Enfoque Psicoaxosocial

Luis Fernando Rivera


Dr. en Antropologia Social

I. Grupo humano y cultura

Quizás la primera necesidad, según una visión global del fenómeno moderno de la drogadicción, sea evitar reduccionismos y simplificaciones. Y si de entrada calificamos al fenómeno de "moderno" es para limitarnos a un grupo humano de mucho prestigio en la historia, como prototipo de civilización, pero que ahora prece tambalear y hasta vivir un crac histórico. Efectivamente, se trata de una cultura que echa raíces en el mundo semita, por una parte, y agrega los contenidos y estructuras de Grecia y Roma. Es esa cultura que, desde el punto de referencia de Europa, se dice cristiana y occidental (Nietzsche).
Por lo tanto, la drogadicción o el uso indebido de drogas se entiende dentro de estos límites generales en donde tienen vigencia los mismos parámetros.
Pero todavía hay que precisar el matiz temporal del adjetivo "moderno". La literatura muestra casos famosos de adicción con respecto a bebidas y productos, tanto del así dicho Lejano "Oriente" como del nuevo mundo: las ancestrales bebidas alcohólicas, el opio, el tabaco. Al decir "moderno" nos limitamos temporalmente a lo que está pasando después de la Segunda Guerra Mundial y , ante todo, después de la guerra de Vietnam.
Eso que está pasando en el grupo humano mencionado y al que pertenecemos, surge socialmente en nuestro país en la década del 60 y obtiene respuesta oficial en sus postrimerías y a principios de la siguiente. El desenlace coincide - y no es casualidad - con la estampida mundial del movimiento juvenil, en 1968.
El fenómeno se manifiesta cada vez en forma más impresionante y con visos de dramaticidad: el "circo" de la década del 60 con su espectacularidad y politización icipiente pasa a la del 70 hasta que se tapa con los acontecimientos ocurridos en el segundo lustro, que son de dominio público. Sin embargo, a fines de esa misma década y con indicadores irrefutables de la profundidad y extensión del fenómeno, se comienzan a organizar, en los servicios penitenciarios, centros de tratamiento, al presente en franca situación de desmantelamiento.
No se puede de ninguna manera pasar por alto la promulgación de la ley penal 20.771 a fines de 1974; ley penal atípica que, dejando de lado el terreno anterior de nivel sanitario, imputa un hecho híbrido en donde convergen delito y enfermedad, y hace que esa conducta punible consista en la simple tenencia de la droga. La ley parece ser Dios porque irrumpe en la conducta privada y, al parecer, en la misma conciencia.
He aquí el cuadro social desde la aparición del fenómeno hasta los desencadenantes, a partir de la ley 20.771.(1) a continuación irán apareciendo hechos más graves y trascendentes a fines de la década del 70. La población afectada no es sólo la adolescente exogámica, caracterizada por experimentar con muestras de protesta, denuncia e inconformismo, sino también la adulta, ya iniciada en el sistema macrosocial tanto por la relación de pareja como por el compromiso laboral - profesional. Efectivamente entonces comienzan a abrirse las puertas institucionales para dar respuesta profesional a esta demanda que, a diferencia de la adolescente, presenta rasgos generales de conformismo y adaptación.
En lo que va de la década del 80, la nueva situación democrática hace que salga a luz una realidad ya difusa en las clases sociales en la misma proposición, en términos generales, en que se dan esas clases.
El recurso a la medicación en forma masiva y los grandes intereses económicos que organizan una red sutil y compleja de minitráfico, contribuyen en gran medida a popularizar la droga.
Dentro de este planteo general falta hablar de la droga, sustancia neutra que desde afuera incide severamente en el organismo, particularmente en el sistema nervioso central, para estimular, tranquilizar o producir alucionaciones.(2) La droga es, entonces, toda sustancia natural o sintética que tiene estos efectos. El descubrimiento de fármacos importantes provocó el adelanto espectacular de la medicina, ya por sus efectos directos, ya por posibilitar la intervención en centros vitales. Esto significa que la intervención droga es un arma importante de las ciencias y se puede usar, ya para el adelanto y el progreso, ya para la destrucción y muerte; exactamente lo que pasa con la energía atómica, todo depende del uso que haga de ellas el hombre.
La drogadicción es el uso de la droga transformado en hábito y necesidad, en tal medida que casi no se puede vivir sin ella. Ordinariamente se habla de dependencia.
Y tocamos aquí un dato importante no captado en toda su profundidad por la clínica tradicional. La dependencia de la droga se inscribe en una condición humana de necesaria dependencia, ante todo la niñez. Por lo tanto, la dependencia es algo de lo que no se puede privar honestamente al hombre. En este sentido, la provocación del síndrome de abstinencia sin nada a cambio, es decir, sin otra dependencia necesaria para existir, puede constituirse en un acto inhumano. Efectivamente, la condición humana puede definirse como dependiente, desde la simbiosis uterina hasta la situación social mediante el ejercicio de la participación con vista a la integración, pasando por la dependencia endogámica definida por las identificaciones, y por la dependencia exogámica de los grupos d epares (adolescencia) con vista a la experimentación.
La dependencia de la droga se da como necesidad para suplir la falta de adecuada dependencia humana, generalmente e la niñez, como fundamento de seguridad y confianza.
En consecuencia, es ingenuo pensar que la drogadicción tiene lugar por la fatalidad de un contagio epidémico. El mismo grupo humano en su compleja, desfasada e inadecuada manera de resolver el problema de la existencia, introduce mecanismos generadores de drogadictos. Las familias no son sino caja de resonancia de la macrosociedad, que para subsistir logran una homeostasis precaria, con frecuencia sacrificando a uno de sus miembros como depositario o emergente.
El problema de la drogadicción se puede enunciar en términos generales de esta manera: El modelo que de hecho impone la sociedad no sólo es inadecuado sino que atenta contra el hombre. La familia está en situación de dependencia con respecto a esta sociedad, cin clara conciencia de lo que pasa y sin poder contrarrestar sus embates. Un miembro en particular comienza su existencia simplemente identificándose con el medio y sin la dependencia adecuada por la sobreexigencia desmesurada que la sociedad impone a los miembros adultos de la familia. La dependencia de las drogas es sustitutiva: logra una seguridad y confianza básica y de aquí en más el estímulo, la tranquilidad o la vivencia de un modelo delirante, según el caso.

II. Aspectos psicoaxosociales

Para la visión global y totalizadora del fenómeno moderno de la drogadicción dentro de una sociedad concreta (a lo que hicimos referencia antes), no es indispensable hacer uso de una teoría determinada a falta de alguna pretendida cosmovisión. Basta seguir el hilo de una realidad que se temporaliza y tener en cuenta, en este temporalizarse, tres momentos: el presente donde tiene lugar un hecho vivido en forma directa e inmediata pero que no se acaba de aceptar, o se tergiversa, o se niega, o simplemente se ignora; el pasado, cargado de riqueza pero frecuentemente condicionante y hasta traumático en su calidad de norma (pattern); el futuro, como posibilidad de superación y, por lo tanto, de valoración propia.
Esta es la clave hermenéutica que aplicaremos. La drogadicción como fenómeno psicoaxosocial tiene en cuenta estos tres aspectos: lo psíquico como subjetividad en donde el hecho eclosiona al presente; lo social como trama donde la norma se instaura desde un pasado; lo axial como posibilidad de superación mediante una valoración que se proyecta en el futuro.
Se ha de advertir que estos tres momentos o aspectos de la existencia que se temporaliza pertenecen a la misma realidad, sin consentir divisiones ni compartimentalizaciones. Puede ser que predominen de manera diversa en épocas diferentes.

A. El hecho de la drogadicción

El hecho de la drogadicción se manifiesta en dos categorías que corresponden a dos etapas de la vida humana: la adolescente y la adulta.(3) Sobre esta distinción básica con características bien definidas se han de distinguir subcategorías.

1. El adolescente que hace uso indebido de drogas.

La adolescencia se define como época de transición. Se sitúa entre la familia y la macrosociedad; es un ponerse en camino (éxodo) dejando la familia (exogamia).
Pero hay además otra característica que acompaña a esta situación genral: la movilidad desde la familia a la macrosociedad no se realiza en soledad o aisladamente, sino con los grupos de pares. Estos grupos sustituyen parcialmente a la familia para cumplir otra función: son grupos de experimentación (4) en los cuales mediante el ensayo que deriva ya un éxito, ya en fracaso, el adolescente se prepara para ocupar un rol social como expresión de identidad o de posible identidad. Los importantes modelos identificatorios de la niñez contribuyen y obstaculizan, a la vez, esta búsqueda intensiva de identidad: contribuyen porque brindan elementos significativos de la propia experiencia; obstaculizan en la medida en que tienden a tornarse rígidos o a cristalizarse.
La adolescencia es así un proceso crítico de cambios rígidos e intempestivos, de sorpresas y sobresaltos, de búsqueda y descubrimientos. Se puede vivir en forma muy convulsionada y hasta tornarse insostenible. De ahí que el adolescente necesita apoyarse en la familia para permitirse una pausa y tomar aliento en la situación de dependencia - seguridad de la niñez añorada, para luego seguir su experimentación grupal en su camino inexorable a la inserción social. La relación de pareja y la iniciación ya laboral, ya profesional, son los pivotes de la futura nueva situación y, por ende, del ensayo.
En estos grupos normales de experimentación donde se da la droga como una experiencia más. Es una edad en que todo se prueba, haciendo gala de espontaneidad y libertad, la droga es una aventura más asumida por el grupo y hasta impuesta como condición y desafío. Todo esto está dentro de la normalidad, donde el adolescente comienza a construir de sí mismo y por sí mismo, fuera de esa inclusión endogámica donde el entorno lo definía.
En esta situación de sostenida experimentación se elige lo que resulta útil y beneficiosos y se rechaza lo que se vive como dañino y perjudicial. Y esto es lo que convence al adolescente: no la prédica retórica sobre el bien y el mal, sino lo que se comprueba bueno o malo a partir de la propia experiencia.
Pero, ¿qué pasa cuando se elige la droga después de las primeras experiencias? El itinerario trágico de muchos adolescentes comienza así. Primero en forma placentera y como ante un gran descubrimiento. El mundo se transfigura y todo resulta sorprendentemente fácil. El grupo es el ámbito donde tiene lugar una comunicación mágica mediante esta nueva comunión. (5) Pero muy pronto tiene lugar el desborde o el descontrol que rebasa lo grupal como inconducta y exige la intervención de las fuerzas del orden. Este choque origina una cadena de deslealtades, traiciones, acusaciones y desilusiones. El grupo se desintegra. Los que necesitan seguir con la droga terminan haciéndolo en forma solitaria y huyendo de la gente para no tener problemas. (6)
La droga que comienza como necesaria para funcionar, paulatinamente va echando por tierra todas las psibilidades reales de inserción, y ella misma se torna de medio en fin. He aquí la perversión mayor. Usando una terminología kierkegaardiana, la drogadicción corresponde al nivel estético de la vida en base a lo agradable y desagradable. La elección de la droga no es la elección de si mismo, sino de una situación que se desata sin control y en la que simplemente se está hasta que duren sus efectos. Hay un mecanismo de identificación con ese estado producido que se busca siempre de nuevo con una repetición cada vez más compulsiva. Es un mito de eterno retorno con la pretensión de fijarse definitivamente en ese estado, que sin embargose desvanece. Así como el hombre que poseía una estructura mítica de pensamiento necesitaba envolverse e impregnarse de mito para dar sentido a su vida, así también el adolescente necesita revestirse del chaleco químico de la droga para ser lo que no puede por sí mismo o dejar de ser lo que no puede evitar de otra manera. (7)
Esta dependencia de la droga, como necesidad descubierta y luego apetecida, constituye una valoración segura y efectiva, auqneu apenas en un primer momento. Pronto se demuestra su valoración fugaz y engañosa que derivará en autodestrucción. Por de pronto, para el adolescente constituye de hecho la mejor alternativa, frente a la otra del sinsentido y, luego, del suicidio.
La vida así es asumida como vivencia plena, total y que modo por excelencia para iniciarse efectivamente en otra realidad, pero en forma cada vez más repetitiva y menos satisfactoria, los tenues vínculos con la familia y la sociedad tienden a romperse: alejamientos cada vez más frecuentes de la familia, incapacidad de mantenerse en un trabajo, relación de pareja irregular y finalmente postergada. Fracasos, problemas innumerables, enfermedad y soledad quedan como triste saldo de una ilusión que se desvanece.
Al solucionar el adolescente el problema de su falta de adecuada dependencia - del pasado y por ende del presente - mediante una dependencia sustitutiva y regresiva, al mismo tiempo busca superar disociaciones y aislamientos mediante una comunicación vivida sin esfuerzo, casi sin palabras. Estamos aquí ante una tipología, quizás la más amplia y frecuente. Es al mismo tiempo la que más corresponde a la etapa del adolescente.
A esto puede agregarse una marcada huida de la realidad y la canalización de los ideales ético - políticos, místico - religiosos o estético - sentimentales. Aquí se insinúa otra tipología con rasgos propios que se canalizó en el otrora hippy, de poco eco en nuestro medio.
Finalmente, en un tercer grupo se observan fuertes tendencias a resolver la propia existencia con algún sometimiento incondicional a la familia o a algún familiar, máxime después de una insoportable conciencia de culpa. Si desaparece la droga, reaparece con fuerza la necesidad de aferrarse a una figura definida, a una estructura, a alguna institución. (8)
En la carrera drogadictiva el adolescente sufre un triple desprendimiento de consecuencias severas: de la familia, donde siembra el sufrimiento y la desolación; de su grupo de pares, donde desbarata su función de iniciación y preparación para la adultez; de la misma sociedad, con un actitud de protesta y rechazo.
El resultado de la drogadicción adolescente es la tendencia a la marginalidad. En la adolescencia adicta se manifiesta con toda efervescencia, pero la margen o fuera del juego social.

2. El adulto que hace uso indebido de drogas.

La condición del adulto se define por la participación e integración social mediante el ejercicio de roles. Generalmente, ya existe la pareja matrimonial con hijos y el desempeño de algún trabajo o profesión. No aparecen los rasgos de marginalidad de los adolescentes adictos. En el caso de adolescentes adictos que llegaron a la edad adulta es notable la falta de integración social y la presencia de una verdadera subcultura como rechazo, rebeldía y protesta.
El adulto ya está iniciado en el juego de la macrosociedad, por eso aparece con todas las de conformismo y adaptación. Dentro del juego de roles con el que busca un lugar propio, la participación en vista a la integración constitutye el quehacer adulto ya que en la sociedad y con ella no sólo descubre su posibilidad personal, sino también los medios para lograrla.
La droga no se inscribe en un contexto peculiar y transitorio - como el grupo de pares para la experimentación-, sino en el ejercicio mismo de roles y funciones dentro de la macrosociedad.
En este contexto diferente, la droga sólo puede tener sentido para cumplir y sostener un rol social determinado, incluso cuando se está fracasando en el ejercicio de ese rol. Quizás lapalabra fracaso sea la que mejor describa una situación que se pretende solucionar con la droga, en una drogadicción sin espectacularidad ni "circo", pero mucho más grave y con consecuencias.
La situación de una telefonista que necesita sostener su puesto al servicio de la sociedad en la interpelación continua de emergencias y urgencias por hechos de peligro, sangre y muerte; la necesaria intervención bajo la obediencia debida en represiones violentas y con derramamiento de sanfre; la lucha denodada por salvar una vida con la responsabilidad de un profesional en un servicio de cardiología; el sostener diariamente el movimiento de una escuela de numeroso alumnado en un pueblo de provincia: todo esto clama por ayuda y la droga comienza siendo una compañera providencial, al principio inocente, pero después cruel y despiadada.
Con respecto a los adultos internados, la primera impresión es la de un grupo postrado, arrastrándose por la residencia, disperso, en un ambiente sumamente depresivo, con menos urgencias y actuaciones, pero en una situación grave; los profesionales merodean sigilosos de aquí para allá, pero sin modificar fundamentalmente esta situación. En este ambiente es donde se comienza a hablar con insistencia de psicosis, no sin oposición y resistencia por parte de otros grupos profesionales.
Detrás de este cuadro aparece el fracaso en sus dos formas sociales por excelencia de inserción: primero, en el oficio - profesión. Luego en la relación familiar a partir generalmente de una inseguridad económica como secuela del fracaso laboral. El derrumbe en estos dos niveles, cuando la droga se instala con su mecanismo de disociación y segregación, es inevitable.
Se observa que en esta situación extrema de autodestrucción cobra relieve e importancia el rol del médico o del psiquiatra. Desde el punto de vista del juego de roles, el chamán y el hechicero desempeñaban una función similar; el curandero en la cultura rural. El uso de una palabra mágica y el manejo ritual de objetos intermediarios para reforzar el lenguaje, se da en todos los casos. El médico usa un lenguaje esotérico y prescribe algo que se ignora, pero que se acepta con fe: la medicación. A este respecto, el psicólogo está en desventaja porque sólo maneja la palabra críptica que se termina aprendiendo. El mero hecho del manejo de la medicación, al margen de los aspectos académicos y científicos, tan racionalizados en nuestra civilización, es un arma poderosa.
Este cuadro social se va cerrando más. El adulto destruido por el uso indebido de drogas, necesariamente debe recurrir, dentro del cuadro social impuesto, al médico que ordinariamente prescribe una ingesta de drogas. No se concibe una consulta sin receta. ¿Cómo contrarrestar la dependencia de las drogas con esta modalidad impuesta?
Todavía este cuadro típico nuestro se va cerrando más. El médico que autoriza la droga a los demás, ¿no podrá él mismo salir del paso automedicándose? Ya es una modalidad social la automedicación. El médico tiene además la ventaja de acceder a ciertas drogas vedadas al público en general. Y aquí la realidad es elocuente. Llama la atención la internación de médicos, estudiantes avanzados de medicina y enfermeros, casi como una constante. Esto pone en evidencia la correlación social entre médico, medicación y droga. El público en general no advierte que la medicación es droga y puede inducir a la drogadicción. (9) El profesional que administra la medicación puede estar contribuyendo a la drogadicción y él mismo puede constituirse en la primera víctima por la nobilísima razón de desempeñar su rol social con toda entrega y responsabilidad.
En cuanto al rol social del médico ejercido en el ámbito terapéutico, se pudo observar casi un ritualismo insólito en las frecuentes noches de guardia. Se podía percibir una especie de letanía interminable y a veces en cadena, como petitorio, ya por la medicación mágica, ya por el refuerzo infalible. Y el efecto se sucedía aunque el suministro se hubiera hecho en la forma evasiva de un placebo.
Todo este cuadro refleja los mecanismos usuales de nuestro mundo adulto, más allá de la seriedad de la ciencia o del prurito por objetividad. La droga se convierte para el mundo adulto en el medio por excelencia para llegar a ocupar un lugar en la sociedad. La identidad meramente subjetiva, así dicha auténtica, puede ser una mera entelequia. Sólo adquiere forma y se encarna cuando aparece como rol o función. (10) Y esta función va desde unanecesaria y adecuada presencia corporal hasta una imagen rpofesional o laboral que se ha de sostener, a veces en situación de mucho stress. En ambos casos la droga que se ingiere, se inyecta o se inhala puede venir muy bien, al menos en un primer momento. (11)
Así como la drogadicción adolescente tiene como efecto la marginación o la tendencia a la marginalidad como disvalor, en la drogadicción adulta esta desvalorización que siempre se insinúa constituye la autodestrucción.

B. Los mecanismos generadores de la drogadicción

Hasta ahora nos hemos limitado a presentar el hecho de la drogadicción así como se manifiesta, evitando cuidadosamente encuadrar ese hecho dentro de alguna teoría científica, por más prestigiosa que sea. Por eso, lo que predomina en el relato precedente es la descripción y caracterización, antes que la definición y conceptualización.
Pero ningún hecho humano se da como acto puro y virgen. Todo lo contrario; todo hecho se inscribe en el fenómeno humano porque se da dentro de una norma. La cultura como legado y patrimonio puede considerarse esa norma general (pattern) dentro de la cual surge el hecho humano como conducta. La norma es entonces algo que, a diferencia del hecho, surge del pasado y permanece en el presente para seguir inspirado en mayor o menor medida, una conducta.
Para remontar a esta instancia diferente del hecho, encontramos en el pasado dos ámbitos desiguales: la familia y el medio; la familia dentro del medio y como su caja de resonancia.

1. La familia.

La situación de endogamia define la dependencia propia de la niñez. Es decir, el niño vive necesariamente una larga dependencia en el seno familiar para lograr seguridad y confianza básicas. Con razón la psicología desarrolla, en esta situación, el tema de las identificaciones. El conjunto que mejor ilustra esta situación es el de la inclusión. El niño no se define por aí mismo sino por la situación familiar con la que, en términos generales, se identifica.
¡Qué importante y fundamental es vivir adecuadamente esta dependencia! La dependencia de las drogas suele ordinariamente considerarse en forma disociada de esta dependencia, a la que seguramente sustituye cuando no se dio o fue inadecuada. Y la función es la misma: brindar, en general, seguridad y confianza.
¿Está nuestra familia en condiciones de brindar esta dependencia, fuente de seguridad y confianza?
El espectro familiar a la luz de las estadísticas nos ofrece una realidad cruda de separaciones y conflictos, casi insuperables. (12) Detrás de los casos de drogadicción suele estar el drama de una familia destruida irremediablemente: madres separadas que volvieron con sus hijos a vivir con familiar; mujeres que volvieron a casarse sin lograr un ajuste de la pareja en la familia; parejas que no aciertan en la orientación del hijo adolescente, etc. (13)
En términos generales, la familia del drogadicto no logra crear el clima adecuado de seguridad y confianza en la etapa de necesaria dependencia de la niñez. Por eso la preadolescencia, y ante todo la adolescencia, suelen entrar en una situación de caos por la total inseguridad, confusión, ambivalencia y desorientación, al faltar un firme punto de partida o de sustento en el proceso de exogamia que se está viviendo.
Esta situación se puede describir como de abandono con respecto a seres humanos indefensos y necesitados: un abandono en el que se da un vacío existencial difícil de llenar.
Pero se ha de agregar además que este abandono y vacío, intolerable en la edad de la niñez, se llenan de situaciones conflictivas duras y despiadadas, entre los miembros de la familia. Al abandono y al vacío se agregan, entonces, una división desgarrante y un tomar partido que amputa, ya por mamá, ya por papá, ya por algún otro miembro. No se da la unidad familiar como fundamento constitutivo de la propia unidad existencial, y se internaliza la división, la disociación, la negación y el encubrimiento, como modalidades de conducta.
Después de muchos años de esperiencia en el tratamiento de adolescentes que hacen uso indebido de drogas, un profesional concluía perentoriamente que los drogadictos son esencialmente mentirosos. Pues bien, para ubicar como corresponde esta mentira se ha de tener en cuenta todo lo dicho en el párrafo anterior sobre la disociación.
El adolescente con este trasfondo familiar vive su adolescencia en forma exacerbada: como experimentación sin límites y compulsiva por llenar un vacío, por gritar desesperadamente su desgarramiento, por rechazar con odio lo que lo destruye, pero llenándose de culpa.
La función existencial de la droga es aquí importante porque, por de pronto, viene a llenar un vacío haciendo superar la inhibición y logrando un camino a la comunicación. La droga suple una función vital y, por lo tanto, necesaria: va a crear un vínculo de seguridad contrarrestando el abandono y llenando un gran vacío; va a ser fuente de paz y tranquilidad frente al trauma de conflictos y separaciones, va a incentivar en la búsqueda y experimentación haciendo acariciar la creatividad y el éxito; finalmente, va a transportar a un cielo de felicidad y delirios que se agotará en el flash del momento. La droga es el elemento que asciende a categoría mítica para producir mágicamente la identificación con lo que se piensa plena y total. (14)
Se ha de agregar también que la droga sirve para romper un sometimiento avasallador y anulante que se da en familias muy estructuradas, ya como respuesta defensiva al medio, ya por pertenecer a un estrato social que tiene esas características.
El adolescente que no tolera esta situación encuentra en la droga el medio para romper y, al mismo tiempo, protestar, haciendo lo contrario. Pero a la larga cae en la cuenta de que no hace sino suplir un sometimiento por otro, con el agravante, como duro precio, de una gran conciencia de culpa. Y si la droga produce de hecho un derrumbe que se transmite a la familia, entonces la vieja dependencia aparece como la única salida, además de ofrecer la posibilidad de reparación.
Al tema de la familia pertenece también la relación con los hermanos en base de igualdad. Es la relación que funda psicológicamente la relación de pares, de los aolescentes, y la relación del adulto en dirección horizontal con las motivaciones básicas de reconocimiento y respuesta afectiva. Hay que reconocer que la estructura familiar se modifica con la venida de cada hermano, y por momentos, se vive como crisis y ajuste. Por otra parte, la rivalidad frecuente y competencia intensa que se viven entre hermanos significa, al mismo tiempo, la aceptación incuestionable de una situación común a partir de una misma madre y un mismo padre.
En una familia abandónica y con severos conflictos de pareja, los hermanos carecen de la incuestionable situación común y personalizan las divisiones consagrándolas, logrando, generalmente, algún beneficio secundario.
Cuando no hay relación de hermanos, es decir, cuando el hijo es único, la situación puede agravarse por la tendencia a romper con facilidad ante la mínima dificultad. Este quedarse solo remite, de hecho, a la situación conflictiva del hogar o de lo remanente de hogar, con el impulso ulterior a huir de nuevo a la soledad y el aislamiento, camino a la muerte social y a la autodestrucción.
A este respecto hay que tener particularmente en cuenta la situación rioplatense de bajo índice de natalidad, donde la relación de pares se ejerce precariamente por la aparición de los hermanos que más bien hacen esfuerzo de papá o de mamá, o simplemente porque se es hijo único.
Para todas las situaciones anteriormente descriptas, la droga aparece como tabla de salvación, remedio milagroso y solución total. El adolescente que sortea sin mayores quebrantos su etapa de transición, ya porque su situación familiar no fue extremadamente grave, ya porque el medio lo ayudó particularmente, en la edad adulta, habiendo asumido una responsabilidad social mediante un rol que le brinda recursos, y la iniciación de una relación más estable en pareja y familia, siente la falta de sustento en su propia historia familiar y el acecho a veces despiadado del individualismo urbano. El adulto, en su esfuerzo denodado por lograr una identidad mediante el ejercicio de roles, se ve ante el vacío de identificaciones con sentido, con las cuales adificar su identidad.
Hablando del mundo adulto debemos tener presente esa categoría de los que no resolvieron la drogadicción adolescente y ahora piden tratamiento desde una situación de marginalidad, si no de marginación. Los casos judiciales tienen aquí su lugar propio.

2. El medio

sería del todo injusto cargar sobre la familia todo el peso de la responsabilidad con respecto a la drogadicción de los hijos. A esto nos conduciría una consideración aislada y disociada de la familia. Lo real es que la familia está inmersa en la sociedad y es una caja de resonancia: resiste las más de las veces, también sucumbe. Si la drogadicción es emergente y síntoma de un malestar que está en todo el cuerpo social, ¿cuál es ese malestar de nuestra cultura que genera un fenómeno autodestructivo?
El caldo de cultivo para que, después de la guerra de Vietnam, la drogadicción prendiera y se difundiera en proporciones cada vez más alarmantes, se da en la misma mentalidad común a la cultura de la industrialización, que se concentra en las grandes ciudades.
La situación común a Europa y América consiste en la aceleración, llevada ahora al extremo con la difusión del modelo cibernético. Las computadoras comienzan a invadir la vida social y el hombre mismo se mide por la rapidez y eficiencia de la electrónica.
No es casualidad que a esta aceleración alienante, por mecanizadora, se responda a tono con una droga que surge del mismo medio, las anfetaminas, para seguir el ritmo alocado de una sociedad automatizada. El trabajo sostenido de lunes a viernes con la eficiencia de una máquina, exige que, desde el mismo momento en que comienza el fin de semana, el hombre rompa los límites entregándose, en el mejor de los casos, a las drogas convencionales, para, en el transcurso del domingo reacondicionarse y comenzar nuevamente el lunes como si nada hubiera pasado. Este dato corresponde a las sociedades más evolucionadas.
La aceleración y automatización del trabajo deshumanizan y producen ese engendro típico de "Occidente", el jubilado, como pieza gastada del gran aparato social.
Dentro de esta situación general, la droga cobra perfectamente sentido como ayuda, paliativo y revancha.
La drogadicción surge también, con toda espontaneidad, desde la mentalidad de consumo. Somos una sociedad de consumo porque somos una sociedad de producción. Y el consumo, como necesidad de mantener la producción, se sostiene mediante una campaña montada por los medios masivos de comunicación.
El resultado es que nuestra sociedad es en principio adictiva, y la solución de los problemas se hace mediante la adicción o cambiando de adicción. Una sociedad adictiva, como somos, produce connaturalmente drogadictos. Desde el punto de vista sociocultural, adicción y oralidad están en la base de la drogadicción.
Al marco general de la cultura de la industria se ha de agregar una situación particular argentina (y latinoamericana) definida por el desarraigo. La dependencia de la droga responde consciente o inconscientemente a esta situación insostenible de desarraigo.
Nuestro desarraigo consiste históricamente en la negación de lo autóctono, expoliación de lo propio y movilidad y aculturación. Esto último como cambio cuantitativo y cualitativo de la población desde la segunda mitad del siglo pasado. Si remontamos nuestro árbol genealógico vamos a parar, en la mayoría de los casos, a Europa, luego a pueblos semiexterminados o a poblaciones desplazadas y marginadas, o a criollos y nativos con complejo de inferioridad.
Esta situación de desarraigo, que remite a los lugares más diversos y heterogéneos del mundo o a grupos minoritarios casi vergonzantes de su propia historia o, a lo sumo, ufana de cierto logro colonial - hispánico, no deriva en un tronco común. Todavía no existe un tronco común del que se tenga conciencia social, fuera de una misma lengua, violentamente impuesta o necesariamente aprendida.
Nuestro individualismo social, a diferencia de otros individualismos, tiene esta base histórica de desarraigo.
La droga tiene también su caldo de cultivo en esta situación a la que ofrece una dependencia que, al menos hace vivir, en el momento, la seguridad y la confianza. Si en el nivel personal el camino normal para remontar vuelvo a la realización de la propia identidad es el de las identificaciones vividas intensamente en la niñez, en el nivel de pueblo se da el vacío de identificaciones y, por lo tanto, la falta de camino.
A este respecto hay dos personajes que encarnan la frustración de nuestros ideales: Martín Fierro, gaucho perseguido, que debe abandonar a su mujer y sus hijos y huye al desierto, representa a una primera síntesis malograda de nuestro ser; el compadrito de la gran metrópoli, pero arrabalero, también solo y que se dedica, sin futuro, a llorar o a evcar a la "vieja", otra síntesis fracasada que representa al ser de la inmigración.
A modo de resumen y considerando la drogadicción como síntoma y emergente de nuestra sociedad global, podemos hacer la siguiente relación:
" Como sociedad de consumo nuestra sociedad es adictiva. Con el consumo oral busca la aceptación y/o adaptación, también la huida efimera y aparente. Y esta sociedad se vive como acelerada y decadente en más de un aspecto.
" A la aceleración moderna se responde con la anfetaminización, también aceleración pero artificial y provocada. Detrás del abuso notorio de las anfetaminas está la búsqueda de la creatividad, la reducción de la fatiga y de la depresión, frente a una sociedad industrializada y mecanizada.
" A la chatura de la vida de la sociedad - efectivamente desde 1968 los movimientos juveniles de protesta, de todo el mundo, estigmatizan a esta sociedad como hipócrita, inauténtica y a contramano con la historia -, se responde con drogas que fomentan la evación y conducen a la formación de grupos, con una misión más o menos delirante. (15)
" Finalmente nuestro desarraigo cultural, que está en la base de nuestra inorganicidad social o individualismo, hace que en la droga se encuentre el vínculo de necesaria dependencia, el tronco común mediante el aglutinamiento mágico y fugaz.

La droga tiene su cuadro lógico en el contexto sociocultural que caracterizamos; no constituye de ninguna manera un epifenómeno o un simple producto colateral.

II. La prevención

En este enfoque, que trata de percibir todo el alcance psicoaxosocial de la drogadicción, sólo resta hacer algunas consideraciones generales a manera de conclusión.
Si los mecanismos generadores de la drogadicción calan hondo en las características de nuestro "occidentalismo", entonces la prevención no puede consistir en tocar felices las panderetas y cantar "Ara, ara Crishna".
La impresión es que se piensa con ligereza e ingenuidad sobre prevención. (16) En el presente y desde hace algunos años parecería ser el tema predominante en la convicción de algunos sectores de nuestro país, como en el planteo que viene desde Europa. Por otra parte, se sabe que los protagonistas preventivos de otros países, que cuentan con ingentes recursos, fracasaron al obtener el efecto contrario. Entonces es lógico que, además de crear una nueva fuente de ingresos, la tarea preventiva no sea tomada a la ligera o con criterios miopes.
La prevención a la que nos estamos refiriendo apunta a suprimir las causales del fenómeno, y si los riesgos y los mecanismos generadores parecen seguir un curso inexorable desde hace dos siglos con la instauración de la industria, y todo el proceso sociocultural que se desata entonces se muestra irreversible, es evidente que no se deben crear falsas expectativas y se han de pensar soluciones a largo plazo, no en meros paliativos.
Lo que está pasando en las sociedades del hemisferio norte, tanto en EE.UU. como en Europa, nos previene contra el facilismo. Cuando surge el tema desde Italia y desde España pareciera que el mundo adulto se preocupara y se organizara para adaptar a la juventud adicta a su mundo, esa juventud cada vez más escasa.
Nosotros vamos teniendo clara conciencia de que la adicción es un problema de la sociedad adulta. Por ejemplo, que la adicción de los profesionales emerge en los pacientes o asistidos, y este hecho es mucho más grave que la mera señal de alarma de los drogadictos. Las Naciones Unidas tienen total razón cuando difunden afiches con la leyenda: "The Drug problem is a problem of People. What are you doing about it?"
Por otra parte, el hecho de que estamos inmersos culturalmente en el "occidentalismo" hace que la prevención no pueda considerarse en forma aislada y unilateral. Dependemos también de Occidente en nuestra drogadicción, y el desarraigo latinoamericano acrecienta esta dependencia. Por el momento las manifestaciones son menos alarmantes en nuestro país, pero no por eso deben dejar de inquietarnos al punto de decir, como en el cortometraje, "Todo está bien". Hasta hace poco era una consigna decir "aquí no pasa nada", por supuesto, comparativamente y con el argumento que por pronto somos un país de tránsito.
Pero más allá de toda disquisición apaciguante, lo cierto es que hay un mercado importante y una demanda en continuo crecimiento. Todavía la heroína y la cocaína no hacen estragos porque es otro nuestro poder adquisitivo que el de los países industrializados. Pero igualmente hay en nuestro país un recurso masivo a la medicación.
De acuerdo con el tema desarrollado en el punto anterior, las características del trabajo preventivo son las siguientes: ha de surgir, en primer lugar, de una política educativa implementada en el nivel nacional, y que apunte a esas causales que calan hondo en nuestra cultura. Hace 14 años, cuando comenzábamos a trabajar directamente en el fenómeno, no habíamos soñado que detrás se escondía amenazante el SIDA. Tanto más urgente se hace atacar el problema que no sólo significa desintegración cultural sino también vital, porque mina las bases bióticas del hombre.
En segundo lugar, esto no es posible llevar a cabo en forma aislada y disociada. Occidente es una macrocomunidad que comparte parámetros culturales en un juego permanente de movilidad e intercambio. Es necesario que esta política, que apunta a las condiciones socioculturales concretas de un grupo humano, se acople e integre a políticas e intereses de las diferentes comunidades de Occidente, haciendo causa común. (17)
Pero las conclusiones no sólo pueden visualizarse en un nivel general tanto nacional como internacional. La experiencia concreta y sostenida en el trabajo de internación ofrece una lección importante. Las estructuras nacionales están muy alto y son demasiado complejas, de difícil instauración y mantenimiento. Lo concreto que impone la experiencia diaria con drogadictos es el trabajo grupal y la función insustituible del grupo como crisol donde se frague el nuevo hombre. En el grupo se toma conciencia, pero no esa conciencia en oposición al inconsciente freudiano, sino simplemente conciencia de la realidad. El grupo es el salvavidas que sostiene en la superficie del juego interpersonal, en tal medida que toda terapia o intervención que se limita al individuo no podrá avanzar más allá de lo paliativo. El individuo que se maneja fuera del grupo y acaba convenciéndose de su individualismo sarteano como un "deber ser", está en el constante riesgo de caer en la verticalidad de su propia historia y, por lo tanto, en la muerte. Es hacia donde lleva el narcisismo.
Por otra parte, es incuestionable que una experiencia en sus orígenes traumática o patógena sólo puede ser contrarrestada adecuadamente por otra de signo contrario. Y si la primera surgió del grupo primario como caja de resonancia de la macrosociedad, también la segunda deberá surgir del grupo.
Es mucho el material acumulado al respecto que deberemos analizar objetivamente. Mientras tanto, la experiencia latinoamericana (18) ya comenzó a documentarse y sistematizarse con un sesgo desconocido en otras latitudes. Es ésta la experiencia sobre la que, como expresión auténtica de nuestra realidad, se ha de montar e instrumentar mejor el trabajo en todos los niveles: prevención, tratamiento y resocialización.

Notas
1. Cattani, H.: "Panorama de la legislación argentina en materia de estupefacientes y psicotrópicos", Buenos Aires, Cuadernos de trabajo del CENARESO, 1975.
Idem: La legislación penal sobre estupefacientes, Cuadernos de trabajo del CENARESO, Buenos Aires, 1978.
Navarro, G. R.: Los estupefacientes. Un análisis jurisprudencial de la Ley 20.771 y de sus complementos, Buenos Aires, Pensamiento Jurídico Editora, 1985.
2. Sobre las sustancias psicoactivas puede verse una actualización sumaria en Vidal, G. Y Alarcón, R. D., Psiquiatría, Buenos Aires, Panamericana, 1986, págs. 386-396.
3. Desde hace más de una década se divulga en conferencias, cursos y diarios una categorización que traduje hace 13 años de Chambers, C.D., Contributions of Psychological Research to Drug Abuse Prevention Education. Se trata de un estudio epidemiológico ajeno a nuestro país donde se dan 4 categorías:
Drug experimenters: experimentadores por vía de ensayo,
Dysfunctional users: usuarios ineptos.
En este artículo, Chambers indica el correlato social y psicológico de las respectivas categorías. Finalmente hace una referencia brevísima a los programas en forma de evaluación.
Esta categorización se mostró muy útil, ante todo por su extrema simplicidad que va en una progresión de menor a mayor en la indicación de la gravedad del caso. Por lo demás es general y abstracta; hasta podríamos decir totalmente insuficiente.
4. OMS, La juventud y las drogas, Serie de informes técnicos N° 516, Ginebra, 1973.
1° Congreso Internacional Sobre Uso de Tóxicos Por la Juventud Universitaria, CEMEF INFORMA IV (1873) N° 3, págs. 10-13.
McGrath, J. H. Y Scarpitti, F. R.: La identidad y las drogas en la juventud actual, Buenos Aires, Paidós, 1973.
5. Linguisticamente es muy gráfica la expresión de la jerga que se refiere a la situación seudogrupal obtenida por la droga: "Todos curten en silencio un mismo mambo". Por lo tanto, hay una falta total de diálogo.
6. El resultado en esta escalada drogadictiva es que cada uno termina "pateando solo la calle". El deterioro llega al extremo y es entonces, en esa situación insostenible de "reventados", cuando se va a golpear la puerta de alguna institución.
7. no deja de ser curiosa esta solución mágica de la existencia dentro de una mentalidad mítica donde la iniciación es la droga. En el mito no tiene sentido la temporalidad porque la plenitud se ubica en un origen privilegiado y total: algo así como una especie de eternidad que en la hermosa definición de Boecio en la posesión total, simultánea y perfecta de una vida interminable (interminabilis vitae totasimult et perfecta possessio). Por la droga el adolescente produce un flash o un "mambo" o un "viaje", fuera de las condiciones normales de la existencia. La droga, con todo el ritual que la rodea de dimensión mágica, se transforma en un verdadero rito de pasaje.
8. A mediados de la década pasada, en un sondeo de 50 casos, dentro de la categoría de adolescentes, se destacaron las subcategorías mencionadas en la proporción de 54, 32 y 16 % respectivamente. A esto corresponde también en general el tipo de drogas que se usan. Cf. Cuadernos del CENARESO 49, "Tendencias del uso indebido de drogas detectadas por el CENARESO", primer semestre, 1980.
9. Que la medicación sea droga es una verdad de Perogullo. Sin embargo, la medicación o el remedio difieren cualitativamente porque tienen, o deberían tener, la propiedad específica de curar, por una parte, y el control autorizado de un profesional, por otra.
10. Este es justamente el aspecto que establece un objeto propio, diferente de la psicología y sociología, a saber, el rol. A partir del rol surge una ciencia nueva que se llama psicología social (cf. G. Mead). Este mismo objeto propio tiene lugar cuando E. Pichón Riviere pasa del aparato psíquico al vínculo, cambio que determina el pasaje del psicoanálisis a la psicología social. En el encuadre del presente trabajo nosotros preferimos hablar de una perspectiva psicoaxosocial, siguiendo las huellas de M. Herrera Figueroa. Efectivamente lo psico-axo-social visualiza tres zonas del fenómeno humano, irreductibles entre sí.
11. en todo este trabajo no hemos mencionado los inhalantes. Su uso aislado entre los adultos (por ahí fue posible encontrarse con un zapatero que descubrió en el pegamento efectos interesantes o un estudiante de arquitectura con serios problemas de integración) cede lugar a otra problemática: actualmente la novedad se liga a una edad muy temprana de niños que prematuramente se desapegan de sus hogares.
12. Desde 1940 a 1977 se quintuplicó el número de separaciones. Este es justamente el rubro de la estadística que más crece en proporción. Se entiende entonces que los hijos nacidos de tales uniones estén en desventaja por la vivencia afectiva conflictiva que la situación conlleva.
13. Desde este punto de vista el drogadicto se considera una personalidad abandónica, categoría usada hace años por un colega psicólogo, Eduardo del Mármol, en su tesis doctoral presentada e la Universidad de Belgrano. Pero una personalidad abandónica supone una familia abandónica o tiene lugar en una familia que abandona. La tesis aparece en Pérez Álvarez, S., La familia abandónica, Buenos Aires, Programa Eudeba-CEA, 1981.
A fines de la década pasada se dio la siguiente estadística de internación con respecto a las mujeres adictas: el 50 % proviene de familias desestructuradas; el 66 % pide ayuda sin la compañía familiar. Los datos son del CENARESO. Mil quinientos casos examinados en el CENARESO muestran la mutilación familiar; la ausencia del padre (50 %), la confusión de roles, la necesidad de un enfermo de familia, la existencia de secretos familiares que turban la relación de pareja (abortos, suicidios, relaciones extramatrimoniales), la modalidad adictiva de la misma familia y sus mensajes de destrucción y muerte y, finalmente, la experiencia de abandono vivida en algún momento.
14. La expresión "total" o "mata" es justamente la que entre usuarios y no usuarios indica una plenitud que revienta el momento cargándolo de eternidad, así como se ilustró en la aproximación al pensamiento mítico y mágico de la nota 7.
15. En una investigación llevada a cabo en el CENARESO en 1977, sobre adolescencia de Capital Federal, llegamos a los siguientes porcentajes: el 62,1 % piensa que la sociedad en que vivimos es mediocre en niveles psicológico, moral y espiritual; el 61,3 % dice que nuestra sociedad de consumo masifica los medios deshumanizando al hombre; el 48, 3 % opina que el mundo en el cual vivimos está hecho por los mayores y carece de autenticidad. Cf. Cuadernos del CENARESO 24 y 25, "Investigación sobre adolescencia normal en nuestro medio (zona Capital Federal)". La descalificación del hombre moderno, atrapado en los engranajes de la maquinaria que él mismo creó, aparece con fuerza sugestiva en unos versos pegados en la cartelera de la residencia de adultos en tratamiento. Rezan así:
"El frío tiempo del hombre máquina,
el tiempo máquina del hombre frío,
la fría máquina del hombre tiempo..."
Hugo (el Bisonte)
16. Prevención significa "venir antes", anticiparse al fenómeno como anomalía y enfermedad. Por lo tanto, apunta a las causales para disminuir los riesgos de la población; se llama también prevención primaria. La prevención secundaria organiza medidas tendientes a reconocer y a atacar eficientemente el problema en sus comienzos. Aquí se da la preocupación sobre sus efectos multiplicadores y secuelas. La prevención tercieria puede llamarse rehabilitación y resocialización en el sentido de reintegración al medio. Otra terminología, más usual pero correspondiente, habla de prevención, abarcando en drogadicción toda acción inespecífica en relación con los objetivos antedichos, tratamiento para los casos detectados, tanto de adolescentes como de adultos, y resocialización para los que vuelven al medio a reintegrarse definitivamente.
En el presente se tiene mucha experiencia sobre la etapa de tratamiento. La resocialización (rehabilitación en psiquiatría) sigue siendo un problema no resuelto en forma sistemática y controlada. Nadie duda que la resocialización es tan decisiva que no teniendo lugar, el mismo tratamiento queda cuestionado. Finalmente la prevención (prevención higiénico-educativa en psiquiatría) es la más discutible, difícil y que necesariamente se ha de pensar a largo plazo si se toma con seriedad y responsabilidad.
17. En Alemania, la sociedad más desarrollada de Europa, corre la expresión: Der Tod des Abendlandes (La muerte de Occidente).
18. Los estudios sobre el grupo y la dinámica grupal se desarrollan en otras partes según la producción y el mercado. En Latinoamérica, en cambio, tienen como objetivo la promoción del hombre desde el hombre social. Hacemos referencia a una obra que documenta y sistematiza el material de marras: J. Martínez Terrero, Comunicación grupal liberadora, Paulinas, OCIC-AL, UNDA-AL, UCLAP, WACC, 1986.


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