El Profesor Emérito de la Universidad de Buenos Aires,
Alberto I. Calabrese, fue médico toxicólogo
y como sentimiento y acción vocacional, investigador, hecho
cimentado en su frondoso Currículo tanto en el plano nacional,
como en el internacional.
Esto no lo excluyó del amplio campo del interés por
lo humano, en ese sentido nada le resultaba ajeno.
Ciencias o artes fueron producto de su atención y diversificó
sus inquietudes en diversos campos de la Medicina y aún fuera
de ella. Perteneció sin duda a la antigua (y añorada)
versión de los humanistas de sesgo enciclopédico,
que supo forjar la Argentina en años más luminosos.
Hijo de la Educación Pública a la que admiraba y
quería, la supo servir durante 42 años, donde con
tesón (valga como anécdota que por razones políticas
revalidó su condición de Adjunto en tres oportunidades)
llegó a Titular Regular por concurso que ganó en
forma absoluta. Para esas épocas -previa a la noche oscura
de los bastones largos- la UBA poseía unos niveles académicos,
solamente comparables a los de los países más desarrollados
del mundo.
Ya había ocupado como Interventor la Cátedra de
Medicina Legal y había sido el fundador de la Cátedra
de Toxicología de la Universidad del Salvador.
Esto por sí, da pié para comprobar que era un especialista
en la materia, a la que accedió como Titular con más
de 150 trabajos publicados de la especialidad.
Ya en la Cátedra de Toxicología de la UBA, en la
que estuvo a su frente durante 15 años, propulsó
diversas actividades en sus distintas subespecialidades.
En el peculiar campo de las adicciones a sustancias psicoactivas,
impulsó los hitos fundantes de esa nueva especialización.
En primer lugar, respecto del alcoholismo (durante muchos años
fue Vicepresidente del Consejo Argentino del Alcoholismo y de
Alcohólicos Anónimos su primer asesor), además
de contribuir con otros organismos no gubernamentales y desde
luego con las demás sustancias que se iban sucediendo en
el consumo con presencia más masiva.
No solamente permitió el accionar del F.A.T. – Fondo
de Ayuda Toxicológica al que perteneció como miembro
de su primer Consejo, sino que a partir de su instalación,
se impulsó la creación del C.E.N.I.A.T.O.X y el
CE.PRE.TOX.
De estos centros, el 1º estaba destinado a la atención
telefónica con archivo ad-hoc para todas las afecciones
toxicológicas incluso las derivadas del consumo de drogas
(se inauguraron 1 por provincia) y el 2º fue un proyecto
piloto de atención integral del toxicómano.
Desde estas organizaciones y siempre en el ámbito de la
Cátedra, se dictaron innumerables cursos y actividades
de instrucción práctica en clínica y laboratorio
destinados no sólo a los alumnos de cursos regulares, sino
a los de cursos de posgrado y organismos públicos; judiciales,
docentes, de seguridad y otros.
Desde la Cátedra de Toxicología, se puede decir
que nació la modalidad de prestar servicio preventivo en
el ámbito escolar, allí; el primer curso nacional
de Capacitación Docente de la temática, con el Ministerio
de Educación de la Nación.
Desde su concepción teórica y como práctica,
tuvo la visión de la interdisciplina, como planteo y necesidad
frente a los fenómenos complejos. Asumida esta postura,
auspició personalmente la constitución de un equipo
con esa integración, de cuya reflexión y como producto,
surgió el Modelo Etico Social(1975) premiado y auspiciado
por la UNESCO, para ser implementado en Latinoamérica.
En esta y otras actividades, siempre fue motor y partícipe,
nunca entendió una tarea sino con un sentido docente y
en un permanente intercambio.
También formó parte de la primera CO.NA.TON. (Comisión
Nacional de Toxicomanía y Narcóticos) como delegado
por la UBA, teniendo a su cargo la búsqueda del asiento
para el CE.NA.RE.SO (Centro Nacional de Reeducación Social).
Tal vez, la parte más destacable de este hombre rico en
sabiduría y experiencia, fue la de su profunda creencia
en la gente, su esperanza sobre el futuro humano (más allá
de guerras y calamidades), cosa que supo plasmar en su interés
por el paciente y su familia, a través de un gran compromiso
ético y desde un profundo afecto.
Probablemente, el recuerdo luminoso que nos ha dejado, es comprobable
toda vez que algún ex paciente, o ex alumno, o familiar consultante,
brinda su testimonio espontáneo sobre una persona que supo
ser “un buen médico y médico bueno”, tal
en sus palabras y como despidió en una oportunidad a jóvenes
egresados de esa, su amada carrera.