| Panel: Toxicomanía e instituciones |
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DROGAS: ¿QUIEN
DEMANDA?
El domingo 2 de octubre de 2005, los dos diarios de mayor circulación: Clarín y La Nación, publicaron sendos artículos sobre el tema drogas. Ambos medios coincidieron en utilizar un discurso teñido de alarma, impotencia y miedo, frente a un fenómeno que parece provenir desde afuera de la sociedad, con características ingobernables y mortíferas. Ambos diarios apuntan a lo que consideran “novedoso” en esta problemática. Clarín pone el acento en las nuevas drogas de laboratorio (éxtasis,GHB, popper, etc. o drogas “de diversión”). Olvida que las viejas anfetaminas y el uso indebido de psicofármacos y remedios nos acompañan desde hace varias décadas. Aparece mencionada, también, la utilización de Internet y del “delivery” para su comercialización. Ambos métodos sin regulaciones legales, por lo que, quizás, desde algunos sectores, empiecen a aparecer voces que pidan la rápida sanción de leyes que luego serán muy difíciles de aplicar.
Por otra parte, Daniel Gallo, en su artículo de La Nación (sección Enfoques) afirma: “El uso de tres o cuatro drogas a la vez, el consumo en grupos de amigos y la experimentación con nuevas sustancias, son los ejes de las nuevas tendencias que preocupan a los especialistas”.Quienes trabajamos en esta especialidad, sabemos que el toxicómano es, habitualmente, un policonsumidor. El alcohol y el tabaco que son las drogas legales de mayor consumo en el país, están siempre presentes. A ellas se les suman, mezcladas o alternadas marihuana, cocaína, pegamentos, pastillas, etc. Tampoco es novedoso el consumo en grupo de amigos. Por el contrario, el drogarse siempre ha sido una práctica grupal (de allí el riesgo de compartir agujas) con características ritualísticas de rito de iniciación, posibilidad de integración, pertenencia y reconocimiento.
Cabe aclarar que desestimamos que el inicio del consumo sea por simple imitación o contagio, equiparando las drogas con un cuerpo extraño al modo de un virus. Los padres de jóvenes en tratamiento, muchas veces mencionan las “malas compañías”, como causantes de la adicción de su hijo. Los mismos interesados desmientes esto y declaran que fueron a buscar las sustancias por propia iniciativa. Esto se entronca con la supuesta “novedosa” experimentación. Un sujeto que juega trasgrediendo límites, siempre estuvo y está dispuesto a probar algo nuevo que lo haga sentirse vivo.
Paradójicamente, este discurso alarmista donde “la droga” aparece como el enemigo a derrotar en una guerra, se opone a una mayor aceptación y tolerancia social con el uso de algunas drogas. El tabaco, el alcohol y las bebidas energizantes, ni siquiera son vistas como tales. Otro tanto ocurre con los medicamentos (pastillas para adelgazar, analgésicos, antigripales, psicofármacos). Por último, crece, y lo vemos a diario, la tolerancia frente a uso de la marihuana que se fuma en la vía publica a plena luz del día. Esto forma parte del doble discurso imperante: por un lado: la ley que determina prohibiciones y castigos y, por otro lado, los usos y costumbres de una sociedad. Por cierto que el discurso oficial también muestra preocupación por el uso de sustancias (las prohibidas),pero no registra con la misma alarma otras formas de adicción: el juego que es avalado y fomentado por el propio Estado, la velocidad, que acompañada de la irresponsabilidad, causa 28 muertes diarias según estadísticas en el país, las dietas, el trabajo, Internet, etc. Es que cualquier sustancia como cualquier actividad, puede tornarse adictógena, según la creatividad del sujeto (el Viagra, por ejemplo, se está usando mezclado con alcohol como estimulante). Es que la sociedad de consumo está generando todo el tiempo “necesidades” que deben satisfacerse con la adquisición de bienes, si están listos para gozar en lo inmediato, mejor. En este sentido, las drogas, con su componente mágico y su efecto instantáneo, son productos paradigmáticos, equiparables a ciertas milagrosas manifestaciones religiosas que ordenan “Pare de
sufrir”.
Un cambio que se ha venido observando en las prácticas de consumo de drogas, es que ya no está reservada a grupos minoritarios y contestatarios que buscaban mostrar su oposición a las políticas de turno (años 60 y 70). Hoy día son una mercancía más que llega a todas las clases sociales, edades y género. Pero, con la particularidad que al mover importantes sumas de dinero, se convierte en un medio de vida para muchos.
Seguir poniendo el acento en las sustancias, nos hará perder de vista a los sujetos
que son los que las demandan. Esto es lo que ambos artículos periodísticos soslayan. Algunos creen, de buena fe, que quemando las plantaciones o eliminando a los dealers, habremos terminado
con las toxicomanías. Sabemos que no es así. El individuo buscará otras cosas con que paliar mágicamente sus malestares. Es que cabe preguntarse, qué función cumplen las drogas en la vida de alguien. Para esta pregunta, los propios consumidores tienen pocas respuestas. Replican que se drogan porque les gusta o porque están aburridos. Algunos porque no pueden evitarlo, ya que su compulsión es más fuerte que su voluntad, al igual que le ocurre a la bulímica con sus atracones y vómitos, al obeso con la ingesta de comida o al jugador frente a la ruleta. No está de más señalar en este punto, que no es tan importante la sustancia y el grado de toxicidad, sino el uso que se hace de ella. Algunos serán “usadores”, otros “abusadores” y quedará para los “dependientes” la compulsión a consumir pese a todas las advertencias y recomendaciones. Sus vidas girarán en torno al hábito y dejarán de lado, afectos, proyectos, estudios, libertad, trabajo, etc. En muchos se generan sentimientos de culpa, depresión y otras sensaciones ingratas, sin embargo, vuelven allí, una y otra vez,buscando algo que no encuentran: compulsión a la repetición que remite a situaciones antiguas para las que no hay palabras ni comprensión.
Por eso decimos que la luz de alarma debe encenderse por los sujetos que recurren a estos paliativos, en un desesperado intento de llenar un vacío existencial, recuperar la calidez de un abrazo inexistente, olvidar exclusiones, generar una euforia maníaca que los aleje del horror a la soledad y la angustia de muerte. Si centramos nuestra mirada en los sujetos, veremos que son producto de una historia. Entremos en una:
Leticia tiene 19 años, es una joven inteligente, lúcida, que ha concluído su colegio secundario, con muchas dificultades porque no acepta límites y desafía todo el tiempo la autoridad. Tras su fachada de solvencia y seguridad refiere que teme a la oscuridad, cree en los fantasmas y espíritus,tiene fobia al agua. A su padre lo conoció a los 17 años, aunque vivía,ahí nomás, en su barrio. No pudo establecer vínculo con él, porque no toleró que apareciera con intención de aconsejarla.
En su familia materna, hay varios miembros que han estado presos y que han tenido problemas de drogadependencia. Recuerda, en relación a su madre, que, siendo muy chica, ésta se fue de viaje con su novio, sin anuncio previo. Ella despertó por la mañana y no la encontró. Hoy, como ayer, siente la angustia que la invadió en aquel momento. Está muy enojada con su madre. Esta la descalifica, pero le consiente todo. Tampoco puede aceptar la autoridad y es cómplice de las trasgresiones de su hija. Aunque reniega de ella, la mantiene durmiendo en su propia habitación. Cuando discuten le dice: “No sé para qué te tuve, te tendría que haber abortado”. A Leticia le cuesta mucho poner en palabras su ira y reconocer que su madre le hace daño. Habitualmente, se siente responsable de lo que ocurre y termina drogándose escondida en alguna casa abandonada, invadida por el miedo. No hay lugar para el placer en esta experiencia. Sólo sabe que no puede dejar de hacerlo.
Este tipo de situaciones no se resuelven con prohibiciones, ni internaciones. Son historias particulares que vemos a diario y nos conmueven. Comprendemos que hay que buscar otras alternativas. Desde ya, para el sujeto, el acceso a un tratamiento que le permita poner en palabras sus afectos y encontrar una vía de sublimación para sus impulsos agresivos. Tratamiento que debe hacerse extensivo a su familia, en la medida en que ésta lo acepte. En lo que respecta a la sociedad, es fundamental, la comprensión de que este problema nos atañe a todos y no sólo a un grupo de jóvenes descarriados y marginales. Los cambios habrá que empezar a hacerlos desde adentro, desde nuestras propias casas, con compromiso, responsabilidad para cumplir nuestros roles (padres, maestros, funcionarios,etc.), aceptación de límites, reconocimiento del otro, solidaridad.
Habrá que utilizar los espacios existentes (escuelas, parroquias, clubes y otros) para imaginar actividades y momentos de reflexión, que reúnan a la gente y ayuden a romper el aislamiento y narcisismo propio de esta época.
Por último, quiero recordar las palabras del colombiano Restrepo: “Enfrentar la drogadicción implica enfrentarnos a nosotros mismos, a nuestras concepciones y valores, a nuestras actitudes y hábitos que, subrepticiamente y sin que nos demos cuenta, nos conducen a esta compulsión.”
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