| Panel: Psicoanálisis,
toxicomanía y modernidad |
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LOCURA Y PATOLOGÍAS DEL ACTO.
Consideraciones sobre
adicciones y adolescencia.
En este espacio, la propuesta es revisar el concepto de “locura” que propone Lacan y el de “desmentida” enunciado por Freud para
considerar la problemática de las patologías del acto, ubicándose entre ellas a
las adicciones.
Dice textualmente Lacan en “Acerca de la causalidad psíquica” respecto de la locura:
“...podemos verla aplicarse
particularmente a cualquiera de esas fases a través de las cuales se cumple más
o menos en cada destino el desarrollo dialéctico del ser humano”.
Es importante recalcar que no es pues
peculiar a determinada edad del sujeto, no es cronológica sino que es
estructural, si bien se pone en juego especialmente en ciertas fases.
Ante “el desorden del mundo” es que el loco querría imponer “la ley de su corazón”, nos dice Lacan
más adelante en el mencionado escrito, y en tal empresa el sujeto cae
prisionero del narcisismo.
En “Juventud y actual
modernidad”, coedición EUDEBA-JVE, libro de mi autoría, proponía pensar a
la adolescencia como una encrucijada de fundamental importancia en la vida del
sujeto, una contundente transformación en la estructura que produce un
replanteo en cuanto al ser, interjuego de desidentificaciones y nuevas
identificaciones, un punto de vacilación en el cual no alcanza el fantasma,
enfrentado a una desmesura que impone al sujeto considerar y tomar nuevas
medidas.
Tomando las expresiones de Lacan citadas anteriormente, el sujeto en la adolescencia
se encontraría de pronto enfrentado a un “desorden
del mundo”, no más niño aun no adulto, y debe intentar nuevo orden. Ese
desorden no sería otra cosa que “lo real”, si leemos este escrito a la luz de
formulaciones posteriores del Lacan de los escritos. Lo real como aquello que
escapa a las posibilidades de ser pensado, de ser puesto en palabras, que
irrumpe de pronto y resiste a los esfuerzos del sujeto de tratar de ponerle
significación. Y entonces es posible entender mejor el mutismo o el laconismo
que puede presentarse en la adolescencia, y la inhibición en tanto expresión de
deseo de nada, como consecuencias de un intento de preservar espacios de
intimidad o como resultado de no poder dominar el movimiento pulsional ante el
cual no alcanzan las palabras.
Lacan
sigue con su desarrollo en el citado escrito considerando que en tanto el yo
sería formación del narcisismo, en el “modo
imaginario” (aun no habla de registro imaginario), la función esencial de
la locura sería de desconocimiento.
Un desconocimiento que supone el intento de oponerse a aquello que sin embargo
es reconocido. El sujeto quiere imponer allí, ante lo real, “la ley de su corazón”. Así pues,
podríamos decir, en el lazo que se plantea entre lo real y el narcisismo, tiene
sus bases la locura, recalcando que no se está hablando aquí de psicosis. En esta línea en “La escisión del yo en el proceso defensivo”
(1938) Freud, analiza un historial
clínico de un niño de entre tres y cuatro años, quien tuviera conocimiento de
los genitales femeninos por efecto de la seducción de una niña mayor que él. La
amenaza de castración a raíz de ser sorprendido en entusiasta masturbación con
la que intentaba calmar su excitación acciona el mecanismo de la desmentida,
por el cual se desautoriza y se reconoce un juicio traumático para el sujeto
(la falta de pene en la niña) y crea luego como consecuencia un sustituto del
pene echado de menos: un fetiche. “Con
ello había desmentido, es cierto, la realidad objetiva, pero había salvado su
propio pene”, dice Freud, y
en tanto no estaba así obligado a reconocer la pérdida del pene en la mujer no
debía ya preocuparse por su propio pene y podía seguir con su actividad
masturbatoria. Considera Freud que la maniobra de su paciente no habilita
suponer la existencia de psicosis en él porque no ha alucinado un pene allí
donde no veía ninguno. En realidad se produce un desplazamiento o
descentramiento de valor, “...ha
transferido el significado del pene a otra parte del cuerpo...”, vía
regresión. Ese desplazamiento afectó al cuerpo de la mujer, mientras que de su
propìo pene nada se modificó.
A esta secuencia enunciada por Freud aludiría Lacan cuando
enlaza irrupción de lo real - narcisismo, y, agregamos ahora, creencia
delirante, según lo planteado por Lacan en el citado artículo. En términos
freudianos esto sería: juicio traumatizante - desmentida de dicho juicio (como
desautorización y reconocimiento, simultáneos) - construcción de fetiche,
fantasía o juicio.
“Creérsela
es de loco”,
dice en el
escrito mencionado, y en la locura es esencial el lugar de la creencia
delirante.
En entrevistas iniciales los padres de un adolescente
expresaban su preocupación por el hecho de que, sistemáticamente, el hijo se
exponía a situaciones de riesgo, y recordaban la respuesta de éste ante los
pedidos de que se cuidara: “No te
preocupes, no me va a pasar nada porque soy un ...” y citaba su doble
apellido para terminar la frase. Eso es creérsela. Charly García enunciaba
similar seguridad a los periodistas luego de arrojarse a una pileta desde una
altura correspondiente a siete u ocho pisos en un hotel de Mendoza: sabía que a
él no le iba a pasar nada.
Desde el psicoanálisis, decíamos párrafos atrás, podemos
considerar a la adolescencia como una encrucijada de fundamental importancia en
la vida de un sujeto, un punto de especial conmoción en la estructura a partir
de un desorden, una contundente ruptura de cierto orden logrado, en un juego de
desidentificaciones e identificaciones, en búsqueda de nuevos soportes
identificatorios que sostengan el sentimiento de sí, la identidad, al no
alcanzar el fantasma en esta circunstancia. Se intenta nuevo orden significante
ante la desmesura, ante lo desmedido de lo real del propio cuerpo y en el nuevo
mundo que enfrenta. En ese tiempo es posible la aparición de ciertas
problemáticas, ciertas configuraciones clínicas, que marcan una dificultad en
el procesamiento de los duelos que la caracterizan.
Es sabido que, cada quien, mediante
formaciones diversas, en el mejor de los casos a través de producciones
discursivas, procura establecer cierta distancia o poner freno al goce del
Otro. Pero, por cierto, es ésta la fundamental función de la palabra, del
lenguaje, como instrumento ideal que el sujeto posee para producir la
separación respecto del Otro primordial o poner coto a su goce. Así, si la
represión primaria opera adecuadamente, el Nombre del Padre o la fórmula de la
metáfora paterna hace de límite al deseo de la madre rompiendo la célula
narcisista, produciendo una separación, abriendo una hiancia entre madre e
hijo, espacio sobre el cual se teje un entramado protector: el lenguaje, como
aquello que resguarda al sujeto de caer en un agujero de tétrico silencio o
aterrador abismo de sin palabras.
En las patologías del acto,
incluyéndose entre las mismas intentos de suicidio, anorexia y bulimia veras,
drogadependencias propiamente dichas, las actuaciones transgresoras, etc., la
impulsión o la tendencia a pasar al acto es el recurso utilizado en forma
prioritaria en tanto si bien el sujeto en estas problemáticas habita el
lenguaje no puede apelar al mismo en ciertas circunstancias en las cuales un
pánico sin nombre, sin palabras o una intensa depresión, desvastadora, hacen
imposible todo procesamiento psíquico con riesgo consiguiente de quedar a
merced del goce del Otro, como objeto.
Desde la perspectiva planteada en
cuanto a la función de la palabra podríamos decir que en las patologías del
acto el sistema protector o entramado de contención constituído por el lenguaje
tiene puntos de debilidad o fallas, no alcanzando para impedir que el sujeto
quede a merced del goce del Otro, no pudiendo hacer uso del lenguaje o no
teniendo eficacia el mismo para ponerle límite a dicho goce.
En
el acto se perfila un sujeto en una posición de goce silencioso, si bien en
el callar no se libera del lenguaje. Estamos en terreno
del autoerotismo, más allá de la demanda y con un deseo disminuido, en un goce
diferente y apartado de la palabra, en un apelar a un acto con el cual el
sujeto supone poder ponerse a salvo de la castración.
Recalcamos
la relación “desorden del mundo” - “ley de su corazón” propuesta de Lacan
acerca de la locura, y que en otros términos podríamos enunciar diciendo que
habría un nexo: “desorden del mundo”
- narcisismo.
La locura se
dispararía en el encuentro del sujeto con “lo
real”. Lo real como aquello que escapa a las posibilidades de
simbolización, de ser puesto en palabras, que no puede ser pensado. Y entonces
frente a ello, a lo innombrable, a lo que no se puede representar, el sujeto
intenta imponer la ley de su corazón y en tal esfuerzo caería prisionero de su
narcisismo.
- loco es aquel que “queda
capturado” en y por su propio “narcisismo”.
Remarquemos
el lazo que se establece: lo real - narcisismo.
Dice Lacan: “La locura es la permanente virtualidad
de una grieta abierta en la esencia del sujeto...”, y más adelante: “no sería
el ser del hombre si no llevara en sí la locura como límite de su libertad”, en
tanto al ser del hombre no se lo podría entender sin la locura.
- ante el desorden del mundo (ante lo real, decíamos) el “desconocimiento” como función desde el “modo imaginario” (aun no habla de
registro imaginario) sería posible respuesta.
Este concepto remite al concepto de desmentida de Freud como mecanismo defensivo que condensa la
oposición a reconocer un juicio (traumático) que se refiere a la pérdida del
objeto, que es por cierto reconocido o aceptado, coexistiendo la renuencia a
aceptar lo enunciado en el juicio que proviene de la realidad y el
reconocimiento del mismo.
Refiriéndose a la reacción de dos jóvenes frente a la muerte
del padre decía en “Fetichismo”:
“Sólo una corriente de su vida psíquica
no había reconocido la muerte del padre, pero existía también otra que se
percataba plenamente de ese hecho; una y otra actitud, la consistente con la
realidad y la conformada al deseo, subsistían paralelamente”.
Como resultado de ese interjuego en la
desmentida, el sujeto construye fetiche, juicio o fantasía...
Lacan, por su parte, ubica la creencia delirante como producto
de la locura, y desde este punto afirma que el fenómeno de la locura no es
separable del problema de la significación para el sujeto, es decir del
problema del lenguaje. La palabra como nudo de significación no es signo.
Como afirmábamos párrafos atrás. en el mejor de los casos se
puede responder con el fantasma ante la angustia: porque la puesta en palabras
del “modo imaginario” nos da el
fantasma siempre y cuando haya algo que funcione como complejo de Edipo, esto
es, en términos de la dialéctica falo-castración. En el mejor de los casos,
desde el narcisismo, como producto del “modo
imaginario” sería el fantasma el que puede responder ante lo irreductible
de lo real que nos golpea permanentemente en la vida.
En las patologías del acto, entre ellas la drogadicción, la
anorexia-bulimia, las actuaciones transgresoras... es posible pensar en la
existencia de una falla en la función simbólica del Nombre del Padre, en el
significante del Nombre del Padre. Este significante marca el límite entre
humanidad y animalidad. Sabemos que para que un sujeto esté marcado por la
función del Nombre del Padre, ésta debe estar instalada en la madre. Y, con la
entrada en el mundo del lenguaje, es posible la construcción del fantasma con
el cual el sujeto se ubica en relación al deseo del Otro.
Pero si algo del orden de lo simbólico falla, se pueden
dificultar los pasos que conducen a la producción discursiva que se denomina
“fantasma”. Es así como, pensando en ésto, se nos hace clara otra formulación
de Lacan acerca de la locura, y que podría resumirse así:
- en los cimientos mismos de las identificaciones que hacen al ser del
sujeto se halla el efecto de alienación y su relación con la “tendencia suicida” expresada en el mito
de Narciso.
El
deseo del sujeto se constituye, nos dice Lacan, bajo efectos de la “mediación”, en relación al deseo del
Otro diría más adelante, y entonces el loco sería hablado por y quedaría como
esclavo del Otro. En el sujeto el dolor desvastador o el pánico sin palabras
son respuesta a lo real y se responde en lo real, apelándose a la droga, con
las maniobras con la comida, o bien con actuaciones transgresoras, es decir a
través el acto. Pues es por medio del acto y poniendo el cuerpo que el sujeto
intenta no saber nada respecto de lo real, Lacan define como “pasión de la ignorancia” el no querer
saber de lo real, en tanto enfrentar lo real pone en juego nuestro saber,
cuestiona un equilibrio que se supone haber hallado. En este caso la demanda
erotizante del Otro es un real.
Y la angustia surge y desborda al sujeto sin posibilidades
de acudir al fantasma, ubicándose la angustia ante el deseo o el goce del Otro, ante lo irreductible de lo real, ante
la falta de la falta, entre otras definiciones posibles de la angustia que
Lacan nos propusiera en su Seminario 10.
En estas problemáticas el sujeto pretende eludir la angustia
cuando el pensar, el fantasma, no alcanza para elaborarla y recurre al acto,
ofreciéndose el cuerpo como “instrumento” o como “escenario”, en procura de suprimir lo real, pretensión fundamental
en la locura
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