ALCANCES DEL TOXICOMANO Y SU ACTO
EN EL IMAGINARIO DE NUESTRAS INSTITUCIONES.
“Con humildad, paciencia, simpatía por el semejante y solidez en la formación técnica, es altamente posible el avance en la investigación, en la profundidad del conocimiento y en nuestra posibilidad de ayudar a aquellos que transitan el sufrimiento humano, por la vía de esta, ya denominada epidemia, de adicción a las drogas”.
Esta optimista frase, teñida de un halo de inocencia producto de la más deliberada impostura, pertenece al autor, quien de esta manera me invita a partir de este momento, a compartir con ustedes algunas reflexiones en torno a algunas características, obstáculos, aporías del pensamiento y posibles vías fecundas de acercamiento para este complejo fenómeno que hemos elegido abordar.
A estas alturas, el impacto y la eficacia del toxicómano y su acto, del adicto y su droga, se mantienen intactas para mostrarnos entre otras cosas los límites de nuestras prácticas, la obsolescencia de las miradas parciales, la sujeción a los discursos del poder con sus consecuentes alienación y pérdida simbólica para quienes padezcan sus “tóxicos” efectos; a la vez que su función de satélite en la intersubjetividad social constituyen un desafío y una oportunidad para avanzar algunos pasos en nuestra comprensión del fenómeno humano.
Desde un punto de vista clínico, lo que caracteriza nuestro encuentro con el adicto, es la complejidad de los casos tanto por la multiplicidad de variables intervinientes como por aquella presión que surge para que debamos tomar una posición definida en torno a estas. Si estas complejidades no surgen, sostengo entonces enfáticamente que han sido arrasadas por estrechez de miras, o por la rigidez de modelos institucionales que olvidando sus objetivos primarios se tornan perversamente egocéntricas y en este punto privilegian sus propias necesidades y toman su partido en la diaria contradicción entre lo individual y lo colectivo.
Si ponemos por caso un ejemplo real, no tan atípico, de un joven de 26 años de edad, con un historial de 10 años de tratamientos por dependencia de múltiples sustancias, con múltiples internaciones, algunas prolongadas de hasta 2 años de duración, programas ambulatorios y múltiples abandonos, con un diagnóstico erróneo de esquizofrenia paranoide en comorbilidad y bajo tratamiento coercitivo obligado, podremos hacer entonces algunas observaciones y provisorios interrogantes.
Si este paciente, que en realidad no se trataba de un psicótico, sino de un sujeto con algunas características antisociales, llegaba a esta última situación de internación luego de haber agredido en forma física y grave a un familiar es enviado por enésima vez por su familia y nuestras instituciones legales a realizar un tratamiento del cual el paciente íntimamente se rebela. Si su familia, aceptando nuestro discurso médico- psicológico- legal no ha podido responsabilizar al paciente por sus propios actos y de esta forma inevitablemente asumir sus propias y quizás difíciles decisiones.
Si este hombre pudo haber completado un tratamiento de 2 años de internación y varios otros de distintas propuestas. Si esta situación que podemos imaginar por momentos angustiosa, con múltiples situaciones críticas, pudo sostenerse en equilibrio durante 10 años con múltiples actores intervinientes.
¿Estamos entonces obligados a malgastar los enormes avances que se han logrado en el campo de las neurociencias y sostener alegremente el reduccionismo de que se trata de una “enfermedad del cerebro”? ¿Del cerebro de cual de todos estos actores?
Si casos complejos como este no son la excepción sino algo habitual en este campo de especialidad. Si muchas de nuestras instituciones no solo no hacen crisis frente a estas realidades sino que al modo de su cliente se tornan egosintónicas con la sola finta de explicar el estado de cosas con la solemnidad del diagnóstico de “gravedad” del paciente. Si además coincidiéramos en la abundancia de la liviandad en los diagnósticos y/o la superficialidad en la lectura de la complejidad de los casos.
¿No sería entonces hora de asistir a la “gravedad” de nuestros modelos y aunarnos para la posibilidad de su oportuna “mejoría”?
El creciente impacto del toxicómano y su acto en nuestras instituciones sea ya por el aumento en el número de casos, su mayor difusión en los medios, la aparición de nuevos productos para el consumo que varían su gama de oferta entre las más novedosas drogas de síntesis hasta las bizarras inhalaciones de naftas, pasando por la oferta de productos de desecho como el llamado “paco” para nuestros devaluados países. La parentalización de estos fenómenos con nuestro mayor consenso social acerca de las nocivas consecuencias del uso del tabaco, el exceso en el juego patológico, la adicción al sexo o las horas frente a la Internet.
¿No podría estimularnos a repensar nuestras quizás excesivamente fenomenológicas nosografías?
El uso abusivo y arbitrario de términos ambiguos como el de “pacientes duales” que en el mejor, aunque no en la mayor parte, de los casos intenta describir la realidad de un paciente con un trastorno mental grave que además sostiene una práctica de consumo de drogas.
¿No nos revelan la necesidad de nuestras instituciones acerca de que nuestros pacientes se adapten a nuestros modelos? Nuevamente nuestra institución deberá optar entre privilegiar su mirada sobre la situación individual o trabajar en favor del modelo colectivo.
La sola posibilidad fáctica de poner en simple sumatoria diagnóstica realidades tan dispares como la de un delirante defectuado con la de un toxicómano, puede invitarnos a repensar nuestras conceptualizaciones acerca de las toxicomanías.
No desaprovechemos muestra oportunidad para pensar los avances en las distintas disciplinas. Pongamos a trabajar la dialéctica entre complejidad y simplicidad. Leamos los nuevos descubrimientos a la luz de saberes previos, de los lúcidos aportes de pensadores de corrientes diversas. A riesgo si no de caer en el problema de aquel carpintero que por sólo poseer por herramienta un martillo, creía que todos los problemas se trataban de clavos.
¿Cómo no contrastar contra múltiples datos de la realidad la hipótesis del llamado “déficit de opioides endógenos” anexada a los tratamientos sustitutivos con metadona y buprenorfina para avalar su uso con objetivos que irían más allá de la reducción de daños? ¿Cómo si a la vez proponemos la indicación del bloqueante de opioides naltrexona para adictos a narcóticos en poblaciones especiales como los trabajadores de la salud?
Como psiquiatra que soy no puedo ocultar mi satisfacción por los enormes avances que hemos logrado tanto en el desarrollo de nuevos fármacos como en la investigación básica en neurociencias. También con la cada vez mayor conciencia acerca de la participación de la medicina en la clínica de las adicciones. Debemos ir ahora en pos de un paralelo avance en el desarrollo de un marco epistemológico que permita integrar los nuevos descubrimientos con la realidad de la práctica. Que extreme la potencialidad de los nuevos recursos pero que a la vez sepa conceptualizar sus límites. Que pueda enriquecerse con la práctica de la interdisciplina sin perder a la vez la riqueza de la especificidad. Reconozco en esto una dificultad intrínseca a la estructura misma de nuestra formación pero estoy convencido de que la naturaleza de nuestro objeto de estudio del día de hoy, el adicto y su droga, requieren del esfuerzo.