
Dr. en Antropologia Social
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I. Grupo humano y cultura
Quizás la primera necesidad, según una visión
global del fenómeno moderno de la drogadicción,
sea evitar reduccionismos y simplificaciones. Y si de entrada
calificamos al fenómeno de "moderno" es para
limitarnos a un grupo humano de mucho prestigio en la historia,
como prototipo de civilización, pero que ahora prece tambalear
y hasta vivir un crac histórico. Efectivamente, se trata
de una cultura que echa raíces en el mundo semita, por
una parte, y agrega los contenidos y estructuras de Grecia y Roma.
Es esa cultura que, desde el punto de referencia de Europa, se
dice cristiana y occidental (Nietzsche).
Por lo tanto, la drogadicción o el uso indebido de drogas
se entiende dentro de estos límites generales en donde
tienen vigencia los mismos parámetros.
Pero todavía hay que precisar el matiz temporal del adjetivo
"moderno". La literatura muestra casos famosos de adicción
con respecto a bebidas y productos, tanto del así dicho
Lejano "Oriente" como del nuevo mundo: las ancestrales
bebidas alcohólicas, el opio, el tabaco. Al decir "moderno"
nos limitamos temporalmente a lo que está pasando después
de la Segunda Guerra Mundial y , ante todo, después de
la guerra de Vietnam.
Eso que está pasando en el grupo humano mencionado y al
que pertenecemos, surge socialmente en nuestro país en
la década del 60 y obtiene respuesta oficial en sus postrimerías
y a principios de la siguiente. El desenlace coincide - y no es
casualidad - con la estampida mundial del movimiento juvenil,
en 1968.
El fenómeno se manifiesta cada vez en forma más
impresionante y con visos de dramaticidad: el "circo"
de la década del 60 con su espectacularidad y politización
icipiente pasa a la del 70 hasta que se tapa con los acontecimientos
ocurridos en el segundo lustro, que son de dominio público.
Sin embargo, a fines de esa misma década y con indicadores
irrefutables de la profundidad y extensión del fenómeno,
se comienzan a organizar, en los servicios penitenciarios, centros
de tratamiento, al presente en franca situación de desmantelamiento.
No se puede de ninguna manera pasar por alto la promulgación
de la ley penal 20.771 a fines de 1974; ley penal atípica
que, dejando de lado el terreno anterior de nivel sanitario, imputa
un hecho híbrido en donde convergen delito y enfermedad,
y hace que esa conducta punible consista en la simple tenencia
de la droga. La ley parece ser Dios porque irrumpe en la conducta
privada y, al parecer, en la misma conciencia.
He aquí el cuadro social desde la aparición del
fenómeno hasta los desencadenantes, a partir de la ley
20.771.(1) a continuación irán apareciendo hechos
más graves y trascendentes a fines de la década
del 70. La población afectada no es sólo la adolescente
exogámica, caracterizada por experimentar con muestras
de protesta, denuncia e inconformismo, sino también la
adulta, ya iniciada en el sistema macrosocial tanto por la relación
de pareja como por el compromiso laboral - profesional. Efectivamente
entonces comienzan a abrirse las puertas institucionales para
dar respuesta profesional a esta demanda que, a diferencia de
la adolescente, presenta rasgos generales de conformismo y adaptación.
En lo que va de la década del 80, la nueva situación
democrática hace que salga a luz una realidad ya difusa
en las clases sociales en la misma proposición, en términos
generales, en que se dan esas clases.
El recurso a la medicación en forma masiva y los grandes
intereses económicos que organizan una red sutil y compleja
de minitráfico, contribuyen en gran medida a popularizar
la droga.
Dentro de este planteo general falta hablar de la droga, sustancia
neutra que desde afuera incide severamente en el organismo, particularmente
en el sistema nervioso central, para estimular, tranquilizar o
producir alucionaciones.(2) La droga es, entonces, toda sustancia
natural o sintética que tiene estos efectos. El descubrimiento
de fármacos importantes provocó el adelanto espectacular
de la medicina, ya por sus efectos directos, ya por posibilitar
la intervención en centros vitales. Esto significa que
la intervención droga es un arma importante de las ciencias
y se puede usar, ya para el adelanto y el progreso, ya para la
destrucción y muerte; exactamente lo que pasa con la energía
atómica, todo depende del uso que haga de ellas el hombre.
La drogadicción es el uso de la droga transformado en hábito
y necesidad, en tal medida que casi no se puede vivir sin ella.
Ordinariamente se habla de dependencia.
Y tocamos aquí un dato importante no captado en toda su
profundidad por la clínica tradicional. La dependencia
de la droga se inscribe en una condición humana de necesaria
dependencia, ante todo la niñez. Por lo tanto, la dependencia
es algo de lo que no se puede privar honestamente al hombre. En
este sentido, la provocación del síndrome de abstinencia
sin nada a cambio, es decir, sin otra dependencia necesaria para
existir, puede constituirse en un acto inhumano. Efectivamente,
la condición humana puede definirse como dependiente, desde
la simbiosis uterina hasta la situación social mediante
el ejercicio de la participación con vista a la integración,
pasando por la dependencia endogámica definida por las
identificaciones, y por la dependencia exogámica de los
grupos d epares (adolescencia) con vista a la experimentación.
La dependencia de la droga se da como necesidad para suplir la
falta de adecuada dependencia humana, generalmente e la niñez,
como fundamento de seguridad y confianza.
En consecuencia, es ingenuo pensar que la drogadicción
tiene lugar por la fatalidad de un contagio epidémico.
El mismo grupo humano en su compleja, desfasada e inadecuada manera
de resolver el problema de la existencia, introduce mecanismos
generadores de drogadictos. Las familias no son sino caja de resonancia
de la macrosociedad, que para subsistir logran una homeostasis
precaria, con frecuencia sacrificando a uno de sus miembros como
depositario o emergente.
El problema de la drogadicción se puede enunciar en términos
generales de esta manera: El modelo que de hecho impone la sociedad
no sólo es inadecuado sino que atenta contra el hombre.
La familia está en situación de dependencia con
respecto a esta sociedad, cin clara conciencia de lo que pasa
y sin poder contrarrestar sus embates. Un miembro en particular
comienza su existencia simplemente identificándose con
el medio y sin la dependencia adecuada por la sobreexigencia desmesurada
que la sociedad impone a los miembros adultos de la familia. La
dependencia de las drogas es sustitutiva: logra una seguridad
y confianza básica y de aquí en más el estímulo,
la tranquilidad o la vivencia de un modelo delirante, según
el caso.
II. Aspectos psicoaxosociales
Para la visión global y totalizadora del fenómeno
moderno de la drogadicción dentro de una sociedad concreta
(a lo que hicimos referencia antes), no es indispensable hacer
uso de una teoría determinada a falta de alguna pretendida
cosmovisión. Basta seguir el hilo de una realidad que se
temporaliza y tener en cuenta, en este temporalizarse, tres momentos:
el presente donde tiene lugar un hecho vivido en forma directa
e inmediata pero que no se acaba de aceptar, o se tergiversa,
o se niega, o simplemente se ignora; el pasado, cargado de riqueza
pero frecuentemente condicionante y hasta traumático en
su calidad de norma (pattern); el futuro, como posibilidad de
superación y, por lo tanto, de valoración propia.
Esta es la clave hermenéutica que aplicaremos. La drogadicción
como fenómeno psicoaxosocial tiene en cuenta estos tres
aspectos: lo psíquico como subjetividad en donde el hecho
eclosiona al presente; lo social como trama donde la norma se
instaura desde un pasado; lo axial como posibilidad de superación
mediante una valoración que se proyecta en el futuro.
Se ha de advertir que estos tres momentos o aspectos de la existencia
que se temporaliza pertenecen a la misma realidad, sin consentir
divisiones ni compartimentalizaciones. Puede ser que predominen
de manera diversa en épocas diferentes.
A. El hecho de la drogadicción
El hecho de la drogadicción se manifiesta en dos categorías
que corresponden a dos etapas de la vida humana: la adolescente
y la adulta.(3) Sobre esta distinción básica con
características bien definidas se han de distinguir subcategorías.
1. El adolescente que hace uso indebido de drogas.
La adolescencia se define como época de transición.
Se sitúa entre la familia y la macrosociedad; es un ponerse
en camino (éxodo) dejando la familia (exogamia).
Pero hay además otra característica que acompaña
a esta situación genral: la movilidad desde la familia
a la macrosociedad no se realiza en soledad o aisladamente, sino
con los grupos de pares. Estos grupos sustituyen parcialmente
a la familia para cumplir otra función: son grupos de experimentación
(4) en los cuales mediante el ensayo que deriva ya un éxito,
ya en fracaso, el adolescente se prepara para ocupar un rol social
como expresión de identidad o de posible identidad. Los
importantes modelos identificatorios de la niñez contribuyen
y obstaculizan, a la vez, esta búsqueda intensiva de identidad:
contribuyen porque brindan elementos significativos de la propia
experiencia; obstaculizan en la medida en que tienden a tornarse
rígidos o a cristalizarse.
La adolescencia es así un proceso crítico de cambios
rígidos e intempestivos, de sorpresas y sobresaltos, de
búsqueda y descubrimientos. Se puede vivir en forma muy
convulsionada y hasta tornarse insostenible. De ahí que
el adolescente necesita apoyarse en la familia para permitirse
una pausa y tomar aliento en la situación de dependencia
- seguridad de la niñez añorada, para luego seguir
su experimentación grupal en su camino inexorable a la
inserción social. La relación de pareja y la iniciación
ya laboral, ya profesional, son los pivotes de la futura nueva
situación y, por ende, del ensayo.
En estos grupos normales de experimentación donde se da
la droga como una experiencia más. Es una edad en que todo
se prueba, haciendo gala de espontaneidad y libertad, la droga
es una aventura más asumida por el grupo y hasta impuesta
como condición y desafío. Todo esto está
dentro de la normalidad, donde el adolescente comienza a construir
de sí mismo y por sí mismo, fuera de esa inclusión
endogámica donde el entorno lo definía.
En esta situación de sostenida experimentación se
elige lo que resulta útil y beneficiosos y se rechaza lo
que se vive como dañino y perjudicial. Y esto es lo que
convence al adolescente: no la prédica retórica
sobre el bien y el mal, sino lo que se comprueba bueno o malo
a partir de la propia experiencia.
Pero, ¿qué pasa cuando se elige la droga después
de las primeras experiencias? El itinerario trágico de
muchos adolescentes comienza así. Primero en forma placentera
y como ante un gran descubrimiento. El mundo se transfigura y
todo resulta sorprendentemente fácil. El grupo es el ámbito
donde tiene lugar una comunicación mágica mediante
esta nueva comunión. (5) Pero muy pronto tiene lugar el
desborde o el descontrol que rebasa lo grupal como inconducta
y exige la intervención de las fuerzas del orden. Este
choque origina una cadena de deslealtades, traiciones, acusaciones
y desilusiones. El grupo se desintegra. Los que necesitan seguir
con la droga terminan haciéndolo en forma solitaria y huyendo
de la gente para no tener problemas. (6)
La droga que comienza como necesaria para funcionar, paulatinamente
va echando por tierra todas las psibilidades reales de inserción,
y ella misma se torna de medio en fin. He aquí la perversión
mayor. Usando una terminología kierkegaardiana, la drogadicción
corresponde al nivel estético de la vida en base a lo agradable
y desagradable. La elección de la droga no es la elección
de si mismo, sino de una situación que se desata sin control
y en la que simplemente se está hasta que duren sus efectos.
Hay un mecanismo de identificación con ese estado producido
que se busca siempre de nuevo con una repetición cada vez
más compulsiva. Es un mito de eterno retorno con la pretensión
de fijarse definitivamente en ese estado, que sin embargose desvanece.
Así como el hombre que poseía una estructura mítica
de pensamiento necesitaba envolverse e impregnarse de mito para
dar sentido a su vida, así también el adolescente
necesita revestirse del chaleco químico de la droga para
ser lo que no puede por sí mismo o dejar de ser lo que
no puede evitar de otra manera. (7)
Esta dependencia de la droga, como necesidad descubierta y luego
apetecida, constituye una valoración segura y efectiva,
auqneu apenas en un primer momento. Pronto se demuestra su valoración
fugaz y engañosa que derivará en autodestrucción.
Por de pronto, para el adolescente constituye de hecho la mejor
alternativa, frente a la otra del sinsentido y, luego, del suicidio.
La vida así es asumida como vivencia plena, total y que
modo por excelencia para iniciarse efectivamente en otra realidad,
pero en forma cada vez más repetitiva y menos satisfactoria,
los tenues vínculos con la familia y la sociedad tienden
a romperse: alejamientos cada vez más frecuentes de la
familia, incapacidad de mantenerse en un trabajo, relación
de pareja irregular y finalmente postergada. Fracasos, problemas
innumerables, enfermedad y soledad quedan como triste saldo de
una ilusión que se desvanece.
Al solucionar el adolescente el problema de su falta de adecuada
dependencia - del pasado y por ende del presente - mediante una
dependencia sustitutiva y regresiva, al mismo tiempo busca superar
disociaciones y aislamientos mediante una comunicación
vivida sin esfuerzo, casi sin palabras. Estamos aquí ante
una tipología, quizás la más amplia y frecuente.
Es al mismo tiempo la que más corresponde a la etapa del
adolescente.
A esto puede agregarse una marcada huida de la realidad y la canalización
de los ideales ético - políticos, místico
- religiosos o estético - sentimentales. Aquí se
insinúa otra tipología con rasgos propios que se
canalizó en el otrora hippy, de poco eco en nuestro medio.
Finalmente, en un tercer grupo se observan fuertes tendencias
a resolver la propia existencia con algún sometimiento
incondicional a la familia o a algún familiar, máxime
después de una insoportable conciencia de culpa. Si desaparece
la droga, reaparece con fuerza la necesidad de aferrarse a una
figura definida, a una estructura, a alguna institución.
(8)
En la carrera drogadictiva el adolescente sufre un triple desprendimiento
de consecuencias severas: de la familia, donde siembra el sufrimiento
y la desolación; de su grupo de pares, donde desbarata
su función de iniciación y preparación para
la adultez; de la misma sociedad, con un actitud de protesta y
rechazo.
El resultado de la drogadicción adolescente es la tendencia
a la marginalidad. En la adolescencia adicta se manifiesta con
toda efervescencia, pero la margen o fuera del juego social.
2. El adulto que hace uso indebido de drogas.
La condición del adulto se define por la participación
e integración social mediante el ejercicio de roles. Generalmente,
ya existe la pareja matrimonial con hijos y el desempeño
de algún trabajo o profesión. No aparecen los rasgos
de marginalidad de los adolescentes adictos. En el caso de adolescentes
adictos que llegaron a la edad adulta es notable la falta de integración
social y la presencia de una verdadera subcultura como rechazo,
rebeldía y protesta.
El adulto ya está iniciado en el juego de la macrosociedad,
por eso aparece con todas las de conformismo y adaptación.
Dentro del juego de roles con el que busca un lugar propio, la
participación en vista a la integración constitutye
el quehacer adulto ya que en la sociedad y con ella no sólo
descubre su posibilidad personal, sino también los medios
para lograrla.
La droga no se inscribe en un contexto peculiar y transitorio
- como el grupo de pares para la experimentación-, sino
en el ejercicio mismo de roles y funciones dentro de la macrosociedad.
En este contexto diferente, la droga sólo puede tener sentido
para cumplir y sostener un rol social determinado, incluso cuando
se está fracasando en el ejercicio de ese rol. Quizás
lapalabra fracaso sea la que mejor describa una situación
que se pretende solucionar con la droga, en una drogadicción
sin espectacularidad ni "circo", pero mucho más
grave y con consecuencias.
La situación de una telefonista que necesita sostener su
puesto al servicio de la sociedad en la interpelación continua
de emergencias y urgencias por hechos de peligro, sangre y muerte;
la necesaria intervención bajo la obediencia debida en
represiones violentas y con derramamiento de sanfre; la lucha
denodada por salvar una vida con la responsabilidad de un profesional
en un servicio de cardiología; el sostener diariamente
el movimiento de una escuela de numeroso alumnado en un pueblo
de provincia: todo esto clama por ayuda y la droga comienza siendo
una compañera providencial, al principio inocente, pero
después cruel y despiadada.
Con respecto a los adultos internados, la primera impresión
es la de un grupo postrado, arrastrándose por la residencia,
disperso, en un ambiente sumamente depresivo, con menos urgencias
y actuaciones, pero en una situación grave; los profesionales
merodean sigilosos de aquí para allá, pero sin modificar
fundamentalmente esta situación. En este ambiente es donde
se comienza a hablar con insistencia de psicosis, no sin oposición
y resistencia por parte de otros grupos profesionales.
Detrás de este cuadro aparece el fracaso en sus dos formas
sociales por excelencia de inserción: primero, en el oficio
- profesión. Luego en la relación familiar a partir
generalmente de una inseguridad económica como secuela
del fracaso laboral. El derrumbe en estos dos niveles, cuando
la droga se instala con su mecanismo de disociación y segregación,
es inevitable.
Se observa que en esta situación extrema de autodestrucción
cobra relieve e importancia el rol del médico o del psiquiatra.
Desde el punto de vista del juego de roles, el chamán y
el hechicero desempeñaban una función similar; el
curandero en la cultura rural. El uso de una palabra mágica
y el manejo ritual de objetos intermediarios para reforzar el
lenguaje, se da en todos los casos. El médico usa un lenguaje
esotérico y prescribe algo que se ignora, pero que se acepta
con fe: la medicación. A este respecto, el psicólogo
está en desventaja porque sólo maneja la palabra
críptica que se termina aprendiendo. El mero hecho del
manejo de la medicación, al margen de los aspectos académicos
y científicos, tan racionalizados en nuestra civilización,
es un arma poderosa.
Este cuadro social se va cerrando más. El adulto destruido
por el uso indebido de drogas, necesariamente debe recurrir, dentro
del cuadro social impuesto, al médico que ordinariamente
prescribe una ingesta de drogas. No se concibe una consulta sin
receta. ¿Cómo contrarrestar la dependencia de las
drogas con esta modalidad impuesta?
Todavía este cuadro típico nuestro se va cerrando
más. El médico que autoriza la droga a los demás,
¿no podrá él mismo salir del paso automedicándose?
Ya es una modalidad social la automedicación. El médico
tiene además la ventaja de acceder a ciertas drogas vedadas
al público en general. Y aquí la realidad es elocuente.
Llama la atención la internación de médicos,
estudiantes avanzados de medicina y enfermeros, casi como una
constante. Esto pone en evidencia la correlación social
entre médico, medicación y droga. El público
en general no advierte que la medicación es droga y puede
inducir a la drogadicción. (9) El profesional que administra
la medicación puede estar contribuyendo a la drogadicción
y él mismo puede constituirse en la primera víctima
por la nobilísima razón de desempeñar su
rol social con toda entrega y responsabilidad.
En cuanto al rol social del médico ejercido en el ámbito
terapéutico, se pudo observar casi un ritualismo insólito
en las frecuentes noches de guardia. Se podía percibir
una especie de letanía interminable y a veces en cadena,
como petitorio, ya por la medicación mágica, ya
por el refuerzo infalible. Y el efecto se sucedía aunque
el suministro se hubiera hecho en la forma evasiva de un placebo.
Todo este cuadro refleja los mecanismos usuales de nuestro mundo
adulto, más allá de la seriedad de la ciencia o
del prurito por objetividad. La droga se convierte para el mundo
adulto en el medio por excelencia para llegar a ocupar un lugar
en la sociedad. La identidad meramente subjetiva, así dicha
auténtica, puede ser una mera entelequia. Sólo adquiere
forma y se encarna cuando aparece como rol o función. (10)
Y esta función va desde unanecesaria y adecuada presencia
corporal hasta una imagen rpofesional o laboral que se ha de sostener,
a veces en situación de mucho stress. En ambos casos la
droga que se ingiere, se inyecta o se inhala puede venir muy bien,
al menos en un primer momento. (11)
Así como la drogadicción adolescente tiene como
efecto la marginación o la tendencia a la marginalidad
como disvalor, en la drogadicción adulta esta desvalorización
que siempre se insinúa constituye la autodestrucción.
B. Los mecanismos generadores de la drogadicción
Hasta ahora nos hemos limitado a presentar el hecho de la drogadicción
así como se manifiesta, evitando cuidadosamente encuadrar
ese hecho dentro de alguna teoría científica, por
más prestigiosa que sea. Por eso, lo que predomina en el
relato precedente es la descripción y caracterización,
antes que la definición y conceptualización.
Pero ningún hecho humano se da como acto puro y virgen.
Todo lo contrario; todo hecho se inscribe en el fenómeno
humano porque se da dentro de una norma. La cultura como legado
y patrimonio puede considerarse esa norma general (pattern) dentro
de la cual surge el hecho humano como conducta. La norma es entonces
algo que, a diferencia del hecho, surge del pasado y permanece
en el presente para seguir inspirado en mayor o menor medida,
una conducta.
Para remontar a esta instancia diferente del hecho, encontramos
en el pasado dos ámbitos desiguales: la familia y el medio;
la familia dentro del medio y como su caja de resonancia.
1. La familia.
La situación de endogamia define la dependencia propia
de la niñez. Es decir, el niño vive necesariamente
una larga dependencia en el seno familiar para lograr seguridad
y confianza básicas. Con razón la psicología
desarrolla, en esta situación, el tema de las identificaciones.
El conjunto que mejor ilustra esta situación es el de la
inclusión. El niño no se define por aí mismo
sino por la situación familiar con la que, en términos
generales, se identifica.
¡Qué importante y fundamental es vivir adecuadamente
esta dependencia! La dependencia de las drogas suele ordinariamente
considerarse en forma disociada de esta dependencia, a la que
seguramente sustituye cuando no se dio o fue inadecuada. Y la
función es la misma: brindar, en general, seguridad y confianza.
¿Está nuestra familia en condiciones de brindar
esta dependencia, fuente de seguridad y confianza?
El espectro familiar a la luz de las estadísticas nos ofrece
una realidad cruda de separaciones y conflictos, casi insuperables.
(12) Detrás de los casos de drogadicción suele estar
el drama de una familia destruida irremediablemente: madres separadas
que volvieron con sus hijos a vivir con familiar; mujeres que
volvieron a casarse sin lograr un ajuste de la pareja en la familia;
parejas que no aciertan en la orientación del hijo adolescente,
etc. (13)
En términos generales, la familia del drogadicto no logra
crear el clima adecuado de seguridad y confianza en la etapa de
necesaria dependencia de la niñez. Por eso la preadolescencia,
y ante todo la adolescencia, suelen entrar en una situación
de caos por la total inseguridad, confusión, ambivalencia
y desorientación, al faltar un firme punto de partida o
de sustento en el proceso de exogamia que se está viviendo.
Esta situación se puede describir como de abandono con
respecto a seres humanos indefensos y necesitados: un abandono
en el que se da un vacío existencial difícil de
llenar.
Pero se ha de agregar además que este abandono y vacío,
intolerable en la edad de la niñez, se llenan de situaciones
conflictivas duras y despiadadas, entre los miembros de la familia.
Al abandono y al vacío se agregan, entonces, una división
desgarrante y un tomar partido que amputa, ya por mamá,
ya por papá, ya por algún otro miembro. No se da
la unidad familiar como fundamento constitutivo de la propia unidad
existencial, y se internaliza la división, la disociación,
la negación y el encubrimiento, como modalidades de conducta.
Después de muchos años de esperiencia en el tratamiento
de adolescentes que hacen uso indebido de drogas, un profesional
concluía perentoriamente que los drogadictos son esencialmente
mentirosos. Pues bien, para ubicar como corresponde esta mentira
se ha de tener en cuenta todo lo dicho en el párrafo anterior
sobre la disociación.
El adolescente con este trasfondo familiar vive su adolescencia
en forma exacerbada: como experimentación sin límites
y compulsiva por llenar un vacío, por gritar desesperadamente
su desgarramiento, por rechazar con odio lo que lo destruye, pero
llenándose de culpa.
La función existencial de la droga es aquí importante
porque, por de pronto, viene a llenar un vacío haciendo
superar la inhibición y logrando un camino a la comunicación.
La droga suple una función vital y, por lo tanto, necesaria:
va a crear un vínculo de seguridad contrarrestando el abandono
y llenando un gran vacío; va a ser fuente de paz y tranquilidad
frente al trauma de conflictos y separaciones, va a incentivar
en la búsqueda y experimentación haciendo acariciar
la creatividad y el éxito; finalmente, va a transportar
a un cielo de felicidad y delirios que se agotará en el
flash del momento. La droga es el elemento que asciende a categoría
mítica para producir mágicamente la identificación
con lo que se piensa plena y total. (14)
Se ha de agregar también que la droga sirve para romper
un sometimiento avasallador y anulante que se da en familias muy
estructuradas, ya como respuesta defensiva al medio, ya por pertenecer
a un estrato social que tiene esas características.
El adolescente que no tolera esta situación encuentra en
la droga el medio para romper y, al mismo tiempo, protestar, haciendo
lo contrario. Pero a la larga cae en la cuenta de que no hace
sino suplir un sometimiento por otro, con el agravante, como duro
precio, de una gran conciencia de culpa. Y si la droga produce
de hecho un derrumbe que se transmite a la familia, entonces la
vieja dependencia aparece como la única salida, además
de ofrecer la posibilidad de reparación.
Al tema de la familia pertenece también la relación
con los hermanos en base de igualdad. Es la relación que
funda psicológicamente la relación de pares, de
los aolescentes, y la relación del adulto en dirección
horizontal con las motivaciones básicas de reconocimiento
y respuesta afectiva. Hay que reconocer que la estructura familiar
se modifica con la venida de cada hermano, y por momentos, se
vive como crisis y ajuste. Por otra parte, la rivalidad frecuente
y competencia intensa que se viven entre hermanos significa, al
mismo tiempo, la aceptación incuestionable de una situación
común a partir de una misma madre y un mismo padre.
En una familia abandónica y con severos conflictos de pareja,
los hermanos carecen de la incuestionable situación común
y personalizan las divisiones consagrándolas, logrando,
generalmente, algún beneficio secundario.
Cuando no hay relación de hermanos, es decir, cuando el
hijo es único, la situación puede agravarse por
la tendencia a romper con facilidad ante la mínima dificultad.
Este quedarse solo remite, de hecho, a la situación conflictiva
del hogar o de lo remanente de hogar, con el impulso ulterior
a huir de nuevo a la soledad y el aislamiento, camino a la muerte
social y a la autodestrucción.
A este respecto hay que tener particularmente en cuenta la situación
rioplatense de bajo índice de natalidad, donde la relación
de pares se ejerce precariamente por la aparición de los
hermanos que más bien hacen esfuerzo de papá o de
mamá, o simplemente porque se es hijo único.
Para todas las situaciones anteriormente descriptas, la droga
aparece como tabla de salvación, remedio milagroso y solución
total. El adolescente que sortea sin mayores quebrantos su etapa
de transición, ya porque su situación familiar no
fue extremadamente grave, ya porque el medio lo ayudó particularmente,
en la edad adulta, habiendo asumido una responsabilidad social
mediante un rol que le brinda recursos, y la iniciación
de una relación más estable en pareja y familia,
siente la falta de sustento en su propia historia familiar y el
acecho a veces despiadado del individualismo urbano. El adulto,
en su esfuerzo denodado por lograr una identidad mediante el ejercicio
de roles, se ve ante el vacío de identificaciones con sentido,
con las cuales adificar su identidad.
Hablando del mundo adulto debemos tener presente esa categoría
de los que no resolvieron la drogadicción adolescente y
ahora piden tratamiento desde una situación de marginalidad,
si no de marginación. Los casos judiciales tienen aquí
su lugar propio.
2. El medio
sería del todo injusto cargar sobre la familia todo el
peso de la responsabilidad con respecto a la drogadicción
de los hijos. A esto nos conduciría una consideración
aislada y disociada de la familia. Lo real es que la familia está
inmersa en la sociedad y es una caja de resonancia: resiste las
más de las veces, también sucumbe. Si la drogadicción
es emergente y síntoma de un malestar que está en
todo el cuerpo social, ¿cuál es ese malestar de
nuestra cultura que genera un fenómeno autodestructivo?
El caldo de cultivo para que, después de la guerra de Vietnam,
la drogadicción prendiera y se difundiera en proporciones
cada vez más alarmantes, se da en la misma mentalidad común
a la cultura de la industrialización, que se concentra
en las grandes ciudades.
La situación común a Europa y América consiste
en la aceleración, llevada ahora al extremo con la difusión
del modelo cibernético. Las computadoras comienzan a invadir
la vida social y el hombre mismo se mide por la rapidez y eficiencia
de la electrónica.
No es casualidad que a esta aceleración alienante, por
mecanizadora, se responda a tono con una droga que surge del mismo
medio, las anfetaminas, para seguir el ritmo alocado de una sociedad
automatizada. El trabajo sostenido de lunes a viernes con la eficiencia
de una máquina, exige que, desde el mismo momento en que
comienza el fin de semana, el hombre rompa los límites
entregándose, en el mejor de los casos, a las drogas convencionales,
para, en el transcurso del domingo reacondicionarse y comenzar
nuevamente el lunes como si nada hubiera pasado. Este dato corresponde
a las sociedades más evolucionadas.
La aceleración y automatización del trabajo deshumanizan
y producen ese engendro típico de "Occidente",
el jubilado, como pieza gastada del gran aparato social.
Dentro de esta situación general, la droga cobra perfectamente
sentido como ayuda, paliativo y revancha.
La drogadicción surge también, con toda espontaneidad,
desde la mentalidad de consumo. Somos una sociedad de consumo
porque somos una sociedad de producción. Y el consumo,
como necesidad de mantener la producción, se sostiene mediante
una campaña montada por los medios masivos de comunicación.
El resultado es que nuestra sociedad es en principio adictiva,
y la solución de los problemas se hace mediante la adicción
o cambiando de adicción. Una sociedad adictiva, como somos,
produce connaturalmente drogadictos. Desde el punto de vista sociocultural,
adicción y oralidad están en la base de la drogadicción.
Al marco general de la cultura de la industria se ha de agregar
una situación particular argentina (y latinoamericana)
definida por el desarraigo. La dependencia de la droga responde
consciente o inconscientemente a esta situación insostenible
de desarraigo.
Nuestro desarraigo consiste históricamente en la negación
de lo autóctono, expoliación de lo propio y movilidad
y aculturación. Esto último como cambio cuantitativo
y cualitativo de la población desde la segunda mitad del
siglo pasado. Si remontamos nuestro árbol genealógico
vamos a parar, en la mayoría de los casos, a Europa, luego
a pueblos semiexterminados o a poblaciones desplazadas y marginadas,
o a criollos y nativos con complejo de inferioridad.
Esta situación de desarraigo, que remite a los lugares
más diversos y heterogéneos del mundo o a grupos
minoritarios casi vergonzantes de su propia historia o, a lo sumo,
ufana de cierto logro colonial - hispánico, no deriva en
un tronco común. Todavía no existe un tronco común
del que se tenga conciencia social, fuera de una misma lengua,
violentamente impuesta o necesariamente aprendida.
Nuestro individualismo social, a diferencia de otros individualismos,
tiene esta base histórica de desarraigo.
La droga tiene también su caldo de cultivo en esta situación
a la que ofrece una dependencia que, al menos hace vivir, en el
momento, la seguridad y la confianza. Si en el nivel personal
el camino normal para remontar vuelvo a la realización
de la propia identidad es el de las identificaciones vividas intensamente
en la niñez, en el nivel de pueblo se da el vacío
de identificaciones y, por lo tanto, la falta de camino.
A este respecto hay dos personajes que encarnan la frustración
de nuestros ideales: Martín Fierro, gaucho perseguido,
que debe abandonar a su mujer y sus hijos y huye al desierto,
representa a una primera síntesis malograda de nuestro
ser; el compadrito de la gran metrópoli, pero arrabalero,
también solo y que se dedica, sin futuro, a llorar o a
evcar a la "vieja", otra síntesis fracasada que
representa al ser de la inmigración.
A modo de resumen y considerando la drogadicción como síntoma
y emergente de nuestra sociedad global, podemos hacer la siguiente
relación:
" Como sociedad de consumo nuestra sociedad es adictiva.
Con el consumo oral busca la aceptación y/o adaptación,
también la huida efimera y aparente. Y esta sociedad se
vive como acelerada y decadente en más de un aspecto.
" A la aceleración moderna se responde con la anfetaminización,
también aceleración pero artificial y provocada.
Detrás del abuso notorio de las anfetaminas está
la búsqueda de la creatividad, la reducción de la
fatiga y de la depresión, frente a una sociedad industrializada
y mecanizada.
" A la chatura de la vida de la sociedad - efectivamente
desde 1968 los movimientos juveniles de protesta, de todo el mundo,
estigmatizan a esta sociedad como hipócrita, inauténtica
y a contramano con la historia -, se responde con drogas que fomentan
la evación y conducen a la formación de grupos,
con una misión más o menos delirante. (15)
" Finalmente nuestro desarraigo cultural, que está
en la base de nuestra inorganicidad social o individualismo, hace
que en la droga se encuentre el vínculo de necesaria dependencia,
el tronco común mediante el aglutinamiento mágico
y fugaz.
La droga tiene su cuadro lógico en el contexto sociocultural
que caracterizamos; no constituye de ninguna manera un epifenómeno
o un simple producto colateral.
II. La prevención
En este enfoque, que trata de percibir todo el alcance psicoaxosocial
de la drogadicción, sólo resta hacer algunas consideraciones
generales a manera de conclusión.
Si los mecanismos generadores de la drogadicción calan
hondo en las características de nuestro "occidentalismo",
entonces la prevención no puede consistir en tocar felices
las panderetas y cantar "Ara, ara Crishna".
La impresión es que se piensa con ligereza e ingenuidad
sobre prevención. (16) En el presente y desde hace algunos
años parecería ser el tema predominante en la convicción
de algunos sectores de nuestro país, como en el planteo
que viene desde Europa. Por otra parte, se sabe que los protagonistas
preventivos de otros países, que cuentan con ingentes recursos,
fracasaron al obtener el efecto contrario. Entonces es lógico
que, además de crear una nueva fuente de ingresos, la tarea
preventiva no sea tomada a la ligera o con criterios miopes.
La prevención a la que nos estamos refiriendo apunta a
suprimir las causales del fenómeno, y si los riesgos y
los mecanismos generadores parecen seguir un curso inexorable
desde hace dos siglos con la instauración de la industria,
y todo el proceso sociocultural que se desata entonces se muestra
irreversible, es evidente que no se deben crear falsas expectativas
y se han de pensar soluciones a largo plazo, no en meros paliativos.
Lo que está pasando en las sociedades del hemisferio norte,
tanto en EE.UU. como en Europa, nos previene contra el facilismo.
Cuando surge el tema desde Italia y desde España pareciera
que el mundo adulto se preocupara y se organizara para adaptar
a la juventud adicta a su mundo, esa juventud cada vez más
escasa.
Nosotros vamos teniendo clara conciencia de que la adicción
es un problema de la sociedad adulta. Por ejemplo, que la adicción
de los profesionales emerge en los pacientes o asistidos, y este
hecho es mucho más grave que la mera señal de alarma
de los drogadictos. Las Naciones Unidas tienen total razón
cuando difunden afiches con la leyenda: "The Drug problem
is a problem of People. What are you doing about it?"
Por otra parte, el hecho de que estamos inmersos culturalmente
en el "occidentalismo" hace que la prevención
no pueda considerarse en forma aislada y unilateral. Dependemos
también de Occidente en nuestra drogadicción, y
el desarraigo latinoamericano acrecienta esta dependencia. Por
el momento las manifestaciones son menos alarmantes en nuestro
país, pero no por eso deben dejar de inquietarnos al punto
de decir, como en el cortometraje, "Todo está bien".
Hasta hace poco era una consigna decir "aquí no pasa
nada", por supuesto, comparativamente y con el argumento
que por pronto somos un país de tránsito.
Pero más allá de toda disquisición apaciguante,
lo cierto es que hay un mercado importante y una demanda en continuo
crecimiento. Todavía la heroína y la cocaína
no hacen estragos porque es otro nuestro poder adquisitivo que
el de los países industrializados. Pero igualmente hay
en nuestro país un recurso masivo a la medicación.
De acuerdo con el tema desarrollado en el punto anterior, las
características del trabajo preventivo son las siguientes:
ha de surgir, en primer lugar, de una política educativa
implementada en el nivel nacional, y que apunte a esas causales
que calan hondo en nuestra cultura. Hace 14 años, cuando
comenzábamos a trabajar directamente en el fenómeno,
no habíamos soñado que detrás se escondía
amenazante el SIDA. Tanto más urgente se hace atacar el
problema que no sólo significa desintegración cultural
sino también vital, porque mina las bases bióticas
del hombre.
En segundo lugar, esto no es posible llevar a cabo en forma aislada
y disociada. Occidente es una macrocomunidad que comparte parámetros
culturales en un juego permanente de movilidad e intercambio.
Es necesario que esta política, que apunta a las condiciones
socioculturales concretas de un grupo humano, se acople e integre
a políticas e intereses de las diferentes comunidades de
Occidente, haciendo causa común. (17)
Pero las conclusiones no sólo pueden visualizarse en un
nivel general tanto nacional como internacional. La experiencia
concreta y sostenida en el trabajo de internación ofrece
una lección importante. Las estructuras nacionales están
muy alto y son demasiado complejas, de difícil instauración
y mantenimiento. Lo concreto que impone la experiencia diaria
con drogadictos es el trabajo grupal y la función insustituible
del grupo como crisol donde se frague el nuevo hombre. En el grupo
se toma conciencia, pero no esa conciencia en oposición
al inconsciente freudiano, sino simplemente conciencia de la realidad.
El grupo es el salvavidas que sostiene en la superficie del juego
interpersonal, en tal medida que toda terapia o intervención
que se limita al individuo no podrá avanzar más
allá de lo paliativo. El individuo que se maneja fuera
del grupo y acaba convenciéndose de su individualismo sarteano
como un "deber ser", está en el constante riesgo
de caer en la verticalidad de su propia historia y, por lo tanto,
en la muerte. Es hacia donde lleva el narcisismo.
Por otra parte, es incuestionable que una experiencia en sus orígenes
traumática o patógena sólo puede ser contrarrestada
adecuadamente por otra de signo contrario. Y si la primera surgió
del grupo primario como caja de resonancia de la macrosociedad,
también la segunda deberá surgir del grupo.
Es mucho el material acumulado al respecto que deberemos analizar
objetivamente. Mientras tanto, la experiencia latinoamericana
(18) ya comenzó a documentarse y sistematizarse con un
sesgo desconocido en otras latitudes. Es ésta la experiencia
sobre la que, como expresión auténtica de nuestra
realidad, se ha de montar e instrumentar mejor el trabajo en todos
los niveles: prevención, tratamiento y resocialización.
Notas
1. Cattani, H.: "Panorama de la legislación argentina
en materia de estupefacientes y psicotrópicos", Buenos
Aires, Cuadernos de trabajo del CENARESO, 1975.
Idem: La legislación penal sobre estupefacientes, Cuadernos
de trabajo del CENARESO, Buenos Aires, 1978.
Navarro, G. R.: Los estupefacientes. Un análisis jurisprudencial
de la Ley 20.771 y de sus complementos, Buenos Aires, Pensamiento
Jurídico Editora, 1985.
2. Sobre las sustancias psicoactivas puede verse una actualización
sumaria en Vidal, G. Y Alarcón, R. D., Psiquiatría,
Buenos Aires, Panamericana, 1986, págs. 386-396.
3. Desde hace más de una década se divulga en conferencias,
cursos y diarios una categorización que traduje hace 13
años de Chambers, C.D., Contributions of Psychological
Research to Drug Abuse Prevention Education. Se trata de un estudio
epidemiológico ajeno a nuestro país donde se dan
4 categorías:
Drug experimenters: experimentadores por vía de ensayo,
Dysfunctional users: usuarios ineptos.
En este artículo, Chambers indica el correlato social y
psicológico de las respectivas categorías. Finalmente
hace una referencia brevísima a los programas en forma
de evaluación.
Esta categorización se mostró muy útil, ante
todo por su extrema simplicidad que va en una progresión
de menor a mayor en la indicación de la gravedad del caso.
Por lo demás es general y abstracta; hasta podríamos
decir totalmente insuficiente.
4. OMS, La juventud y las drogas, Serie de informes técnicos
N° 516, Ginebra, 1973.
1° Congreso Internacional Sobre Uso de Tóxicos Por
la Juventud Universitaria, CEMEF INFORMA IV (1873) N° 3, págs.
10-13.
McGrath, J. H. Y Scarpitti, F. R.: La identidad y las drogas en
la juventud actual, Buenos Aires, Paidós, 1973.
5. Linguisticamente es muy gráfica la expresión
de la jerga que se refiere a la situación seudogrupal obtenida
por la droga: "Todos curten en silencio un mismo mambo".
Por lo tanto, hay una falta total de diálogo.
6. El resultado en esta escalada drogadictiva es que cada uno
termina "pateando solo la calle". El deterioro llega
al extremo y es entonces, en esa situación insostenible
de "reventados", cuando se va a golpear la puerta de
alguna institución.
7. no deja de ser curiosa esta solución mágica de
la existencia dentro de una mentalidad mítica donde la
iniciación es la droga. En el mito no tiene sentido la
temporalidad porque la plenitud se ubica en un origen privilegiado
y total: algo así como una especie de eternidad que en
la hermosa definición de Boecio en la posesión total,
simultánea y perfecta de una vida interminable (interminabilis
vitae totasimult et perfecta possessio). Por la droga el adolescente
produce un flash o un "mambo" o un "viaje",
fuera de las condiciones normales de la existencia. La droga,
con todo el ritual que la rodea de dimensión mágica,
se transforma en un verdadero rito de pasaje.
8. A mediados de la década pasada, en un sondeo de 50 casos,
dentro de la categoría de adolescentes, se destacaron las
subcategorías mencionadas en la proporción de 54,
32 y 16 % respectivamente. A esto corresponde también en
general el tipo de drogas que se usan. Cf. Cuadernos del CENARESO
49, "Tendencias del uso indebido de drogas detectadas por
el CENARESO", primer semestre, 1980.
9. Que la medicación sea droga es una verdad de Perogullo.
Sin embargo, la medicación o el remedio difieren cualitativamente
porque tienen, o deberían tener, la propiedad específica
de curar, por una parte, y el control autorizado de un profesional,
por otra.
10. Este es justamente el aspecto que establece un objeto propio,
diferente de la psicología y sociología, a saber,
el rol. A partir del rol surge una ciencia nueva que se llama
psicología social (cf. G. Mead). Este mismo objeto propio
tiene lugar cuando E. Pichón Riviere pasa del aparato psíquico
al vínculo, cambio que determina el pasaje del psicoanálisis
a la psicología social. En el encuadre del presente trabajo
nosotros preferimos hablar de una perspectiva psicoaxosocial,
siguiendo las huellas de M. Herrera Figueroa. Efectivamente lo
psico-axo-social visualiza tres zonas del fenómeno humano,
irreductibles entre sí.
11. en todo este trabajo no hemos mencionado los inhalantes. Su
uso aislado entre los adultos (por ahí fue posible encontrarse
con un zapatero que descubrió en el pegamento efectos interesantes
o un estudiante de arquitectura con serios problemas de integración)
cede lugar a otra problemática: actualmente la novedad
se liga a una edad muy temprana de niños que prematuramente
se desapegan de sus hogares.
12. Desde 1940 a 1977 se quintuplicó el número de
separaciones. Este es justamente el rubro de la estadística
que más crece en proporción. Se entiende entonces
que los hijos nacidos de tales uniones estén en desventaja
por la vivencia afectiva conflictiva que la situación conlleva.
13. Desde este punto de vista el drogadicto se considera una personalidad
abandónica, categoría usada hace años por
un colega psicólogo, Eduardo del Mármol, en su tesis
doctoral presentada e la Universidad de Belgrano. Pero una personalidad
abandónica supone una familia abandónica o tiene
lugar en una familia que abandona. La tesis aparece en Pérez
Álvarez, S., La familia abandónica, Buenos Aires,
Programa Eudeba-CEA, 1981.
A fines de la década pasada se dio la siguiente estadística
de internación con respecto a las mujeres adictas: el 50
% proviene de familias desestructuradas; el 66 % pide ayuda sin
la compañía familiar. Los datos son del CENARESO.
Mil quinientos casos examinados en el CENARESO muestran la mutilación
familiar; la ausencia del padre (50 %), la confusión de
roles, la necesidad de un enfermo de familia, la existencia de
secretos familiares que turban la relación de pareja (abortos,
suicidios, relaciones extramatrimoniales), la modalidad adictiva
de la misma familia y sus mensajes de destrucción y muerte
y, finalmente, la experiencia de abandono vivida en algún
momento.
14. La expresión "total" o "mata" es
justamente la que entre usuarios y no usuarios indica una plenitud
que revienta el momento cargándolo de eternidad, así
como se ilustró en la aproximación al pensamiento
mítico y mágico de la nota 7.
15. En una investigación llevada a cabo en el CENARESO
en 1977, sobre adolescencia de Capital Federal, llegamos a los
siguientes porcentajes: el 62,1 % piensa que la sociedad en que
vivimos es mediocre en niveles psicológico, moral y espiritual;
el 61,3 % dice que nuestra sociedad de consumo masifica los medios
deshumanizando al hombre; el 48, 3 % opina que el mundo en el
cual vivimos está hecho por los mayores y carece de autenticidad.
Cf. Cuadernos del CENARESO 24 y 25, "Investigación
sobre adolescencia normal en nuestro medio (zona Capital Federal)".
La descalificación del hombre moderno, atrapado en los
engranajes de la maquinaria que él mismo creó, aparece
con fuerza sugestiva en unos versos pegados en la cartelera de
la residencia de adultos en tratamiento. Rezan así:
"El frío tiempo del hombre máquina,
el tiempo máquina del hombre frío,
la fría máquina del hombre tiempo..."
Hugo (el Bisonte)
16. Prevención significa "venir antes", anticiparse
al fenómeno como anomalía y enfermedad. Por lo tanto,
apunta a las causales para disminuir los riesgos de la población;
se llama también prevención primaria. La prevención
secundaria organiza medidas tendientes a reconocer y a atacar
eficientemente el problema en sus comienzos. Aquí se da
la preocupación sobre sus efectos multiplicadores y secuelas.
La prevención tercieria puede llamarse rehabilitación
y resocialización en el sentido de reintegración
al medio. Otra terminología, más usual pero correspondiente,
habla de prevención, abarcando en drogadicción toda
acción inespecífica en relación con los objetivos
antedichos, tratamiento para los casos detectados, tanto de adolescentes
como de adultos, y resocialización para los que vuelven
al medio a reintegrarse definitivamente.
En el presente se tiene mucha experiencia sobre la etapa de tratamiento.
La resocialización (rehabilitación en psiquiatría)
sigue siendo un problema no resuelto en forma sistemática
y controlada. Nadie duda que la resocialización es tan
decisiva que no teniendo lugar, el mismo tratamiento queda cuestionado.
Finalmente la prevención (prevención higiénico-educativa
en psiquiatría) es la más discutible, difícil
y que necesariamente se ha de pensar a largo plazo si se toma
con seriedad y responsabilidad.
17. En Alemania, la sociedad más desarrollada de Europa,
corre la expresión: Der Tod des Abendlandes (La muerte
de Occidente).
18. Los estudios sobre el grupo y la dinámica grupal se
desarrollan en otras partes según la producción
y el mercado. En Latinoamérica, en cambio, tienen como
objetivo la promoción del hombre desde el hombre social.
Hacemos referencia a una obra que documenta y sistematiza el material
de marras: J. Martínez Terrero, Comunicación grupal
liberadora, Paulinas, OCIC-AL, UNDA-AL, UCLAP, WACC, 1986.