INSTITUCIONES Y PERVERSIDAD

Prof. Claude Olievenstein
(SEDRONAR- Octubre 24, 1996)
Presidente del Consejo Científico de SOS Drogue International
Director del Hospital Marmottan
París - Francia

Nos encontramos frente a una de las contradicciones esenciales de la vida: por una parte toda convivencia necesita de cierto número de instituciones que realicen, como lo ha dicho René Kaes, "su función principal de continuidad y de regulación"; por otra parte estas mismas instituciones segregan efectos perversos y engendran alternativas anti-institucionales, algunas de las cuales serán siempre marginales, pero otras tomarán el poder en algún momento, desafiando el tiempo y las necesidades.

Esto engendra una contradicción: la del pasaje permanente de lo individual a lo colectivo sin que haya suficientes referencias científicas u objetivas para llegar a una verdad.

En lo que concierne al toxicómano, es siempre evidente la coincidencia del interés individual y el interés social?. El toxicómano como el poeta, si quiere existir como tal debe asumirse como marginal.

Esto ocurre porque poeta y toxicómano si bien aparecen como antinómicos llegan a las mismas conclusiones y es por ésto que retienen nuestra atención. En una época el poeta tenía una función; quien tomaba la droga también. Esta función la pierde para encontrar otra... la de chivo emisario que se vuelve amenazante para el orden social frente a tres funciones: la jurídico-religiosa, la función defensiva y de ataque, y la función productora-reproductora. Su obra y su función ya no converge con sus propios objetivos.

Una modernidad en estado de crisis no soporta estas contradicciones.

Ya dijimos que la modernidad no permite a las instituciones tradicionales asegurar su propia permanencia; para garantizar la supervivencia de las civilizaciones es necesario explorar, con urgencia, nuevas fronteras.

Esto implica la aparición cada vez más dinámica de nuevos márgenes mientras el campo de los excluidos se extiende cada vez más. Se puede decir que el imaginario individual, en el pasado, tenía, aproximadamente, la misma longitud de onda que el imaginario social. Con la modernidad, en cambio, asistimos a un divorcio, cada vez más marcado, entre las metas reales y las metas simbólicas de la institución.

Por ejemplo la noción de placer se ha vuelto fundamental incluso si se debate en esa contradicción fundamental entre la lucha por la vida y una liberación fugaz del goce.

Si agregamos a ésto el hecho de que las contradicciones sociales e imaginarias sacuden el estatuto de la institución familiar, podemos constatar que la norma social se va a hacer más rígida frente al placer, aunque éste le sea necesario.

La evolución actual es vertiginosa; cuestiona profundamente las estructuras sociales, el imaginario colectivo e individual, la ley y la costumbre. Es evidente que la finalidad del acto sexual cuya meta simbólica era la reproducción y cuya meta actual tiende al goce, es un cimiento que modifica profundamente el estatuto de la familia.

Cuando se profundiza la separación entre la adecuación de las instituciones y la demanda del imaginario, ya sea desde un punto de vista individual o colectivo, nos acercamos a un punto de ruptura en el que la organización se vuelve más alienante que benéfica; creo que cada uno de nosotros cuando debe enfrentarse a la burocracia experimenta ésto de manera epidérmica.

Esta situación es explotada por aquellos que deberían proteger a los ciudadanos y que utilizan la modernidad para, de una manera salvaje, aunque legalizada, poner en peligro el andamiaje de nuestra protección social sanitaria.

Puede decirse, entonces, que las instituciones transforman a sus usuarios en alienados?. Estamos ahora en el dominio del dominante/dominado y uno de los fines esenciales de cada institución es el mantener su propio dominio.

Existe entonces, cohabitación de un imaginario terrorista y de un imaginario aterrorizado.

Asistimos así, a un doble movimiento. Cada vez más individuos son excluidos pero estas exclusiones traen aparejadas a su vez la creación de nuevas instituciones para recuperar a estos efectivos, y estas instituciones tienen, ellas mismas, la necesidad perversa de perpetuar la exclusión para sobrevivir.

En cierto sentido se puede decir que la función de los productos de sustitución, incluso si son individualmente útiles, es el mantener a los toxicómanos en un estatuto crónico. Otra de las formas sutiles de la derivación perversa son los balances de salud o la convocatoria al dispensatrio psiquiátrico.

Todo esto ocurre bajo una rigidez creciente de la norma.

Desgraciados aquellos que no responden a la norma ...

Esto tiene como consecuencia el producir un nuevo sufrimiento a la vez individual y colectivo, y además, como ya lo dijimos, la aparición de un aparato de cuidados específicos para los nuevos sufrimientos. Es así que a las psicoterapias diversas se agregan las psicoterapias de comportamiento, la bioquímica y otras formas de psiquiatría biológica.

La progresiva rigidez de las normas se inscribe en el hecho, insoslayable, de que puesto que ya no es la costumbre la que dicta las leyes, es la ley que se encarga de definir minuciosamente la norma. El imaginario jurídico nunca ha alcanzado un grado de inflación como el que tiene hoy en día.

Este orden de cosas trae aparejado un desorden en los procesos de identificación y en la formación del yo. Las instituciones funcionan un poco como un espejo roto, empezando por la institución familiar.

Recordemos que la ausencia de prototipos puede provocar la sensación de libertad pero la ausencia de fertilidad en este terreno sólo puede llevar a la angustia de muerte. El resultado más sorprendente de estas disfunciones es la masificación de los estados de sufrimiento individual y colectivo y una atmósfera donde domina la angustia de muerte.

Se puede ver este efecto en el caso del SIDA que es un ejemplo de esta atmósfera y presenta casi caricaturalmente el compromiso de las estrellas como si la celebridad pudiera anular la muerte.

Se lo ve también en los fenómenos de la publicidad donde lo único que cuenta es la estética física como principal modelo de identificación.

El trabajo ya no es modelo de identificación, ha sido sustituido por la belleza física y por el dinero. Las reglas de la economía de mercado hacen que sea el interés del dinero lo que se privilegia, lo cual implica un desplazamiento masivo del ideal del yo con todos los efectos perversos que un desplazamiento de este tipo supone.

Es evidente que tales desplazamientos ideológicamente sostenidos por las nociones de rendimiento y de competencia traen aparejadas explosiones en sentido contrario, por ejemplo las revueltas estudiantiles. Pero las explosiones grupales pueden ser reemplazadas por explosiones individuales y éste es el caso de los toxicómanos.

Junto a pactos jurídicos que controlan el consenso social existen otros pactos más o menos inconscientes anclados en la psicología de cada uno y que llevan a los individuos a aceptar cosas, acontecimientos,molestias,humillaciones, situaciones de hambruna y de carencia que la lógica debería hacer estallar.

Existe, entonces, un pacto tácito para empujar hacia los márgenes a aquellos que no pueden vivir o aceptar las contradicciones.

Los tótems y tabúes que nos fueron transmitidos por la tradición oral tienen un impresionante peso. Justifican la parte de exclusión en cada individuo, esa parte que no puede expresar y que se constituye en su relación con la norma.

Quiero hablar ahora del sadomasoquismo, de la relación amo-esclavo, el deseo ambiguo de poseer y ser poseído. Estas relaciones, transmitidas a través de generaciones son, por lo menos tan comprometedoras como las simples relaciones de fuerza. En el caso de la sociedad brasileña estas relaciones fueron descriptas por J. Freire. Este autor nos muestra hasta que punto la influencia sutil entre las relaciones de amos y esclavos y sus descendientes de hoy fue causada por el mestizaje, la violación y las relaciones sexuales forzadas.

Es evidente que las experiencias vividas o transmitidas por las generaciones anteriores condicionan las visiones y los compromisos. Es decir que las instituciones como los hombres participan de la subjetividad. Es hora de decir que la subjetividad pertenece a la ciencia tanto como su crítica ya que es también esencial no reemplazar una visión paranoica por otra visión paranoica.

La dificultad de estudiar el campo que hemos elegido proviene de su anclaje en una realidad que nos toca cotidianamente. Debemos a la vez sostener el valor de los pactos inconscientes y no insultar a la miseria dejándola en manos de un discurso subjetivamente terrorista.

No se puede hablar de sadomasoquismo únicamente. Hay que tener en cuenta lo real y recordar que existe exclusión en todo individuo y en todo grupo normativo y, a la inversa, existe norma en todo individuo y en todo grupo marginal o excluido.

Qué ocurre cuando los mecanismos de la crisis escapan a toda forma de autorregulación y engendran fenómenos sociales o psicológicos que ninguna prospectiva podría imaginar?

La sociedades modernas tratan de instalar mecanismos anti-angustia. No se puede explicar de otra manera el nacimiento del psicoanálisis, de las psicoterapias, de las terapias de grupo. Pero, incluso en los países ricos estas formas de terapia son todavía demasiado elitistas. Ha sido necesario inventar otros reguladores de la angustia social como la psicoquímica, los amortiguadores químicos o de una manera más sutil, el rol de controlador que desempeña la cultura de masas, en especial el audiovisual.

Frente a esta realidad el pacto social y el código moral pierden mucho de sus valores éticos: la delincuencia es vivida como normal y el Estado, entonces, sacrifica grupos sociales cada vez más vastos y estos grupos sociales son, naturalmente los más débiles y desprotegidos.

No hay que asombrarse de que una de las últimas tentativas de los individuos para encontrar soluciones individuales a la angustia sea el uso de la droga que, hoy en día supera el intento de encontrar un nirvana individual. El uso de la droga se transforma en un juego económico y financiero, mientras su meta es, probablemente, una de las últimas tentativas modernas de intercambiar una parte de seguridad por una parte de felicidad.

Hoy en día, por lo tanto, cada grupo se plantea la cuestión de la permanencia de la institución a la que pertenece y de los valores que sostienen su funcionamiento.

Sabemos que cuando una institución se vuelve inadecuada ya sea en el orden social o en su relación con lo mental, aparece progresivamente o brutalmente la necesidad de cambiar y, por lo tanto, la necesidad de crear una nueva institución. Pero hasta ahora existe a la vez asesinato y filiación. Vemos aparecer frente a nuestros ojos un entrechoque que desequilibra la relación entre el asesinato y la filiación, tal como lo muestra la evolución de la familia.

El sentido y el tema mismo del sufrimiento que el hombre experimenta en las instituciones es cada vez más difícil. Las relaciones de identificación y de pertenencia son complejas y, a veces, inextricables. El problema de la identidad se plantea con violencia. Frente a lo inextricable la primera reacción es la de organizar de manera más o menos consciente la indiferenciación, ésto va desde la fusión del individuo con la institución hasta un dispositivo capaz de salvaguardar una parte de los lazos.

Señalaremos entonces que las instituciones engendran en sus adherentes, no estados de razón sino estados pasionales, sobre todo si éstas se vuelven inadecuadas a su función, es decir a su tarea primaria.

Recordemos con René Kaes la importancia de tres formas identificantes: el mito, la ideología y la utopía.

El mito es fundador, la ideología es funcional, la utopía representa la meta ideal y puede confundirse con el ideal del yo.

Todo esto cesa de funcionar o es vivido como un duelo en el caso de las instituciones que, en respuesta a ésto refuerzan una función terrorista o iatrógena.

La sociedad cree defenderse poniendo a los locos, a los delincuentes y a los toxicómanos fuera de ella misma. Los trata como si fueran extranjeros y para eso crea instrumentos, en particular un saber.

Es así que de una defensa necesaria se pasa a un estatus antropológico, el de la locura o el de la toxicomanía. Los criterios son esencialmente normativos. Sólo el hecho de presentarlos como científicos ha podido hacerlos admitir como ineluctables.

Así, a partir de la relación individuo/institución se crea un espacio psíquico común que aparece en principio como necesario pero que se va haciendo cada vez más rígido o va a evolucionar o desaparecer. En esta evolución cada sociedad y cada institución fijan en todo momento su estrategia de exclusión.

Para ésto se crean nuevos saberes que aparecen como científicos, por ejemplo la neurobiología que aparece como una verdad más o menos oficial, como si una modificación genética pudiera explicar la calidad de un poema o el contenido de un delirio.

Pero el terror no puede existir en sí y por sí. Las instituciones siguen ejerciendo su tarea primaria y sirven, más o menos de defensa contra las angustias individuales o de grupo. Esta es, por otra parte, una de las explicaciones de la resistencia a todo cambio. De aquí el papel de la burocracia que se encarga de repetir las normas, así los procesos de separación se instalan entre el aparato de estado y las instituciones, entre las instituciones y los grupos, entre los grupos y los individuos y en el interior del psiquismo de los individuos.

Los procesos de separación se vuelven tan importantes como los procesos de identificación.

La brutalidad y el salvajismo de estos procesos está, sin embargo, limitada por la defensa del bien común que impide el asesinato, pero que a veces resulta insuficiente; es entonces que la desviación de la ley aparece como necesaria.

Cuando el deseo es más fuerte que la ley, la transgresión se vuelve más fuerte que el respeto de la norma. Las instituciones no pueden controlar la violencia si no la ejercen ellas mismas y se puede decir que el deseo desenfrenado de satisfacer las pulsiones reaparece cuando la legalidad no da beneficios iguales a unos y otros.

Así muchos aparatos fueron instalados para canalizar la violencia e instalar una exclusión sino respetable, por lo menos, repertoriada. Este sistema permite la expresión de cierto voluntarismo. Pero, hoy en día, la cinética psíquica está ligada cada vez más a la cinética social. Las relaciones de fuerza en lo real y en lo simbólico se modifican cada vez más rápido.

La perversidad institucional reside en el miedo del individuo que hace estallar el barniz de la civilización por temor a lo desconocido y por el fantasma de encarar el futuro.

Defender la norma frente a estos juegos crea un sistema suficientemente paranoico como para mantener la coherencia de todo. Los psiquiatras lo saben bien; los perseguidos se transforman rápido en perseguidores. Se pasa del miedo al odio y, es necesario decirlo, hay una lógica totalitaria en estos mecanismos de identificación masiva, en esta designación del otro y en el rechazo a la diversidad.

No podemos contentarnos con describir la estructura del partido nazi o del Estado nazi; debemos mantenernos en guardia ya que este tipo de desarrollos y este tipo de modelos no está reservado únicamente a las instituciones políticas; la religión, la escuela, la salud tienen tendencia a organizarse de la misma manera.

CLAUDE OLIEVENSTEIN

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