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Convocan:


Fondo de Ayuda Toxicologico

Panel: Toxicomanía e instituciones


Marta Ventre

INSTITUCION, IMAGINARIO Y LA CREACION SOCIAL DEL “ADICTO”.  

  ¿Qué inventa una sociedad cuando se instituye como tal? Inventa significaciones. Estas significaciones son “imaginarias” porque están dadas por creación, es decir, no corresponden a elementos reales, y son sociales porque sólo viven como objeto de participación de un ente colectivo o anónimo.1 Operan como los organizadores de sentido en cada momento histórico, y  permiten hacer representable para los que forman parte de una sociedad, aquello que ella instituye. La institución de normas, valores y lenguaje son los instrumentos para hacer las cosas, en particular para hacer sujetos. A partir de la materia prima humana da forma a los hombres y mujeres que constituyen un colectivo social.

  Las instituciones son posibles no sólo por las condiciones materiales que las producen sino también por la eficacia simbólica de sus mitologías, emblemas y rituales que la sostienen y reproducen. De esa manera la historia de los repartos y distribución de las jerarquías, los discursos y las prácticas legitimadas, como los lazos que se generan entre los participantes de un colectivo, tienen un lugar fundamental en la vida social.

  La cuestión de lo imaginario social, en tanto universos de significaciones que instituye una sociedad es inseparable del problema del poder.2 Mas que a la razón, el imaginario social apunta a las emociones y las voluntades, crea marcos de preceptos y organiza rituales que dan cuenta de la forma que tendrán los comportamientos. Producen narrativas que configuran los sistemas de aquello que es permitido o prohibido, valorado o no, lo pensable e impensable, quienes gozaran de libertades o tutelajes, etc. Por lo tanto, esos mitos constituyen aspectos claves en el disciplinamiento y el control de los participantes de una sociedad.

   Algunos mecanismos mediante los cuales estos imaginarios logran su validez son:

1.-Por repetición de narrativas que sostienen de múltiples maneras una misma trama argumental. Así discursos científicos, políticos, religiosos, jurídicos, de medios de comunicación, etc. entrelazados de formas muy diversas producen y reproducen similares argumentos.

  En el tema que nos convoca, hay ciertas afirmaciones que se repiten considerándoselas muchas veces tan obvias que quedan naturalizadas y sin cuestionamiento alguno. Algunos ejemplos:

a)    “El consumidor de sustancias prohibidas es una entidad clínica con características propias”. Esto se sostiene en el preconcepto de tomar como eje de la problemática a la sustancia que se consume y, por derivación, considerar desde el punto de vista terapéutico, que lo mas importante es que los sujetos abandonen el consumo de la misma. Como ya señalaba en un artículo: “Desde esta mirada el sujeto queda convertido solo en un cuerpo cautivo, sometido, a merced de las drogas que son el “mal” que se tiene que aniquilar, (.....) aplicándose una lectura maniquea y ontológica acerca de las sustancias”.3

  Enlazada con esta creencia se encuentra la justificación de la internación compulsiva de los que no muestran disposición a renunciar al consumo, acompañando los procedimientos punitivos que la legislación actual establece como “legítimo” ejercer sobre quienes no acrediten “voluntad de cura”. 4

b)    “El consumidor debe ser “rehabilitado”, para poder “reinsertarse socialmente”. Esto se basa en el mito de que su práctica revela “una desviación”, una conducta “enferma” o “anormal”. “Ser normal, desde esta perspectiva, implica tener comportamientos conformes a las normas sociales imperantes en un contexto social dado.”5

c)     El sentido vago, confuso, cuando no contradictorio que se le atribuye a los términos uso-abuso-adicción, como así también el considerar solo como “drogas peligrosas” aquellas que se han prohibido, mientras que a otras, tanto o mas tóxicas que las sancionadas, se estimula su consumo socialmente de múltiples maneras.

2.- Estas narrativas se presentan como “realidad objetiva”. Así se organizan “regímenes de verdad” de gran poder de enjuiciamiento de cualquier práctica o criterio que intente contrarrestar o desmistificar esas certezas instituidas. “Las pugnas entre grupos diversos determinan el conjunto de las prácticas que son legitimadas (....) los mecanismos que se utilizan de construcción y reproducción de ciertas hegemonías teóricas y los distintos argumentos supuestamente científicos que se emplean para desacreditar aquellos saberes que contradicen las conclusiones oficiales”. 6

3.- Operan por deslizamiento de sentido que vuelven equivalentes significados muy diferentes. Por ejemplo: usuario de sustancias prohibidas = adicto = delincuente. “Se los designa como víctimas peligrosas, enfermos pero amenazadoramente cercanos al vicio, la infracción y la mala intención”7 Alguien empieza a ser estigmatizado como si el tóxico prohibido tuviera una naturaleza diferente del permitido y convirtiera a su consumidor en alguien a quien es justificado judicializar, sancionar, encerrar.

  De esta forma “Un saber, unas técnicas, unos discursos científicos se forman y entrelazan con la práctica de poder castigar”.8 Así “significaciones colectivas dominantes determinan cómo se organizan los movimientos de los actores sociales en determinados territorios. Distribuyen lugares, poderes y uso de la palabra.(....)designan y establecen las diferencias entre unos y otros; entre las drogas permitidas y las prohibidas; entre los consumos autorizados y los que no”.9 En este momento estamos asistiendo al uso de similares procedimientos con respecto al consumidor de tabaco. Un universo de significaciones que promueve clausurar la posibilidad de captar la singularidad de sentido de las conductas y elecciones de los sujetos involucrados.

  Como terapeuta y docente universitaria, considero que es un tema central a investigar el imaginario profesional que se construye en la formación académica, universitaria y postuniversitaria. Las formas en que pensamos y ejercemos nuestra práctica tienen mucho que ver con las características de las mismas. Esto implica repensar e interrogar qué y cómo se lleva a cabo la transmisión de los saberes y los múltiples aspectos vinculados a dicha actividad.

  Para ejemplificar lo dicho en el párrafo anterior voy a relatar brevemente una investigación que se llevó a cabo en Francia en el ámbito escolar primario10, con alumnos entre los 6 y los 12 años.

  Se les presenta a los alumnos el siguiente problema: En un barco hay 26 ovejas y 10 cabras. ¿Cuál es la edad del capitán?

  De 97 alumnos, 67 realizaron las operaciones que consideraron adecuadas para obtener una respuesta. Frente a esta respuesta “absurda” a un problema absurdo, los investigadores construyeron luego una lista de problemas del mismo tipo agregando una pregunta: ¿qué piensa del problema? De 171 alumnos encuestados, 121 respondieron sin expresar duda alguna sobre las características del problema planteado por los docentes.

  ¿Qué sostiene este absurdo y que pone en evidencia? La lógica implícita del contrato didáctico. Aquí aparecen dos lógicas en conflicto: la propia del pensamiento operatorio de los alumnos frente a una lógica sagrada, inserta en la trama del contrato, que establece la creencia que si el docente planteó el problema, este es válido.

  Para poder descubrir lo impensado de todos los participantes, lo que opera efecto de manera totalmente invisible, es necesario una intervención –el problema absurdo- que permita que adquiera visibilidad las dimensiones y características imaginarias que sostienen el contrato escolar. Este contrato funciona como organizador institucional y también subjetivo de las prácticas de alumnos y docentes. Los aspectos implícitos, operan sus efectos en latencia. Se instala una concepción, un sistema de significaciones que construye y da un particular sentido al aprendizaje. 

  De ahí que podríamos preguntarnos ¿Qué sistema de significaciones construye y otorga sentido a nuestros aprendizajes y prácticas? ¿Cuál será la edad del capitán en nuestros contratos profesionales?