OBSERVACIONES
SOBRE UN TRATAMIENTO
Bruno J. Bulacio
PRESENTACIÓN DEL CASO
Amalia llegó a la institución acompañada
por su esposo. En la entrevista manifestó hacer uso
indebido de drogas (anfetaminas) desde los 18 años.
Había comenzado su consumo para poder estudiar, llegando
a tomar de 12 a 14 comprimidos diarios; al terminar su carrera
siguió tomándolas por espacio de un año,
al cabo del cual las abandonó por tranquilizantes
en dosis de 3 o 4 comprimidos diarios.
Refirió ser consciente de su adicción pero
no puede dejar la droga sin ayuda. Dos internaciones psiquiátricas
previas resultaron infructuosas para el abandono del hábito.
Historia familiar
El padre de Amalia murió cuando ella era muy joven.
En la actualidad vive con su esposo y tres hijos adolescentes,
y desde hace tres años, también su madre integra
el grupo familiar. Amalia manifiesta alivio y a la vez temor
porque es su madre, de edad ya muy avanzada, quien se ocupa
de los cuidados de la casa y la atención de sus hijos;
ella atiende sólo algunas tareas del hogar. Aunque
es odontóloga, no ejerce desde hace muchos años;
ahora se dedica a la pintura.
Sus relaciones con su familia se encuentran perturbadas,
debido a su actitud de aislamiento. Con su esposo no son
buenas "ni en el plano físico, ni espiritual";
mantiene con él una relación "hija -
padre", compitiendo en un nivel igualitario con sus
hijos.
La problemática de Amalia se inscribe en un marco
de continuas situaciones de dependencia, en un continuo
"querer y no poder"; tiene labilidad afectiva
y crisis de excitación nerviosa, acompañada
de abundante mañerismo histérico.
El tratamiento
Una vez realizados todos los estudios diagnósticos,
"se recomienda su inclusión" en uno de
los subprogramas residenciales de la institución,
aunque fue preciso aclarar que si bien la paciente presentaba
una clara "conciencia de enfermedad", no manifestaba
motivación para el tratamiento.
Amalia no aceptó y se la incluyó entonces
en una lista de espera para iniciar un tratamiento ambulatorio
en el programa de Consultorios Externos, "como medio
para afrontar y elborar su gran temor a la internación
y evaluar durante un período determinado de tiempo
las posibilidades de su ingreso al programa residencial".
Concluida la orientación y habiéndosele asignado
día y hora para la iniciación del tratamiento,
no se presentó a la entrevista.
Pasados algunos meses, solicitó una nueva consulta
no mediando esta vez el consejo y la presión de terceros.
Primera etapa. En la primera entrevista hablé con
la paciente sobre la importancia y necesidad de trabajar
los aspectos vinculados a la orientación terapéutica,
las motivaciones de su resistencia y el rechazo a la propuesta
del equipo que había intervenido en la admisión,
porque según mi experiencia, forzar la internación
traería previsibles consecuencias, entre otras, su
no adaptación al programa y, como resultado, el posible
abandono del tratamiento.
La conflictiva de urgencia apareció relacionada a
su crítica situación familiar, particularmente
al vínculo con su esposo. Amalia aceptó la
difícil convivencia con él, lo cual afectó
la relación con sus hijos.
En esta etapa manifestó una marcada resistencia a
abandonar el consumo de drogas o a disminuir las dosis habituales
de su ingesta. La droga operaba como un elemento estabilizador.
Mi hipótesis en aquel momento era de que un tratamiento
por internación resultaría lo más adecuado,
atendiendo a la eliminación del consumo de drogas
que constituía una mayor preocupación para
mi que lo que esta señora podía llegar a expresar.
Amalia no aceptó la propuesta de internación,
sosteniendo su interés en continuar el tratamiento
ambulatorio.
A esta altura de las cosas, se interrumpieron las sesiones
por espacio de algunos días con motivo de mis vacaciones.
Era mi propósito en aquel momento que, según
el estado y evolución de la paciente durante ese
período, interrumpiría su tratamiento y recomendaría
firmemente su inclusión en el programa residencial.
Segunda etapa. Al reiniciar las sesiones, Amalia me comunicó
que había interrumpido su habitual consumo de psicofármacos;
se mostraba sorprendida con el importante paso dado, y en
este sentido reconocía los beneficios del tratamiento,
aunque sabía que no constituía la solución
para muchos de los problemas que la habían inducido
a consumir las drogas.
Amalia reconoció "los beneficios del tratamiento",
pese a mis vacilaciones y dudas a propósito de la
orientación que yo mismo sostenía, producto
de las resistencias de la paciente a aceptar su internación.
La respuesta observada en la paciente llamó mucho
mi atención, y despertó nuevas expectativas
sobre la conducción de este tratamiento.
Amalia manifestó temores ante la posibilidad de reincidir,
dado sus estados depresivos y la falta de motivaciones y
objetivos en su vida.
No dejé de tener en ningún momento presente
que a una adicción de muchos años se articulaba
la problemática de su entrada en la tercera edad.
Comenzó entonces de tener en su discurso un papel
de mayor relevancia la relación familiar y en particular
la dificultad de asumir su rol de madre. Se quejaba de que
su esposo delegaba su autoridad en ella que no se encontraba
en condiciones de ejercerla teniendo en cuenta el estado
de su relación con sus hijos.
A un año de iniciado el tratamiento, Amalia comenzaba
a dimensionar de otra manera la conflictiva con su esposo;
sin embargo temía la soledad y por lo tanto no se
decidía a dialogar con aquél sobre su situación
matrimonial. Esta relación en la cual no estaban
ni juntos ni separados, se manifestaba como un síntoma
que la paciente parecía defender, aunque no evitaba
quejarse de ella a través de sus reproches. En esta
etapa, durante un largo período de tiempo Amalia
no consumió ningún tipo de drogas.
Como única hija siempre había ocupado un lugar
de privilegio, atención y cuidado en el seno de su
grupo familiar primario, transfiriendo este modelo a la
actual relación con su madre, su esposo y sus hijos.
La relación con su madre parecía ocupar un
importante lugar en el conflicto de la pareja. Amalia oscilaba
entre ser hija y ser madre; lo que le parecía impedido
era su lugar de mujer. Se producían viejos conflictos
en la relación con sus hijos, en particular sentimientos
de competencia y rivalidad.
Tercera etapa. Al iniciar su tercer año de tratamiento,
la paciente se precipita en una situación lo suficientemente
crítica como para movilizarla hacia la posibilidad
de concretar la separación. Se la observaba muy angustiada
y al borde de una determinación que modificaría
sustancialmente toda su vida. Se trataba del alejamiento
de su esposo de la casa, pues éste había decidido,
a partir de una desbordante actuación celotípica
de la paciente, ir a vivir con quien habría sido
su amante durante dos años. Amalia nunca terminó
de elborar este abandono que vivió como un acto de
"humillación y desprecio". Esta situación
precipitó nuevamente su caída en el consumo
de drogas en forma abusiva y descontrolada.
En un período posterior a esta crisis, le surgió
con especial inquietud una fantasía vinculada a una
deuda con su terapeuta. Decía que recibía
más de lo que ella sentía poder dar; que aquél
le dedicaba dos horas semanales de su tiempo y que de su
parte eran pocos los esfuerzos que realizaba para modificar
"actitudes y conductas".
Este argumento aparecía vinculado, o bien convivía,
con la modificación de su relación transferencial
con la institución. Amalia requirió la disminución
de sus sesiones semanales a una sola. Su solicitud no fue
atendida inmediatamente en procura de esclarecer la índole
real de este pedido.
Esta modificación en el plano transferencial estaba
articulada a una transformación del sentido que revestía
para ella su adicción a las drogas. Amalia comenzó
a plantear su inquietud en relación con el lugar
que la institución le asignaba como "centro
especializado en drogadicción".
La paciente manifestó la necesidad de recontextualizar
su tratamiento. Una vez evaluado el caso decidí dar
por concluido su proceso institucional, a más de
dos años de iniciado, si bien la paciente aún
conservaba una significativa relación con las drogas.
Creí conveniente de todos modos y en la medida que
se ajustaba a su demanda, que continuara con un tratamiento
en otro ámbito institucional o bien en forma privada,
si sus recursos económicos lo permitían.
Cuarta etapa. Si bien Amalia sostenía su demanda,
había algo que empezaba a obstaculizar la continuidad
del tratamiento. No quería reconocerse como "drogadicta".
La institución era objeto de angustia.
Una vez finalizado ese tratamiento, me solicitó "continuarlo"
en forma privada a lo que no puse objeción. Su "drogadicción"
no era ya la causa que sostenía su demanda.
En esta nueva etapa de su tratamiento hubo períodos
durante los cuales intensificaba el consumo de drogas, y
dado que sus habituales estados de intoxicación creaban
dificultades en el curso de las sesiones, le planteé
que consideraba un absurdo su análisis en tales circunstancias.
Entendía que su actitud abusiva hacia los psicotrópicos
planteaba una contradicción con respecto al análisis
en sí que podía formularse en términos
de una opción entre el análisis o las drogas.
Mi intervención sorprendió a Amalia, pues
ella siempre supuso, y no sin razón, que yo hacía
de su adicción la causa de su análisis, y
digo no sin razón porque esta conducta abusiva hacia
los psicotrópicos evidenciaba, puesta en acto en
el curso de las sesiones, una suerte de "interpretación"
a propósito de una verdad no revelada de su análisis,
y venía a arrojar alguna luz sobre la denuncia de
Amalia acerca del lugar de la institución como causa
se su angustia.
Debo reconocer en todo momento que fue Amalia quien me condujo
por este sesgo poco ortodoxo y explorado de mi práctica.
No se trató de una prohibición, sino de un
efecto de "descalificación" de su posición
frente al análisis, una suerte de desenmascaramiento
de la ficción que ella sostenía y que me obligaba
a sostener con mi pasividad interpretativa a propósito
de las causas que "determinaban" su adicción.
Para mi sorpresa, Amalia no concurrió más
a la sesión bajo los efectos de las drogas; con el
tiempo pude comprobar que las había abandonado por
distintos motivos y justificaciones, que solo muy posteriormente
manifestó en el análisis.
A lo largo de las sesiones se observaba un giro significativo
en el tratamiento de su problemática cono en su vida
misma. Si bien la relación con su esposo, de quien
se hallaba separada de hecho, constituyó para ella
un duelo muy difícil de elaborar, y fue motivo de
angustia durante períodos prolongados del análisis,
su vida había ganado otros intereses. Se profundizó
su vocación por la pintura, y acrecentó su
producción plástica con notable éxito.
Durante mucho tiempo su vida había transcurrido sin
sentido; en su relación con el futuro había
un sentimiento de desesperanza y espera pasiva sin objetivos.
Su matrimonio destruido, sus hijos ya mayores, la madre
anciana a su cuidado, la profesión que no ejercía,
no representaban una motivación suficiente para seguir
viviendo. Sólo su vocación por el arte mantenía
frescos sus intereses más vitales.
Es en este particular momento de su análisis, a punto
de concluir por decisión de la paciente, cuando la
dimensión del tiempo adquiere un rasgo distintivo
en su vida, todo parece orientarse hacia un ejercicio creador
en el que la existencia de Amalia transcurre con plenitud:
"Tengo miedo de tener poco tiempo", me decía.
En la última sesión de su análisis
recordó los comienzos de su tratamiento en la institución:
"Ustedes no me comprendieron, lo tomaron como algo
sin importancia"; Amalia se refería aquí
a su vocación por la pintura.
ALGUNAS REFLEXIONES
Debo reconocerlo, mi preocupación por la salud y
la vida de la paciente vinculada a la ingesta abusiva de
psicofármacos me había inclinado a tratar
su adicción, cuyo pronóstico era estrictamente
reservado. Más de 30 años de historia adictiva
no aparecía a primera vista como una cuestión
fácil de resolver; no sabía tampoco a qué
extremos podría llegar pues temía siempre
el papel que juega la depresión clínica en
estos casos. La internación constituía mi
reaseguro.
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