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Presentación
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COLOQUIOS
"Los discursos de control"
Dialogo entre el Dr. Bulacio (Director
de IDIA) y el Dr. Horacio Catani (Juez de la nacional de
Apelaciones en Criminal y Correcional Federal)
B. Bulacio. ¿Qué te ha quedado como
síntesis de tantos años de trabajo en este
tema, desde un lugar tan importante como fue tu función
en el CENARESO?
H. R. Catani. Si, recién me doy cuenta de
que fueron trece años. No tomé suficiente
distancia pero puedo ir pensando en voz alta sobre distintos
momentos. Hay una primera etapa que podría llamar
" fundacional", la de la puesta en marcha de un
Servicio Jurídico "atípico" en el
sentido de estar relacionado tanto con lo asistencial como
con lo administrativo. Se trataba de llevar a la práctica
muchas ideas sobre el rol del abogado como integrante del
equipo terapéutico en una institución asistencial,
que yo traía de mis seis años anteriores pasados
en el ex Instituto Nacional de Salud Mental. Creo que, al
igual que todo el núcleo fundacional del CENARESO,
en aquel momento tenía más claro lo que no
había que hacer, lo que no había que repetir,
que la tarea concreta a emprender. En el caso del servicio
jurídico siempre me había impresionado el
divorcio que existía entre los equipos asistenciales
(profesionales y técnicos) y el sistema judicial
del cual dependían casi todos los enfermos mentales.
Al emplear la palabra "divorcio" quiero aludir
tanto al profundo desconocimiento de problemas mutuos como
a los enfrentamientos que, por supuesto, sólo perjudicaban
al enfermo. Mucho de esto sucede en la práctica cotidiana
con los menores institucionalizados, aunque, claro está,
los enfermos mentales no se amotinan ni hacen ruido. Creo
que logré estructurar un servicio jurídico
integrado al equipo terapéutico sin perder identidad
ni individualidad y, al mismo tiempo, conocedor de la realidad
judicial. Este equipo realizó una función
de "bisagra" que redundó en beneficio directo
de los asistidos: transmitíamos al juez las necesidades,
recomendaciones y requerimientos del equipo tratante en
cada caso (salidas, egresos, etc.), y a la inversa, al equipo
tratante informábamos la situación judicial
de cada asistido. Hubo ocasiones, que debes recordar bien,
en las que los jueces cumplieron verdaderas funciones terapéuticas
de contención en función de ascendiente que
tenían sobre los asistidos. En muchos otros fracasábamos,
porque los jueces se aliaban con el paciente en contra del
equipo tratante y repetían conductas saboteadoras
similares a las del grupo familiar.
Después hubo un segundo momento que coincidió
con los peores años de la dictadura: la famosa identificación
"drogadicto-subversivo" y la persecución
de los profesionales de las ciencias de la conducta (psicólogos,
sociólogos, psiquiatras). Gracias a una inteligente
conducción de la institución, su autonomía
administrativa y otros factores que sería largo de
enumerar, no sólo sobrevivió sino que llegó
a ser el único centro de salud con psicólogos
trabajando, y al que los pacientes se podían acercar
con confianza. En aquella época era muy común
que los posibles asistidos, antes de ver a un terapeuta,
hablaran con el abogado para sondear si no se los iría
a denunciar, si los legajos serían secretos, etc.
Pese a presiones más o menos directas, afortunadamente
no salió de la institución ninguna información
que no fuera exigida por juez competente. Creo que los organismos
de seguridad llegaron a convencerse de que, obrando con
tanto poder y discrecionalidad en tantos órdenes,
podían prescindir de la información proveniente
de los historiales clínicos, en los que, por otra
parte, por ser la única institución que atendía
la patología en forma gratuita, el día de
mañana podrían ver escrito el nombre de sus
propios hijos. La institución cobijaba dos tipos
de marginados: los pacientes "drogadictos" (y
por ende "subversivos ") y los terapeutas, porque
pertenecían a profesiones "sospechosas de comunistas".
Que interesante. Hoy todo eso quedó atrás.
Desapareció el paradigmático "drogadicto-subversivo"
(ahora nació en el continente el "narcoterrorista"),
pero no se termina de aceptarlo plenamente como enfermo.
Se lo sigue caracterizando, además, como "vicioso"
(¿hay enfermos "virtuosos"?), como "delincuente",
y se mezclan así categorías sanitarias, éticas,
jurídicas, etc. Apoyando por los medios masivos de
comunicación persiste el tremendísmo y el
carácter terrorífico del tema droga (las asociaciones
más frecuentes: droga sobredosis - muerte
/ droga delito - muerte); se visualiza a los drogadictos
más como victimarios contagiantes de una plaga, que
como víctimas de un sistema social contradictorio.
B. B. Según tu criterio, ¿qué
papel, qué "aporte" hizo el discurso jurídico
a este "tremendismo" del que hablas? ¿Le
cabe alguna responsabilidad?
H. R. C. Claro, el discurso jurídico es un
discurso legitimador por las propias características
que tiene el sistema penal. Pese a la falsa ilusión
que puedan crear los medios masivos de comunicación,
debemos tener muy en claro que ningún problema social
se resuelve con el derecho penal. En el mejor de los casos,
el conflicto se contiene por la fuerza, y en casi todos
se agrava y reproduce. Frente a un problema que la estructura
social no puede resolver, se piensa que por el hecho de
que el legislador lo "escriba" en una norma y
lo castigue con una pena queda mágicamente solucionado,
cuando, en verdad, que el problema se supere o no dependerá
siempre de factores ajenos a la supuesta solución
legal.
Cuando me refiero al discurso penal o punitivo no hay que
olvidar que muchas veces ese discurso de control está
encubierto con un discurso médico, tutelar o asistencial.
Aquí hay que prestar mucha atención. En los
proyectos de reforma de la ley penal se prevén internaciones
obligatorias, tratamientos de educación preventiva
y otras medidas similares como alternativas a la pena o
en forma conjunta. Nos tenemos que preguntar ¿en
dónde se cumplirán esas internaciones? Cuidado
con el llamado "fraude de etiquetas": habito el
piso 4° de la cárcel porque cumplo un tratamiento,
no una pena. Los penados ocupan los pisos inferiores.
B. B. ¿Se considera peligroso a un paciente
toxicómano?
H. R. C. La reacción social frente al consumidor
de drogas fue muy variable. Hasta el siglo XIX ni el usuario
ocasional ni el toxicómano fueron perseguidos legalmente,
aunque existía respecto de ellos una reacción
social negativa (como sucede en la actualidad con el enfermo
alcohólico). Este paradigma de "consumidor jurídicamente
anodino" cambia a fines del siglo XIX, cuando se comienza
a identificar drogadicción con delincuencia. En el
siglo XX casi todo el mundo occidental dispone de leyes
contra las toxicomanías. Con la expansión
del mercado negro, el tráfico organizado y el gran
negocio subterráneo de la droga se refuerza la identidad
"droga - delito" y "drogadicto - delincuente";
y el protagonismo del derecho penal en la cuestión.
A partir de los años 60 el fenómeno se transforma
radicalmente. La droga deja de ser patrimonio de grupos
marginales (indios, negros, pobres, etc.) y se extiende
a los jóvenes de clase media. La inconveniencia de
considerar " delincuentes" a la gran cantidad
de adolescentes que experimentan la droga provoca más
reacción social, y entonces surge el concepto de
"consumidor- enfermo", al que más adelante
se le irán agregando algunos matices que lo acercan
más al estereotipo anterior (delincuente). Se habla
de "enfermo complaciente", "enfermo contagioso",
"enfermo peligroso", etc.
La idea de peligrosidad está muy unida al toxicómano
y a poco que se analice se advierte que injustificadamente.
Se habla de los delitos cometidos para procurarse la droga
como fundante de esa peligrosidad. Aunque la T. V. Nos muestre
a los negros norteamericanos acuchillando viejitas para
procurarse la dosis de heroína, nuestros adictos
no pasan de cometer hurtos, robos o falsificaciones de recetas,
porque no nos olvidemos que los pegamentos y ciertos medicamentos
psicofármacos están al alcance de la mano
y del bolsillo del toxicómano, por el incumplimiento
de restricciones legales. No he conocido caso de drogadicto
que haya cometido delitos violentos y graves para procurarse
de droga que, por otra parte, como casi todas las usadas
en nuestro medio, no producen dependencia física.
Se hace referencia también a delitos cometidos bajo
los efectos de las drogas. Excepto homicidas culposos por
inyectar a otro por error una sobredosis, sólo conozco
daños y lesiones producidas en estado de excitación
psicomotriz. Lo cierto es que la mayoría deambula
como borracho y termina dormido. En este aspecto es notable
la labor deformante de los medios masivos de comunicación
que han determinado que se asocie "LA DROGA" con
todos los delitos graves, asignándoles una significación
causal que generalmente no tiene. En su lenguaje, excluyen
de la acepción "droga" al alcohol, que
justamente es la única sustancia que suele estar
presente con mayor frecuencia en la comisión de delitos
graves.
Hay todavía una tercera cuestión vinculada
con la peligrosidad. El drogadicto sería "potencialmente
peligroso" porque al necesitar consumir la sustancia
fomenta indirectamente su producción y tráfico.
Por esta vía se llega a afirmar que un consumidor
(ocasional o toxicómano) de marihuana es "co-responsable"
del fabulosos negocio de las drogas, problema político
y económico (más que penal) que moviliza sumas
superiores a la deuda externa de más de uno de nuestros
países; y sobre esta base se fundamenta la necesidad
de punición de la tenencia de drogas, cualquiera
sea su cantidad, como una forma "indirecta" de
hacer punible el tráfico. Con esta misma línea
argumental se debería castigar penalmente a los "clientes"
de la prostituta para acabar con la rufianería, lo
que es manifiestamente absurdo. Creo que de esta manera
descargamos sobre la víctima nuestra impotencia por
alcanzar al victimario y la victimizamos dos veces (como
adicto y como delincuente).
Por último, al hablar de "peligrosidad"
no viene mal recordar que los aspectos represivo y punitivo
no están solamente en la ley penal, sino que pueden
aparecer con más crudeza en un discurso tutelar fundado
en esa peligrosidad. Zaffaroni recuerda con acierto que
la Inquisición quemaba el cuerpo del sujeto para
tutelar su alma, que de esta manera no se seguía
dañando...
B. B. Habría entonces dos formas de concebir
la temática del farmacodependiente. Ya sea situándolo
en relación con la droga como causa, o bien situando
al sujeto como causa de la droga. Dicho de otra manera,
no es la droga la que hace al drogadicto, sino el sujeto
el que produce ese objeto, es decir: el toxicómano
es el que hace a la droga, la llama de este modo a una función.
Cuando hablamos de drogadicción, tanto el discurso
médico como el discurso jurídico colaboran
a otorgarle al objeto (droga) un estatuto muy particular,
en tanto causa, en tanto determinante de ese lugar al cual
se identifica ese sujeto, supuestamente afectado por una
"adicción".
H. R. C. Yo diría, en un plano más
general, que la drogadicción es una relación
"patológica" de un sujeto con "ciertos"
objetos justamente en el marco de una sociedad de consumo,
no sólo en la que los "objetos" están
privilegiados, sino en la que las relaciones interpersonales
se han "cosificado". En un tiempo y en un momento
determinado ese vínculo sujeto objeto se define
como ilícito, y a partir del discurso jurídico
que marca la ilicitud concurre también el discurso
médico que respalda con su touch of science las definiciones
de poder del discurso jurídico.
B. B. ¿Cómo surge la definición
de ilicitud del objeto?
H. R. C. Entramos de lleno en el tema del poder.
Las drogas no son lícitas o ilícitas sólo
por su potencialidad para producir dependencia. Si fuera
así, el alcohol y muchos fármacos deberían
estar prohibidos. Suele ser muy importante lo que ciertas
drogas simbolizan desde el punto de vista del poder. ¿Qué
significó en los EE. UU. una enmienda constitucional
para prohibir el alcohol, durante la "ley seca"?
¿Un lúcido reconocimiento acerca de los peligros
de esa sustancia? No. Existía un conflicto de poder
entre dos grupos sociales y había que reafirmar los
valores del grupo puritano originario, para el cual la virtud
era la abstinencia en contra de los inmigrantes católicos,
irlandeses e italianos que llegaban con la tradición
de la taberna. El alcohol se convirtió en la reafirmación
del símbolo del grupo puritano establecido. Creo
que el ejemplo vale como muestra de la complejidad de factores
que pueden estar detrás de permisos y prohibiciones.
B. B. Te pregunto como alguien más vinculado
a la clínica, si estos discursos, si estas posturas,
no serían obstáculo para el tratamiento del
problema real que se pone en juego, velado muchas veces
por estas cuestiones que recién introducías,
al propósito del "tremendismo", los efectos
y consecuencias del "prejuicio" o la estigmatización.
H. R. C. Creo que no tenemos que confundir los niveles
de análisis porque pueden parecer cuestiones excluyentes
que no lo son necesariamente. Hemos conversado hasta ahora,
a propósito de las adicciones, sobre cuestiones generales
que se relacionan con el poder, las valoraciones, estereotipos,
etc., que generalmente aparecen encubiertas y que es bueno
y útil ponerlas de manifiesto con la mayor crudeza.
De la misma manera, el psiquiatra que atiende enfermos mentales
lucha cotidianamente con el estereotipo que sostiene que
sus pacientes deben estar bien contenidos, guardados y encerrados
en el manicomio, y que profetiza que él terminará
tan loco como sus enfermos.
Creo que en el terreno nuestro están crudamente
exteriorizadas las contradicciones del sistema: hay drogas
que son legales y otras ilegales. El alcohol, el tabaco,
los medicamentos están plenamente integrados y es
dudoso que sin ello el sistema pueda funcionar. Otras sustancias
en cambio son "malas" (¿porque entorpecen
la producción?, ¿ porque están asociadas
al hedonismo?, ¿porque no se está todavía
en condiciones de monopolizar su producción o comercio?).
Contradicciones tan flagrantes provocan la aparición
de discursos autoritarios para que las encubran.
B. B. Hay un concepto que me pareció muy
interesante en lo que planteabas en relación con
los dos discursos: el médico y el jurídico.
Que frente a las contradicciones del sistema parecería
que estos discursos introdujeran algo así como un
perfil autoritario, como una forma de eliminar la contradicción,
romper con la ambigüedad en algún punto, e introducir
una definición: "esto es así".
Todos aquellos que de algún modo mantenemos una
experiencia vinculada a la clínica de la adicción
a drogas sabemos de esa
Particular relación que el paciente establece con
la figura de la ley. No sólo por las características
del objeto en cuestión (la droga como objeto prohibido
dentro del sistema), sino también en relación
con esas modalidades de la conducta en las que se destacan
permanentemente la transgresión, el desafío,
esa tendencia del sujeto a manejarse en los límites
de toda experiencia, y muchas veces la demanda de límites
parece formar parte de ese patrimonio permanente del modo
de ser de un toxicómano. Desde tu lugar, desde esa
experiencia, ¿qué es lo que podrías
aportar de esa relación del sujeto con la figura
de la ley? La pregunta apunta un poco a saber qué
relación se podría establecer entre estas
modalidades transgresivas que conllevan siempre un fuerte
desafío a la figura de la ley, que aparecen muy vinculadas
a conductas típicas del toxicómano, y este
rasgo autoritario de la definición, desde el punto
de vista de los discursos. ¿Opera esto en cierto
nivel como una forma de cuestionamiento, de denuncia en
algún plano?
H. R. C. Trataré de explicar mi opinión
sin confundir los niveles de análisis. Decía
antes que a veces, y más allá de los efectos
biológicos o farmacológicos, muchas sustancias
se permiten o prohiben porque asumen porque asumen un valor
simbólico de conflictos sociales de mayor amplitud.
Algo de esto sucedió con la marihuana durante la
dictadura. Si bien la Resolución 162/74 consideraba
punible la tenencia y comercialización de 130 drogas,
sólo la marihuana era identificada con criminalidad
subversiva, comunismo, marxismo, etc., afirmaciones tan
descabelladas que sólo se explican al reconocer que
asumió ese valor simbólico, pero lo peor es
que lo asumió a dos puntas, el símbolo se
sacralizó a dos puntas. Para el poder (la doctrina
de la seguridad nacional) era símbolo de protesta
por parte de algunos consumidores. No pretendo generalizar,
sino simplemente incitar a la reflexión sobre algunos
aspectos de estos mecanismos, sin desconocer, por supuesto,
el carácter tóxico de las sustancias.
Por otra parte, y ya a nivel individual del toxicómano,
comparto tus reflexiones sobre su modalidad transgresiva,
su permanente desafío a la puesta de límites.
Creo que es un error generalizar, como muchos hacen y afirman,
que la gente se droga porque las drogas están prohibidas
y con la legalización de todas se acabaría
el problema de las toxicomanías. En el drogadicto
la arista transgresiva está muy asociada a la autodestructiva,
y de la combinación de estas tendencias surgen conductas
diversas. Hay pacientes que buscan el choque frontal con
la ley, con el sistema penal, consumiendo "drogas prohibidas"
o también las no prohibidas, pero incursionando en
otras transgresiones, sin demasiado cuidado, de modo que
son fácilmente atrapados por la maquinaria penal.
Aquí los dos aspectos se combinan en alta medida.
Estos pacientes están reclamando límites.
Se inyectan cerca de las comisarías, en los bares
frente al Departamento de Policía, confiesan ampliamente
en el tribunal lo que hicieron y lo que no hicieron. Hay
otro grupo más "cuidadoso" que se detiene
en los límites de la "transgresión social
y familiar": consume drogas pero no quiere chocar con
el sistema penal. Cuidan muy bien de mantenerse dentro de
la legalidad jurídica. Consumen sustancias "legales"
(psicofármacos, pegamentos) que tratan de adquirir
lo más lícitamente posible, aunque por lógica
no puedan evitar sus contactos con iguales dedicados a la
distribución al menudeo, pero se observa en ellos
una actitud de autopreservación en cuanto a las consecuencias
jurídicas, a las que visualizan como inmanejables.
Ellos creen poder controlar los efectos de las drogas, pero
se dan cuenta de que los impactos negativos de la maquinaria
penal están fuera de su control y la evitan. Con
estos ejemplos quiero poner de manifiesto que en definitiva
el adicto, en general, quiere manejar él el tema
de los límites a los que llega en lo que a la transgresión
y autodestrucción se refiere. En este contexto hay
muchas anécdotas de ingreso de drogas al CENARESO,
lo que después internacionalmente se convirtió
en una leyenda negra para favorecer intereses económicos
particulares. Cuando un internado escondía 10 pastillas
de dextrometorfan (sustancia no incriminada penalmente)
y las ingresaba a la institución, era más
importante la transgresión y tantear la respuesta
institucional que la ingesta de la droga, cuya dosis mínima
para un adicto es de cincuenta pastillas, sin contar con
que muchas veces la distribuía entre sus compañeros.
B. B. La experiencia que la clínica nos deja
en este aspecto es como una transferencia. Se transfiere
una cuestión de un lugar a otro; es como si del a
escena interna, familiar al sujeto, muchas veces la figura
de la autoridad policial o jurídica se ve implicada,
dentro de una modalidad de relación del sujeto con
ese discurso. La impresión que siempre he tenido
es como si formase parte o implicase algo así como
una demanda, se pide a un lugar de autoridad, una suerte
de reclamo sobre la figura de la ley, una pregunta que puede
formularse: dónde está la ley, dónde
radica la legitimidad de una palabra, que pueda dar cuenta
de algo vital a la experiencia de ese sujeto. El sujeto
apela a la escena social para recrear toda esta conflictiva
y es ahí donde se plantean los límites para
poder operar, porque es muy probable que ese sujeto lleve
a la escena social una cantidad de interrogantes que el
sistema mismo encierra.
Uno de los primeros interrogantes que nos formulamos es
qué pasa con ese sujeto que apela a través
de su relación con el objeto (lícito o ilícito),
que está puesto ahí como un elemento en los
límites de la infracción, de la transgresión
legal, como un instrumento de goce, en una relación
muy particular con él en la que está emancipado
del otro, es decir, que no lo implica. Son preguntas que
requieren una definición difícil y, quizás,
desde algún lugar hay que definirlo.
Cuando hablabas de estigmatización, tremendismo,
autoritarismo, etc., ¿en qué medida el discurso
jurídico podría colaborar si esto es
posible- para despejar este terreno real de la experiencia
del toxicómano, dado que pareciera que todos estos
elementos fuesen obstáculo para comprender la problemática
del sujeto?
H. R. C. Estoy convencido de que el derecho penal,
el discurso jurídico de control, debe reservarse
para la única función útil que tiene:
proveer a la seguridad pública por medio de la contención.
Debe ocuparse de controlar la producción y el tráfico
de las drogas ilícitas para evitar que el poder corruptor
internacional de este negocio haga pie en el país.
Ahí tiene que golpear con fuerza y con eficacia.
Este derecho penal efectivo para la represión del
tráfico ilícito no debe intervenir, no tiene
nada que hacer, respecto del consumidor de drogas (ocasional
o toxicómano), ya que en este caso pone en marcha
procesos de estigmatización y criminalización
incontrolables y se puede llegar a instaurar verdaderas
"carreras criminales".
Pero como decía antes, si el discurso jurídico
de control social se retira de la escena, hay que tener
cuidado para que no vuelva disfrazado y más crudamente
terapéutico y tutelar, mucho más autoritario
que el otro, porque carece de sus garantías formales.
El consumo de drogas, como los otros problemas sociales,
debe abordarse con las ciencias sociales, las ciencias de
la conducta; se ha de revisar permanentemente que respete
en todo momento la individualidad y la dignidad de la persona
involucrada. Podría tener intervención un
derecho civil especializado (tribunales de familia) que
se ocupe interdisciplinariamente de evitar que se utilice
el discurso terapéutico como un burdo instrumento
de control del "diferente".
El hecho de que estos temas de salud estén todavía
en las manos del sistema penal y del discurso de control,
es un indicador preocupante de la imposibilidad o del fracaso
de los responsables de la prevención y el tratamiento
de estas patologías, para encararlos. Así,
suelen reclamar la intervención mágica del
legislador cuando el problema los desborda. Este es otro
aspecto que requiere una mayor reflexión.
B. B. Cuando te referías a los terapeutas
que frente a la impotencia que experimentaban, frente a
alguna circunstancia de lo real que sobrepasaba los alcances
de su clínica, recurrían a la policía,
al abogado o al juez, los comparaba con los padres de muchos
pacientes que frente a una situación determinada
apelaban al juez, incapaces de resolverla pos sí
mismos.
H. R. C. Al juez o al médico. ¡Cuántas
veces hemos visto que los padres, al enterarse de que el
hijo consumía drogas, aunque lo hubiera hecho ocasionalmente,
antes de tratar de comprender la situación, de analizar
ese hecho y su contexto, antes de reflexionar, apelaban
a una demanda de orden, de control, y para eso nada mejor
que los dos referentes más claros: el juez y el médico!
B. B. Parecería que también el médico,
cuando se confronta con la impotencia de su propio discurso,
pudiera apelar al discurso jurídico.
H. R. C. Si, son discursos que se apoyan y se legitiman
entre si, aunque insisto en que resulta más peligroso
el discurso terapéutico de control, por su pretendida
neutralidad valorativa y por el touch of science que imprime
a su demanda de orden y de control. Desgraciadamente, la
difusión del SIDA va a dar oportunidad de sobra para
analizar los distintos discursos explícitos o implícitos
que se están estructurando a su alrededor.
B. B. Hablar del discurso médico como de
control, sería definirlo como un discurso ideológico.
H. R. C. Absolutamente. En las ciencias sociales,
en las ciencias del comportamiento humano, no hay discursos
científicos neutros. Nos resulta claro que el discurso
jurídico es ideológico y valorativo. La lucha
por el derecho es el intento de ponerlo de manifiesto, hacerlo
garante y lograr ciertas formas de igualdad. El discurso
médico, en cambio, suele negar que sea valorativo.
Se aferra a un supuesto cientificismo neutro, aséptico,
que en realidad no existe, y así se encubre una valorización
y una ideología determinadas.
B. B. Los psicoanalistas en su práctica saben
diferenciar lo que es el acto, el discurso psicoanalítico
de lo que es el discurso médico. ¿Cuál
es tu experiencia en el trabajo que has realizado con profesionales
médicos o psicólogos? ¿De qué
manera dentro del marco de nuestras instituciones asistenciales
vinculan su práctica al psicoanálisis?
H. R. C. Es una pregunta difícil de contestar
porque nuestro trabajo fue realizado en su mayor parte durante
una dictadura, es decir, en una época donde había
un discurso autoritario en toda la sociedad y en todos los
segmentos de la estructura social: la cultura, la educación,
el deporte, etc. Por eso ahora, en la transición,
debemos poner atención a estos aspectos. En aquella
época nos concentrábamos en el síntoma
que traía el enfermo, analizábamos la estructura
familiar y nada más. Hacíamos abstracción
completa de la realidad social en que se desenvolvía
esa familia. Por eso ahora hay que estimular los estudios
sociológicos de los problemas sociales para conocer
científicamente la realidad (no la que interesadamente
nos presentan los medios masivos de comunicación)
de la que emergen estos problemas y los casos que se van
a recibir en la práctica clínica.
B. B. Me parece interesante este aspecto que tratas
en relación con los pocos estudios que existen sobre
el tema, porque es casualmente el déficit que hay
en ese orden lo que da espacio a los discursos de control.
La pregunta sería, ¿qué es lo que pasa
con estos "otros discursos" que parecen no encontrar
un espacio claro de fundamentación? Lo vemos a través
de los pocos estudios serios realizados por las dificultades
que plantea la práctica, porque los mismos profesionales
no tienen referencias o información para trabajar
en el problema. Y todo como consecuencia de lo que podríamos
definir como falta de fundamentación que dé
cuenta de la problemática en otro nivel que no sea
médico o jurídico, como discursos de control.
H. R. C. Tu pregunta, Bruno, nos vuelve al tema
del poder. ¿Te imaginas qué sucedería
si investigaciones psicosociales serias nos revelaran, por
ejemplo, que el problema de la "inseguridad ciudadana"
provocada por la delincuencia es "normal" o incluso
menor que el de cualquier gran metrópoli de Latinoamérica
o del mundo? ¿O que con el alcohol, el tabaco, los
medicamentos y los psicotrópicos, los adultos nos
drogamos más que los adolescentes? ¿O que
la represión penal del consumidor ocasional de drogas
tiene un mayor costo social que su impunidad? No es casual
que los sistemas autoritarios desalienten y persigan las
investigaciones sociales, porque el discurso de control
cabalga sobre la ignorancia y el temor, generosamente distribuido
por los medios masivos de comunicación.
B. B. Resta dejar abierta la pregunta de qué
es lo que se intenta parar. Qué es lo que los mecanismos
de control de la familia, del psicoanálisis, del
discurso médico, del discurso jurídico intentan
detener...
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