
Ricardo Alvares |
Subjetividad contemporánea: entre el consumo y la adicción
I. Introducción: Este artículo es una continuación
y un comienzo. Es continuación porque se basa en un trabajo
anterior. Es comienzo porque intenta pensar a partir de los efectos
prácticos que ocasionó dicho trabajo. En la línea
de investigación propuesta por H/a lo importante de un
libro, de un articulo, de cualquier publicación, es menos
la opinión que suscita como el efecto que produce. En este
sentido, la crítica ha sido feliz, es decir, el trabajo
referido ha sido utilizado por profesionales e instituciones relacionadas
con el problema de la adicción (llamémosle por ahora
así) de diversas formas y con distintos resultados.
A partir de esta implicación surgieron experiencias, comentarios,
críticas, etc. En síntesis, han surgido otro tipo
de problemas: ¿Qué es subjetividad?, ¿Cómo
puede pensarse la subjetividad actual? ¿Qué relación
existe entre la subjetividad adictiva y la consumidora? Pensar
estas cuestiones es el objetivo de este trabajo.
II. Las adicciones en perspectiva histórica: Partimos
de las siguientes tesis :
1) Ningún discurso se siente cómodo en el terreno
de las adicciones. La adicción aparece como una evidencia
ideológica sin concepto riguroso que pueda cubrir la multiplicidad
diseminada de sus usos. Las adicciones pertenecen "por derecho
propio" al inespecífico campo de los "problemas
sociales". Un primer dato entonces, nada menor, es que el
problema adictivo desborda irremediablemente las capacidades de
comprensión y de acción de las diversas disciplinas
destinadas a sus cuidados.
2) No estamos ante el mero incremento cuantitativo de unas prácticas
que llamamos adictivas sino ante la instauración cualitativa
de un tipo radicalmente nuevo de subjetividad socialmente instituida.
Pues es difícil imaginar situaciones sociales en las que
no hubiera individuos que excesivamente se aferran a algunos de
los productos ofrecidos por su cultura. Pero lo cierto es que
solo nuestra modernidad tardía realiza esta posibilidad
de lectura.
3) Que el adicto sea una figura instituida significa que es efecto
de unas practicas de producción de subjetividad. Esta figura
es reconocible, esta tipificada, es objeto de prácticas,
saberes y cuidados; en definitiva, brinda una identidad capaz
de soportar el enunciado de virtud ontológica: soy adicto.
4) El mundo de la adicción solo es posible en determinadas
condiciones socioculturales. El adicto es posible en situaciones
en que el soporte subjetivo del estado ha dejado de ser el ciudadano
y ha recaído en el consumidor, en la que el envés
subjetivo de la figura instituida del consumidor se ha desplazado
del inconsciente, propio del sujeto de la conciencia, a formas
aun no teorizadas pero que insisten bajo el modo de patologías
del consumo y de la imagen; en que la instancia de derivación
y reconocimiento ha dejado de ser el discurso médico y
sus derivaciones "psi" para recaer en el discurso massmediatico;
en el que el modo genérico de tratamiento y cuidado es
el de la autoayuda y el grupo homogéneo de los identificados
por el rasgo adictivo.
5) El consumo de objetos variables produce una serie determinada
de imágenes reconocibles. El consumo adictivo de fijación
a un objeto (una sustancia, una práctica, un tipo sexual,
una actividad informática, etc) engendra a su vez una imagen
específica: la imagen del adicto como tipo reconocible,
predicable, como imagen donadora de una identidad, la identidad
adictiva. El adicto dispone de un discurso que lo representa y
lo aliena de modo reconocible para el conjunto. Las drogas de
por sí, no causan adicción, las diversas situaciones
en las que circulan sin patología adictiva así lo
demuestran. Pero en las condiciones actuales de subjetividad de
consumo, las drogas constituyen el objeto privilegiado de la amenaza
adictiva.
III. Problemas y herramientas.
a) Hipótesis. Nuestra hipótesis es que la subjetividad
contemporánea puede pensarse a partir del consumo, o más
bien, que la subjetividad socialmente instituida es la subjetividad
consumidora. ¿Qué significa subjetividad? ¿Qué
significa que esta subjetividad sea consumidora?
Este no es un trabajo interdisciplinario ni tampoco pretende completar
un saber supuestamente incompleto. Nuestro aporte se limita a
pensar históricamente algunas transformaciones y operaciones
contemporáneas. Lo que sigue tratará de especificar
la línea de trabajo en que estamos.
b) Subjetividad instituida. En la perspectiva de la historia de
la subjetividad el tipo de subjetividad propio de cada situación
se define por las prácticas y los discursos que organizan
la consistencia de esa situación.
La naturaleza humana no está determinada de por sí:
lo que hace ser hombres a los hombres no es un dato dictado por
la pertenencia genérica a la especie. Los hombres no disponen
de una naturaleza extrasituacional, es decir, no son un dato de
la naturaleza dictado por la pertenencia genérica a la
especie. Los hombres son el producto de las condiciones sociales
en que se desenvuelven. Esa naturaleza humana, resultante de las
condiciones sociales, es intraducible de una situación
a otra. De ahí se deriva que la esencia humana sea situacional.
Esta subjetividad no es el contenido variable de una estructura
humana invariante sino que interviene en la constitución
de la estructura misma. Esta subjetividad resulta de marcas prácticas
sobre la indeterminación de base de la cría sapiens.
Esa indeterminación del recién nacido recibe una
serie de marcas que la ordenan. Estas marcas -de diverso tipo
según las diversas organizaciones sociales- producen una
limitación de la actividad indeterminada de base que estructura
el punto caótico de partida. Estas marcas socialmente instauradas
mediante prácticas hieren a la cría, que recibe
una serie de compensaciones a cambio de la totalidad ilimitada
e informe que era hasta entonces. Los enunciados de los discursos
que con su capacidad de donación de sentido compensan esas
heridas constituyen la estructura básica de esa subjetividad
instituida. Así las prácticas de los discursos instauran
las marcas estructurantes; los enunciados de los discursos instauran
los significados básicos de esas marcas. La marca deviene
significativa. La herida tiene sentido: la subjetividad queda
determinada por esas marcas y ese sentido. A esto lo llamamos
subjetividad instituida. En principio, se quiere remarcar que
cualquier subjetividad, lejos de ser intemporal, es un tipo posible
que resulta de las prácticas y discursos propios de una
situación.
c) Individuo y sociedad. La historia de la subjetividad busca
abolir en su funcionamiento la distinción entre las dimensiones
individual y social. La historia de las ciencias del hombre, es
en gran medida, la historia de la distinción entre las
ciencias que estudian a los hombres en su conjunto y las que estudian
a los hombres por separado. Es a la vez, el intento de articulación
entre ambas instancias. Desde hace algún tiempo se puede
marcar como problema una división histórica fuerte
entre las ciencias sociales y las disciplinas psíquicas;
entre la antropología, la historia, la sociología,
por un lado, y la psicología, el psicoanálisis o
la psiquiatría, por el otro.
El eje problemático de la relación entre lo individual
y lo social es la imposibilidad de artículación
lógica entre estas instancias. La experiencia moderna indica
que no basta con reunir a estas disciplinas para que se produzca
la articulación. En rigor, se podrían reunir si
en el surgimiento hubiera habido una división coherente,
o una división de tareas. Pero las ciencias no van surgiendo
conforme a un plan que va dividiendo al mundo en distintas regiones
sino que cada disciplina funda su objeto autónomo, bajo
condiciones y requerimientos propios.
La interdisciplina surge como respuesta ideológica a la
modestia de las disciplinas, es decir, a la interiorización
de la asunción teórica de la imposibilidad de articulación.
Los resultados a la vista tampoco son demasiado alentadores.
La abolición de la distinción entre ciencias de
lo individual y de lo social es el resultado de la institución
de otra dimensión: la dimensión inespecífica
de las prácticas. Son las prácticas las que producen
lógicas sociales, pero también son las prácticas
las que fundan la constitución individual. Es decir que
hay una misma causa capaz de producir consecuencias de diversa
naturaleza. En este sentido, las prácticas no pertenecen
ni al campo de lo social ni al campo de lo individual, se trata
de fuerzas ajenas a esa diferenciación. Siendo así,
las prácticas no dejan de producir efectos en cada una
de las dimensiones.
IV. Prácticas. La noción de práctica
es fundamentalmente inespecífica. En la perspectiva de
la historia de la subjetividad, el producto es un efecto de las
prácticas, pero de ningún modo su sentido. Atenta
a los mecanismos de producción de sentido, la historia
de la subjetividad trabaja desde la noción de práctica,
es decir, desde el desenvolvimiento de esas fuerzas discontinuas
que se cruzan, se yuxtaponen, se ignoran y se excluyen. En este
movimiento magmático se instituye un sentido, sentido que
no deja de producir marcas ni en la lógica social ni en
el tipo individual capaz de habitarla.
Pero la noción de práctica no sólo autonomiza
el hacer de lo hecho, también autonomiza el hacer de sus
concepciones, y esta quizá sea la principal intervención
de Michel Foucault en el campo de las Ciencias Sociales. La intervención
consiste en la postulación del privilegio de las prácticas
respecto de las representaciones. Pero no se trata del desprecio
de las representaciones, se trata más bien del funcionamiento
de las prácticas más allá del fundamento
que las orienta. El fundamento orienta las prácticas, pero
las prácticas son más que el fundamento que las
orienta. Las prácticas organizan con las concepciones que
las animan una relación compleja. Ni la distorsión,
ni el reflejo son capaces de dar cuenta de la especificidad de
esa conexión. ¿Cómo pensar entonces el vínculo
entre representaciones y prácticas? Para la problemática
de la determinidad, nada ocurre que no sea la actualización
de unas determinaciones previas. Las prácticas son manifestación,
realización o actualización, de unas concepciones
anteriores. Pero en la perspectiva de la historia de la subjetividad,
la articulación no es pensada como determinación,
sino como condición. La condición constituye un
elemento que inevitablemente ha de ser tenido en cuenta, pero
una condición puede ser excedida, apropiada y significada
por otra más fuerte. En este sentido, las prácticas
organizan con las concepciones una relación de condicionamiento,
que sin ser eliminada puede ser excedida, significada, alterada.
La estrategia discursiva que parte de las prácticas impide
plantear dos niveles distintos de circulación de las ideas:
uno ideal y no prostituido, y otro material que resulta de la
distorsión del primero. La noción de práctica
interviene sobre esta distinción. Si es cierto que el sentido
de una idea es la red de prácticas en las que se inscribe,
ya no resulta operativo discriminar entre el decir y el hacer,
entre las representaciones y las prácticas. Más
bien se trata de dar cuenta del funcionamiento concreto de las
prácticas, y así las representaciones importan en
tanto que prácticas (discursivas).
V. Subjetividad y humanidad situacional. Si es cierto
que la noción de subjetividad es menos una definición
en regla que un campo problemático, no es menos cierto
que ese campo se organiza a partir de un problema: el estatuto
situacional de la naturaleza humana. Desplazada la categoría
de sujeto, el status situacional de la naturaleza emerge como
núcleo problemático en el ámbito de las ciencias
sociales. Pero ¿cuáles son los términos en
los que se plantea el problema? En rigor, se intenta pensar las
operaciones y los dispositivos capaces de producir la subjetividad
instituida en una situación histórica determinada,
como el lazo social del que forma parte. En definitiva, se trata
de dar cuenta de la reproducción de las relaciones sociales
(subjetividad y lazo social) en una situación histórica
determinada.
VI. Una noción de subjetividad . El campo de la
subjetividad se constituye como un espacio atravesado por un problema
central: el estatuto situacional de la naturaleza humana. Esto
es, no hay una definición universal de hombre sino situaciones
socio-históricas que engendran su humanidad específica.
Se trata en definitiva de la radicalización de la historicidad
de la carne y del alma humanas, y en consecuencia del abandono
de una latencia biológica de fondo capaz de unificar el
conjunto de las producciones históricas. Tal postulación
resulta imposible sin una categoría central: el concepto
práctico de hombre. Para la historia de la subjetividad,
el concepto práctico de hombre determina una humanidad
específica por la vía práctica -y no tanto
por la vía de las representaciones.
Una humanidad específica determina prácticamente
cuales de los cuerpos sapiens pertenecen a la humanidad culturalmente
establecida. Pero que también establece cual es la propiedad
constitutiva de lo humano para las circunstancias en que se instituye
dicha humanidad. Solo la decisión moderna de los últimos
dos siglos produjo la equiparación entre cuerpo y humanidad.
Solo para esta decisión el conjunto de los cuerpos sapiens
coincide con la humanidad. De allí también nuestro
olvido moderno de las prácticas de subjetivación
humana.
VII. Subjetividad estatal. En condiciones modernas, en
condiciones de estado-nación, el conjunto de las instituciones
queda articulado por esta meta-institución que es el estado.
El estado no sólo es el reservorio de la soberanía,
sino que es también el articulador simbólico que
conecta entre sí las diversas instituciones. O en otros
términos, el estado como meta-institución coordina
las instituciones en un todo.
El estado es el ordenador simbólico por excelencia, dado
que el conjunto de las instituciones recibe su lugar y su función
a partir de su relación con el estado. En los estados nacionales
la vida del un individuo se desarrolla en el interior de sus instituciones
y en el paso de una institución a otra. El individuo vive
y transita por la familia, la escuela, la fábrica, el hospital,
etc. Se forja la subjetividad capaz de habitar estas instituciones
y se forja la subjetividad capaz de transitar por ellas. En síntesis,
se forja la subjetividad ciudadana.
VIII. Estado y ciudadanía. El ciudadano es el tipo
subjetivo forjado por los estados nacionales, es decir, por estados
que enuncian que la soberanía emana del pueblo y que se
legitiman al representar una sustancia nacional.
Puede pensarse al ciudadano como el tipo instituido resultante
del principio revolucionario de igualdad ante la ley. El ciudadano
es el tipo subjetivo que se forja en torno de la ley. Los estados
nacionales interpelan a sus individuos como ciudadanos a partir
de dos instancias primordiales: la familia nuclear burguesa y
la escuela. La escuela y la familia, entre otras instituciones
producen ciudadanos en y para los estados nacionales.
Un ciudadano es un tipo subjetivo organizado por la suposición
básica de que la ley es la misma para todos (que es o que
puede ser). Alguien puede lo que puede y no puede lo que no puede,
porque nadie puede eso o porque todos pueden eso. El ciudadano,
como subjetividad, es reacio a la noción de privilegio
o de ley privada. La ley es homogénea, prohibe por igual
y permite por igual a todos. Por supuesto, a algunos el aparato
judicial les va a permitir un campo de transgresiones, pero si
eso se percibe como transgresión significa que la institución
básica esta funcionando.
El ciudadano es un individuo que se define por esta relación
con la ley. La igualdad jurídica es el corazón mismo
de la condición del ciudadano. El soporte subjetivo del
estado nación esta producido por la operatoria ficcional
de este principio.
La ley es la dimensión fundante de la subjetividad ciudadana.
Hay ciudadanos porque hay ley; hay ley porque hay estado capaz
de inscribirla, significarla y sostenerla.
IX. Desrealización de los estados nacionales. En
esta línea, el proceso que mediáticamente se llama
globalización, se puede pensar más precisamente
como la desrealización de los estados nacionales. Si algo
caracteriza a nuestra época es agotamiento del estado nacional.
Los estados nacionales pierden su realidad política, su
realidad económica y su realidad social. Los estados nacionales
caen como espacios soberanos de autonomía y como espacios
capaces de orientar el curso del devenir. Si algo caracteriza
a nuestros estados es que han perdido el arraigo efectivo que
les daba potencia soberana.
Esta pérdida de arraigo es la que transforma a los estados
soberanos en estados técnicos-administrativos. Los estados
actuales son lo que administran las consecuencias del proceso
de globalización. Incluso, el estado renuncia explícitamente
a cualquier capacidad soberana, y se enuncia técnicamente
como administrador.
El proceso de globalización puede pensarse entonces como
un proceso técnico de efectos muy potentes sobre el estado.
En principio, es un mecanismo técnico porque instaura nada
más que la conexión virtual de la superficie integral
del globo. Por vía de los flujos de información,
de los flujos de capital, se arma lo que se ha denominado "mundo
pequeño" o "aldea global". Se constituye
una red de conexión que atraviesa las fronteras. O mejor,
más que atravesarlas, las desrealiza. Porque atravesar
las fronteras significa que hay una marca que existe, y que se
puede estar de un lado o del otro. Pero desrealizarlas significa
destituir el carácter de frontera de la frontera. No existe
este espacio interior al que nos habíamos acostumbrado
a llamar mercado interno, estado-nación o espacio soberano.
Entonces, el mundo queda conectado a partir de los flujos de capitales,
de imágenes, de información.
Es necesario aquí hacer una precisión: la conexión
no significa, ni mucho menos, la homogeneización. Hay que
abandonar, respecto de la globalización, la toma de dos
posiciones espontáneas de opinión. La primera dice
que como las realidades de los espacios ex nacionales son diversas,
entonces la globalización es falsa, es un engaño
más. Que como hay diversidades nacionales absolutamente
acentuadas, la idea de globalización es engañosa
porque no homogeneiza nada. Sería algo así como
una nueva mentira del capitalismo.
La otra idea con la que también hay que discutir, es la
que sostiene que en la medida en que el mismo flujo de capitales
atraviesa la superficie del globo, entonces las diferencias regionales
han caído. El mundo globalizado es para esta postura el
mundo de la igualdad de oportunidades.
Desde la perspectiva que aquí se intenta se puede situar
el problema en los siguientes términos: la globalización
unifica al mundo desde el punto de vista del estímulo,
pero las respuestas son diversificadas localmente. Es cierto que
es el mismo circuito el que provoca respuestas en todo el globo.
Pero las respuestas en cada uno de los puntos de este globo dependen
de las condiciones locales. Los estados cuando pierden su realidad,
pierden la capacidad de gobernar los estímulos.
En otras palabras, la globalización significa unificación
general de los estímulos económicos y diversidad
local de las respuestas político-sociales. Este es el punto
clave en que se articulan la idea de globalización y de
fragmentación. O quizás se deba plantear que la
superación del debate exige abandonar la idea mediática
de globalización.
Que se agoten los estados nacionales significa que ha caído
la institución principal en la instauración de nuestra
subjetividad. Que los estados nacionales hayan caído no
significa que hayan desaparecido, sino que han perdido la potencia
hegemónica de institución de subjetividad propia
de los siglos XIX y XX. No es tampoco que, dentro de un proceso
irremediable, estén desapareciendo, sino que carecen actualmente
de esa potencia que los hacía capaces de orientar el curso
del devenir y el modo de ser de los hombres. Así como Nietzsche
predijo que a partir de la muerte de Dios se seguiría lidiando
con sus sombras durante largo tiempo, podemos apostar a que las
sombras del estado serán un problema esencial en el pensamiento
contemporáneo también por largo tiempo.
La caída del estado significa una alteración básica
en la subjetividad, una alteración básica en los
tipos subjetivos. Muerto el estado, lidiaremos con sus sombras,
en eso estamos.
X. Agotamiento del EN. El estado como pan institución cae
cuando las prácticas de mercado pasan a ser el fundamento
de la vida social. ¿En qué consiste el agotamiento
del Estado Nación (EN)? No se trata del mal funcionamiento
de las instituciones del EN o del incumplimiento de unas leyes
determinadas, se trata más bien de la incapacidad del estado
para postularse como articulador simbólico del conjunto
de las situaciones sociales. En tiempos nacionales, el estado
es capaz de articular simbólicamente las situaciones, esto
es, es capaz de producir un sentido general para la serie de instituciones
nacionales. En rigor, no se trata solamente de la producción
de un sentido, sino de la producción de un sentido articulado.
En nuestra situación, no hay estado capaz de producir articulación
simbólica. Si esto es cierto, la pregunta obligada es por
el estatuto del estado en las nuevas condiciones. No hay articulación
simbólica entre situaciones, lo que no quiere decir que
no haya simbolización. En la dinámica de las situaciones
dispersas, la simbolización es situacional. Pero la pregunta
insiste: en tales condiciones, ¿cuál es el estatuto
del estado? El estado reduce sus funciones -si se lo compara con
el EN-, pero la variación fuerte resulta otra. Se trata
de la alteración de su ontología. El estado actual,
esto es, el estado técnico-administrativo (ETA) es incapaz
de producir una ordenamiento simbólico para la heterogeneidad
de las situaciones. En las condiciones actuales, el ETA es una
fuerza entre otras. En esta lógica, las fuerzas del mercado
son capaces de imponer una variedad de funciones administrativas
a ese estado que ha dejado de ser programático y ha devenido
administrativo. Pero el mercado no organiza simbólicamente
las situaciones, su relación con las instituciones es otra.
En rigor, el procedimiento del mercado no es la articulación
simbólica sino la conexión real. Esto es, el mercado
en su devenir produce una variedad de efectos incalculables, pero
al hacerlo no produce un sentido para tales consecuencias. En
definitiva, los flujos de mercado conectan situaciones sin generar
en el proceso un ordenamiento simbólico para tal encuentro.
De lo anterior se puede deriva una conclusión importante.
El individuo contemporáneo, durante el transcurso de su
vida no va pasando, como en el estado nación, de una institución
a otra; todas guiadas y marcadas por el mismo principio, sino
que va saltando de situación en situación cada una
con su propia lógica. Y en ese sentido la identidad queda
fragmentada o diseminada. Sin articulación entre estas
distintas instancias la subjetividad se constituye como un conjunto
de láminas sin articulación posible en una identidad.
Mientras las instituciones modernas estaban inscriptas en la totalidad
estatal, las instituciones actuales son cada una un mundo aparte.
Cada una de estas instituciones se considera como productora exhaustiva
de los sujetos que necesita en la situación en que los
necesita. No los toma de ninguna otra ni los produce para ninguna
otra.
XI. Empresa. Lo propio de esta destitución del estado
es la transformación del átomo institución
al átomo empresa. Las instituciones se conectan según
un parámetro estatal, las empresas se conectan según
un parámetro mercantil.
Es cierto que en los estados nacionales existían empresas.
Pues bien, por un lado estas empresas, funcionaban bajo una lógica
institucional. Por el otro, se puede decir que había empresas
en el mundo. Actualmente, la modificación mas fuerte se
puede expresar como: las empresas son el mundo. Menos por una
cuestión de cantidad que por una virtud lógica.
Actualmente la lógica hegemónica en términos
sociales es la lógica empresaria. Algo es viable cuando
es económicamente viable. Algo es perdurable cuando puede
subsistir, algo es valioso cuando es rentable.
Queda claro que desde la línea de la historia de la subjetividad
no se trata de denunciar ni de quejarse. No se pretende tampoco
militar por los estados nacionales ni recordar épocas mejores;
sino de marcar algunos puntos fundamentales en la alteración
de la lógica social contemporánea.
XII. El consumidor. La figura del consumidor es reconocida
en términos sociales. Desde la perspectiva de la historia
de la subjetividad podemos establecer algunas precisiones. El
consumidor es una figura concomitante con el proceso de globalización.
Más precisamente, lo que llamamos consumidor es el soporte
subjetivo de este proceso que llamamos "desrealización
de los estados nacionales"
El consumidor no es un accidente contemporáneo que le sobreviene
a la eterna naturaleza humana sino que trama la naturaleza misma
del hombre contemporáneo. No es un adjetivo del hombre
contemporáneo sino su definición en término
de subjetividad.
La subjetividad consumidora esta producida por una serie de prácticas
específicas. La serie de prácticas que la estructura,
instituye al consumidor como un sujeto que varía sistemáticamente
de objeto de consumo sin alterar su posición subjetiva.
Es el sujeto que realiza una permanente sustitución de
objetos sin que dicha práctica le ocasione ninguna alteración.
En la lógica de la moda y de la vertiginosa sustitución
de objetos, el término nuevo de la serie es mejor porque
es nuevo. El anterior no cae por haber hecho ya la experiencia
subjetiva de la relación con ese objeto particular sino
por la presión del nuevo que viene a desalojar al anterior.
El anterior cae sin tramarse en una historia, no hay continuación,
uno sustituye al otro. Es la misma lógica el zaping televisivo,
la renovación permanente del mercado, la innovación
tecnológica, etc.
Si lo anterior es cierto -y hay buenos argumentos para que lo
sea- ¿Qué posición subjetiva es la que inducen
estas prácticas? Todo ha de esperarse del objeto, nada
del sujeto. La promesa es la del objeto próximo. No se
produce nada semejante a la modificación del sujeto por
el objeto ni del objeto por el sujeto. En un comercio sin interacción
el sujeto es soberano de asumir y desechar, pero no es libre de
alterar ni de alterarse.
XIII. El consumidor y su lógica. Se puede decir
entonces que el consumidor es un tipo subjetivo que espera todo
del objeto. El consumidor cree la promesa del mercado según
la cual en el mercado hay de todo. Esto implica dos suposiciones
implícitas: la primera sostiene que todo lo que hay en
el mercado es necesario; la segunda, que todo lo que es necesario
está en el mercado.
La llamada "globalización" es un festival de
ofertas y, por vía de la red o de cualquier otra, se puede
acceder a una serie, hasta hace poco inimaginada de productos.
La idea es que se puede obtener cualquier producto. La premisa
de base es la existencia indubitable del objeto satisfactorio.Es
decir, que existe un producto o un conjunto de ellos, que garantizan
la satisfacción. La publicidad recoge este anhelo: "Satisfacción
garantizada o le devolvemos el importe".
Ahora bien, si la satisfacción no se produce es porque
hay defecto en el objeto. El consumidor no puede, en tanto que
consumidor, realizar ninguna experiencia subjetiva. Entonces,
la lógica es sustituir ese objeto por otro. Si el consumidor
lo espera todo del objeto, no se puede esperar nada del sujeto.
El objeto es satisfactorio; no es posible hacer una experiencia
subjetiva de la insatisfacción del objeto.
Según la lógica del consumidor, será placentero
todo aquello que confirme y satisfaga sus gustos y preferencias.
Esta concepción del placer imagina que cualquier otro tipo
de acción se reduce a la renuncia.
XIV. La promesa del mercado. El consumidor parte de las
promesas del mercado. Pero el punto decisivo aquí es que
el mercado no promete como promete el estado. El estado promete
que si nos mancomunamos a algún destino colectivo nos va
a esperar después de un período de sufrimiento,
un futuro de grandeza. Nuestro mercado contemporáneo instituido
como núcleo central de las potencias promete distinto.
La promesa del mercado es la de un objeto capaz de proporcionar
satisfacción integral. El consumidor lo que espera no es
la realización de un proyecto sino un estado de plenitud.
Se sabe que en el mercado hay de todo y para todos. La impresionante
multiplicación de objetos se entiende a partir de esta
pauta subjetiva. El objeto tiene que encajar perfectamente en
el sujeto porque el sujeto no puede modificarse en nada. La multiplicación
indiscriminada de objetos y de diferencias es solidaria con este
principio. En el mercado hay de todo porque el objeto debe adaptarse
totalmente al sujeto.
El principio social de identidad establece en función de
qué parámetros un integrante de una sociedad será
reconocido como perteneciente a ella por los demás. A partir
de dicho principio, será convocado o rechazado, será
valorado o despreciado, etc. Si en los estados-nación un
ciudadano se definía por la conciencia, su identidad estaba
configurada por los contenidos fundamentales de su conciencia:
sobre todo por su conciencia política o por su ideología.
En los estados técnico-administrativos ni la conciencia
ni la ideología inciden en la determinación social
de una identidad. El consumidor se define por sus actos de consumo.
El consumidor se define por su relación técnica
con las cosas, tramándose en una relación de necesidad-
solución, adquiriendo los problemas una dimensión
fundamentalmente práctica.
XV. La promesa del consumo. Mientras una visión
espontánea de los objetos puede concebirlos en términos
de necesidad, es necesario abandonar la prioridad de su valor
de uso para concentrarse en su valor de signo.
Sabemos que el objeto en si no es nada; que lo fundamental del
objeto son los diferentes tipos de relaciones y significaciones
que soportan. Así el consumo puede ser definido estructuralmente
como un sistema de intercambio y de producción de signos.
Solo así es explicable la moda. La moda puede ser definida
como coacción de innovación de signos o producción
continua de sentidos arbitrarios. De lo que se trata en rigor
es de proveer un material siempre nuevo de signos distintivos
El hecho mismo de ser hombre es lo que está en juego. Así
como ser hombre, en las épocas de vigencia de los estados
naciones fue poseer una conciencia, ser hombre hoy es ser reconocido
como imagen por otro que a su vez lo es.
El consumo es producción de signos. El acto de consumir
es un signo para el reconocimiento del otro. El problema es que
quien poseía una conciencia difícilmente la perdiera,
al menos la locura no constituía una amenaza cotidiana.
En cambio, hoy la imagen esta continuamente amenazada porque no
es una propiedad que se puede adquirir definitivamente sino que
hay que adquirirla todo el tiempo. La lógica de la moda
hace caer los signos validos rápidamente. Lo que ayer era
un signo, hoy puede dejar de serlo sin aviso previo.
XVI. Obligaciones y derechos. En los estados nacionales
el universo de los derechos del ciudadano se produce a partir
de la instancia decisiva de la ley. La teoría jurídica
moderna es muy clara al respecto: para que exista un derecho debe
existir una obligación. Porque en rigor, un individuo tendrá
un derecho solo si otro tiene una obligación. El derecho
no es sino la contracara de la obligación.
Llamemos modernos al estatuto de los derechos en los estados nacionales,
es decir, a aquellos que se producen a partir de la imposición
de una obligación impuesta por la ley.
XVII. Consumo y derechos. En los estados técnico-administrativos,
los derechos no son el subproducto de una ley que obliga, sino
que resultan de una afirmación directa de declaraciones
de series de derechos. El centro dejó de ser la ley para
ser el derecho mismo. Cada consumidor por el solo hecho de serlo
se proclama con infinidad de derechos. Llamemos post-modernos
al estatuto de los derechos en los estados técnico-administrativo,
es decir, a aquellos que derivan de una proclamación directa,
sin imposición de obligaciones.
A partir de aquí se puede pensar que mientras el límite
de los derechos modernos es la prohibición legal simbólica,
el tope de los derechos post-modernos es la imposibilidad real
revelada.
Para seguir con la nominación, llamemos derechos simbólicamente
producidos a los que derivan de una prohibición y llamemos
derechos imaginariamente establecidos a los que derivan de una
proclamación. El punto es que entre derechos iguales, decide
la fuerza: la imposibilidad real se revela en el cuerpo a cuerpo
de quienes, en ausencia de ley estructurante, poseen derechos
imaginariamente equivalentes. Si los derechos no emanan de una
ley sino que tienen centro en cada portador, la relación
se dirime como correlación de fuerzas.
Los poderes y las fuerzas con los que los consumidores se enfrentan
en el conflicto real de sus ilimitados derechos imaginarios no
derivan de la naturaleza de los individuos, sino que apoyan sobre
los poderes derivados de la fortuna en el mercado. El mercado
es el lugar en que cada consumidor actualiza sus derechos.
Se puede conservar el paralelo con la "ley del código"
y llamar a esta potencia o fuerza "ley del mercado".
Pero por su forma específica de operar y enunciarse, esta
ley presenta características que la alejan de la imagen
espontánea de lo que es una ley.
No tenemos con las leyes del mercado un establecimiento permanente
de las pautas que determinan lo incorrecto y lo correcto. Si con
el código existía la permanencia de unas prescripciones
siempre conocidas, con el mercado estamos ante condiciones que
varían de coyuntura en coyuntura sin explicitar jamás
a priori las prescripciones que aquí y ahora están
rigiendo. El agente del mercado siempre esta sometido a los veredictos
de un tribunal secreto que a posteriori determina cual era la
operación correcta y cual la que debía fracasar.
Pero no solo no rige para todo momento, no solo carece de explicitación;
la ley de mercado no rige igual para cada agente en cada coyuntura
sino que sus prescripciones secretas dependen de la posición
específica de agente en una coyuntura de mercado. La proclamada
igualdad del ciudadano ante la ley ha sido sustituida por los
poderes específicos de la gente ante el mercado. El mercado
es, desde largo, el ámbito de la diferencia y de la desigualdad;
en el mercado cada uno puede lo que puede.
Se puede ver en la reforma constitucional de 1994 un indicador
de estas transformaciones. En el nuevo el artículo 41 aparece
la figura del consumidor con rango constitucional. En nuestra
Norma Fundamental, además de ciudadanos, hay consumidores.
¿Y qué tiene el consumidor? Derechos. No es como
el ciudadano que tiene obligaciones y, luego, tiene derechos.
El consumidor tiene derechos. No hay ninguna instancia fundante
más que el consumidor mismo. Por su magnitud, se ve que
lo anterior no es solo un ejemplo. Pero lo importante es notar
que desde el punto de vista subjetivo la relación con la
ley es bien distinta en ciudadanos y consumidores.
En el mismo sentido, asistimos a la aparición de los llamados
"derechos del consumidor". Es lógico que así
sea. En tiempos donde el soporte subjetivo del lazo social se
ha desplazado desde el ciudadano al consumidor la referencia a
éste parece imprescindible.
Los derechos del consumidor son más efectivos que los derechos
de los ciudadanos. La efectividad aquí se entiende solamente
como la posibilidad de ejercicio. Pero también, como dijimos,
su naturaleza es distinta. Se basan en el acto de consumo, no
son derivados de una prohibición legal en el ordenamiento
jurídico del estado sino de una disposición dineria
en el mercado.
Los actos de consumo son los que engendran derechos, no hay prohibiciones
específicas sino obligaciones derivadas de ese acto mercantil.
En condiciones actuales ninguna potencia se enfrenta a la del
capital: ¿Qué se le puede prohibir al dinero?. Pareciera
que solo el dinero puede prohibir al dinero.
Es posible decir que de última, el estado garantiza estos
nuevos derechos. Pues bien, si así fuera, lo importante
es que es de última. Además cuando se concurre a
la instancia legal, el consumidor como consumidor ya ha sido vulnerado
y solo queda una sombra ciudadana que busca que se aplique la
ley. La sanción del consumidor en el ámbito del
mercado será distinta.
XVIII. Variación en el estatuto del tiempo. a)
Institución social del tiempo. Sabemos que cada cultura
instituye su tiempo. O más bien, instituye "su"
tiempo como "el" tiempo. O mejor, "cada tiempo"
instituye "su tiempo" como "el tiempo". Lo
que se quiere decir es que no hay tiempo en sí, sino que
lo que entendemos por tiempo siempre es una entidad socialmente
instituida.
En este sentido, una lógica social es solidaria con unas
prácticas productoras de temporalidad. De esta manera,
la variación en la naturaleza de una situación histórica
provoca como efecto inevitable la variación en el estatuto
de su temporalidad.
Agotados los estados nacionales e instituido el mercado en el
sitio del fundamento se altera la estructura del tiempo socialmente
instituido.
b) El tiempo nacional. El tiempo socialmente instituido por el
Estado Nación es el tiempo de la continuidad, del progreso,
del autodesarrollo. Un tiempo homogéneo pero ascendente.
Homogéneo en su contenido pero ascendente en su desenvolvimiento.
El devenir es devenir progresivo; el tiempo tiene un sentido,
el instante siguiente sucede al anterior y entre los dos instantes
se trama una relación de progreso o al menos una relación
de sentido. El instante anterior tiene efecto de sentido sobre
el que viene.
En el tiempo instituido durante la modernidad, siempre hay diferencia
entre dos instantes. El instante 1 pasó; el instante 2
es el actual. Pero el instante 1 tiene alguna eficacia sobre el
actual. En el tiempo de progreso, en el tiempo histórico,
en el tiempo de desarrollo, se comprende lo que se presenta en
el instante 2 por su diferencia específica respecto del
instante 1. Mejor, peor o diferente son tipos posibles de relación.
c) Tiempo contemporáneo. En tiempo instituido en las condiciones
actuales, en cambio, es del orden del instante. Las cosas no están
determinadas por su historia, las cosas significan lo que son
hoy. No se trata de la ruptura con lo pasado, sino más
bien de la sustitución (caída) de un instante por
otro. El tiempo nacional toma su consistencia del anterior y del
siguiente; el tiempo contemporáneo es de la configuración
instantánea, el de la sustitución de un instante
por otro. En rigor, se trata de la lógica de la moda: sustitución
del material simbólico sin alteración subjetiva.
Se trata del tiempo del instante, el tiempo del zapping, o el
tiempo del videoclip, del que tampoco tenemos todavía una
definición en regla sino ciertas pautas de funcionamiento.
Un instante no sucede a otro sino que lo sustituye. No forma una
serie significativa. El instante actual hace caer al anterior
en el no ser. No hay experiencia temporal. Hay presente eterno.
El instante actual es empujado por el que viene para caer, sin
tramarse en una red significativa.
Otra vez, no se trata de impugnar el tiempo actual sino de poder
pensarlo. La noción de vértigo monótono intenta
ser útil en esta perspectiva.
d) Vértigo monótono La temporalidad contemporánea
instituye la modalidad de sustitución de un instante por
otro. Sustitución que genera en su proceder un efecto de
vértigo, pero siendo ese su funcionamiento, también
hace del vértigo monotonía. El tiempo nacional es
del orden de la duración; el tiempo contemporáneo
es del orden de la sustitución. Duración y sustitución
pertenecen al campo de lo socialmente instituido. Esto es, son
dispositivos centrales en la producción de la subjetividad
capaz de habitar tales situaciones sociales.
El pensamiento como la intervención que introduce tiempo
en la urgencia. La monotonía vertiginosa le hace obstáculo
al pensamiento. En condiciones de urgencia, no hay posibilidad
de pensar. Pensar exige entonces producir esa temporalidad, esto
es, producir un corte en la continuidad contemporánea (monotonía
vertiginosa). Pero esta tarea nunca es definitiva, porque no consiste
en un terreno conquistado de una vez y para siempre, consiste
más bien en la institución situacional de esa temporalidad,
esto es, cada vez. Pensar es entonces producir esa temporalidad
capaz de interrumpir la monotonía vertiginosa.
e) Tiempo y alteración. En síntesis, el agotamiento
del EN es también el agotamiento de una noción temporalidad
totalizadora, donde el despliegue temporal consiste en el desarrollo
progresivo y homogéneo de la esencia nacional. La emergencia
de la temporalidad actual indica variaciones fuertes respecto
de tal noción. Pues no se trata de la sustitución
de una noción totalizadora por otra, se trata fundamentalmente
de la institución de una variedad de temporalidades. En
rigor, la experiencia de la temporalidad actual es la experiencia
de la ausencia de una única noción de temporalidad
capaz de imprimir el ritmo al conjunto de las instituciones sociales.
Se trata en definitiva de la institución de temporalidades
situacionales. La temporalidad de la moda, esto es, la sustitución
de un instante por otro, resulta apenas una de las modalidades
de temporalidad en las nuevas condiciones.
Pero ¿Cuál es la alteración? Se trata del
agotamiento de esa totalización producida por el estado-nación.
Pero no se trata de la emergencia de otra totalización
productora de sentido, se trata más bien de la inexistencia
de una totalización donadora de un sentido general. ¿Cuál
es entonces el estatuto de nuestra condición? Se trata
de una variedad de situaciones organizadas, ya no por un principio
trascendente, sino por reglas inmanentes. Cuando se trata de reglas
inmanentes, no hay ni lenguaje común al conjunto de las
situaciones, ni relaciones transferenciales entre las distintas
situaciones. De esta manera y en ausencia de una subjetividad
capaz de habitar cada una de las situaciones, cada institución
tendrá que forjar -sin suponer operaciones previas- la
subjetividad capaz de habitarla.
XIX. El consumidor (2) A partir de lo anterior, podemos
precisar la noción de consumidor como el soporte subjetivo
del lazo social producido por el consumo, que -agotada la instancia
estatal- se constituye en el mercado, con una posición
subjetiva que impone esperar todo del objeto. El consumidor está
tramado en la temporalidad del instante sin historia, y centrado
en sus derechos, enunciados desde él y sus actos de consumo
y no desde su relación con la ley ni desde su relación
con los otros.
XX. El consumo y la adicción. Desde la historia
de la subjetividad se postula que las significaciones son socialmente
instituidas. Esto significa que en el campo de las adicciones,
son las condiciones sociales de adopción de las sustancias
las que proporcionen las claves de su comprensión. Las
sustancias difieren de su sentido social. No hay drogas sino sustancias
investidas como tales.
XXI. Experimentación y consumo. A partir de esto,
es posible marcar dos tipos muy distintos de relación social
con eso que se inviste como drogas, a partir de dos soportes subjetivos
diferentes: el ciudadano y el consumidor.
Lo que interesa plantear es que esos dos modos distintos no son
estilos personales, sino que dependen de condiciones sociales
muy precisas que predeterminan el modo de relación de los
individuos con las sustancias que hoy llamamos adictivas.
En los años cuarenta se experimenta con drogas. Henry Michaux
escribe un libro que se llama Conocimiento por los abismos y registra
este tipo de experiencias . Algo de esto puede ser significativo
para pensar las adicciones contemporáneas.
La significación central del ciudadano es la conciencia.
O más bien se es ciudadano a partir de tener una conciencia.
Cuando Michaux narra sus experiencias, se ve que el problema central
está puesto en el conocimiento y no en el estado mental
de que se goza bajo el influjo de ciertas drogas especificas.
La idea de experimentación se vinculaba con un sujeto de
la conciencia que buscaba experimentar otros estados de conciencia;
estados de conciencia alterados pero con una conciencia vigilante
capaz de anotar, percibir y registrar el conjunto de esos estados
alterados inducidos, no por el consumo sino por el uso, llamémoslo
epistemológico, de unas sustancias que alteran la percepción.
Pero el sujeto de la conciencia ahí está desdoblado
en un sujeto que usa la droga y un sujeto que observa al sujeto
afectado por la droga.
Cuando el soporte subjetivo del lazo social es el consumidor el
tipo de relación específica es bien distinto. En
principio, no hay uso sino consumo.
Dijimos que el consumidor se estructura a partir del supuesto
de que el mercado proporciona el objeto realmente satisfactorio,
y en ese sentido el que consume drogas en tanto que consumidor
y no experimentador, consume no para observar cual es el estado
inducido por el consumo de tal o cual sustancia sino para conquistar
un estado de ser pleno; un estado físico y mental de plenitud.
Lo que se espera es ese estado y no una reflexión ulterior
o una integración simbólica de ese estado.
XXII. Consumo y realización. Pero aquí el
problema se complica. Porque es cierto que el consumidor espera
todo del mercado y cree que el objeto que necesita existe, y que
entonces solo tiene que buscarlo. Pero el consumo se sostiene
fundamentalmente en la promesa y no en la realización del
hallazgo. La subjetividad instituida del consumidor es la del
"buscador" del objeto que devuelva imagen de plenitud.
Pero no la del "encontrador" de objetos. El que encuentra
el objeto, es decir el que satisface la promesa del mercado se
excede de la lógica del mercado. Se pasa de esa promesa
que tiene que sostener como promesa para que la subjetividad consumidora
sea funcional al tipo de lazo social instituido.
En otros términos, la subjetividad instituida se sostiene
en la promesa y no en la consumación. La consumación
del consumidor suprime al consumidor y da lugar a un adicto. Adicto
a algo que le proporciona plena satisfacción en el sentido
que proporciona siempre el mismo estado físico mental de
plenitud.
El adicto se constituye a la vez en la realización y en
la interrupción del consumo.
El mercado produjo efectivamente el objeto que colmó a
un sujeto, pero ahora no puede ya ofrecer otro objeto a ese sujeto.
Por una vez, el sujeto ha hecho una experiencia del objeto, pero
ha quedado prisionero en la naturaleza satisfactoria de la relación.
Desde la lógica del consumo este triunfo paga un precio
altísimo: el sujeto ha desaparecido tras el objeto que
lo satisface y desde entonces lo constituye.
En rigor, puede pensarse que el rechazo cultural del tipo adicto
tiene mas que ver con su patología como no consumidor que
como infractor de la ley. Al dejar de ser consumidor, las instancias
de derivación le ofrecen una ultima posibilidad de inclusión,
el tipo subjetivo adictivo. Pero tal subjetividad se instituye
en el borde de lo socialmente permitido.
XXIII. Consumo y exclusión. Se sabe que cada sistema
social establece sus principios particulares de exclusión.
O en otros términos, que el mecanismo de establecimiento
de una inclusión se realiza a partir de una exclusión.
En la medida en que no hay sistema capaz de incluirlo todo, la
exclusión específica es fundante de su propia lógica.
La exclusión de la locura era fundante de los lazos entre
conciudadanos. En los estados actuales, el excluido es quien queda
por fuera del lazo del consumo. Ahora bien, si la operación
social sobre la locura era la reclusión; el modo de exclusión
de los no consumidores es la expulsión.
Lo que al menos se quiere dejar planteado aquí es que no
todos los homo sapiens caen dentro del concepto práctico
de hombre cuando el rasgo constitutivo de humanidad es el consumo.
El consumo es productor de imagen. El consumidor que al consumir
se reconoce como imagen se instituye como signo. Los que no acceden
al consumo, expulsados también -correlativamente- de la
imagen no pueden hacer signo: se tornan precisamente por eso insignificantes.
XXIV. Adicción y nominación. El adicto es
una nominación instituída desde la subjetividad
consumidora. Constituye la nominación social de esta grave
anomalía del consumo. La nominación social de las
prácticas adictivas se reconoce a partir de la figura del
adicto como un tipo socialmente instituido.
Entre los discursos mediático, policial, médico,
jurídico, y una serie de prácticas específicas,
se fue conformando el problema de la adicción como campo
social de múltiples problemáticas. Actualmente hay
mucho saber circulando en torno a estas cuestiones. Tanto que
se reconoce espontáneamente cual es el problema del adicto,
cual es su sufrimiento, la importancia de la prevención,
etc. Como estos saberes son administrados por el discurso mediático,
la figura del adicto es una figura reconocible por el sentido
común.
XXV. Adicción e identidad. Pero además,
la representación social del saber sobre el adicto produjo
identidad. Una identidad de última se podrá decir,
pero una identidad al fin. Máxime cuando en circunstancias
como las actuales toda identidad esta estallada o laminada, no
es nada despreciable el recurso que permite organizar el conjunto
de los momentos vitales en torno de una significación.
Hay una biografía tipo del adicto que consiste en: falta
de diálogo familiar, problemas de toda índole, un
falso paraíso, un infierno real, una palabra amiga, una
recuperación y la transformación del redimido en
redentor, es decir en recuperador. Pero se puede transcurrir una
existencia íntegra y lógicamente articulada dentro
de la marca del tipo subjetivo adictivo.
Es decir que si bien la sustancia proporciona siempre un mismo
estado físico mental, lo decisivo es que hay una marca
que proporciona identidad en torno a esa sustancia. Es decir el
saber produce como efectos la instauración de una marca
que es el reaseguro de una identidad en una condición estallada.
Si lo anterior es cierto, resta pensar que prácticas interrumpen
la donación de una identidad que en términos sociales
pareciera ser uno de los grandes beneficios de la figura del adicto.
XXVI. Adicción y legalidad. La adicción
es, entre otras cosas un problema jurídico. O más
bien, entre otros discursos, el jurídico comparte la institución
de lo adictivo y sus instituciones de derivación, tratamiento
y penalización.
Cada tanto hay una reforma legislativa o una variación
en los criterios jurisprudenciales. Cada tanto se reactualiza
el mito moderno del poder de la ley.
Sin embargo, lejos de solucionarse la amenaza adictiva es cada
vez potente.
¿Se trata de equivocaciones del legislador? ¿Son
necesarias otras leyes?
Puede ser que sean convenientes otras normas, los especialistas
serán los que deban tomar la palabra en estas cuestiones.
Desde nuestra línea, notamos por un lado que el problema
adictivo excede notoriamente la problemática jurídica
y por el otro que ha cambiado seriamente el estatuto de la ley
en términos de inscripción social.
Se puede decir que la ley nunca fue gran cosa. Pero lo decisivo
es que en tiempos nacionales la ficción legal operaba de
manera simbólica, es decir, a través de las prácticas
familiares y escolares entre otras, la ley jurídica se
inscribía como ley simbólica. En el mismo sentido,
el estado tenía el poder suficiente para inscribir y sostener
a su ley, la ley nacional, en sus habitantes interpelados como
así como ciudadanos. En otros términos, no se revelaba
espontáneamente el carácter ficcional de la ficción.
La ficción operaba eficazmente como ficción.
En otros términos, lo importante aquí es que la
ley de los estados nacionales era estructurante de la subjetividad.
O en otros términos, que el orden jurídico aparece
como instancia destinada a instituir lo vivo y a producir el segundo
nacimiento, el verdadero nacimiento en términos sociales.
Ahora bien, los tiempos han cambiado bastante. Si hay algo característico
de esta mutación de estados nacionales a estados técnico-administrativos
es la caída de la ley como ordenadora del lazo social.
Por un lado, desapareció el estado que la sostenía,
por el otro, se reveló su carácter ficcional. Por
un lado, se reforma la ley, por el otro se observa que todas las
reformas fracasan.
XXVII. Adicción y subjetivación. Los discursos
se preguntan: ¿Cómo salir de la adicción?
En términos de subjetividad el historiador se pregunta
si es posible habitar una subjetividad distinta a la instituida.
Es decir: ¿Es posible habitar una subjetividad distinta
a la adictiva? ¿Es posible habitar una subjetividad distinta
a la consumidora?
En historia de la subjetividad distinguimos entre subjetividad
instituida y subjetivación. Llamamos subjetividad instituida,
al tipo de ser humano que resulta de las prácticas discursivas
propias de una situación. Llamamos subjetivación
a los procesos, por los cuales se va más allá de
la subjetividad instituida. A partir de un plus producido por
la institución misma, se organiza un recorrido más
allá de las condiciones que altera esas condiciones. La
hipótesis decisiva aquí es que a partir de haber
instituido un tipo de humanidad específica se produce algo
más; y ese algo más permite criticar o desarticular
o ir más allá o al menos destotalizar ese tipo de
humanidad específica que se ha instituido en esa situación.
Pero también, siendo la reproducción de las relaciones
sociales una consecuencia de las operaciones sobre la subjetividad
y el lazo social instituidos, la alteración de esas relaciones
sociales -para la historia de la subjetividad- no podría
tener un origen distinto. En rigor, reproducción y alteración
no son sustancias heterogéneas sino operaciones sobre una
misma superficie social. Es decir que se trata de operaciones
pero también se trata de operaciones organizadas por una
lógica distinta en cada caso. Importa aquí menos
el procedimiento de esas operaciones que la insistencia en un
origen común en cada uno de los procedimientos (reproducción
y alteración).
XXVIII. Agotamiento de las estrategias de intervención.
Uno de los problemas más serios desde esta perspectiva
es que el agotamiento del EN es también el agotamiento
de sus estrategias de intervención. Esto es, los procedimientos
efectivos en una dinámica social simbólicamente
articulada, no lo serán en una lógica de conexión
real.
La estrategia de intervención del EN es la estrategia de
las causas. En superficie nacional, la causa resulta fuerza instituyente,
y justamente por ello es superficie de intervención. La
relación causa/efecto es expresiva en tanto hay previsibilidad
entre una causa y su efecto. Esta previsibilidad es posible en
una superficie social articulada simbólicamente. Siendo
la articulación simbólica función del EN,
las estrategias de intervención son -durante buena parte
de los siglos XIX y XX- la toma del estado, es decir, la toma
de esa causa capaz de simbolizar.
En condiciones de conexión real, no hay causa capaz de
producir previsibilidad alguna, en rigor, no hay causa capaz de
instituir un ordenamiento simbólico. ¿Cuál
es entonces la estrategia de intervención? La estrategia
resulta una tarea sobre los efectos. Esto es, en ausencia de un
estado capaz de producir a priori un ordenamiento simbólico
y en presencia de un mercado que conecta situaciones de modo imprevisible,
la simbolización -la producción de un sentido- es
un trabajo situacional sobre los efectos. La estrategia es situacional
porque no hay totalidad nacional sino situaciones dispersas; es
sobre los efectos porque no hay causa capaz de producir un sentido
a priori.
En este sentido, cuestionar las estrategias tradicionales parece
ser un sitio nada menor de intervención efectiva.
¿Cuál es entonces la naturaleza de nuestra condición
actual? La emergencia de unas prácticas sin representación.
Se trata de la organización de unas operaciones y dispositivos
productores de subjetividad que no se dejan tomar en su especificidad
por la lógica del estado nación. ¿Por qué?
Porque el agotamiento del Estado Nación como pan-institución
donadora de sentido es también el agotamiento de sus recursos
de pensamiento. Luego, las prácticas (sin representación)
no podrán ser leídas en su novedad por ese esquema
de pensamiento. En definitiva, la estrategia de pensamiento capaz
de sostener esa novedad demandará la elaboración
de una variedad de herramientas situacionales.
XXIX. Historización y subjetivación. Por otro
lado hemos planteado que vivimos en una alteración muy fuerte
del tiempo socialmente instituído. Desde la historia de la
subjetividad se piensa en sus modos de historización. Pero
¿Qué es historizar el tiempo socialmente instituido?
¿En qué consiste la subjetivación de la temporalidad
instituida? No hay estrategia general de subjetivación, pero
la operación lógica consiste en la producción
de una diferencia respecto de lo instituido, diferencia que produce
inevitablemente alteración. Se trata, en rigor, de la institución
de una temporalidad capaz de producir un sentido otro para esa situación.
Si el tiempo socialmente instituido opera como duración,
la subjetivación podrá consistir en historizar esa
continuidad e instituir un corte. Si el tiempo socialmente instituido
opera como pura sustitución, la subjetivación también
podrá consistir en la introducción de un corte, pero
el corte tendrá que ser capaz de quebrar esa continuidad
vertiginosa, y así producir un sentido. Se trata en definitiva
de una operación de historización sobre la noción
de temporalidad socialmente instituida.
Una observación. Historizar es historizarse. No hay posibilidad
de historizar una situación, sin historizarse. ¿Por
qué? Porque la historización de una situación
es la historización de sus habitantes. Si hay chance de historizar
sin historizarse, no hay habitantes de una situación. Más
bien, hay amos u observadores de un objeto. Tanto el amo como el
observador permanecen ajenos a la alteración. En estas condiciones,
los agentes de la transformación no se dejan tomar por la
transformación.
Ahora bien, si el problema es como se constituye un sujeto capaz
de alterarse, es absolutamente necesario pensar como se compone
la subjetividad instituida de la que se parte. Será necesario
pero no suficiente. Se necesitará el trabajo profesional
de especialistas en el problema específico en se intervenga.
La subjetivación es más el nombre de una incógnita
que una receta disponible. Pero si algunas de las cuestiones planteadas
pueden incidir en la reflexión de quienes están incómodos
con su saber o su práctica, el recorrido no ha sido en vano.
Ricardo Alvarez
H/a
Historiadores Asociados
Nota: H/a es un grupo de historiadores egresados de la carrera
de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la
U.B.A. Su práctica consiste en proporcionar herramientas
de pensamiento histórico para las situaciones en las que
interviene. Su campo de trabajo es el de la historia de la subjetividad.
En este sentido, intenta situar las posibilidades y los obstáculos
derivados de las múltiples transformaciones contemporáneas.
H/a ha sido convocado para intervenciones, cursos y conferencias
en diversas instituciones psicoanalíticas (AAPPG, APA,
CPF, APDEBA, CEAP, FORO, etc.), servicios hospitalarios ( Asoc.
de residentes de Salud Mental, Hospital Ameghino, Hospital Argerich,
Hospital Larcade, Hospital Roffo, etc.), organizaciones educativas
(Colegio Santa Teresa de Jesús, Colegio Martín Buber,
Facultad de Psicología de la U.B.A., U.C.A., etc.) y gubernamentales
(CENARESO, Servicio de Adicciones de Lomas de Zamora, etc).
Integran H/a Ricardo Alvarez, Diego Bússola, Mariana Cantarelli
e Ignacio Lewkowicz.