud dura un instante, ya que si
seguimos su discurso escuchamos como se renueva la ferocidad superyoica.
"Fue raro, me aislé mucho. Sentía que me iban
a juzgar y huía de un lado a otro con la moto. Un brasilero
que había conocido en Goa me tomó a su cargo. Me
invitó a comer para Nochebuena, yo estaba muy mal, y no
llevé ni llaves ni plata. No elegí nada, él
pagó y eligió por mí. Yo escuchaba que en
las mesas de al lado hablaban de una historia que era igual a
la mía: ella está enamorada y lo está esperando,
la plata que tiene no tiene valor por cómo la ganó...
Fuimos a tomar un helado y era caro. Estuve mal porque no pagué
y no hice nada por ir a buscar a Bratt. Cuando llegó papá,
lo confundí con Bratt......Yo me culpaba por cómo
hice la plata. Nunca le conté a Bratt que trabajé
como copera y stripper en el Japón...
Desarrollo de la transferencia
Sitúo dos tiempos en el trabajo institucional realizado
con Lucía durante un año y siete meses. En un primer
momento, Lucía concurre a las entrevistas pautadas, y mientras,
planea irse. Habla de sus dificultades para estar con los otros.
La dimensión del hacer aparece privilegiada, desarrolla
muchas actividades: estudia francés, tango, da clases de
inglés, va a un taller literario, trabaja en la empresa
de un amigo del padre. "Si no hago cosas, siento que tengo
que acompañar a la abuela".
De sus relatos, se recorta una posición de sumisión
en relación con el otro, aparecen la oposición y
cierta rebeldía pasiva como un intento de separación
fallida. "Me dijo que me quedara y no pude decirle que no,
pensé que así estaría bien conmigo".
Esta posición se actualiza en la transferencia. Dice, por
ejemplo, "Siento que tengo que dejar de hacer cosas para
venir a hablar". "Hablo de las cosas que supongo que
hay que hablar. No me sirve para mí... Siempre fui de hacer
hablar al otro y de acuerdo a eso, contar o no". "Siento
vergüenza con vos, te veo como una figura maternal que dictamina
lo que está bien o mal. Sé que no es así...¿?
No sé con qué tiene que ver, con mi mamá
no; no sé cómo es. Siempre la admiré, más
que a mi papá; apoyó mis viajes, mis proyectos;
ahora veo que es una chiquilina, compite con mi papá, no
acepta que él pueda empezar a dar...
"Lo que pasa es que estoy acostumbrada a relacionarme con
varones, los viajeros son varones"(describe relaciones fugaces,
donde entrega el cuerpo). "Mi papá dice que estoy
mejor con el tratamiento, no todo el mundo tiene un tratamiento,
¿por qué yo?". " A él le saqué
los títulos de padre... se llenaba la boca hablando de
mí... de lo bien que salimos por los límites que
puso... quiere ser un buen padre, hace cosas para eso". El
interés que manifiesta el padre para que Lucía sostenga
el tratamiento es leído por ella, no como acto de amor,
sino como conducta compensatoria, y es uno de los factores que
hacen a la resistencia en este primer tiempo. Otro motor de la
resistencia es la necesidad de sostener una imagen omnipotente.
"Creo que no quiero reconocer que no me las puedo arreglar
sola, siempre pensé que sí, me empiezo a dar cuenta
de que mucho de lo que me pasó fue porque estuve sola".
Luego de que arriba a esta conclusión, me pregunta si puede
venir de vez en cuando. Le contesto que no le conviene quedarse
sola.
Entiendo que hay una puesta a prueba permanente de mi posición,
lo que me lleva a soportar la resistencia y a sostener el lugar.
Cuando se aproxima la fecha que Lucía se fijó para
irse del país, que coincide con la ida de la hermana a
la India por seis meses, se desencadena lo que Lucía y
la familia llamarán "la segunda crisis".
La madre llama diciendo que está muy preocupada porque
su hija está muy regresiva, en un estado similar al que
tenía cuando llegó de la India; avisa que la dejará
sola un par de días, porque ella tiene programada una salida
de fin de semana con una nueva pareja.
Esta crisis marcará un antes y un después en el
tratamiento y en el desarrollo de la transferencia. Desde el punto
de vista fenomenológico se observan: aceleración
del pensamiento y de la motilidad, ritualismo, exacerbación
del erotismo -trae situaciones en las que la sexualidad aparece
de un modo loco y desamarrado-.
A la escena del análisis, Lucía trae a una niña
que parece no haber tenido demasiado lugar. Me pregunta por mis
hijos; trae fotos de cuando era bebé, donde está
con un muñeco que heredó del hermano mayor. "Me
vistieron de amarillo con la ropa de él. Vos ¿qué
ropa les preparaste a tus hijos?". Empieza un movimiento
interesante en relación con los objetos: están los
que deja temporariamente en el consultorio para no perderlos "estoy
olvidadiza"; otros que trae para usar en la sesión
(unos marcadores por ej.), y uno que entrega como regalo: un pajarito
de cerámica. De este último dice: "Parece que
tiene el cuerpo roto pero no lo está, es sólo la
apariencia". Trae los bocetos de su vasta producción
de pinturas, y muestra su obra preferida: "un pájaro
que es muerto por otro de la misma especie". Observo que
en muchas de sus pinturas se repite una constante: aparece la
foto de una mujer desnuda o semidesnuda en un ángulo del
cuadro. Cuando le pregunto, responde: "Esa soy yo ¿?
No sé por qué la pongo". En la sesión
siguiente cuenta que le mostró por primera vez al padre
sus obras, excluyendo las de los desnudos: "Pensé
que no tenía nada que ver después de lo que hablamos".
Parecería que a través de la transferencia ciertos
diques psíquicos se reinstalan. La paciente dice que tiene
interés en recuperar recuerdos de sus años fuera
del país. "Si hablo, vuelvo a tener...". Cuando
intenta rememorar en sesión sobre su deambular por el mundo,
surgen frases como "Me pierdo..., qué lío...,
qué loco..."; por momentos se pone confusa y llega
a decir: "No tengo más palabras", mostrando signos
de angustia. El encuentro con lo innombrable la lleva a tomar
el camino de la ficción literaria; empieza a escribir sobre
sus viajes, armando relatos desde el punto de vista de distintos
personajes (el suyo, el de sus padres, el de los hombres que la
acompañaron...). Podríamos pensar que algo de lo
traumático no ligado se empieza a inscribir, ya que pronto
surgen no sólo cuentos, sino también sueños.
Lo que antes funcionaba como cuerpo extraño, ahora aparece
infiltrado, metaforizado, condensado.
Tras la crisis Lucía plantea: "No quería enamorarme
porque me iba a ir. Ahora empiezo a pensar que el amor puede ser
un motor que da impulso a la vida de uno". Y entre los amores,
surge Diego, un joven malabarista, que contrapone a la figura
del padre: "Me protege, me escucha, me respeta". Con
el enamoramiento se da cierto cierre del campo transferencial.
"No sé si tengo ganas de venir más. Quiero
tiempo para pintar". No obstante, sigue viniendo y empiezo
a escuchar ciertos cambios en su posicionamiento:"Si Diego
no se hace el test del SIDA, seguimos usando forros, no voy a
aflojar. Antes no me importaba morirme, hoy me importa. Siento
la necesidad de que haya diferencias, no da lo mismo cualquier
cosa.....Fui a una fiesta, había porro y decidí
que con esa gente que no conozco no consumo. Eso no quiere decir
que nunca más vaya a fumar un porro. Mi papá no
lo entiende pero para mí es así"
Los actings prosiguen pero ahora en la escena del análisis.
Anuncia con cierta euforia que volverá a Japón a
trabajar como bailarina. Plantea que es la forma más rápida
de juntar plata para poder pagarse los estudios de dirección
de cine en Nueva York. Intervengo confrontándola con sus
dichos: "escuchaba que en las mesas de al lado decían
que la plata que tenía no tenía valor por cómo
la había ganado...Yo me culpaba por cómo había
hecho la plata....".
Lucía decide quedarse y manifiesta: trabajaré aquí
de lo que consiga. Luego de unos meses plantea: "No estoy
en condiciones de aprovechar un curso como el de Nueva York por
ahora, estudiaré en la Escuela Nacional como todo el mundo".
Se empieza a escuchar cierta entrada en la lógica del para
todos; puede incluirse como una más.
Unas semanas más tarde llega a una sesión llorando.
"No quiero venir más", dice. Me entrega un escrito
en el que habla sobre la muerte. En el relato hay dos personajes
que podemos pensar que escenifican dos aspectos suyos: uno que
cumple con todos los ideales y otro que comete todos los excesos
y transgresiones. A ambos los sorprende la muerte. Me pide mi
opinión; le digo entre otras cosas que hay una muerte que
nos espera a todos, el peligro es la muerte en vida. Acto seguido
me pregunta qué pienso sobre su decisión de irse
del análisis. Le respondo que la respetaré, pero
que habría que ver desde dónde decide. A veces,
por culpa, uno necesita seguir pagando con la propia vida. Dos
semanas después, me llama diciendo que se terminó
un tratamiento y que está dispuesta a empezar otro: "este
tratamiento me lo pagaré yo".
Algunas conclusiones
Entiendo que Lucía actúa buscando investigar su
historia. Viene de acting en acting y en la vía hacia el
pasaje al acto.
En su historia, hay cierta falta de sostén del Otro, que
aparece disfrazada con los ideales de libertad e independencia.
Parece haber sido arrojada a volar por el mundo.
Lucía hace activamente lo sufrido pasivamente, por eso
cuando se le ofrece lugar, amenaza con irse.
Lucía aparece identificada con una madre que se va, de
la que también toma el arreglárselas sola y el recurso
de la droga, como respuesta a las cuestiones de la pérdida
y de la falta.
Las conductas adictivas toman su modelo del campo materno y se
sitúan en un espacio de llamado e interrogación
al lugar del padre.
Pasar de la actuación a la palabra es la apuesta de este
recorrido. La huida y el riesgo de una fuga sin destino empiezan
a cesar en la medida en que empieza a hablar de irse. El acting,
bajo transferencia, posibilita un corte.
La decisión de pagar su tratamiento muestra un deseo de
salir de un circuito de culpa y castigo para empezar a responsabilizarse.
Lic. Norma Fernández