Introducción
Este trabajo tiene su origen en dos investigaciones realizadas
desde la antropología social. Una consistió en la
temática de adictos dentro de una institución estatal
especializada en la prevención y rehabilitación
de la drogadicción, y la otra sobre los profesionales que
actuaron en ella. Brevemente, el enfoque adoptado pretender la
lógica particular y los conocimientos sociales y culturales
de los agentes sociales. En este sentido, los testimonios recogidos
reflejan la vivencia subjetiva de quienes viven el problema sin
pronunciarse valorativamente sobre él. En este trabajo
hemos preferido dejar que hablen los actores sin extremar el análisis
de sus manifestaciones. Simplemente clasificamos el material de
entrevistas en una serie de ítems, esperando que de esa
manera sus testimonios lleguen al lector en forma un tanto más
organizada. La primera parte (los adictos) fue recogida en 50
entrevistas a pacientes de esta institución. Se trata de
un universo heterogéneo, formado por individuos que en
su mayoría provenían de una clase social media y
con edades que oscilaban entre 25 y 40 años, de ambos sexos,
a quienes vi en la institución con la intención
de entrevistarlos también fuera de ella. Traté de
establecer con ellos una relación informal y directa, obteniendo
una respuesta muy buena.
Al estudiar el campo de las relaciones sociales de los pacientes
internados en la institución pude distinguir su estructura,
función y organización, aspectos separables pero
a la vez conexos que resulta necesario conocer para un estudio
cabal del proceso social. Este análisis parte de la concepción
que el adicto tiene de sí mismo, a través de la
relación que mantiene con su cuerpo, con el mundo perceptivo
creado a partir del consumo de la droga. Asimismo, es necesario
comprender el modo en que dicha relación sirve a determinados
fines, es decir, dentro de la función de la droga se ahonda
el consumo propiamente dicho, las causas de su consumo, la desviación
y, por último, la relación de la droga con la sexualidad.
Posteriormente, esta interpretación expresa otras vinculaciones
sociales en las que incluí las relaciones familiares, las
relaciones con amigos adictos y no adictos, y la inserción
laboral del paciente previa al momento de su internación.
Por último, dentro del contexto de mis observaciones, el
nivel más amplio, el que abarca casi por completo toda
la gama de asociaciones, consiste en la visión que el adicto
tiene de su mundo y de la sociedad, y sus actitudes frente a la
legalidad y las instituciones.
En cuanto a los profesionales, trabajé con médicos,
psicólogos, sociólogos, asistentes sociales, musicoterapeutas,
cuyas edades oscilaban entre 30 y 45 años, de ambos sexos,
a quienes entrevisté dentro y fuera del contexto institucional.
En primer lugar, la óptica se centra en el estudio del
discurso científico sobre el paciente como actor social,
su adicción y su familia. Para ello, se focaliza el concepto
de paciente, su concepto de salud y enfermedad, el uso de la droga
y su contexto familiar. En segundo lugar, se parte del otro actor
social, el mismo terapeuta, que ahonda los conceptos que tiene
sobre sí mismo, sobre su propia producción, su motivación
profesional y la imagen de la institución como contexto
sociopolítico. Por último, el estudio se profundiza
en la interacción entre el paciente, su familia y el terapeuta
dentro del marco institucional; es decir, la relación terapeuta
y el grupo, la relación terapeuta y paciente, la vinculación
familia y paciente, y el problema de la reincidencia dentro de
la dinámica institucional. Deseo aclarar que esta investigación
fue realizada antes de que se produjeran los cambios de autoridades
a principios de 1986.
Deseo agradecer a mi director de proyecto, el Lic. Carlos Herrán,
al CONICET, a la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales
(FLACSO), a Pablo Mermet y a todos los profesionales y pacientes
que me apoyaron en esta labor.
El adicto y la visión de si mismo
A. Concepto de sí
Una música (34 años): "Creía que era
más importante que los que no se drogaban y en todo sentido
me sentía superior. En ese momento creía ser la
elegida de Dios o del Diablo, ya que me siento totalmente frustrada.
No me gusta mi forma de ser y me gustaría cambiar completamente.
Me cuesta mucho sacarme la onda de superioridad, ya que, por el
contrario, soy una pobre drogadicta que hubiese triunfado si no
hubiera sido por las drogas".
Brevemente, en los testimonios registrados, la principal complejidad
de estas vidas humanas es la confianza o negación de suidentidad,
es decir una ambivalencia que provoca angustia en el juego individual
de la confirmación y la negación de ellos mismos.
De este modo, se observa una particular confusión de limitaciones
y realizaciones que giran en torno de sentimientos de inferioridad,
de confianza personal y de afirmación junto a otros valores
positivos.
B. Relación con el cuerpo
Una trabajadora no calificada (25 años): "Había
peleado con mi compañero y me tomé dos frascos de
Vespara X Fuerte con media botella de alcohol de 96 grados. Cuando
me desperté aparecí en terapia intensiva. Me contaron
que estuve cuatro días en coma y salí. Pero, como
mi idea no era vivir, salí de la primera internación,
volví a casa a hacer lo mismo. Otra vez terapia intensiva,
estado de coma".
Se define un sentimiento de destrucción donde se advierten
señales de dolor, ansiedad y pánico. Consecuentemente,
las necesidades básicas se ncuentran en permanente conflicto
entr los intereses particulares de un estilo de vida obstruido
en cuento a su desarrollo vital y el dictado por las normas sociales.
C. Mundo perceptivo
Un trabajador calificado (33 años): "Una de las drogas
que más me gustó fue el ácido lisérgico
que es un alucinógeno puro. Se ven transformaciones de
muchas cosas, mucho movimiento, mucha liberación del ser
interior. Se ven destellos de colores. Creo que me hace mostrarme
tal cual soy por dentro. Por otra parte, es como tener el ´tercer
ojo´ que significa poder reconocer a los demás exactamente
como son. O sea, no saber precisamente lo que piensan sino saber
qué onda es la que están tirando, si entienden o
no sobre ciertas cosas que les estoy diciendo".
Se concluye que las restricciones sociales a las que ha de doblegarse
el individuo (su "programación cultural") se
quiebran en un invento de ver u organizar su vida social, originado
en el consumo de drogas y en las consecuentes experiencias de
alteraciones espaciales, olfativas, auditivas y táctiles.
El adicto y su relación con la droga
A. El consumo
Un profesional especializado (45 años): "... y ahí
empiezo a incursionar en la droga, cuando termino mi residencia
y tengo que largarme a la medicina competitiva, a la medicina
individual frente al matrimonio, al nacimiento de mi único
hijo y frente al trabajo que me imponía excesivos deberes
y obligaciones".
En las entrevistas se expresaron profundas convicciones de elementos
negativos (peligrosidad, problemas físicos y mentales).
En estas concepciones conflictivas se observa que el ethos de
esta "subcultura" posee modalidades que determinan expectativas
personales no sólo hostiles, sino también benignas.
De esta manera, como expresé anteriormente, el gusto de
consumir un objeto ilegal provoca un cambio a partir de una conmoción
interior, a un nuevo dominio en el cual el adicto pasa a manejarse
con otros códigos.
B. Causas de su consumo
Una trabajadora no calificada (30 años): "Yo mantenía
una relación esporádica con un par de muchachos.
Nos poníamos las pautas de lo que estaba bien o mal en
relación con el mundo en el que vivíamos. Así
fue como un día uno de los integrantes trajo marihuana
porque pensábamos que íbamos a evitar el aburrimiento
en el trabajo y en el estudio. Me sentía bien, relajada,
tranquila con todos. Tiempo después, trajeron pastillas
y las consumimos. Nos rebelábamos, criticábamos
a todo el mundo, al gobierno, a la familia. Sentía que
bajo el efecto de las drogas podía hacer cualquier cosa
ya que no tenía que estar preocupándome siempre
de lo que me decían, si me querían, si era aceptada".
Brevemente, la idea subyacente apunta a la posibilidad y la necesidad
del individuo de proveerse de una multiplicidad de juegos, de
fantasías, y de la realidad que no les proporciona un sentimiento
de participación. Otro aspecto más es la alusión
a una "ayuda", a algo de lo que el individuo carece
y que la droga "otorgaría" en una peculiar interacción
con el medio. Estas reacciones, por lo tanto, son definidas por
ellos mismos como el actuar y reaccionar a un contexto general
de una manera directa a las acciones de los otros.
C. Drogadicción y sexualidad
Una trabajadora calificada (44 años): "En un comienzo
sentía que la droga me incitaba a acostarme con mi marido.
Sentía que yo era libre porque, de lo contrario, le tenía
vergüenza y miedo. Al continuar consumiéndolas, las
relaciones sexuales con él se convirtieron en una agresividad
no manifestada hasta sentirme asexuada".
Por esta crisis en su sistema de participación, el paciente
buscará, en lugar de la madurez de una íntima reciprocidad
sexual, una relación de aislamiento y una ruptura de límites.
Además, cabe destacar que el sentimiento de dedicación
mutua surge esporádicamente en las entrevistas, como se
observa en la cita de arriba, contradiciéndose con una
confianza paradójica puesta en la droga para establecer
un vínculo con los demás.
D. Relación con la droga
Un músico (26 años): "La drogadicción
no es tan perjudicial como el alcoholismo y el tabaquismo. La
única pálida es que hay leyes que están en
contra de la drogadicción, pero no de las otras dos. Yo
soy drogadicto y me encanta serlo aunque me debilitaron. Terminé
rayándome muchísimo y ahora estoy intentando comenzar
unanueva vida".
Se evidencia una indestructible coartada del pensamiento en la
toma de decisiones, manifestada en este nexo droga - individuo
apuntando, además, a la formulación de una jerarquía
de significados, al cuestionamiento del orden legal, a las gratificaciones
y a la calidad de las oportunidades que la droga le brinda. Contrariamente,
en estas salidas alternativas elaboradas por estos pacientes,
el sentimiento de duda y de negación obstruye las acciones
en el manejo de su mundo, ya que está presente el "no
debería hacerlo".
E. Droga y desviación
Una trabajadora calificada (31 años): "Yo vivía
con la idea de un mundo irresponsable, un mundo totalmente fuera
de toda normativa. Construía un mundo indiscriminado, absolutamente
libre donde todo era paz y donde no existían pautas sociales.
Fundamentalmente era era que no existían pautas sociales.
Yo transgredía las normas: llagaba fuera de los horarios
de comidas, venía con mis amigos en cualquier momento.
Me retaban y yo seguia rompiendo conla dinámica familiar".
Se observa una compleja mezcla de convicción y escepticismo;
la primera en las razones que justifican su accionar y la segunda
en cuanto a la invalidez de las normas sociales. Esta tolerancia
manifestada enel juego social implica, de esta manera, un constante
"apartamiento" de la norma y una falta de necesidad
de contribuir en su significado.
El adicto y sus relaciones sociales
A. Relaciones familiares
Un trabajador calificado (30 años): "Yo sentía
que en mi familia había poco amor y comprensión.
Me sentía vacío espiritualmente y trataba, a pesar
de ello, de mantener una relación más cercana y
más cálida con ellos. Después de internarme,
mis padres empezaron a pelear mucho más que antes hasta
que se separaron".
Aquí, el ethos del paciente muestra la toma de conciencia
acerca de un fracaso de la familia como núcleo primario
de socialización. Este fracaso se manifiesta en la frustración
de un sistema basado en la supresión, exclusión
que aceptan consiente e inconscientemente cada uno de los miembros.
Estos mecanismos sociales se evidenciaron en la insatisfacción,
en profundas resignaciones, en sentimientos de autorreproche y
en un abandono familiar. Asimismo, evidencias de inquietud y malestar,
en carencias afectivas, la imagen familiar débil, son interpretadas
como integrantes de la vida grupal humana.
B. Relaciones sociales
Una trabajadora no calificada (42 años): "Yo no leía
ni tenía muchos amigos. Mi familia estaba en el campo,
en el Uruguay, y la única persona con la que conversaba
era con otra chica de la pensión. Ella me empezó
a dar tranquilizantes y antidepresivos porque de lo contrario
podía estar todo el fin de semana en cama y sin salir de
mi cuarto".
Se detecta una temática dominante que se basa en un sentimiento
de exclusión de la vida social y por el cual se produce
una disolución del individuo dentro de las conductas culturales
de la cual procede, mecanismo sustentado por una resocialización
y una normatización de dicha exclusión. Estos conflictos
apuntan, por lo tanto, a una crisis de desesperada y profunda
dimensión; crisis acrítica como la de este caso,
sin significación en lo personal ni social.
C. Relación con amigos no adictos
Un trabajador no calificado (38 años): "Tenía
unos amigos con los que jugaba al ajedrez. No siempre podía
ir drogado ya que ellos no sabían nada. Me gustaba estar
con ellos y hablar de pintura, cine, literatura. No los veía
como unos caretas como lo entienden muchos de acá. Una
vez me encontré con ellos y estaba muy drogado. Sospecharon
algo y yo terminé confesándome. Me empezaron a decir
que dejara de drogarme, que empezara a tratarme, que no me iban
a abandonar porque me querían".
La valuación de este comentario pone de manifiesto una
oscilación entre lo fantástico y lo real que caracteriza
a todo el mundo del paciente. Esta relación impone una
jeraruización social que implica discontinuidad, formas
desarticuladas y unidad compensatoria, de acuerdo con las imperiosas
y arbitrarias exigencias de la subjetividad.
D. Relación con amigos adictos
Un trabajador no calificado (31 años): "Tenemos ondas
iguales y por eso nos amábamos mucho. Nos reuníamos
para drogarnos y hacer música las 24 horas. Creíamos
que hacíamos esto mejor. Los vecinos se quejaban y tuvimos
problemas hasta que la mayoría cayó en cana. Antes
de tener estos problemas, vivíamos experiencias delirantes,
muy fuertes y fuera de lo común".
Se desprende que la dedicación mutua y la consolidación
penetran en un estilo de vida que los vincula en la necesidad
de distanciamiento para fortificar el propio sentimiento de identidad
expresado en una solidaridad e intimidad peculiar. Por tal motivo,
en este sentimiento de identidad, se considera a todos los que
están afuera del mismo espacio bajo una fanática
hipervaloración de las diferencias entre el propio mundo
y el exterior. Este fortalecimiento en el sistema de relaciones
sociales sufrirá una ruptura expresada enel desorden social
y en la pérdida de las potencialidades útiles.
E. Inserción laboral
Una trabajadora no calificada (27 años): "Con Roberto
nos drogábamos desde que éramos novios. Cuando nos
casamos ya no podíamos trabajar sin drogarnos. Hacíamos
túnicas y después que nos fue mal empezamos con
remeras en batik o bordadas. Como estábamos todo el día
dados vuelta ni las podíamos vender, así que siempre
hacíamos algo que nos copara. Cuando nos aburrimos de eso,
empezamos con el cuero. Las vendíamos muy baratas en la
calle con tal de sacar algo de dinero y comprar merca".
La crisis en el sentimiento de laboriosidad va acompañada
por el desarrollo de un extrañamiento de sí mismo
y de las propias tareas. La preocupación por el rendimiento
exitoso como pauta normativa en nuestra sociedad se ve mutada
en un agudo trastorno de dicha capacidad laboral expresado por
el inevitable consumo de drogas. El efecto de éstas en
el intento de inserción en el sistema productivo del adicto
(antes de su internación) evidencia contradicciones basadas
en la superioridad de la conducta de drogarse y en la necesidad
de su consumo para establecer eslabones sociales y así
lograr su inserción. Esta contradicción se cristalizará
finalmente en la conciencia de no estar sano ni inserto laboralmente.
El adicto y su visión del mundo, de la sociedad y de las
instituciones
A. Imagen de la sociedad
Un trabajador calificado (36 años): "Yo soy peronista
aunque no creo en los gobernantes. No leo libros sobre política
ni milito en este partido político.
Me drogaba porque no soportaba que la sociedad fuera materialista,
agresiva y competitiva. Además veía que la sociedad
tiene leyes que son respetadas por muy pocos que creen en ellas.
Yo creo que debemos hacer que todo sea más respetable,
es decir, que la gente sea más espiritual y no sólo
insensible e injusta".
Se evidencia que para el paciente los valores dominantes de la
sociedad carecen de reconocimiento, posibilitando, de esta manera,
la transgresión de las reglas y la percepción fragmentaria
de lo normativo. Esto trae como consecuencia un sentimiento de
escepticismo generalizado en la estima del individuo. Los testimonios
formulan acusaciones y menosprecios en relación con los
factores que operan sobre los individuos. Se documentaron, consecuentemente,
francos sentimientos de intolerancia y rivalidad hacia el orden
social, siendo remarcadas las implicancias ideológicas
del poder y la autoridad en la perspectiva individual de estos
pacientes y de su consecuente desequilibrio social.
El punto de vista del profesional
El paciente, su adicción y su familia
A. Su concepto de paciente
Un psicoanalista (36 años): "Cada paciente tiene
sus propias características donde cada historia es individual.
Es muy difícil una caracterización, pero como rasgos
generales son muy comunes los ritos de drogarse en grupo, el inyectarse
unos a otros. Forman ´cofradías´ y lo que cuentan
alrededor de la droga es semejante a una rebeldía, a un
desafío contra lo que está instituido. Hacen referencia
a que nada es respetable, a los prejuicios de la sociedad, a sus
mentiras. En términos generales, siempre tienen defectos
para remarcar, ya que la droga es un objeto prohibido para el
orden social, se puede afirmar que la drogadicción aparece
como una pantalla frente a otra problemática que no tiene
nada que ver con esta situación".
La caracterización del paciente es la de un "marginado
social" y tal legitimación de la exclusión
es definida como la toma de conciencia acerca de un fracaso de
los mecanismos individuales, familiares y sociales. Asimismo,
se notó una tendencia a considerarlos como "desequilibrados",
con "personalidades infantiles", "disminuidos"
o "no hombres", es decir, individuos incapaces de acceder
a la "cultura superior" a causa de grandes problemas
psicológicos y sociopsicológicos, como por ejemplo,
debido a conflictos producidos en la familia y la sociedad.
B. Su concepto de salud y enfermedad
Un psicólogo (37 años): "Las ideas de salud
y enfermedad están vinculadas, en la práctica diaria,
a la idea de que menos droga implica más salud y el abandono
de su consumo con su externación y el éxito terapéutico.
Este éxito implicaba que el paciente hubiera bajado el
nivel de ansiedad y que tuviera una cierta estabilidad dentro
de su vida y su medio familiar y social. Esta estabilidad era
débil ya que era típico en estos pacientes que una
vez externados se vinieran abajo absolutamente. La recuperación
psíquica se buscaba analizando las situaciones que estaban
detrás del drogarse, es decir de los síntomas que
lo llevaban a tal actitud. Por tal motivo, la situación
saludable en estos pacientes era que hicieran consciente aquellos
conflictos y angustias que yacían en su inconsciente para
producir modificaciones y nuevos efectos".
El profesional piensa que para entender las razones de sus conflictos,
los pacientes deben reconocer que la opresión real es de
índole psicológica. Esta racionalidad apunta a la
socialización del paciente en la esfera social-individual.
Además, las interpretaciones apuntan a que existe una relación
con la estructura familiar y social, vinculada a sus reacciones
y contradicciones de su medio ya que es "un enfermo"
y "un delincuente" por ubicarse dentro del marco de
la ilegalidad. Por otro lado, la drogadicción aparece como
una expresión deformante y mistificadora de la realidad
agravada, en primer lugar, por la ausencia de una clara definición
de los conceptos de salud y enfermedad basada en una arbitrariedad
conceptual.
C. Uso de la droga
Un psicoterapeuta (37 años): "En general, el uso
de la droga en estos pacientes responde a que no tienen nada establecido,
no pueden organizarse mínimamente ni en lo laboral ni en
lo educacional ni en lo familiar ni en lo social. Por tal motivo,
su consumo. Dicho consumo puede ser elevado (aquí estarían
comprendidos los pacientes que no pueden hacer otra cosa que drogarse,
que no pueden trabajar ni estudiar) o moderado (estos pacientes
generalmente trabajan o estudian y en ellos el consumo puede ser
manejado)".
En las respuestas dadas por los profesionales, el peso recae en
el contexto familiar y social en el que se articula su uso. Se
insiste en la acción sobre el individuo y las relaciones
que se establecen merced a este objeto (la droga). De esta manera,
se atestigua su carácter "organizativo" (la búsqueda
de la libertad, de sus padres, etc.) en el desarrollo del paciente,
otorgando un valor psicosocial de su función y sentido
que introduce al individuo a un particular estilo cultural. Consecuentemente,
en el discurso científico, la tradición del consumidor
produce determinados efectos ya que los intercambios no son "normales"
debido a las actitudes esenciales de una falta de proyecto vital,
o sea, una carencia en el estilo de su propia individualidad.
D. El contexto familiar del paciente
Un musicoterapeuta (32 años): "Recuerdo oir hablar
a una madre sobre su hijo adolescente: ´Para mí es
como si estuviera en el inodoro... yo tiro la cadena.´ Ese
era el tipo de mensaje que se escuchaba a diario. Era como si
le dijera: ´No me importás.´ En cambio, se
observaba que cuando la familia colaboraba, la evolución
del paciente era completamente distinta. Eran familias con características
de ilegalidad donde no había un marcado manejo de los límites.
En general, las características para mencionar son: madres
con patologías severas (o prostitutas o alcohólicas),
familias muy abandonadas con adicciones o suicidios previos".
Las conclusiones se refieren a que el paciente, inserto en esta
red interactuante (su familia) funciona en la óptica del
profesional como "trágico personaje" dentro de
esta estructura socialmente desorganizada. En la búsqueda
de una explicación científica, la falta de roles
sociales se considera como uno de los orígenes de esta
patología. En la rotulación como familias "irremediablemente
desviadas" de las normas, divididas y desintegradas, el deterioro
de la afectividad dentro de ellas anula la espontaneidad de crecimiento
de sus miembros. En consecuencia, el análisis de estos
discursos apunta a que todo el universo del adicto y de su familia
es una reacción irracional a un orden social y a la crisis
y cambios de las necesidades humanas.
El terapeuta y el marco institucional
A. Concepto de los profesionales sobre sí mismos
Una asistente social (32 años): "La impresión
que tengo es que era muy joven para desempeñarse profesionalmente
en una patología tan difícil de trabajar. La formación
de un equipo profesional, mi grupo de estudio y de control, ayudaba
a la comprensión del tratamiento, y mi psicoanálisis
individual me permitía separarme, desvincularme de la patología
y de la institución".
Respecto de esta observación, muchos fueron los profesionales
que resaltaban características psicológicas basadas
en una falta de autoestima y en crisis en el desarrollo profesional.
Estos rasgos apuntaban de esta manera a una falta de cuestionamiento
de la propia autoridad. En consecuencia, expresaron la vivencia
de dotes especiales fundamentados en una labor altamente creativa
y profunda.
B. La visión de los profesionales sobre su propia tarea
Un psicólogo (37 años): "Considero que el
trabajo interdisciplinario tiene que ser muy bien llevado. No
se tienen que borrar los límites de cada profesión.
En realidad, el carácter interdisciplinario se conforma
cuando todas las disciplinas se entrecruzan y no existe preponderancia
de una sobre otra. Cuando esto era posible, observábamos
que el tratamiento de los pacientes era un éxito".
Esta opinión apunta a destacar una frustración en
el campo terapéutico debido a desarrollos desiguales en
la tarea y a una confusión de roles que favorece la competencia
y jerarquización de las profesiones y debilita el tratamiento.
La distancia social creada entre los mismos profesionales y entre
éstos y los pacientes dificulta notablemente el buen desempeño
del grupo como equipo terapéutico.
C. La motivación profesional
Una asistente social (26 años): "La idea de rehabilitar
a un drogadicto, de ayudarlo a vencer sus temores, sus frustraciones
y lograr que dejara de drogarse me llevó a aceptar el trabajo
en esta institución. Esta ayuda, esta omnipotencia en mi
práctica terapéutica me llevó a internarme
profundamente en este tema como el trabajo con discapacitados
físicos y alcohólicos, como otros marginados".
La característica sobresaliente de esta profesional es
la pretensión omnipotente de "sanar al enfermo"
merced a los atributos que le son propios; de convertir al "inepto
social" en "ciudadano útil", con la intención
subyacente de remarcar las diferencias existentes entre ella y
el paciente, sintiéndose así en el ejercicio del
poder que le permitiría decidir si el paciente había
franqueado la barrera salud-enfermedad en cualquiera de las dos
direciones.
D. La imagen de la institución como contexto sociopolítico
Una psicoterapeuta (32 años): "La impresión
que tengo es que la institución funcionaba como una sociedad
minúscula que alentaba a los pacientes en todo momento.
Dentro de ella tratábamos de crear nuevos vínculos
para poder construir nuevas imágenes y relaciones personales
y familiares. Por este motivo, podíamos hacer un montón
de actividades pero, a medida que fue pasando el tiempo veíamos
que la institución tenía falencias ya que no todos
los adictos se curaban. Junto a esto, los salarios fueron bajando
mucho..."
Se desprende que la visión de la institución según
la conducta individual del profesional se ajusta a las relaciones
ordenadas de las partes con el todo, a la disposición en
que se eslabonan los elementos de la vida social. Esto significa
que la subdivisión de los "roles" traduce una
relación asimétrica practicada en el marco institucional.
El diagnóstico impuesto en este espacio - espacio de poder
- descubre en la práctica su verdadera dimensión:
la exclusión a favor de un ordenamiento social. Esta concepción,
distancia y tranquilidad que elabora un conjunto de conocimientos,
medios y prácticas están destinadas ala resolución
de la enfermedad desde el espacio determinado por la norma. Esto
es, desde la "normalidad" para realizar adaptaciones
soiales satisfactorias de aquellos que no pueden incorporarse
al proceso productivo.
El paciente, su familia y el terapeuta dentro del marco institucional
A. Realción terapeuta.grupo familiar
Una psicóloga (34 años): "Eran familias que
no soportaban al hijo. Muy pocas eran las que colaboraban y esa
actitud repercutía en el tratamiento y en la evolución
del paciente. Por tal motivo, orientábamos a los padres
para aclararles que el problema no era sólo del hijo sino
que todo el grupo familiar participaba de esta enfermedad. A pesar
de ello, era constante que no apoyaran el trabajo terapéutico".
Resalta en la entrevista que junto a otros, uno de los aspectos
de la relación se refiere a la complejidad de la crisis
en este juego social. Este desajuste expresado por la soledad,
la incomunicación y la impotencia conforman los aspectos
psicológicos y sociales de dicha insuficiencia. Por tal
motivo, se observa que la práctica rehabilitadora apunta
a la "reformulación" de lo mal formulado dentro
de dicho contexto.
B. Relación terapeuta-paciente
Una psicóloga (36 años): "En general, hacen
muchas críticas a la institución. Esto lo escuché
a lo largo de los años de práctica y estas críticas
se referían a que la institución era lenta en cuanto
a los informes judiciales o decisiones para salir. Esto producía
situaciones de tensión en su rehabilitación. Como
éramos conscientes de esto, elaboramos una buena imagen
de grupo profesional ya que eran pacientes psicóticos que
trataban de buscar fisuras y quebrar el equipo. De esta manera,
formamos un bloque o intentamos centralizar al equipo tratante
para evitar la transgresión entre nosotros".
En el discurso de esta científica, el desorden social es
atribuido, como en otros casos, al paciente, y diagnosticado como
una producción regular en dicha relación social.
Ante el factor de inseguridad y de defensa que los pacientes padecen,
como las autoagresiones físicas al no verse satisfechos
en sus demandas, los profesionales imponen un contexto de curación.
Esta situación implica el compromiso de establecer "nuevos"
vínculos en un mismo contexto social, sustentando, en realidad,
un sistema de antiguas normas sociales. Por otro lado, esta estructura
rehabilitadora está basada, como ya comenté anteriormente,
en la exigencia de conformidad de la condición "enferma"
del paciente, apuntando en estos casos a una aplicación
de un régimen de castigos y premios como los que frecuentemente
se utilizan en las instituciones cerradas (las prisiones).
C. Relación familia-paciente
Una psiterapeuta (33 años): "En las reuniones familiares
(actividad terapéutica grupal) aparece frecuentemente que
el paciente es dejado de lado y que no saben qué hacer
con él. Se quejan de que no pueden hacer nada para modificar
la conducta del hijo que rompe vidrios u otros objetos en la casa;
es decir, que no lo pueden controlar.
Se producen situaciones tiránicas, miradas ceñudas
junto a regaños y castigos".
Repetidamente, se observa en el material de entrevistas que la
presencia de la "enfermedad mental" incorpora la necesidad
de desaparecer "lo diferente" de la dinámica
familiar. Esta crisis en el proceso de socialización familiar
está basada en un criterio inadaptativo, en una falsa cohesión
intrafamiliar. Esto produce, en consecuencia, una interpretación
basada en el crecimiento de dicha estructura hacia una crisis
de control social manifestada en imágenes de desintegración,
desestabilización, competencia, culpabilidad, etc.
D. Reincidencia
Un psicoanalista (43 años): "Se puede considerar
qye situaciones buenas de alta del paciente no se daban. Eran
personalidades muy dependientes y desorganizadas que en cuanto
les ordenabas lo que tenían que hacer, funcionaban más
o menos bien, pero quitada la institución del medio, se
veían embargadas por la necesidad de drogarse y se descontrolaban.
Los casos de adicciones más leves y un área de vida
más organizada eran los que funcionaban mejor. Por estas
causas, lo que conseguíamos generalmente era disminuir
esta frecuencia de consumo. Es decir, era sumamente difícil
su recuperación ya que, como le habíamos mostrado
entre los profesionales, ellos habían cambiado pero la
sociedad no".
Brevemente, la dificultad en la resolución de dicha enfermedad
tiene su razón de ser - en el contexto de creencias del
profesional - principalmente en la estructura psicológica
del paciente. Como vimos anteriormente, estas prácticas
se ven perturbadas de igual manera por la estructura familiar
y, según otros testimonios, por la estructura social. Consecuentemente,
se fundamenta un lugar a los "desviados". De esta manera
se observa que el discurso y el rol de los profesionales se basa
en el dominio de la razón censurada; una razón "sin
razón" donde no existe un diálogo común
con el del paciente. Por lo tanto, la existencia de un diálogo
roto en este universo simbólico y ritualístico es
siempre un elemento valorativo que favorece y perpetúa
la existencia de tal realidad.
Algunas reflexiones finales
Como acaba de verse, este proceso institucional conlleva un universo
simbólico y ritualístico que opera como esquema
cognitivo de ciertos actos que en sí mismos son el resultado
de un proceso ideológico que se debe a la existencia de
las relaciones reguladas y de grupos sociales organizados. Este
conjunto de ideas (conscientes e inconscientes) son modelos de
los que los actores sociales "creen que hacen", "deberían
hacer" o les "gustaría hacer", y que ordenan
la maquinaria legal y jurídica para resolver ciertos tipos
de crisis y legitimar otras pautas para el desarrollo del ritual
público.
El "tótem" droga que sirve parala estructuración
de las relaciones sociales de ambas "subculturas" (los
profesionales y los internados); el que toma a la salud como emblema
no se identifica con el emblema del paciente. Estas dos "subculturas",
aunque articuladas, responden a la producción y reproducción
ideológica de conceptos como el de salud y enfermedad.
En el nivel de lo explícito, cada una de estas formaciones
tiene sus propios modos de lenguaje verbal y no verbal que, si
bien pueden variar temporalmente, conforman el sostén del
proceso institucional ya que emergen como necesidad de control
del sistema basado en una competencia entre los actores en la
vida social dentro del ciclo productivo.
Desde la óptica institucional, los internados comenzarán
con simples rupturas del orden social, crisis menores hasta la
intensificación de la crisis social en la ruptura pública
que produce el principal drama trágico: su internación.
La fase crítica que resulta conformará el primer
momento institucional e implica una resquebrajadura entre facciones
compuestas de "linajes" diferentes: "enfermos"
y "profesionales", "caníbales" y "reyes":
confrontaciones abiertas entre grupos consistentemente distintos
en un clima de legitimación de la irreparable división
entre las partes.
A través de las diferentes relaciones que mantiene el paciente
(con el profesional, consigo mismo, con la institución,
con otros pacientes, con la salud, con la enfermedad), se observan
dos actitudes en relación con el entorno institucional
y social:
a) El paciente sostiene un rechazo que se manifiesta principalmente
en el consumo de un producto ilegal y en las connotaciones de
una ideología estructurada a partir de ello, situación
que se observa en símbolos y rituales tales como el robo,
la violencia, la frustración, es decir, el conflicto social
en genral, registrados en sus valores personales, relaciones familiares,
relaciones sociopolíticas enmarcadas en las anomalías
frente a las pautas sociales. Estás últimas son
entonces condicionantes directos de la expresión de la
patología; la drogadicción no puede reconocerse
ni entenderse; escapa al entendimiento y funcionamiento de tales
relaciones.
Se los ha llamado "grupos estigmatizados", "grupos
desviados", etc., y esta estructura "mítica"
llamada desadaptación, delincuencia o desorientación
pone de manifiesto las rupturas y grietas entre las variedades
en sí mismas: aisladas, cerradas, separadas. Existe una
crisis de identidad personal y social, el individuo que se asume
como enfermo, compromiso irrevocable ante un valor dicho y que
es recordado por otros. Tales elecciones, correspondientes a una
"identidad negativa", representan, desde luego, una
tentativa desesperada de recuperar ciertos dominios de una sociedad
en la que los elementos disponibles para forjar una "identidad
positiva" se excluyen mutuamente.
b) El discurso de aceptación concierne directamente a la
imagen construida del entretejido social, al nudo de conexiones
de cómo una cultura elabora, en su historia y a través
de ella, una intersección original entre tales variedades.
Imagen de ligar, de anudar, de construir la ley, el individuo
reproduce el conjunto de posibles funciones constituidas por el
conjunto de otros eslabones. Tales símbolos y rituales
corresponden al dinero, la autoridad, la familia, el trabajo,
la habilidad, etc.
Desde el punto de vista del observador científico, la solución
de la enfermedad es una oportunidad para ganar un campo (sea ideológico,
político, histórico, filodófico, etc.) cuya
finalidad será el ordenamiento de las relaciones alteradas.
Las diferentes relaciones que mantiene el profesional las entablará
con otros profesionales, con los pacientes, con la sociedad, con
la salud, con la enfermedad y consigo mismo. El análisis
de estos conceptos englobaría dos posturas analíticas:
a) La de aquel que resuelve ser miembro de la ideología
institucional: la enseñará, la aplicará,
la perfeccionará, la difundirá tanto como le sea
posible y, sobre todo, la defenderá contra quienes la atacan.
Tal postura estaría representada en el fundamento ideológico
de que los pacientes son "desadaptados sociales", "enfermos"
y "delincuentes", y que la institución es un
lugar necesario para recuperarlos.
b) Responde al que resuelve ser un pensador crítico y,
por lo tanto, someterá su ideología a examen: la
analizará, la estudiará en sus aspectos ideológicos
y la cuestionará en su práctica cotidiana.
Este pensamiento crítico estará representado en
creencias que tienen que ver con los conceptos ambiguos de salud
y enfermedad, con una crisis de normas institucionales, en los
rasgos patológicos que acusan tener ciertos profesionales,
en la falta de experiencia y de capacitación profesional
dentro de la institución. Esta, espacio clasificatorio
para el profesional, contará con el poder intelectual (científico)
y político (coactivo) sobre el otro. Pero, por un lado,
tenemos al profesional y por el otro, al marco institucional que
está más relacionado con rituales llamados psicoanálisis,
musicoterapia, asistencia social, et., "bienes culturales"
lanzados al mercado para reproducir esta ideología.
Quiero remarcar además que en las sociedades "primitivas"
las fronteras de la humanidad están fijadas en los límites
del grupo tribal, fuera del cual sólo perciben extranjeros,
es decir, animales salvajes o fantasmas. Análogamente,
este fenómeno repite tal significación en la relación
que se establece entre el profesional y elpaciente dentro del
marco institucional, que al igual que en las "sociedades
primitivas" corresponde a lo que se puede llamar la domesticación
del hombre por el hombre.
Pero, a diferencia de las "sociedades primitivas", en
el proceso institucional estas oposiciones o distribuciones de
tareas serán vistas como alianzas entre ambas partes integradas
pero que, como se ha visto, están formalmente segmentadas;
relaciones institucionales basadas en propiedades específicas
donde cada uno deja su estampa especial en las metáforas
y modelos de la ideología de cada "subcultura"
envolviéndose en un movimiento infinito de la existencia
social en la cual la institución evidencia madurez, estabilidad
y muerte.
Si se tiene en cuenta el comentario de estos profesionales, se
puede hacer el análisis del desarrollo terapéutico
de las teorías y prácticas como un proceso que se
refiere a la producción y reproducción científica
e ideológica de los conceptos de salud y enfermedad en
esta cultura institucional. En esta exploración superficial
intentaremos explicar un primer plano, el escimático, los
presupuestos correspondientes a niveles diferentes pero relacionados,
tales como : a) las concepciones antropológico-sociales;
b) los marcos de normatividad, y c) las concepciones político-sociales.
En relación con las concepciones antropológico-sociales,
los supuestos acerca del hombre están impregnados de prejuicios
acerca de cualquier forma de enfermedad. En este sentido, se lo
considera culpable de una degradación individual, familiar
y social en el desarrollo vital del paciente "drogadicto".
Enfermo, infantil, holgazán, inepto, violento, desadaptado,
en síntesis, un individuo incapaz de acceder a la "cultura
superior". Estos y otros calificativos son los usualmente
empleados por los profesionales de la salud en relación
con ellos. De esta manera, aparece la idea de la "supervivencia
del más fuerte" en estos discursos interrogantes,
surgiendo que la desigualdad intrínseca entre los hombres
será "salvaguardada" por medio de una "selección
natural" que operaría por el ejercicio de la inteligencia,
la razón, la virtud, etc.
En relación con los marcos de normatividad, es necesario
indicar el hiato existente entre la retórica y la ideología
subyacente. Por ejemplo, si la retórica indica integración,
la ideología subyacente se ve restringida al plano meramente
integrativo de los pares de individuos "enfermos", motivo
por el cual esto daría lugar a un integracionismo restringido.
En segundo lugar, si la retórica se refiere principalmente
a la unión, la ideología subyacente se manifiesta
bajo el signo de la hegemonía del profesional. Por último,
si la retórica apunta a un discurso autonomista, la ideología
subyacente manifiesta una adscripción a una línea
dominante, a la defensa de posiciones de status dentro de la estructura
del orden institucional. Asimismo, subyace la idea de una búsqueda
de éxitos o salidas solitarias. Por último, en vinculación
a la concepción político-social, la inclusión,
el adiestramiento, la selección están dialécticamente
combinados con la exclusión, la separación y la
expulsión de los trabajadores de las relaciones y condiciones
de producción. La institución se ve como la dominación
del individuo para su adecuación a las exigencias del poder
que sobre él se establece, o - en otros términos
- para mantener sobre él una coerción contante,
en funcionamiento "normal" y como fuerza de trabajo
que se explota.
Se presenta de tal manera a la institución como el lugar
de la disciplina. Esta perspectiva tiene la ventaja de destacar
el peso específico de la norma en el contexto social, ofreciendo
una comprensión de la tecnología del poder de los
mecanismos de imposición del orden, de la eliminación
de los conflictos, de la exacerbación de la eficiencia
para la dominación de los individuos.
El desafío del profesional consiste precisamente en la
reorientación de su práctica cotidiana de acuerdo
con la correlación de fuerzas existentes para facilitar
el acceso de la población al saber sobre ella misma, a
los recursos disponibles y al poder de decisión. La relación
de saber produce un efecto ideológico de revelación
(opuesta al ocultamiento), en la medida que el acceso a los recursos
facilita la reapropiación de los excedentes retirados de
la problación, y el acceso al poder produce efectos políticos
de autoorganización.
La intervención profesional se encuadra, así, no
en función de la problemática real de la población,
sino en función de la perturbación del orden individual,
familiar, institucional y social.
El segundo plano de análisis que es necesario explicar
se refiere al unionista que en contraste al anterior, prevalece
un grado importante entre la retórica y la ideología,
en donde la línea de distanciamiento se estructura en torno
de planos que trascienden el estrictamente discursivo. Nuestra
intención aquí es señalar dentro de los límites
las siguientes concepciones: a)antropológico-sociales,
b) marcos de normatividad y c) político-sociales.
a) Concepciones antropológico-sociales. El modelo subyacente
destaca el carácter esencialmente igualitario de todos
los hombres. Se impone la dimensión ideal de integración,
cooperación e igualdad simbólica. Consecuentemente,
se ignora la desigualdad entre los "sanos" y los "enfermos",
rechazándose, de esta manera, el pensamiento evolucionista
prejuicioso. La defensa del derecho a ser "sano" se
constituye en un principio de autodeterminación de los
"pacientes". La exaltación y el convencimiento
de la identidad "sana" está genuinamente presente
en este plano de estudio.
b) Marcos de normatividad. Parten del supuesto de igualdad intrínseca
de los seres humanos en cuanto a sus posibilidades de realización,
a oportunidades de desarrollo social, a su inserción en
el sistema social. Este plano idetifica como problemas:
- La ilegitimidad del orden existente;
- El desplazamiento entre legitimidad y legalidad;
- El encubrimiento de intereses que sustentan tal desplazamiento;
- La asimetría estructural que invade la dinámica
de las relaciones existentes entre los individuos "sanos"
y "enfermos";
- El uso de medio coercitivos para defender el statu quo.
Se cuestiona:
- El orden social interno;
- La definición imperante de poder y de la dominación;
- La estructuración de políticas de salud;
- La viabilidad de la "unión social" bajo tales
circunstancias.
Plantea, de esta manera, que si la retórica se refiere
al integracionismo, la ideología subyacente se refiere
al integracionismo social y político en el plano institucional,
familiar y social (integracionismo ampliado). Si la retórica
plantea la unión, en la ideología subyacente, el
discurso aparecerá bajo el signo de la igualdad, por el
cual se da un rechazo alas perspectivas de política de
poder profesional.
c) Concepciones político-sociales. Se observa que para
mantener este orden y este control político-institucional,
determinado por variables según las fuerzas existentes,
el profesional debe someterse a normas de la institución
(al igual que el paciente), creándose una jerarquía
de subordinación y de poder en una red de controles de
arriba hacia abajo. De esta manera se produce un vínculo
donde es posible ocupar espacio político, es posible tratar
al individuo no como súbdito y clientista sino como ciudadano.
De esta manera, el vínculo creado no busca el sometimiento
del paciente, sino que se relaciona con esa problemática,
ampliando el campo de las posibilidades y oportunidades. Se ve
entonces una profunda diferencia con su correlato en el nivel
escimático. Por otro lado, la mayor sofisticación
en el planteo del problema permite la conformación de un
sistema de ideas políticas articuladas que se traducen
en unión: de la diversidad, para el cambio, para la defensa
de las amenazas externas comunes, para la autonomía. En
abierto contraste con el plano escimático, el escepticismo
frente a las salidas solitarias es un rasgo de importancia.
Esquematizando, la experienciainstitucional muestra que su unidad
ha estado ligada a los grupos de profesionales que procuraron
la incorporación y participación activa de este
sector de la población ("los enfermos mentales")
al sistema económico, político y social. Contrariamente,
estas élites intelectuales, en su carácter de grupos
"limitados", favorecieron políticas "solitarias"
y que, en muchos casos, acentuaron los aspectos conflictivos de
las relaciones sociales.
De esta manera, surge una cultura institucional (con sus aciertos
y errores, éxitos y fracasos) que reivindica, por sobre
todo y con elementos consustanciados, la acción transformadora
y la unión como condición necesaria para el logro
de los cambios que se quieren promover.