ALGUNAS
OBSERVACIONES A PROPOSITO DE LA EXPERIENCIA DE AUTOAGRESION
EN JOVENES USUARIOS DE DROGAS
Bruno J. Bulacio
CRONICA
Sucede, como en los crepúsculos
el asombro
el llanto,
la ausencia.
Sucede, como un suicidio lento,
el grito
que se rompe en la pupilas,
la vida tiesa en el deseo
la memoria.
Sucede, como una voz sonámbula
y es la canción maternal
que deambula, alucinándome,
en la sombra de mi cuerpo.
(De un asistido)
I
El presente trabajo se desarrolló en el contexto
de una acción institucional en la asistencia y rehabilitación
de jóvenes (varones) usuarios de drogas, con un marcado
grado de deterioro de la personalidad y niveles avanzados
de drogadicción (usuarios inveterados e ineptos).
Las experiencias de autoagresión en estos jóvenes
asumen múltiples y variadas manifestaciones, desde
la ingesta de drogas u otras sustancias tóxicas,
ya sea por vía oral o parenteral pasando por mutilaciones
autoprovocadas de la superficie corporal hasta distintos
grados de afección psicosomática, si es que
se nos permite incluirla dentro de esta caracterización.
Serán objeto del presente trabajo la observación
y las consideraciones que de ella se desprenden en torno
a la experiencia de autoagresión, caracterizada como
"actuación autoagresiva", bajo la forma
de lesión cortante de la superficie corporal, por
lo que ésta tiene de particular y específico
en el ámbito de una convivencia institucional.
Motivaron estas reflexiones las habituales y reiteradas
emergencias originadas por este tipo especial de conducta,
como también algunas de sus consecuencias, en particular
el tipo de lesión autoprovocada y los efectos de
estos hechos en el normal funcionamiento de los grupos.
La rotura de diversos objetos, en especial de vidrios, constituye
el medio más apropiado para consumar esta acción.
Cabe destacar que el ámbito en que esta conducta
se manifiesta más comúnmente es la residencia.
Un estudio estadístico llevado a cabo con varios
grupos demostró que un altísimo número
de estos jóvenes habían realizado intentos
de suicidio o se habían provocado lesiones cortantes
en brazos u otros lugares del cuerpo (preferentemente miembros
superiores e inferiores), sea en el período de su
internación o antes de ingresar al programa CE. NA.
RE. SO.
Las emergencias clínicas y psiquiátricas que
estos hechos producían, confirmaban algunas observaciones
previas a propósito de la estructura de personalidad
de estos jóvenes, más aun cuando dichas observaciones
se articulaban en el campo de una transferencia institucional.
El asistido repite en las relaciones con sus pares, profesionales
o cualquier otro personal dedicado a la asistencia, conductas
que tienden a reeditar un modelo particular de relación,
fundamentalmente ligado a los avatares de la vida familiar
y su cultura de grupo social (subcultura marginal).
Con estas conductas de autoagresión, el asistido
procura establecer un enlace con el medio exterior a la
institución, despertar la atención e interés
de personas significativas respecto de las circunstancias
por las que atraviesa. En su medio natural tales conductas
tenían su correlato en la acción de drogarse,
que constituía una similar estrategia puesta al servicio
de idénticos objetivos.
El asistido repite conductas en el campo de tal transferencia
muchas veces en razón de circunstancias que favorecen
la reedición de estructuras de relación similares
a las que se habrían generado en el seno de su red
familiar de origen.
Es de observar que estas conductas surgen en circunstancias
clave del tratamiento, en particular cuando el asistido
ha reiniciado los contactos con su grupo familiar en el
medio institucional (entrevistas nucleares).
La acción psicoterapéutica puede facilitar
una tal emergencia como consecuencia de los efectos de discriminación
o toma de conciencia del conflicto en un ámbito de
abstinencia, favorecido por el abandono de su medio natural
de vida, constituyendo de esta manera un síntoma
a tener debidamente en cuenta en el curso de su evolución
en el tratamiento.
La irrupción de estas conductas se da en momentos
límites de frustración, a causa del bajo nivel
de tolerancia que caracteriza a estos jóvenes. También
la dificultad de organizar un espacio de espera en la demora
o postergación del impulso es generadora de una acción
motora de descarga.
Muchos asistidos no actúan directamente, sino que
instrumentan la autoagresión como amenaza al personal
si éste no satisface de manera inmediata sus requerimientos.
Cabe, pues, establecer la diferencia, en beneficio de una
más adecuada descripción, entre la actuación
autoagresiva propiamente dicha y lo que sólo son
intentos premeditados de actuación o amenazas tendientes
a la obtención de ciertos logros.
Personal de residencia señala la habilidad de algunos
asistidos para incurrir en conductas aparentemente autoagresivas
pero que no resultan ser tales; es el caso de algunos jóvenes
que, avanzados en estas prácticas, acumulan en su
currículum institucional la rotura de varios vidrios
a puño descubierto sin haberse producido lesión
alguna. Dícese de ellos, que saben "pegarle"
sin más consecuencia que un gasto patrimonial y el
sobresalto del personal. Estas conductas parecen constituir
una "cultura de grupo" en las residencias.
De estos jóvenes puede afirmarse que siempre "han
necesitado de alguien que se ocupe de ellos", que muestran
una "profunda carencia afectiva" y que la mayoría
de sus conductas dan cuenta de esta apreciación.
Reclaman atención y exigen una puesta de límites
permanente, lo cual justifica medidas normativas, que en
general son bien aceptadas por el conjunto. Muchos jóvenes,
presintiendo una crisis, solicitan atención médica
como factor de contención y puesta de límites
frente a una posible "actuación". En aquellos
que no pueden seguir este camino a causa de las características
de su personalidad, la salida autoagresiva puede llegar
a cumplir idéntica función previsora.
Desde un óptica que contemple las relaciones y la
"cultura" grupales, diremos que estas conductas
llevan consigo un abandono del anonimato e irrumpen por
momentos como claros intentos de vencer la "monotonía",
generando un movimiento de búsqueda de reconocimiento
como afirmación de una identidad cuyo principal referente
es el grupo. No solamente las posiciones de heterogeneidad
relativas a otro (profesional, grupo o institución)
son capaces de generar un movimiento restitutivo, en tanto
fundan un espacio de indefensión o marginalidad,
sino que la homogeneidad que genera una cerrada adaptación
y rige las relaciones de intercambio en un grupo de estas
características sugiere una "alternativa exogámica"
frente a lo que el joven siente como disolución de
su endeble identidad en el seno del mismo. Una alternativa
tal suele asumir las formas de una actuación auto
o heteroagresiva generadora muchas veces de un cierto "status"
en su cultura de grupo. Es de observar en muchos de estos
jóvenes "una exasperante indiferencia y desinterés"
frente al negativo valor que el cuerpo suele asumir para
ellos más aun cuando éste se ha convertido
en blanco de las propias tendencias destructivas.
Sólo en una etapa más avanzada del tratamiento
los pacientes comienzan a manifestar una progresiva preocupación
por su cuerpo (aseo personal, práctica de deportes,
interés por el peso, estatura, etc.).
Una vez consumada la lesión y requerida la presencia
del médico, el joven, en el momento de la sutura,
parece asistir a una escena que le es ajena. El cuerpo,
mirado "como si se tratara del cuerpo de otro",
aparece como escenario de una identificación donde
la tendencia autoagresiva no estaría tanto encaminada
al sujeto, como a sus fantasmas.
En ocasiones hemos observado que las fantasías que
acompañan a estas actuaciones conllevan la ilusión
de una muerte que siempre recae sobre otro.
En el campo de las relaciones interpersonales observamos
que estas conductas están condicionadas por la inhibición
de la tendencia agresiva dirigida contra los demás
y que el sujeto vuelve contra sí mismo en un intento
de evitar las consecuencias que de otro modo podría
llevar aparejadas.
Es desde este punto de vista que la conducta de autoagresión
puede interpretarse como heteroagresiva.
En nuestra experiencia, toda fantasía ligada a una
imagen del cuerpo en estos jóvenes nos remitía
a una suerte de analogía con la "escena intrauterina".
Evacaba un estado anterior al nacimiento. Esta escena aparecía
"imaginarizada" a través de una postura
corporal que remedaba la posición del feto en la
matriz materna. En otros casos observados, el cuerpo ocupaba
un lugar de muerte que confirmaba la otra cara de este escena.
De este modo el joven quedaba atrapado en una imagen que
enajenaba su cuerpo a otro y que desde los efectos de su
subjetividad regía los destinos de un deseo irrealizable:
reconquistar la primitiva unión con el cuerpo materno.
Estas conclusiones se basan en la labor llevada a cabo con
varios grupos en una experiencia con técnicas corporales,
cuya consigna era la exploración y el reconocimiento
de la identidad corporal.
II
Es de observar en estos jóvenes, desde la óptica
de la experiencia autoagresiva, una notable ausencia de
capacidad de espera y un muy bajo nivel de tolerancia a
la frustración.
Es, pues, probable la aparición de conductas autoagresivas
en casos de demora o acentuada frustración. Se manifiesta
una tendencia a la descarga emocional, por vía motora
(con compromiso corporal), en forma directa o inmediata
sin capacidad de postergación o mediación
simbólica (actuación). Se presenta al mismo
tiempo un estado confusional de la conciencia, en algunos
casos con pérdida total o parcial de los límites
del yo y la emergencia de incontrolables ansiedades de carácter
psicótico. Hay aquí un colapso de la identidad
que pone al joven en una total y absoluta vivencia de indefensión,
con la consecuente movilización de fantasías
de muerte en torno a un estado de "ausencia",
"falta" o "vacío" (estar carenciado)
que habremos de considerar de naturaleza muy primaria y
regresiva. A esto acompaña un estado de exigencia
permanente sobre el otro en la satisfacción inmediata
de cualquier demanda o requerimiento. Demanda en cuyo discurso
se articula la aparición de un nivel "meta"
en la comunicación de un mensaje que se nos manifiesta
bajo la forma de atención o requerimiento de la presencia
activa de otro (médico) capaz de satisfacerla, "suturando
una herida" en el sujeto. Demanda que en cualquiera
de sus formas se expresa como ocultación de una "demanda
de amor". A su vez, esta conducta lleva implícita
la forma de una "transgresión". El cuerpo,
con un significativo compromiso de esta "escena",
aparece imaginarizado como cuerpo de "un otro",
escenario de una identificación de naturaleza narcisista.
El objeto es de carácter ambivalente y por identificación
se ofrece como blanco de las tendencias autodestructivas
del sujeto.
La hipótesis que se elaboró en principio tendía
a establecer una relación de "equivalencia"
entre esta modalidad de "expresión" y la
experiencia toxicomanígena; dicha hipótesis
se fundaba en la observación de que como zona de
agresión se privilegiaba un lugar particular del
cuerpo, el mismo que el joven había elegido en anteriores
ocasiones para facilitar "sin demora" la incorporación
del fármaco: la vía parental endovenosa.
En la mayoría de los casos observados, la lesión
no iba más allá de un "corte superficial",
llegando rara vez a lesión profunda y a nivel de
vena. El intento es engañoso, una especie de juego
imaginario con la muerte como "un modo de anticipación"
o "amenaza" dirigida a otro, tal como ocurre en
la conducta adictiva, siempre más acá de los
niveles límites de tolerancia en la ingesta.
El joven no busca la muerte sino como evocación en
acto de una "ausencia" que habría de cubrir
a través de la presencia activa de otro, capaz de
satisfacer la demanda y restituir su narcisismo.
Pareciera ser éste el sentido de la búsqueda
que la "sutura" implica o, mejor dicho, que la
escena autoagresiva implica, topificada en la vía
endovenosa - parenteral de la ingesta, imaginarizada en
la superficie del cuerpo bajo la forma de lesión
cortante.
Esta actuación expresa una demanda de amor y reconocimiento,
constituyendo un forzado intento del sujeto por restituir
su narcisismo.
La vivencia de incompletud, carencia y heterogeneidad -
homogeneidad respecto a otro, pone en marcha una estrategia
restitutiva, tendiente a recuperar un estado ideal perdido,
cuyo principal escenario habríamos de estimar observable
en la conducta adictiva (tendencia a la reducción
total de las tensiones).
En muchas de las fantasías adictivas analizadas,
el tóxico parecía investir el deseo obturando
una "ausencia" que en la fascinación que
el mismo despertaba, restituía en el propio cuerpo
su presencia, como la aparición de otro a quien se
le debe amor, pero que tampoco está exceptuado de
la ilusión de una muerte.
Tanto la experiencia toxicomanígena como el fantasma
de la muerte escenificado en la conducta de autoagresión,
encuentran un lugar fallido en la búsqueda engañosa
de lo "paradisíaco" y de la satisfacción
narcisista y total del deseo, como evitación de la
angustia, el sentimiento de indefensión o el displacer,
particular justificación que en este "meta -
conocimiento" crea los límites reales de la
vida y de la muerte en el adicto.
En toda adicción naufraga una pérdida y en
ella se expresa un intento de avocación del objeto
(perdido).
En la experiencia de autoagresión, el fantasma de
la muerte tal y como aparece en el discurso del adicto se
halla signado por el retorno del objeto de un deseo irrealizable:
reconquistar la primitiva unión con el cuerpo materno.
La muerte viene aquí a obturar la escena desvalida
y amenazante de aquel primitivo abandono donde el objeto
se fue sin retorno, sólo a expensas del síntoma
en el espacio imaginario de la muerte, donde su ausencia
se evoca en el proyecto tóxico. La muerte no constituye
para el adicto más que una particular alteración
del "estado de ser". Se cierra de esta forma un
ciclo, el ciclo de un abandono del cual nunca quiso ni querrá
saber...
III
Concluiremos el presente trabajo con la exposición
de un caso clínico, a fin de ejemplificar el nivel
de equivalencias a las que nos hemos venido refiriendo,
aunque somos conscientes de que l mismo no dará cuenta
en su totalidad de lo anteriormente apuntado.
Se trabajó con un grupo de cuyos miembros varios
habían tenido reiteradas experiencias de autoagresión,
durante el tratamiento o con anterioridad a su ingreso
Nuestro asistido, al que llamaremos A., relata un episodio
relativamente reciente y que tuvo lugar en la residencia
a altas horas de la noche, cuando el control y la vigilancia
disminuyen por ser menor la cantidad de personal que presta
servicio a esas horas. A. muestra cierta resistencia a exponer
con precisión los hechos, dejando entrever la transgresión
de alguna norma institucional.
Trátase de que A. había concertado con anterioridad
"una cita de amor" con un compañero homosexual
de otra residencia, fijando hora y lugar de encuentro. Por
razones que no veremos en detalle, si bien la cita se concreta,
su compañero no accede a lo solicitado por A., pese
a sus reiterados y esforzados intentos de persuasión.
A. comenta que ello significó una dolorosa experiencia,
principal móvil que lo lleva a consumar la conducta
de autoagresión. Dado que la tarea se desarrolló
en un contexto grupal y mediante la utilización de
técnicas corporales, se solicita de nuestro asistido
que recree psicodramáticamente y con mayor detalle
las distintas secuencias de su relato, con la colaboración
de otro miembro del grupo que representará al compañero
de A.
La escena de desarrolla en tres actos, a saber: el diálogo
establecido en la residencia, el desenlace que culminaría
con la separación y, finalmente, la escena de autoagresión.
Bastará, para lo que pretendemos demostrar, una breve
descripción de lo escenificado en este último
acto, siguiendo las vicisitudes de una tal "actuación".
El asistido simula entrar en su habitación en actitud
que no oculta su frustración. Dejándose caer
sobre su cama, figura tomar un objeto con el que, en acompasado
ademán, escenifica el corte; luego deja caer su brazo
en pasiva e indiferente actitud. Imprevistamente se levanta,
toma un cigarrillo, lo enciende y retorna a su anterior
posición.
Sus párpados se cierran en una engañosa y
no poco familiar espera. Mezcla rara de placer y de muerte
que acompaña el destino final de esta escena.
Una vez incluida la dramatización por nuestro protagonista
sugiero la utilización de la técnica del espejo,
técnica que en psicodrama implica la reproducción
de la misma escena por un auxiliar, en nuestro caso un compañero
del grupo, con el fin de que A. tenga la posibilidad de
presenciar como espectador lo que anteriormente había
protagonizado.
La inclusión de esta técnica moviliza un acentuado
interés en A. frente a lo que esta vez le será
dado presenciar. La actitud es de sorpresa, sigue la escena
con detenida atención, revive un recuerdo, sonríe,
se dibuja en su rostro una curiosa expresión...
Se le solicita que comunique al grupo lo que esta escena
ha evocado en él.
A. expresa: "Esto me es familiar, recuerdo mi habitación...
cuando me ´picaba´ en casa... tenía la
costumbre de inyectarme acostado sobre la cama, dejándome
caer del mismo modo... en esa posición... luego solía
prender un cigarrillo para ´curtir´ mejor..."
Lo hasta aquí expresado por A. es revelador para
el grupo. La experiencia de autoagresión no había
significado más que un sustituto de aquella pasada
experiencia.
No quiero dejar de señalar que en nuestro caso el
tipo de analogía descubierta a la observación
no impedía la asociación en imágenes
o ideas con el tipo de actitud que en general acompaña
el rito de toda experiencia toxicomanígena por vía
parenteral.
IV
Vale la pena recordar que muchas de las consideraciones
desarrolladas a partir del análisis de las fantasías
vinculadas a la ingesta por vía parenteral sostienen
su vigencia en tales casos.
Nuestro análisis es revelador en la medida en que
nos permite corroborar, a través de lo apuntado clínicamente,
nuestra hipótesis inicial de que existe una relación
de equivalencia entre la experiencia toxicomanígena
y la conducta de autoagresión que constituye el tema
de este trabajo. Esta breve descripción lleva implícito
un modelo de aproximación que no es generalizable
sino desde los efectos de cierta estructura que pautarían,
si vale la expresión, los niveles de equivalencia
que se establecen en función de una y otra experiencia.
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