| Panel: Psicoanálisis,
toxicomanía y modernidad |
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1.- El psicoanálisis no se propone, y no puede ser de otro modo, una alternativa de curación para todo el campo de las toxicomanías. Su accionar tiene su eficacia posible en la medida en que para alguien, un sujeto, un grupo familiar, una pareja, el consumo abusivo de sustancias, es decir la adicción, se transforme o se configure en un síntoma para alguien. Hasta que no se produzca esta alternativa, mientras quede en el espacio de un accionar “desubjetivado” es un síntoma social, por ejemplo algo que es propio de las características socio-culturales de un determinado sector social, de un época o momento determinado como es el caso de lo que de lo que llamamos modernidad o postmodernidad. Es la sociedad quien se siente “enferma” por este exceso en su población en el consumo de drogas y es esta la que demanda, a los adictos, a su entorno y a los y a los profesionales, que hagan algo con eso. El “hacer algo” lo lleva, en muchas ocasiones, a ubicar este consumo en la perspectiva del saber médico, y ahí lo transforma en un síntoma médico, o en la clásicas alternativas de educación y de control social. Como las adicciones tocan inevitablemente el cuerpo , este saber médico encuentra en los síntomas físicos, orgánicos, un referente para su accionar que es indiscutible, de igual manera en que los organismo de resguardo social tiene que intervenir en este malestar en la cultura. Así la toxicomanía se mueve entre ser un síntoma social y/o médico, ambos pertinentes y atinentes en su definición y que requieren acciones específicas.
Para el psicoanálisis la pregunta, cuando esta conlleva pensar en la clínica, el desafío es poder saber si puede o no ser un síntoma subjetivo. Si alguien, que puede no ser el mismo adicto , se pregunta algo respecto de lo que le ocurre, si esto lo cuestiona.
2.- El psicoanálisis basa su esfuerzo terapéutico en el valor de la palabra. La palabra no se reduce solo al habla, pero la estructura discursiva es aquella que comanda la operación. El adicto suele ubicarse en la antípoda en la medida en que desconfía que esta palabra sea capaz de decir lo más íntimo de si mismo, de representarlo, y de ser un vehículo útil en la relación y la comprensión con el otro, con el semejante. “La palabra miente, la droga no” es casi un emblema de lo que se puede llegar a coagular como un enfrentamiento rígido, en posiciones antagónicas que no encuentran sin modos de salir de la aporía de ese enfrentamiento. Y, en la clínica, en muchas ocasiones esta antinomia se cristaliza así, marcando dos territorios incomunicados.
El psicoanálisis es una clínica de los obstáculos y este enfrentamiento entre la palabras y las acciones no deja de ser un obstáculo, un modo más en que el conflicto puede plantearse. De hecho no es ajeno a la dificultad que han planteado el tratamiento con niños, con psicóticos, con psicosomáticos, etc. Nada garantiza que se pueda intervenir allí, pero tampoco nada dice que sea imposible hacerlo.
3.- Este entrevero de las palabras y la acción hace centrar la cuestión de la intervención psicoanalítica en la perspectiva de la clínica de la demanda. La demanda, en el caso de las adicciones, no es habitual que provenga del mismo adicto, pero si del entorno, desde el montaje de lazo social que todo adicto constituye, o se constituye en torno al adicto. El trabajo respecto a la clínica de la demanda es central en este clínica, y tiene como soporte, en la perspectiva del psicoanalista, en la convicción, en la conjetura, del suponer un sujeto en el acto adictivo, allí donde muchas veces el saber médico y el discurso social tienden a velar esta dimensión subjetiva, por las condiciones de su mismo discurso. Allí el psicoanálisis intenta ponerlo de relieve buscando la causa de la acción adictiva no, o no solo, en un puro reflejo del malestar social, ni como puro efecto de la química de los productos que se consumen, sino como un acto, y una decisión subjetiva, aunque el adicto mismo sienta, viva o piense que nunca tuvo elección alguna para hacer. Busca poner de relieve esta “elección”, o crear las condiciones necesarias para lograrlo, aquellas que lo mantienen en la posición subjetiva de no poder elegir, o en el renunciar a esto. No me refiero a una propuesta voluntarista, del tipo “si quiero puedo, sino en el rescate de una posición personal deseante, más allá de su anulación subjetiva.
3.- Esta prpuesta, que es eje de una práctica analítica y que tropieza con la dificultad principal que presentan las toxicomanías –el desmentido de la palabra -, abren distinto testimonios a investigar, en el plano teórico, como desafíos en la trayectoria de la clínica. Nombro aquellos que resultan los más destacables:
. Los momentos claves en la estructuración subjetiva y sus detenimientos. Tema que lleva inevitablemente a establecer los vínculos de las adicciones respecto de las categoría psicopatológicas estructurales: ya que al no ser una estructura definida, no desempeña igual papel el consumo en un neurótico, en un perverso o en las psicosis.
. Poner de relieve las falencias yoicas a la vez que los fracasos de la estructura y la función del fantasma, sostén del movimiento deseante.
. Indagar la cuestión del alcance y los límites de la palabra como representación: del sujeto y de sus vínculos con el Otro simbólico en el que se constituye, como con los otros, sus semejantes, que hacen al vínculo social.
. Despejar la noción de objeto, pulsional y en el fantasma, que diferencian a la droga tomada como objeto.
. El tema del objeto lleva a la necesidad de dar cuenta del modo particular que adquiere el goce del consumo adictivo, un goce que queda por fuera de las zonas erógenas habituales en las que se juegan los circuitos del placer.
. El montaje adictivo, que requiere de la complicidad –deliberada o no- de otros en el circuito de la acción adictiva, lleva a dos temas: el de las modalidad de vínculos sociales que establece, sostiene y se sostiene de esta “comunidad adictiva”, y al...
. El tema de la acción, que se diferencia del acto en la medida en que este conlleva la posibilidad de una afirmación subjetiva. La “patología” del acto implica tener en cuenta la frecuencia en el que el acting-out o, con mayor gravedad, el pasaje al acto, reemplazan no solo al acto sino a la posibilidad de estructuración sintomática, primer espacio en donde un sujeto es capaz de anidar en su singularidad.
. Por último, pero no en importancia, el tema de la angustia y el dolor psíquico, espacios y tiempos donde la palabra no tiene (porque nunca tuvo o porque está interrumpida) eficacia.
Estos grandes temas permiten pensar que la relación posible toxicomanía-psicoanálisis, no se redice a un solo aspecto, en tanto de oposición irreconciliable n de encuentro feliz garantizado., Son siempre alternativas a dirimir en diferentes espacios y tiempos que, como en todas las cosas, nunca garantizan un “final feliz”, pero no dejan de constituirse en modos operativos fructíferos.
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