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Reflexiones sobre la Práctica
Dr. Bruno Bulacio.
Revista Punto Límite
Quisiera exponer brevemente algunas reflexiones sobre el
rol del "operador socioterapeutico", su relación
con las instituciones, la formación, la supervisión
y su convivencia con otras disciplinas de formación
académica.
Nos hemos encontrado con verdaderas dificultades cuando
somos objeto de una "demanda de formación",
al advertir que no contamos con un espacio que pueda dar
respuesta a estas necesidades por parte del operador, dado
que somos conscientes de que muchas veces su condición
de ex-adicto, sus necesidades y los motivos de la demanda
se diferencian de cuando ésta proviene de profesionales
con formación académica.
La primera dificultad recae muchas veces en no poder otorgar,
sin un trabajo preliminar, un espacio compartido con otras
disciplinas. Esta dificultad hace que se pierda toda una
riqueza de recursos asimilados por la experiencia, debido
a la falta de espacios pertinentes para su integración
y desarrollo.
Existen muchas instituciones, que si bien cumplen con un
rol social destacado absorbiendo volúmenes muy importantes
de la demanda, no poseen los dispositivos tecnológicos
de formación adecuados para dar respuesta a las necesidades
del Operador. En particular cuando se trata de "ex-adictos"
(personas que han completado o se encuentran en la última
fase de su "programa de recuperación"),
o familiares de quienes han realizado un programa de tratamiento.
Sabemos que más allá de la capacitación
técnica para el ejercicio del rol, existe un requisito
esencial que hace posible sostener "esta práctica".
Esto es que el sujeto haya alcanzado "un equilibrio
emocional y crecimiento personal" que le permita interrogarse
a sí mismo en cada momento de su práctica.
Este proceso no puede ser garantizado tan sólo apelando
a un requerimiento de "capacitación", sino
que es necesario concebir un dispositivo donde el sujeto
pueda procesar su experiencia en el marco de una "supervisión
clínica" y reflexión sobre esta práctica.
Sólo así podremos concebir su "profesionalización",
soporte de una compleja serie de técnicas e instrumentos
terapéuticos cuya aparición y utilización
no deben quedar librados al azar.
Hemos podido observar que el no acceso de los operadores
a un espacio de supervisión, reflexión y conceptualización
sobre el rol, se ve resistido por el mismo "modelo"
en que sostiene su función.
¿Por qué un dispositivo clínico para
procesar esta experiencia?. He podido observar que muchos
hacen de lo que es un dispositivo de trabajo, un "modo
de vida". Viven en sus hogares como en una "comunidad
terapéutica", aplicando "el modelo"
a la educación de sus hijos. "El modelo"
protege y da un marco de "contención" que
es necesario revisar e interrogar.
Otra cuestión es el poco espacio que nuestras instituciones
otorgan a la reflexión sobre la práctica,
las más de las veces obstaculizada por la perentoriedad
de respuesta que exige la problemática y las urgencias
que dominan y condicionan la labor del operador en este
campo.
Otro factor es el aislamiento de las mismas frente a la
necesidad observada por nuestros operadores de mantener
un intercambio de experiencias, propuestas y modos de acción
referidos a su función dentro del sistema. A ésto
debemos sumar la avidez de formación para hacer frente
a los problemas que les plantea distintas circunstancias
dentro del tratamiento y la urgencia de contar con instrumentos
idóneos para operar con eficacia en una clínica
que no puede eludir la obtención de resultados. La
perentoriedad de encontrar una rápida respuesta frente
a cuestiones que requieran una reflexión más
detenida deviene en un verdadero síntoma del sistema
y la función dada la complejidad de elementos que
intervienen en la resolución de casos y circunstancias
del tratamiento. No olvidemos que operamos en un campo de
alta complejidad e implicación de la subjetividad
del agente terapéutico.
Hemos observado que muchos operadores caen en la repetición
de modelos haciendo caso omiso a los resultados de la experiencia;
impedidos de poder procesarla, son conducidos a una renovada
frustración. Las dificultades que plantea el tratamiento
de la demanda nos sumerge en una clínica con sujetos
que parecen naufragar en el vacío de una existencia
que hace abuso de la significación de ese acto.
Con ésto nos encontramos a diario y es muchas veces
el operador, el destinatario de esa demanda, interpelado,
interrogado en ese lugar. No podemos eludir los efectos
y consecuencias de ese encuentro y las implicancias que
ésto tiene en la posición subjetiva del operador
dentro del sistema y el lugar que está llamado a
representar.
Muchas veces lo que llamamos "la recaída"
del operador tiene mucho que ver con la falta de respuesta
de "un afuera" en cuanto a su condición
dentro del sistema.
Otro tema de interés es la relación del operador
con los equipos profesionales, los obstáculos en
la comunicación y las resistencias a la integración.
En la última etapa del tratamiento, el sujeto sabe
que ya no quiere hacer consumo de drogas; una tentativa
de solución aprendida frente a las propias dificultades.
Es ésta una etapa crucial porque el sujeto se encuentra
con una verdadera crisis de identidad: "se que no quiero
drogarme pero no se quién soy". Si ésto
no es adecuadamente comprendido, la misma institución
puede contribuir a hacer del rol de operador una fase de
reinserción".
Hemos observado que en muchos casos la institución,
al otorgarle este espacio frente a necesidades tanto del
sujeto como del sistema, puede contribuir a alentar una
"pseudo identificación" a modo de "un
legado", inhibiendo al sujeto de cualquier otra alternativa
de elección. "Yo sin ésto no soy nada",
puede ser la fórmula que traduce la alienación
del sujeto dentro del sistema que lo representa, y que representa
con todas sus consecuencias sobre el sostenimiento de su
práctica.
El rol del operador no debe ser un legado, sino una elección.
El rol del operador no debe ser "un mal necesario"
de los equipos profesionalizados. Estos últimos alientan
la presencia del operador dentro del sistema pero muchas
veces se ven inclinados a sostener "prejuicios"
no declarados.
Las luchas de poder encubiertas entre profesionales con
formación académica y operadores son una realidad
de la práctica no lo suficientemente atendida, donde
lo anteriormente expuesto en cuanto a las condiciones actuales
de nuestros operadores contribuyen en mucho a su discriminación
dentro de los equipos profesionales.
Esto también conduce al operador a asumir una defensa
por oposición desde el único lugar en el que
éste puede reconocerse y legitimar su práctica:
"si Ud. nunca vivió la experiencia de la droga,
cómo puede comprender esta problemática?"
, "los profesionales no saben lo que es ser toxicómano;
no pueden saberlo".
Desde esta óptica, la "caza furtiva" de
profesionales habla muchas veces de cierta inseguridad del
sistema y de quienes sostienen el modelo, instituyendo un
abismo entre ambas prácticas que en nada contribuyen
a una más cabal comprensión del problema.
El operador y su práctica no es "oposición"
del conocimiento científico; es necesaria su participación
como una contribución a nuevos flujos epistemológicos
que este campo de la práctica reclama.
Cuando el operador se representa en ese lugar de "saber"
que puede enunciarse "más que yo, nadie puede
saber sobre un toxicómano", el sentimiento de
omnipotencia que oculta la fuerte necesidad de legitimación
de su lugar puede conducirle a muchos desaciertos.
La falta de legitimación de esa práctica,
conduce a un cierto grado de "despersonalización"
con todas las consecuencias que ésto tiene en cuanto
a sostener su identidad dentro y fuera del sistema.
El sujeto termina atrapado en una situación donde
ya no es "él mismo"; en este juego aparece
la "recaída". Es en todo caso la búsqueda
por sostener otro lugar lo que conduce al reforzamiento
iatrógeno de la nueva identificación.
Hay un deseo "no realizado" que mediado por esta
instancia, opera como espacio transicional, "un trampolín
entre la jeringa, la marginalidad y la nada, al éxito
y el protagonismo".
Cuando la fase final de su tratamiento se ve obstaculizada
por dificultades propias y del contexto social que resiste
su inserción, al no encontrar una salida más
conciliada con su deseo, la identificación al rol
es vista como "una veta hacia el poder"; una carrera
acelerada a enterrar todo su pasado.
La identificación al rol no puede "blanquear"
lo que el sujeto no ha podido elaborar, y en consecuencia
resolver en esa etapa final del tratamiento. La "profesionalización"
del operador no puede constituirse en una fase programada
de su reinserción, sino que sólo una adecuada
elaboración durante esta etapa, hará posible
la elección, y sólo en una etapa posterior
la asunción plena del nuevo rol.
Si el "quiero ser operador" no cumple estas condiciones,
será mejor orientar al sujeto a otras selecciones.
Su "profesionalización" puede estar atravesada
por cierta manipulación del sistema, si prevalecen
los intereses de las instituciones a las necesidades reales
del "paciente" cuando éste es propuesto
como operador.
Una "cura con salida laboral" inducido por el
mismo sistema, es resistencial a la elaboración del
rol. De este modo queda sujetado a la institución
como sujeto de la institución; aquí aparece
la alienación.
La "recaída" opera como tentativa de corte
y a su vez de denuncia sobre cierto estado de alienación
como "objeto" de las necesidades del sistema.
Hay factores económicos que determinan el lugar
del operador dentro de la institución; muchas veces
permanecen horas trabajando sin apoyatura técnica,
profesional o de supervisión, circulando como objetos
intercambiables o descartables por el mismo sistema. Cuando
las economías de las instituciones son subsidiadas
y los programas responden a este modelo, la comunidad terapéutica
puede convertirse en un emprendimiento de bajo costo, desatendiendo
los recursos necesarios para dar cumplimiento a su función
y objetivos.
Muchas veces un operador atravesando la última etapa
de su tratamiento, o bien en una etapa posterior, pseudo
profesionalizada (pagos fuera de contratos sin seguridad
social, etc.), hace que el mismo quede capturado en las
reglas de juego económico de la institución,
reintegrando como retribución su fuerza de trabajo
a un programa que oficia como único soporte del sujeto.
Carentes de fundamentos conceptuales, quedan librados a
la repetición o a la improvisación, con costos
que deben ser también estimados en sus consecuencias
sobre el verdadero objeto de su práctica: el toxicómano
en situación de tratamiento.
En síntesis, necesidades de tipo económico,
de seguridad social y de los modelos que desarrolla, trae
una cantidad de dificultades a su práctica.
El operador socioterapéutico soporta todo un peso
institucional que trae aparejadas consecuencias tanto en
su desarrollo personal como en su trabajo concreto, produciendo
una diversidad de "síntomas".
Observamos la falta de una contención necesaria
para un desarrollo pertinente de su función, dado
por la ausencia de formación, supervisión
y un espacio clínico para procesar la experiencia
en sus relaciones con los pacientes, el sistema y su convivencia
con otros roles profesionales.
El trabajo aislado, la falta de legitimación de
su práctica y una cobertura abusiva de horas de trabajo
son aspectos de un quehacer que le exige incluir su cuerpo
en una escena, que iatrogeniza el ejercicio de su función.
El trabajo abusivo y el estado de alienación en que
lo sume la institución lo introduce en un dispositivo
de dependencia, que no de mejor manera, rememora su condición
de "ex toxicómano".
La crisis en su relación con el sistema muchas veces
explica lo que llamamos la "recaída". Esto
es, el reencuentro con una forma de "identificación"
que le permite por la vía del tóxico, una
tentativa de desalineación, de separación
del mismo sistema que lo produce como operador y lo aliena
como sujeto.
Si su inclusión en el modelo no reconoce la necesidad
de "sistemas abiertos", su función se verá
obstaculizada bajo los efectos tóxicos de una trama
especular, de lo que en otro lugar he definido como "la
adicción del sistema"; "aquello que no
puede ser simbolizado a propósito de lo que interroga
en el sujeto (y el sistema), el lugar del saber, el poder
y la legitimidad de la representación", esa
misma que está llamado esta vez a "encarnar"
como operador socioterapéutico en su condición
de "ex adicto".
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