DE LA SEXUALIDAD Y LA DROGADICCIÓN
Sara Szeinman
Bruno J. Bulacio

Que la sexualidad es un existenciario es algo que ninguna sana antropología puede ignorar, articulación del cuerpo a la palabra o, lo que es lo mismo, el orden de la cultura en lo natural.
Dentro de la óptica freudiana, la pregunta a propósito de la sexualidad bajo la forma del origen, del deseo y de la diferencia, halla su anclaje final en un cuerpo. Si se interroga desde la palabra, es siempre el cuerpo fuente y destino del enunciado.
La sexualidad es femenina no sólo por el hecho de que Freud haya interrogado a la histeria, sino porque es fundada desde el espacio materno.
Los avatares del deseo de la madre marcan los rumbos posibles de acceso, renegación o forclusión de la diferencia. Tres estilos posibles en que el deseo instala un sujeto y por lo mismo la ley le es constitutiva.
La ley cultural, fundada en el parricidio, es cosa que un psicoanalista no ignora y por lo mismo el padre está siempre del lado de la deuda y en el controvertido espacio de la ley. En torno al padre y a la ley gira nuestra práctica clínica, porque es éste el punto fundamental por donde aparecen interrogados el deseo y la sexualidad.
Si un "caso" no escapa a las leyes generales, ocurre que el adicto, de quien nos ocupamos, no escapa a las generales de la ley. Nada puede ser leído en su discurso fuera de la escena transgresiva, nada se halla sustraído al devenir orgiástico y circular de un deseo errático por definición.
La experiencia tóxica - dejando por ahora su relación con la ley social, para nada indiferente a los tratamientos mismos, como nos consta - es el lugar por donde el fantasma transgresivo se articula en el Otro.
El sujeto no tiene un lugar fuera del deseo materno, no puede abstraerse de esta herencia legislada por los mandatos parentales. Por eso no es de extrañar que en los análisis que conducimos la demanda se dirija - bajo la forma de una apelación a este Otro - a que legisle sobre las diferencias y marque la prohibición que garantice el acceso al deseo. Esta apelación toma la forma, en el adicto, de un desafío. Ser de desafío que invoca al no ser que lo funda.
Pero entonces, ¿qué lugar ocupa la muerte en la experiencia tóxica]? Pregunta por la que somos introducidos en el centro mismo de nuestra práctica clínica.
¿Qué es lo que viene a confrontarse con nuestra propuesta? ¿Qué es lo que resiste nuestra palabra y, lo que es verdaderamente grave, la suya propia?
Si no se habla de la sexualidad es porque ésta se extravía a nuestra escucha en los cuerpos de la teoría, en la sanción de nuestras instituciones, en el desconocimiento.
Son pocas las instituciones desde donde la cultura designa un lugar a la asistencia de las perversiones; quizá nuestra práctica constituye una excepción a dicha regla. Es necesario desinstitucionalizar la oreja para que la palabra no parezca denegada frente al arbitraje de la razón: el papel de denuncia que otrora le cupo a la histeria, lo cumple hoy la drogadicción.
Es el adicto quien, a nivel del fantasma, eleva su sexualidad a la categoría de "institución". La sociología lo sabe, el concepto de subcultura marginal ha sabido orientar hasta aquí nuestras reflexiones.
Hay aquí una forma de "saber" fundada en una experiencia que "nos es intransferible", un modo de conexión con esa experiencia de lo real donde el cuerpo aparece como principal protagonista y del cual "siempre estamos excluidos".
En la transferencia, el carácter lúdico que adquiere la demanda ubica el goce del lado de las repercusiones que éste pueda tener en la mirada del otro, aquel que mira desde el lugar de la ley. El goce no radicaría en el intercambio de los cuerpos, sino en ese lugar de la ley - vigilante - de - la - escena, escena que tiene el sentido de una "teatralidad", se significa en la mirada del espectador, se goza con el orgasmo del otro. El sujeto demanda de la sexualidad del otro.
¿Cómo pensar el lugar del terapeuta frente a esta demanda de su propio deseo? La escena presentificada en la relación transferencial demanda de su sexualidad, poniendo en peligro ese lugar, lugar de quien sostiene la ley, lugar de diferencias que intentan ser borradas.
Sostén de ley es sostén de diferencias, sostén de un encuadre que marca la prohibición.
La función de corte en el relato, en el discurso, se opera a través de la palabra, eje que atraviesa la relación imaginaria para promover el acceso a la misma en función simbólica.
El fracaso de un tratamiento se apoya en la identificación, en la pérdida del lugar de terapeuta, en la disolución de las diferencias.
¿Cómo se inserta en este escena la demanda del terapeuta? ¿Cuál es el lugar donde está escenificada su pasión? ¿Cómo pensar la transferencia del terapeuta si no apoyada en la transferencia institucional?
El poder institucional aparecería como un modo de sellar la falta, justifica nuestra praxis clínica en el solo hecho de asistir a un drogadicto, llamativamente no abordado en otras instituciones, relegado y temido a la vez.
Característica inherente a la institución, que marca el nódulo de su advenimiento, proponiéndose como modelo identificatorio distinto de los que el adicto conoce. Modelo diferente de la así llamada subcultura, y aun en un principio, escamoteando su lugar en la cultura al proponerse también como modelo concordante. La institución se propone tanto a la diferencia como a la repetición.
A la drogadicción no podemos encuadrarla dentro de una entidad nosológica. El perverso conlleva una fijeza en el objeto sostén e su goce; en la adicción este objeto es más contingente, más lábil. El goce circula desde la experiencia tóxica - espacio transgresivo - a distintas situaciones de este mismo orden; el goce está donde la transgresión. En la transgresión a la "norma", el consumo ilícito, la transgresión al código penal, la actuación dentro de las instituciones, en la transgresión al orden simbólico, abriendo una polisemia significante particular, la transgresión al deseo materno, con una burla al mandato y la transgresión aun a la biología, la del cuerpo.
La cárcel del cuerpo, límite intolerable, anclaje de la sexualidad y la muerte, lleva consigo la renuncia. Se transgrede como cuerpo significado, se rompen las fronteras de la geografía erógena, en el flash "todo ese cuerpo es un orgasmo".
¿Cómo pensar la muerte dentro de esta trama?
No hay representación simbólica de la muerte. El adicto es muerte; busca eludirla con una ilusión de vida más allá de la humana, de sensaciones que sobrepasan los límites que existen para el neurótico. La ley lo marcó con sus efectos, y en esa búsqueda - desafío - burla puede aparecer el pasaje al acto que le pone fin.
Es notoria la semejanza entre los estados de embriaguez tóxica que los adictos logran con la droga y los estados de contemplación en los que se sumergen los místicos; ambos aparecen como habiéndole encontrado un sentido a la vida, un solo sentido privilegiado, único y verdadero. No hay lugar para el sin sentido.
A partir de la droga se organiza todo un sistema de valores que conforman un nuevo orden, la drogadicción tiene la estructura de un discurso religiosos, místico.
En muchos casas el síntoma de la drogadicción se resuelve por una conversión religiosa. Trueque de una mística por otra.
El problema, para quien se ocupa del tratamiento de los adictos, es que éste se convierta en un duelo de teólogos, donde cada uno se propone como la Verdad.
No hay tolerancia al "no - sentido" propuesto por el analista como posibilidad de acceso a la pluralidad de sentido.
Queda planteado el interrogante de la existencia de una mayor capacidad de acceso al goce a través de la droga.
Pensada desde la cultura, la sexualidad marca sus limitaciones en tanto hay un quantum de capacidad sublimatoria necesaria para que un beso no asfixie o una caricia no marque.
Recorridos preliminares borrados por la droga, derrumbe de fronteras que sólo excepcionalmente acaecen en la supuesta sexualidad normal. Y todo ello en un solo escenario, el propio cuerpo.
Lo erógeno no halla lugar, los caminos preliminares se pierden por distintos derroteros.
Erogeneidad, fronteras, diferencias borradas, castración temida, defensa frente a ese cuerpo de mujer que trae consigo la representación de la muerte. Objetos y rituales sustitutos denuncian, orientan, hacia la sexualidad de la madre.

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