
José Luis Gonzalez |
FARMACODEPENDENCIA:
UN RECORRIDO EN PREVENCIÓN
INTRODUCCIÓN:
Tematizar la prevención en el ámbito de la farmacodependencia
impuso no pocos obstáculos, en razón de exigir necesariamente
dar testimonio de más de quince años de trabajo.
Se trata del "recorrido" a que alude el título.
Las ciencias sociales, la psicología, el psicoanálisis,
así como los diferentes momentos y espacios institucionales
con sus consiguientes cambios, dieron lugar al sostenimiento y
revisión de distintos marcos de referencia.
La posibilidad de reformulaciones críticas y de la adopción
de una actitud interrogativa hizo posible situar, en una operación
retroactiva a partir de la experiencia, diferentes contextos en
los que se insertó la práctica de la prevención.
Estos "contextos" conforman una estructura que articula
discursos teóricos e ideológicos prevalecientes,
sus connotaciones metodológico - técnicas, así
como las posibilidades y limitaciones derivadas de circunstancias
político - institucionales.
La labor en prevención más referida al campo de
la salud mental en general, se corresponde con el trabajo social
en el ámbito psiquiátrico, en el Hospital Borda.
Su marca es el contacto con la enfermedad mental, la vida del
hospital, una "clínica" de la locura. Este fue
un punto de arranque. El desarrollo pleno se logró en el
Centro de Salud Municipal. Las condiciones político - institucionales
hacían factible el trabajo comunitario con un nivel de
participación social amplio. Se extendía la experiencia
y la creatividad que portaban quienes se habían formado
en el Policlínico de Lanús, en épocas del
doctor M. Goldemberg. El marco de referencia constituía
la prevención por niveles (primaria, secundaria y terciaria)
cuyo máximo exponente era G. Caplan (USA). Se imponía
asimismo el cambio sustancial en la concepción psiquiátrica
tradicional, verdadera revolución cuyo mentor, el doctor
Enrique Pichón Riviere, ya había iniciado un par
de décadas atrás. Por entonces aún no aparecía
el tema de la farmacodependencia, pero sería este referente
el que ligaría "prevención" con el tema
de las drogas a posteriori.
En el ámbito del CENARESO la exigencia era operar en un
recorte particular: el del "uso indebido" de drogas.
Se repetía también, como en la experiencia en salud
mental, un período de trabajo centrado en el usuario de
drogas y su familia. Un marco institucional que apuntaba a la
reeducación y reinserción social, que exigía
la interdisciplina y que por la naturaleza del problema imponía
una clínica diferencial. Difícil de definir por
entonces con los parámetros habituales (procedentes de
otras experiencias) dada la condición de nacimiento de
la institución misma: no hospitalaria, ni tampoco educativa
ni represiva; si, un espacio intermedio donde era necesario adecuarlo
todo. Cierto es también que por entonces se plasmaba como
institución gubernamental con la misión citada cuando
todavía el problema de las drogas no golpeaba socialmente
tan duro como en el presente. El conocimiento y la experiencia
previos sobre esta materia eran escasos y vistos a la distancia
, interesaban poco. No obstante, se reconocía la instalación
del problema de las drogas como un emergente social considerable,
desde mediados de la década anterior (los años 60).
Una serie de factores, que sería sobreabundar detallarlos
aquí, impusieron el trabajo preventivo.
En los primeros años de la institución (1974/76),
el contexto de la prevención articulaba tanto el discurso
predominante en el ámbito de la salud mental (versión
nacional y local de la prevención por niveles), como la
influencia de la concepción epidemológica que irradiaba
fundamentalmente el Centro Mexicano de Estudios en Farmacodependencia
(CEMEF) con el que se mantenía estrecho contacto.
Los casi ocho años subsiguientes corresponden a la oscura
época político - institucional en que se destruyeron
las experiencias anteriores; se coartaron todas las alternativas
de proyección y participación activa de la comunidad.
La única alternativa posible en materia de prevención
era contestar puntualmente a las demandas de sectores interesados
en ella. No se podía "ofrecer" un servicio, es
decir, no se podía tener un programa de esta naturaleza,
como política explícita de la institución.
Con las limitaciones propias de las circunstancias, fue posible
mantener un ámbito de experiencia fuera de la institución
y crear internamente un espacio para la conceptualización.
Este ámbito fue, en parte, una medida de autopreservación,
lo cual no va en detrimento de sus resultados. Por el contrario,
permitió cimentar una experiencia, volver sobre los supuestos
de partida, atraversarlos por la interrogación crítica
y preparar un andamiaje sustentado para las estrategias que hoy
permite y exige la reinstalación de las instituciones democráticas.
Tomando como lapso los últimos 10-12 años, en materia
de prevención en farmacodependencia es dable desde esta
construcción puntualizar: a) la preeminencia que adquiere
la concepción epidemiológica del problema, y b)
un momento en que todos los sectores (salud, educación,
fuerzas de seguridad, etc.) manifiestan hacer "prevención",
cayéndose en un uso indiscriminado del término,
para designar acciones de naturaleza muy distinta. Coincide con
una época de amplia circulación - con retraso -
del trabajo de H. Nowlis sobre los "modelos" para concebir
el problema de las drogas. Se trata del texto La verdad sobre
la droga, un título muy pleno de sentido, sobre todo por
esto de "la verdad"...
Todo lo aquí expuesto sintetiza algunos de los elementos
del "recorrido" que se pretende testimoniar, con sus
correspondientes grandes puntuaciones y teniendo como antecedente
el hasta ahora vigente, aunque un tanto desarmado, aparato conceptual
de la prevención por niveles.
Lo que ha resultado de un modesto intento de revisión crítica
del precitado recorrido será el texto propiamente tal de
este artículo, y será volvado en el aparato "Desarrollo".
Se podrá advertir que la intención es interrogar
a partir de la experiencia, e incluso, hacer de la interrogación
misma un instrumento de prevención. Se apuntará
a los supuestos teóricos, a la ideología implícita
y al trabajo mismo, sin desconocer las circunstancias que lo condicionaron.
De todo ello habrá obviamente elementos que se mantienen
y otros que caen, tras la búsqueda de nuevas síntesis
superadoras.
Para esta operación de resignificación de la experiencia,
fue condición acceder a una concepción estructural
de los fenómenos sociales. Pues entonces discursos como
los de Bachelard, Lèvi-Strauss, Foucault, Freud, Lacan
y otros, produjeron un efecto de cortes conceptuales y éticos,
de singular importancia. Constituyeron la posibilidad de un lugar
buscado y definido desde donde desmontar y rearticular el conocimiento
y la práctica.
Esto ha llevado a sostener la necesidad de operar con un marco
estructural para concebir el problema de la farmacodependencia
en general. También, para verificar constantemente la posibilidad
de aplicar determinadas herramientas a la prevención en
particular.
Una nueva apertura impulsa a lo nuevo y para ello, la interrogación
sobre lo anterior, no el retorno a lo anterior.
En función del recorrido precitado y la operación
crítica que se hace menester, lo que hoy sostiene como
ejes para el trabajo, se intentará definir en el tercer
apartado de este artículo, titulado "Exposición".
En tanto tal, quedará como una propuesta abierta a otros
interrogantes y críticas, sabiendo que esta escansión,
con los últimos letra y punto, pondrá en marcha
nuevas ideas perfectibles.
Finalmente es justo destacar que si bien la construcción
que se alude es singular, lo es en cuanto a su organización,
a sus puntos de corte y articulación; pero es un producto
doblemente plural: por un lado emerge del trabajo de un grupo
interdisciplinario (que logró homogeneidad en la tarea)
y por otro, es deudor del espacio que le fue concedido por el
Centro Nacional de Reeducación Social, que lo hizo factible.
DESARROLLO
I - Algunos a priori...
Prevención indica acción de prever. Este pre-ver
adelanta en buena medida no sólo los alcances de una actividad,
sino todo un sustento conceptual e ideológico.
El prefijo "pre" significa "antes", aquí
en sentido cronológico, temporal (no en un sentido lógico,
como podría ser en una estructura sintáctica o en
una ecuación matemática). El "pre" de
prever es un ver "antes" en el tiempo.
"Ver" implica la mirada; la función escópica
en juego, la organización de la clínica desde sus
orígenes, una "clínica - médica".
Prevención entonces, por su sola construcción, alude
a los parámetros de una práctica y un sentido: ver
- antes; adelantarse a la ocurrencia de un fenómeno observable.
En un sentido más vulgar - no por ello menos sabio - "ir
a los hechos antes que éstos ocurran".
En otro orden de cosas, cabe apuntar que no existe teoría
alguna de la prevención. Se trata de un "hacer"
que puede estar más o menos sustentado en principios teóricos
muy variables.
Se advierten con frecuencia fundamentaciones puramente ideológicas
que aportan a una creencia: la fe en que tales o cuales procedimientos
contribuyen a prevenir, sin más.
Otras veces - y en forma creciente - hay una explicitación
del andamiaje teórico del que se parte, así como
de la ideología que lo sustenta: los respaldos de dicha
práctica. Es así como se ha instalado entre los
practicantes de la prevención una suerte de imperativo:
diseñar y/o explicitar el "modelo" (el concepto
mismo de "modelo" es dable de ser revisado). Normalmente
implica hacer explícita la concepción del fenómeno
que da lugar a un plan de acción (la farmacodependencia
en este caso), los fundamentos teóricos (general y explícitamente
muy heteróclitos) con los que se trata de explicar y predecir
dicho fenómeno. Lleva ínsito también una
definición de los instrumentos metodológicos y técnicos
con los que se opera.
En función de esta línea de pensamiento, se advierte
normalmente la falta de un sistema de evaluación desde
el planeamiento mismo de la actividad. Se trata de evaluación
en el sentido de un diagnóstico (comparación) que
permita la lectura de indicadores en el momento de comienzo (situación
inicial) y de cierre (situación terminal). La lectura comparada
hará posible imputar o no, y en qué grado, las modificaciones
a la actividad realizada. Esta operación es por cierto
compleja en este tema. Lo habitual es una medición "expo-facto",
lo cual tiene en este contexto un escaso valor científico.
II - El modelo de G. Caplan: la prevención por niveles
Se instala como una política revolucionaria en materia
de salud mental en los Estados Unidos, en oportunidad de la administración
Kennedy. Con unos años de elaboración previa, aparece
por entonces como un enfoque que contesta a la concepción
psiquiátrica tradicional, asistencialista.
El modelo parte de concebir, en la naturaleza misma de la organización
social de una comunidad, grupos de factores benéficos y
perjudiciales para la salud mental.
La "prevención primaria", dice Caplan, es un
concepto comunitario. Importa formas de acción social e
interpersonal destinadas a disminuir la incidencia, esto es, la
proporción de casos nuevos de trastorno mental, en un período
determinado. Implica la participación de la comunidad bajo
la organización de "agentes de salud" para la
detección y neutralización de las condiciones que
contribuyen a que las personas enfermen. Para esto, reconoce la
interacción de factores del individuo (predisponentes)
y del contexto.
Aun reconociendo la eficacia de este primer nivel de prevención,
se supone que una parte de la población será afectada,
padecerá algún trastorno. Para este grupo se destina
la "prevención secundaria". Es una forma especial
de asistencia destinada a disminuir la prevalencia, es decir,
la duración de los casos probados de enfermedad, en un
período determinado. Se trata de un dispositivo que permita
el diagnóstico precoz y el tratamiento efectivo. Apunta
a intervenir en el período agudo lo antes posible, ni bien
declarada la enfermedad. Es prevención (la secundaria)
básicamente por su propósito de evitar la cronicidad
y la aparición de secuelas.
Otro grupo lo constituyen quienes habiendo padecido la emergencia
de la enfermedad presentan, como consecuencia, un "funcionamiento
defectuoso". El tercer nivel de prevención o "prevención
terciaria" es una forma especial de rehabilitación
que apunta a reducir, en la comunidad, la proporción de
ese funcionamiento defectuoso (secuela). Procura potenciar los
aspectos conservados, no alterados, y reducir la importancia del
daño, tal que se recobre la mayor cuota de capacidad productiva,
de posibilidad de reintegración.
En primer término es necesario señalar que los tres
niveles de prevención guardan una relación de implicación:
la prevención secundaria implica a las otras dos, primaria
y terciaria. Resulta entonces que "prevención"
es una acción integral, con tres niveles de intervención,
articulados y simultáneos. De ello se desprenden las condiciones
básicas para el planeamiento, que exige que la prevención
sea formulada como una "política" en el más
alto nivel de decisión. A partir de esta condición,
se implementan planes, programas y proyectos de corto, mediano
y largo alcance para conseguir los propósitos. Implica
además la pertinente planificación presupuestaria
y el adiestramiento de recursos humanos formados para el quehacer
preventivo. Compromete no sólo los estamentos profesionales
clásicos en materia de salud, sino toda una gama de sectores
intermedios (líderes comunitarios, políticos, docentes,
etc.) que en su condición de "agentes de salud"
trabajan para hacer factible la reducción de la presencia
del trastorno mental y todas sus consecuencias.
Un conocimiento y manejo exhaustivo de este modelo conceptual
y operativo exige una lectura rigurosa del texto, tras ubicarlo
en las coordenadas espacio-temporales. Es imprescindible situarlo
en el sistema social en el cual y para el cual fue diseñado.
Con respecto a su basamento teórico, es explícita
la recurrencia a la psicología del yo para explicar todo
lo concerniente a lo individual, a los factores predisponentes
en el sujeto.
El movimiento culturalista, de gran desarrollo en los Estados
unidos, aporta a la articulación de los condicionantes
de los órdenes psicosocial y sociocultural para comprender
el "trastorno mental".
Para la explicación de las situaciones detonantes que pueden
llevar a la irrupción de la enfermedad o no, Caplan recurre
al esquema de E. Erikson sobre las "crisis". Distingue
entonces las "evolutivas" - esperables en el desarrollo
de lapersonalidad - y las "accidentales" - provocadas
por los "azares de la vida" -.
El modelo que sugiere el autor pretende "una visión
amplia de los factores que moldean el desarrollo del estilo de
vida de una persona y una perspectiva circunscripta de las crisis
recurrentes asociadas con cambios repentinos en sus estructuras
de conducta". En otro pasaje dice: "... el modelo conceptual
se basa en la hipótesis de que, para no sufrir un trastorno
mental, una persona necesita continuos ´aportes´ adecuados
a las diversas etapas de crecimiento y desarrollo".
Identifica tres tipos de aportes: físicos (alimentación,
vivienda, estimulación sensorial, oportunidad de ejercicio,
etc.); psicosociales (estimulación del desarrollo intelectual
y afectivo por medio de la familia, pares y superiores en la escuela,
iglesia y trabajo); socioculturales (costumbres, valores de la
cultura y estructura social que fijan un lugar en la sociedad
y dictan considerablemente las reglas de su trayectoria en la
vida).
Resulta entonces que la falta o descompensación del flujo
de estos "aportes básicos", contribuyen al trastorno
mantal en las personas.
Resulta obvio que la precedente es una apretadísima síntesis.
La intención no es presentar un desarrollo minucioso del
modelo sino subrayar algunos ejes teóricos (y lo ideológico
ínsito), inherentes a su sintaxis. Esto, para sustanciar
algunas puntuaciones críticas que tampoco agotan en modo
alguno la totalidad del trabajo. Entonces es dable señalar:
a) El carácter verdaderamente revolucionario de la propuesta
- ubicada en su contexto - en tanto opera un corte en el discurso
psiquiátrico tradicional en cuanto a la concepción
del "trastorno mental" y el dispositivo clásico
de abordaje.
b) El carácter abarcativo del modelo que intenta articular
los factores biológicos, psicológicos y socioculturales
contribuyentes o condicionantes.
c) La redefinición del lugar relativo del operador tradicional
en materia de salud-enfermedad mental (psiquiatra), agregando
niveles intermedios (otras profesiones) y un amplio espectro de
roles como "agentes de salud" (líderes, maestros,
etc.).
d) El acento puesto sobre el carácter y compromiso comunitarios
respecto de la temática, convocando a instancias de participación
más amplia.
e) Rápida difusión del modelo que ofrece alternativas
de cobertura mucho más amplias para llegar a sectores que
no accedían a cobertura alguna con el modelo clásico.
A otros, se los confiaba a la cronicidad por la supremacía
de la hospitalización como sistema de atención.
En tal sentido da lugar a la creación de centros atencionales
de menor complejidad y con mayor alcance y efectividad.
f) Opera un cambio de actitudes en la comunidad respecto del fenómeno
de la enfermedad mental: menos miedo, mayor lucidez para la consulta,
inclusión de la familia, etc.
g) Con todo, la sintaxis global del modelo no despega de una concepción
eminentemente médica. Si bien muy enriquecido, el sustento
es epidemológico, donde subyacen patrones de interpretación
que se señalarán y desarrollarán en el punto
III: "Sobre la concepción epidemológica".
Se puede puntuar: i) la finalidad de reducir el porcentaje de
casos nuevos (incidencia); la duración del trastorno (prevalencia);
ii) el sujeto es tratado en términos de "huésped"
que posee atributos que determinan su vulnerabilidad o resistencia
a las tensiones ambientales; iii) "... sostengo que mientras
esperamos los resultados de la investigación etiológica
es posible lograr algún éxito en la prevención
primaria, explotando nuestros conocimientos presentes, no muy
perfectos, acerca de los factores asociados con los trastornos
mentales. Puesto que dirigimos nuestros programas a la población
más que a individuos, podemos alterar el equilibrio general
de fuerzas de manera que, aunque no se beneficien todos, muchos
tengan más oportunidades de escapar a la enfermedad"
(Caplan, ob. cit.).
h) Justamente por su carácter epidemológico, el
modelo no define sino muy vagamente el problema-objeto del que
trata como "trastorno mental". Es entendible que así
sea para aquel contexto. Hoy se puede puntualizar que neurosis,
psicosis, perversiones y sus trastornos (como síntomas
y conductas asociados a esas estructuras) no son pasibles de agruparse
en una misma categoría. Por otra parte, es dable inferir
que "locura" y "psicosis" también están
subsumidas, siendo harto necesario diferenciar a la hora de planear
estrategias.
i) En la misma línea, parte de definiciones de "salud"
y "enfermedad" que, si bien superan un planteo muy reduccionista,
se inscriben en lo estrictamente ideológico. Además
tienen un fuerte acento adaptativo, proveniente del discurso funcionalista
en ciencias sociales y de uno de sus subrogados, cual es la "psicología
del yo" (Lowenstein, Kris, etc.), que el autor llama "psicoanálisis"
y al que reconoce una gran influencia en prevención, para
explicar lo individual. Utiliza conceptos como "tipos sanos
y patológicos del desarrollo del yo"; subraya la importancia
para la prevención de la flexibilidad y rigidez de la estructura
del yo.
En una lectura más exhaustiva se advierte que para el autor
las situaciones de cambio social pueden conducir a la enfermedad,
así como la pérdida de estabilidad del sistema social,
que descompensaría la provisión de "aportes
básicos".
j) En otro orden, plantea que la prevención debe ser una
"política" en materia de salud: implica entonces
acciones sobre todo en el mediano-largo plazo (3/5 años
y más). Sobre esto, que es indiscutible, se derivan dos
puntos: i) La necesidad de incluir la prevención en el
esquema de planificación social, cuyos resultados serán
advertidos en el largo plazo. Para esto es condición indispensable
una estructura social con continuidad político-institucional
para asegurar la eficacia de los planes. No ha sido el caso de
los países como la Argentina, sujetos a cambios que han
perturbado dicha condición de continuidad. Ii) En planificación
social, al manejar el aspecto presupuestario, se debe concebir
que la inversión que requiere la puesta en marcha de esta
política se amortiza en el futuro, con el descenso en los
costos que subyace al "trastorno mental": incapacidad
laboral, costos en asistencia, medicamentos, etc... Tampoco esto
ha sido una característica permanente del pensamiento económico
en países como el nuestro.
Son muchos más los puntos que se podrían anotar.
Básicamente se pretende señalar, por un lado, las
cualidades de las que el modelo es portador. Por otro, las dificultades
que implica traspolar un diseño de acción social
concebido en una sociedad determinada y tratar de adaptarlo a
otra, cualitativamente diferente. Asimismo, otras cuestiones de
orden teórico e ideológico que subyacen en este
modelo -como en cualquiera- y que son pasibles de un atravesamiento
crítico que puede conducir a reformulaciones superadoras.
Otro punto a destacar es que pensar la prevención de las
farmacodependencias requiere la elaboración de un marco
que no sólo resulte de manipular las características
propias del contexto de aplicación, sino la inclusión
de la variable "disponibilidad de drogas" (sean lícitas
o provenientes del tráfico ilícito). Esto admite
herramientas estructurales que no sólo incluyan los factores
predisponentes internos y del contexto, sino también el
juego de intereses económicos y políticos. Más
aun, es posible una sintaxis global que incluya la "geopolítica
de las drogas", como un sistema que crea relaciones cuanti
y cualitativamente variables en el orden transnacional.
Se sostiene entonces que el modelo de la prevención por
niveles, aun con lo que metodológicamente puede aportar,
es insuficiente.
III - Sobre la concepción epidemológica
"Epidemiología es el estudio de la distribución
y frecuencia de las enfermedades en los grupos humanos, así
como los factores que las determinan".
La epidemiología social enfoca los estudios que relacionan
los factores socioculturales para especificar enfermedades de
una población o grupo social. El autor citado refiere que
un objetivo último de tales estudios es describir caminos
que ayudarán a clasificar cómo este tipo de factores
pueden contribuir a las causas de la enfermedad.
"Para su estudio y comprensión, la farmacodependencia
ha sido considerada como una enfermedad comunicable, que puede
ser transmitida de una persona a otra (Crown, B., 1973), pudiendo
así enfocarse desde el punto de vista epidemológico".
Cuando el problema se instala en una comunidad, es necesario identificar
una serie de factores y estudiar el comportamiento posible de
la misma; en este sentido, la investigación epidemiológica
aporta conocimiento riguroso en el registro de los descriptivo.
Permite un tipo de diagnóstico, necesario como fundamento
del planteamiento social. Los instrumentos de esta disciplina
son insuficientes para estructurar un diseño que articule
todos los órdenes de componentes que dan lugar a la emergencia
de un fenómeno como la farmacodependencia (u otros análogos).
En este contexto, lo que se trata de subrayar son los supuestos
ideológicos que subyacen a una concepción epidemiológica
del problema, esto es, a que se lo recorte a un discurso eminentemente
médico y, al construir el problema-objeto, se recurra a
las categorías de la epidemiología. Así se
lo define como una "enfermedad comunicable", se lo concibe
con el esquema de las enfermedades infectocontagiosas, lo cual
da lugar a serias consecuencias respecto de las medidas que de
ello se derivan.
En tal caso, la concepción epidemiológica existe
y subsiste independientemente de la investigación epidemiológica
en sí, con todos sus atributos y limitaciones. Por ejemplo:
"Como en cualquier otra epidemia, en este fenómeno
tenemos al agente de infección, que en este caso son las
drogas o fármacos, al huésped, que es el hombre
y al vector y receptor, que es el usuario".
En la estructuración del concepto subyace una relación
de causalidad lineal (aunque pueda parecer lo opuesto, con explicaciones
etiológicas multicausales): el adicto está infectado,
es contagioso y por lo tanto la causa de que otros enfermen. Este
es decididamente el esquema de base que hace posible transferir
el pensamiento epidemiológico de tal manera que un problema
como la farmacodependencia sea concebida como "enfermedad
transmisible".
Esta forma de construir el objeto que permita problematizar un
fenómeno para su estudio, proviene de un reduccionismo,
de una falacia, de transferir categorías de una disciplina
eminentemente descriptiva, a un contexto explicativo. Esta concepción
está muy vigente y ha impregnado muchos ámbitos,
fundamentalmente, y nada menos, que el de la educación.
Si el adicto es "contagioso" permite estructurar el
mecanismo de "saneamiento" eliminando "la manzana
podrida, que pudre a las demás".
El poder de esta concepción proviene del poder mismo que
lleva ínsito el discurso médico, que lo transfiere
a todos los ámbitos, por otra parte muy "permeables"
a él. La consecuencia más importante es que es el
punto de arranque para todos los procesos estigmatizantes, marginalizantes,
que terminan en un efecto de exclusión, de apartamiento.
Por otra parte, cuando se dice "como cualquier otra epidemia",
se está negando la especificidad del problema. Además
no se advierte normalmente una ehaustiva discriminación
entre "usuarios" de drogas y farmacodependientes en
sentido estricto. Si bien existe una categorización según
el grado en que el sujeto puede estar involucrado en el problema,
son categorías que no demarcan diferencias cualitativas.
Es entonces congruente que en el trabajo citado - que es sólo
un ejemplo - se coincida con otros autores en que "la razón
principal para usar drogas por primera vez, junto con la curiosidad,
es la influencia de los amigos". Incluso se reconoce que
el adicto es introducido al uso de drogas por un "amigo bien
intencionado".Lo afirmado parece ser válido, pero
con ciertas restriciones, que no suelen ser precisas. Aquí
cabalga otra vez la imprecisión cualitativa entre usuario
y adicto. El llamado efecto de "contagio" puede tener
lugar en términos de una identificación entre pares:
esto podrá tener peso para condicionar la experimentación
con drogas; pero no peso determinado para estructurar un cuadro
de adicción. Por lo tanto, se consideran reduccionistas
y distorcionadas otras afirmaciones, sobreabundantes en la literatura,
donde todo el peso determinante recae sobre el grupo de pares
y el hacerse adicto por "influencia" de modelos. (5)
La crítica que se pretende introducir a este modelo recae
sobre la concepción de la farmacodependencia como una "epidemia"
(naconal, mundial), como algo que se expande porque en definitiva
hay adictos (los vectores).
Lo epidemiológico hecho ideología distrae la focalización
central y estructural del problema. En definitiva, lleva a poner
el acento sobre los efectos (proporciones de incidencia, prevalencia,
etc.), en lo superficial. Se subestiman así las "condiciones"
necesarias al sujeto para involucrarse en la problemática
de las drogas. Asimismo este marco, al centrarse en el sujeto
enfermo (y supuestamente "contagioso"), descorre la
importancia de los mecanismos de disponibilidad de drogas: de
los intereses en juego, para que una sustancia adquiera para unos
valor económico-político de intercambio, y para
otros - los usuarios - valor simbólico, en su sentido psicológico.
Finalmente, debe quedar claro que las consideraciones sobre la
concepción epidemiológica no obstan para ponderar
los métodos, conceptos y categorías que provee la
disciplina, desde el punto de vista instrumental. Entonces es
dable sostener que la investigación epidemiológica
tiene un valor de herramienta, de instrumento.
IV - "Todo es prevención". La cuestión
de los modelos.
Este punto corresponde a un contexto caracterizado por un entrecruzamiento
de discurso signado por una fuerte "sordera" recíproca.
Dichos discursos corresponden a las instituciones (o jurisdicciones)
involucradas en el tema de las drogas. Todas coinciden en que
el verdadero y efectivo esfuerzo es el de naturaleza preventiva.
Se corresponde con todo un "movimiento" internacional
en este sentido. Entonces, profesionales asistenciales, educadores,
funcionarios de Salud Pública, policías, aduaneros,
gendarmes, etc., dicen hacer, encarar, preocuparse por la prevención.
Esta situación tambiémn podría definirse
como una instancia en la que la categoría o concepto "prevención"
sufre un proceso de inflación (y deterioro por el uso),
pecándose entonces por generalización.
Se pretende efectuar un corte que permita una operación
de análisis de este contexto que conduzca a los componentes
a lugares que demarquen especificidad y puntos de articulación.
Un esquema un tanto tradicional permite "separar aguas"
y establecer responsabilidades y atribuciones.
La que sigue es una formulación posible. El problema de
las drogas reconoce dos grandes componentes: el denominado "polo
de la oferta" que se refiere a todo lo concerniente a la
disponibilidad de drogas (sean éstas lícitas o ilícitas),
y el "polo de la demanda", que incluye al sujeto usuario
de drogas, quien requiere una categorización según
el grado en que está involucrado y rodeado de un contexto
familiar, institucional y comunitario (escuela, trabajo, etc.).
El problema como tal surge en un espacio virtual de intersección
entre ambos polos: de la interacción de las variables de
la oferta y de la demanda.
Esto da lugar a señalar, al menos, cuatro grandes tópicos
de accionar "preventivo" con el compromiso consiguiente
de los estamentos socio-institucionales. Para el "polo de
la oferta", drogas lícitas: control o fiscalización
sanitaria, como responsabilidad de los organismos de salud pública
competentes. Drogas ilícitas: todas las instituciones de
represión, según las vías de penetración
y circulación, política, gendarmería, aduana,
prefectura. La actividad de los organismos citados cae en la categoría
"prevención", pero están ubicados en un
polo y discriminados a su vez por la naturaleza legal de las sustancias.
La legislación define - va definiendo - qué sustancias
son lícitas o ilícitas. También un cuerpo
legal regula y define las competencias de cada repartición.
Para el polo de la demanda: el sujeto consumidor o no, la familia,
la esfera productiva, el ámbito educacional en todos sus
niveles, la comunidad en su conjunto. Las instituciones asistenciales,
educativas, las diferentes formas de organización comunitaria,
tienen inserción en este contexto. La "asistencia"
en sentido genérico (que incluye desde la orientación
hasta el tratamiento y reinserción social) adquiere, por
la naturaleza de este problema, connotación preventiva.
Lo que queda fuera del ámbito asistencial, lo dirigido
a la población usuaria potencial, privilegiándose
el ámbito educativo, será objeto de lo que pasa
a denominarse "aducación preventiva". Concierne
tanto a la escuela como a la fábrica o al club, a las instituciones
intermedias.
Esta es una separación metodológicamente ordenada
y esquemática, que recorta a partir de oferta-demanda:
a) fiscalización sanitaria; b) represión; c) asistencia;
d) educación preventiva para desagregar la inflada categoría
prevención. Las dos primeras actividades son resorte exclusivo
del Estado; las dos segundas articulan el esfuerzo oficial con
el privado. Lo señalado no agota todos los ámbitos
articulados en torno del problema: tratados internacionales y
regionales, legislación, investigación, medios de
difusión, etc. Se impone, en consecuencia, un espacio articulador
que haga coherente cada unos de los ámbitos de intervención,
que demarque las diferencias y regule las áreas comunes;
esto es condición de un trabajo integrado. Dicho espacio
es la formulación de una política en matereia de
farmacodependencia, como conjunto de principios rectores, lo cual
es responsabilidad primaria del Estado.
En relación con los "modelos" para concebir la
farmacodependencia, Helen Nowlis (6) conceptualiza cuatro, que
han tenido - y tienen - consecuencias para encararla y para el
planeamiento de acciones preventivas.
Puntualiza entonces el modelo "ético-jurídico",
en el cual la importancia decisiva la tienen las drogas, que pueden
ser inocuas o peligrosas. El fin primordial es que las drogas
queden fuera del alcance de la gente. Aquí la droga es
sujeto activo y el usuario víctima pasiva. Deriva en acciones
esencialmente represivas.
El modelo "médico-sanitario", o epidemiológico,
aplicado a este tema, considera que la droga en tanto agente asume
un papel central; la autora dice que es esquema para pensar las
enfermedades infecciosas. Aquí se puede agregar al pensamiento
de Nowlis, tal como se dijo, que además queda el usuario
como "contagioso".
El modelo "psicosocial" - al cual adhiere Nowlis haciendo
una propuesta ampliatoria al final de su trabajo - asigna un papel
hegemónico al individuo en interacción.
El modelo "sociocultural" subraya los factores conexos
con el uso de drogas, donde lo cultural y subcultural tendrán
el papel predominante.
La sintáxis de los cuatro modelos tiene como componente
común un trío: individuo-droga-contexto, y analiza
cómo en cada caso uno u otro componente es el relevante.
De ello resultan puntos de vista más amplios (psicosocial
y sociocultural) y más reduccionistas (ético-jurídico
y médico-sanitario).
El trabajo de Nowlis aporta simultáneamente la reunión
de una serie de experiencias en países y recomendaciones
de organismos internacionales en cuanto a la prevención,
siempre como discurso que la jerarquiza como estrategia. Analizando
en el presente, se podría decir que pese a su alto grado
de esquematización - es en rigor un folleto - era un trabajo
lúcido y rico para 1975.
La autora propone - aun alertando contra los reduccionismos y
sus consecuencias - un "modelo" centrado en el individuo
y su comportamiento; por amplio y disciplinariamente convergente
que pueda ser, deja afuera muchas variables que es exigible tener
en cuenta. Aunque se adopte la mejor modalidad comunicativa, aunque
se respete el principio de no centrarse en el efecto de las drogas,
es necesario replantearse el lugar deloperador, la concepción
de "verdad" con que trabaja, cuestiones éticas
relativas al poder que confieren el conocimiento y el lugar que
se ostenta, como también el lugar asignado a los destinatarios
de las acciones de prevención, los presupuestos de saber
y la posibilidad de autogestionar que se les otorga. Y estas cuestiones
son muy difíciles de definir a la hora de operar con "modelos".
Pues implican necesariamente ciertas concepciones a priori; en
caso contrario no funcionan como "modelos".
Es digno de mencionar el párrafo con el que cierra su capítulo
primero: "Solamente se fracasa cuando no se saben reconocer
lo errores y corregirlos, esto es, cuando no se sabe evolucionar.
Las personas y las instituciones no evolucionan fácilmente.
Una vez aceptado un modo de formular problemas y de reaccionar
ante ellos de lo suele utilizar obstinadamente".
EXPOSICIÓN
La exposición del marco que actualmente se sostiene como
referente para la práctica de la prevención, intentará
situar un conjunto de coordenadas de índole teórico,
ético y metodológico.
Pretende diferenciarse de lo que clásicamente se entiende
por "modelo" donde se advierte una estructura que define
constantes, a la manera de un encuadre, articulando a priori con
un fuerte efecto de cierre.
Será la praxis misma la que en el futuro permitirá
establecer si esta diferenciación es eficaz. Por ello se
habla de "pretensión".
Al hablar de "conjunto de coordenadas" se apunta a dar
énfasis a la apertura a la interrogación permanente,
a la búsqueda de nuevos desarrollos de verdad, a permanentes
síntesis superadoras.
Para hacerlo factible es necesario guardar una posición
externa a la red conceptual y operacional para su reconstrucción
permanente: de ahí "exposición".
Puede advertirse que cuanto más se esté involucrando
como persona, con la propia ideología y concepción
de la realidad, mayor será el obstáculo epistemológico.
Estos principios tienen una fuerte derivación en función
del lugar que ha de ocupar el operador en prevención. Es
decir, tiene consecuencias para la construcción-reconstrucción
del andamiaje teórico, ético y metodológico
y para la experiencia misma.
Lo que circula en torno de estas ideas es que se halla en juego
una versión determinada relativa al saber, la verdad y
el poder.
Normalmente esto no es objeto de interrogación y en todas
las prácticas, incluida la de la prevención, este
trípode es un sutil pivote organizador: en torno de él,
en todo caso, giran lo teórico, lo ético y lo metodológico.
La convocatoria a la práctica de la prevención predefine
lugares y un campo de experiencia. Bajo la formulación
de un pedido se descubre una demanda que requiere ser descifrada.
Una persona, una institución, un grupo piden una "intervención
preventiva". Esto establece de un solo golpe dos lugares:
el del "solicitante" y el del "solicitado".
Puede que se denuncie la existencia del problema o bien su potencial
aparición; la práctica indica que, como en la clínica,
el "motivo de consulta" encubre otros motivos y el manifiesto
es sólo parte de lo que se puede formular.
Si este pedido-solicitud se escucha de determinada manera, es
dable descifrar una demanda de saber a ser transmitida. Con esto,
el "solicitado" se hace adjuducatorio de dicho saber.
Esta es la razón por la cual el "pedido" se dirige
a él (seauna persona, una institución, un servicio,
etc.). Así queda definido como "efector" de acciones
de prevención. Resumiendo: cuando un pedido-demanda se
formula, hay una estructura de transferencia en juego. Subyace
entonces una "dinámica de la verdad". ¿Dónde
está la verdad? ¿Coinciden saber asignado y posesión
de la verdad?
Quien demanda cree no saber; establece una componenda imaginaria
que atribuye la verdad al que supone que sabe.
De acuerdo con la concepción de verdad de la que se parta,
es posible definir la naturaleza de los lugares: el solicitado
pasa a ser el preventor, que sabe, porta la verdad a revelarse.
Si éste se instala en ese lugar, el solicitante, portador
de la demanda, queda en el lugar de desprevenido. Es cuando la
verdad queda del lado del denominado preventor. Contesta a la
demanda sin más. Su "saber" se constituye en
instrumento de una práctica de ejercicio del poder. El
"poder" lo confiere la condición de saber. Así
nada se cuestiona ni interroga. Uno sabe y el otro no. El "preventor",
quien "sabe", se instala en el lugar del ideal al que
el otro tiene que llegar.estos son los espacios vinculares donde
se provee información solamente, se dan consejos, se recurre
a "recetas" para resolver problemas. Ambas partes de
extravían especularmente; construyen "una misma realidad".
Es la estructura que subyace a toda estrategia de "ayuda".
Es posible no "positivizar" la verdad; otra ética
sobre el saber que no conduce a relaciones veladas amo-esclavo.
Se puede concebir la verdad como un "efecto", algo que
puede ser producido por el que se presenta supuestamente "no
sabiendo". Así el armazón es distinto.
Si el saber está en el "solicitante" como algo
propio que puede descubrir, en un efecto de alumbramiento, efímero
pero eficaz, la verdad, esta muda constantemente de lugar. Y esto
es lo que se sostiene con este esquema: que la verdad, en sentido
estricto, no la tiene nadie. Puede ser producida, como una conquista,
en un esquema de circulación que reconduce a una búsqueda
permanente.
Entonces el "saber" asignado al "preventor"
es de otra naturaleza y lo coloca (lo ex - pone) en un lugar,
fuera de la alienación de ofrecerse como ideal (portador
de los criterios de salud/enfermedad; integración/desintegración;
especialista en cómo ser padre, madre, cónyuge,
etc.).
Esta otra naturaleza de saber que debe portar el "preventor"
estará al servicio de conducir un proceso que propicie
alumbramientos, efectos de verdad por parte del otro. Generará
la interrogación que cuestione certezas, que rompa articulaciones
previas y acríticas ara autogestar otras. Facilitará
las condiciones para que el otro construya y reconstruya sucesivamente
sus concepciones de la realidad, sin imponer la propia.
Entonces el "preventor" no es modelo alguno de salud,
ni de intergación, ni... No es modelo.
Su intervención es más bien instrumental: no se
hace cargo de lo adjudicado en la demanda; así demarca
y sostiene los lugares que no obturan el proceso descrito más
arriba. Y en algún momento caerá de su lugar.
Para la práctica de la prevención, entonces, lo
teórico representa el saber necesario y condición
indispensable para instalar el proceso. Estará al servicio
de "descifrar la demanda", para reconducirla sobre el
demandante. Así el "preventor" regula y controla
su lugar para no obturar la posibilidad del otro de hacer sus
propios descubrimientos y aprestar sus propios recursos. Se lo
reconoce como "capaz de".
Esta posición se sustenta en una ética que organiza
los lugares, y también cómo estos se resuelven.
Significa que si el proceso es eficaz, debe conducir a la innecesariedad
de la presencia del "preventor".
Quien lo solicitó deberá descubrir que puede acceder
a saber qué pasa y cómo puede accionar respecto
de la situación por la que consultó y todo lo que
se halla asociado; o bien, qué no depende de él.
Así el "preventor" se tornará prescindible
y no habrá necesidad de glorificarlo ni agradecerle. Quien
así opere deberá tener en cuenta que no dará
"clases brillantes" ( ni los aludidos consejos o recetas)
que culminan con aplausos. También deberá abstenerse
de expectativas de generar otras relaciones "beneficiosas"
que propicien dependencias.
En su conjunto, esta formulación indica en buena medida
"un camino a seguir". Se sostiene entonces que el "preventor"
conduce - como se dijo -. El que demanda su intervención
ejerce la libertad de dirigir su propio proceso.
La experiencia parece demostrar que operar con esta constelación
de variables, genera displacer, sufrimiento, por parte de quien
demanda. Conducir hacia el cuestionamiento de certezas genera
incertidumbres. No se trata de pensar de antemano qué necesita
el otro, sino enfrentarlo a sus propias necesidades para que las
resuelva conforme a sus valores. Es su derecho; el resultado,
su propia realización.
Para esto, por cierto, es mantener cierta habilidad clínica;
no temer a generar cierto grado de angustia necesario a la marcha
del proceso; también saberla regular para no obturarlo.
Tratando de hacer un corte a este desarrollo, cabe puntualizar
que releyendo el texto de lo que inserta en el actual contexto
de trabajo, se advierte que se mantienen muchos elementos del
"recorrido" que a él condujo.
Por ejemplo, hablar de drogas sólo lo estrictamente necesario
para compartir el discurso.
La sintaxis actual de coordenadas que sostiene la práctica
de la prevención es relativamente reciente. Con ella se
trabaja y se reformula, como en el mismo momento en que muchas
palabras dichas se fueron haciendo letras.
"Preventor", como se advertirá, estuvo siempre
entre comillas, con la intención de interrogar. Surge la
pregunta, aún sin respuesta, sobre si es posible serlo.
Pero un nombre es necesario para el lugar: por ahora se nos ocurre
"operador en prevención". También queda
de este lado como interrogante (si trascenderá desde este
escrito que se considera que la "prevención"
en la problemática de drogas es una práctica posible);
pero hay mucho que andar y más aun que desmitificar.
Se advierte el dilema posibilidad-imposibilidad. Quizá
este par dilemático sea una mala articulación por
pertenecer cada término a registros diferentes. Para esto
no tenemos respuesta. Queda abierto a todos los interrogantes
que genere... Advertimos también la propia incertidumbre.