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Fondo de Ayuda Toxicologico

Panel: Psicoanálisis, toxicomanía y modernidad

José Barrionuevo
LOCURA Y PATOLOGÍAS DEL ACTO.
Consideraciones sobre adicciones y adolescencia.                               

En este espacio, la propuesta es revisar el concepto de “locura” que propone Lacan y el de “desmentida” enunciado por Freud para considerar la problemática de las patologías del acto, ubicándose entre ellas a las adicciones.

Dice textualmente Lacan en “Acerca de la causalidad psíquica” respecto de la locura:

“...podemos verla aplicarse particularmente a cualquiera de esas fases a través de las cuales se cumple más o menos en cada destino el desarrollo dialéctico del ser humano”.

Es importante recalcar que no es pues peculiar a determinada edad del sujeto, no es cronológica sino que es estructural, si bien se pone en juego especialmente en ciertas fases.

Ante “el desorden del mundo” es que el loco querría imponer “la ley de su corazón”, nos dice Lacan más adelante en el mencionado escrito, y en tal empresa el sujeto cae prisionero del narcisismo.

En “Juventud y actual modernidad”, coedición EUDEBA-JVE, libro de mi autoría, proponía pensar a la adolescencia como una encrucijada de fundamental importancia en la vida del sujeto, una contundente transformación en la estructura que produce un replanteo en cuanto al ser, interjuego de desidentificaciones y nuevas identificaciones, un punto de vacilación en el cual no alcanza el fantasma, enfrentado a una desmesura que impone al sujeto considerar y tomar nuevas medidas.

Tomando las expresiones de Lacan citadas  anteriormente, el sujeto en la adolescencia se encontraría de pronto enfrentado a un “desorden del mundo”, no más niño aun no adulto, y debe intentar nuevo orden. Ese desorden no sería otra cosa que “lo real”, si leemos este escrito a la luz de formulaciones posteriores del Lacan de los escritos. Lo real como aquello que escapa a las posibilidades de ser pensado, de ser puesto en palabras, que irrumpe de pronto y resiste a los esfuerzos del sujeto de tratar de ponerle significación. Y entonces es posible entender mejor el mutismo o el laconismo que puede presentarse en la adolescencia, y la inhibición en tanto expresión de deseo de nada, como consecuencias de un intento de preservar espacios de intimidad o como resultado de no poder dominar el movimiento pulsional ante el cual no alcanzan las palabras.

Lacan sigue con su desarrollo en el citado escrito considerando que en tanto el yo sería formación del narcisismo, en el “modo imaginario” (aun no habla de registro imaginario), la función esencial de la locura sería de desconocimiento. Un desconocimiento que supone el intento de oponerse a aquello que sin embargo es reconocido. El sujeto quiere imponer allí, ante lo real, “la ley de su corazón”. Así pues, podríamos decir, en el lazo que se plantea entre lo real y el narcisismo, tiene sus bases la locura, recalcando que no se está hablando aquí de  psicosis. En esta línea en “La escisión del yo en el proceso defensivo” (1938) Freud, analiza un historial clínico de un niño de entre tres y cuatro años, quien tuviera conocimiento de los genitales femeninos por efecto de la seducción de una niña mayor que él. La amenaza de castración a raíz de ser sorprendido en entusiasta masturbación con la que intentaba calmar su excitación acciona el mecanismo de la desmentida, por el cual se desautoriza y se reconoce un juicio traumático para el sujeto (la falta de pene en la niña) y crea luego como consecuencia un sustituto del pene echado de menos: un fetiche. “Con ello había desmentido, es cierto, la realidad objetiva, pero había salvado su propio pene”, dice Freud, y en tanto no estaba así obligado a reconocer la pérdida del pene en la mujer no debía ya preocuparse por su propio pene y podía seguir con su actividad masturbatoria. Considera Freud que la maniobra de su paciente no habilita suponer la existencia de psicosis en él porque no ha alucinado un pene allí donde no veía ninguno. En realidad se produce un desplazamiento o descentramiento de valor, “...ha transferido el significado del pene a otra parte del cuerpo...”, vía regresión. Ese desplazamiento afectó al cuerpo de la mujer, mientras que de su propìo pene nada se modificó.

A esta secuencia enunciada por Freud aludiría Lacan cuando enlaza irrupción de lo real - narcisismo, y, agregamos ahora, creencia delirante, según lo planteado por Lacan en el citado artículo. En términos freudianos esto sería: juicio traumatizante - desmentida de dicho juicio (como desautorización y reconocimiento, simultáneos) - construcción de fetiche, fantasía o juicio.  

“Creérsela es de loco”,

dice en el escrito mencionado, y en la locura es esencial el lugar de la creencia delirante.

En entrevistas iniciales los padres de un adolescente expresaban su preocupación por el hecho de que, sistemáticamente, el hijo se exponía a situaciones de riesgo, y recordaban la respuesta de éste ante los pedidos de que se cuidara: “No te preocupes, no me va a pasar nada porque soy un ...” y citaba su doble apellido para terminar la frase. Eso es creérsela. Charly García enunciaba similar seguridad a los periodistas luego de arrojarse a una pileta desde una altura correspondiente a siete u ocho pisos en un hotel de Mendoza: sabía que a él no le iba a pasar nada.

Desde el psicoanálisis, decíamos párrafos atrás, podemos considerar a la adolescencia como una encrucijada de fundamental importancia en la vida de un sujeto, un punto de especial conmoción en la estructura a partir de un desorden, una contundente ruptura de cierto orden logrado, en un juego de desidentificaciones e identificaciones, en búsqueda de nuevos soportes identificatorios que sostengan el sentimiento de sí, la identidad, al no alcanzar el fantasma en esta circunstancia. Se intenta nuevo orden significante ante la desmesura, ante lo desmedido de lo real del propio cuerpo y en el nuevo mundo que enfrenta. En ese tiempo es posible la aparición de ciertas problemáticas, ciertas configuraciones clínicas, que marcan una dificultad en el procesamiento de los duelos que la caracterizan.

Es sabido que, cada quien, mediante formaciones diversas, en el mejor de los casos a través de producciones discursivas, procura establecer cierta distancia o poner freno al goce del Otro. Pero, por cierto, es ésta la fundamental función de la palabra, del lenguaje, como instrumento ideal que el sujeto posee para producir la separación respecto del Otro primordial o poner coto a su goce. Así, si la represión primaria opera adecuadamente, el Nombre del Padre o la fórmula de la metáfora paterna hace de límite al deseo de la madre rompiendo la célula narcisista, produciendo una separación, abriendo una hiancia entre madre e hijo, espacio sobre el cual se teje un entramado protector: el lenguaje, como aquello que resguarda al sujeto de caer en un agujero de tétrico silencio o aterrador abismo de sin palabras.

En las patologías del acto, incluyéndose entre las mismas intentos de suicidio, anorexia y bulimia veras, drogadependencias propiamente dichas, las actuaciones transgresoras, etc., la impulsión o la tendencia a pasar al acto es el recurso utilizado en forma prioritaria en tanto si bien el sujeto en estas problemáticas habita el lenguaje no puede apelar al mismo en ciertas circunstancias en las cuales un pánico sin nombre, sin palabras o una intensa depresión, desvastadora, hacen imposible todo procesamiento psíquico con riesgo consiguiente de quedar a merced del goce del Otro, como objeto.

Desde la perspectiva planteada en cuanto a la función de la palabra podríamos decir que en las patologías del acto el sistema protector o entramado de contención constituído por el lenguaje tiene puntos de debilidad o fallas, no alcanzando para impedir que el sujeto quede a merced del goce del Otro, no pudiendo hacer uso del lenguaje o no teniendo eficacia el mismo para ponerle límite a dicho goce.

En el acto se perfila un sujeto en una posición de goce silencioso, si bien en

el callar no se libera del lenguaje. Estamos en terreno del autoerotismo, más allá de la demanda y con un deseo disminuido, en un goce diferente y apartado de la palabra, en un apelar a un acto con el cual el sujeto supone poder ponerse a salvo de la castración.       

Recalcamos la relación “desorden del mundo” - “ley de su corazón” propuesta de Lacan acerca de la locura, y que en otros términos podríamos enunciar diciendo que habría un nexo: “desorden del mundo” - narcisismo.

La locura se dispararía en el encuentro del sujeto con “lo real”. Lo real como aquello que escapa a las posibilidades de simbolización, de ser puesto en palabras, que no puede ser pensado. Y entonces frente a ello, a lo innombrable, a lo que no se puede representar, el sujeto intenta imponer la ley de su corazón y en tal esfuerzo caería prisionero de su narcisismo.

-          loco es aquel que “queda capturado” en y por su propio “narcisismo”.

Remarquemos el lazo que se establece: lo real - narcisismo.

            Dice Lacan: “La locura es la permanente virtualidad de una grieta abierta en la esencia del sujeto...”, y más adelante: “no sería el ser del hombre si no llevara en sí la locura como límite de su libertad”, en tanto al ser del hombre no se lo podría entender sin la locura.

-          ante el desorden del mundo (ante lo real, decíamos) el “desconocimiento” como función desde el “modo imaginario” (aun no habla de registro imaginario) sería posible respuesta.

Este concepto remite al concepto de desmentida de Freud como mecanismo defensivo que condensa la oposición a reconocer un juicio (traumático) que se refiere a la pérdida del objeto, que es por cierto reconocido o aceptado, coexistiendo la renuencia a aceptar lo enunciado en el juicio que proviene de la realidad y el reconocimiento del mismo.

Refiriéndose a la reacción de dos jóvenes frente a la muerte del padre decía en “Fetichismo”:

“Sólo una corriente de su vida psíquica no había reconocido la muerte del padre, pero existía también otra que se percataba plenamente de ese hecho; una y otra actitud, la consistente con la realidad y la conformada al deseo, subsistían paralelamente”.

Como resultado de ese interjuego en la desmentida, el sujeto construye fetiche, juicio o fantasía...

Lacan, por su parte, ubica la creencia delirante como producto de la locura, y desde este punto afirma que el fenómeno de la locura no es separable del problema de la significación para el sujeto, es decir del problema del lenguaje. La palabra como nudo de significación no es signo.

Como afirmábamos párrafos atrás. en el mejor de los casos se puede responder con el fantasma ante la angustia: porque la puesta en palabras del “modo imaginario” nos da el fantasma siempre y cuando haya algo que funcione como complejo de Edipo, esto es, en términos de la dialéctica falo-castración. En el mejor de los casos, desde el narcisismo, como producto del “modo imaginario” sería el fantasma el que puede responder ante lo irreductible de lo real que nos golpea permanentemente en la vida.

En las patologías del acto, entre ellas la drogadicción, la anorexia-bulimia, las actuaciones transgresoras... es posible pensar en la existencia de una falla en la función simbólica del Nombre del Padre, en el significante del Nombre del Padre. Este significante marca el límite entre humanidad y animalidad. Sabemos que para que un sujeto esté marcado por la función del Nombre del Padre, ésta debe estar instalada en la madre. Y, con la entrada en el mundo del lenguaje, es posible la construcción del fantasma con el cual el sujeto se ubica en relación al deseo del Otro.

Pero si algo del orden de lo simbólico falla, se pueden dificultar los pasos que conducen a la producción discursiva que se denomina “fantasma”. Es así como, pensando en ésto, se nos hace clara otra formulación de Lacan acerca de la locura, y que podría resumirse así:

-          en los cimientos mismos de las identificaciones que hacen al ser del sujeto se halla el efecto de alienación y su relación con la “tendencia suicida” expresada en el mito de Narciso.

El deseo del sujeto se constituye, nos dice Lacan, bajo efectos de la “mediación”, en relación al deseo del Otro diría más adelante, y entonces el loco sería hablado por y quedaría como esclavo del Otro. En el sujeto el dolor desvastador o el pánico sin palabras son respuesta a lo real y se responde en lo real, apelándose a la droga, con las maniobras con la comida, o bien con actuaciones transgresoras, es decir a través el acto. Pues es por medio del acto y poniendo el cuerpo que el sujeto intenta no saber nada respecto de lo real, Lacan define como “pasión de la ignorancia” el no querer saber de lo real, en tanto enfrentar lo real pone en juego nuestro saber, cuestiona un equilibrio que se supone haber hallado. En este caso la demanda erotizante del Otro es un real.

Y la angustia surge y desborda al sujeto sin posibilidades de acudir al fantasma, ubicándose la angustia  ante el deseo o el goce del Otro, ante lo irreductible de lo real, ante la falta de la falta, entre otras definiciones posibles de la angustia que Lacan nos propusiera en su Seminario 10.

En estas problemáticas el sujeto pretende eludir la angustia cuando el pensar, el fantasma, no alcanza para elaborarla y recurre al acto, ofreciéndose el cuerpo como “instrumento” o como “escenario”, en procura de suprimir lo real, pretensión fundamental en la locura