La sociedad interviene cuando los drogados amenazan las cuidades
Reportaje a Claude Olievenstein 

Las adicciones constituyen uno de los mayores problemas en el plano individual y en el social, por los múltiples factores que involucran. ¿Cómo lo entiende usted?

No es una respuesta fácil. Más que las adicciones el tema es la toxicomanía, porque se puede ser adicto a la comida, pero no se es toxicómano a la comida. Esto, además de una exigencia epistemológica, ha planeado un entrecruzamiento de competencias. Hay tres formas de abordar el problema: uno es desde el producto, la economía criminal y todo lo que ocurre con las poblaciones más pobres y expuestas; la segunda, mediante la patología de la persona, y la tercera consiste en desarrollar una política de salud pública y plantear el problema en el campo social. Lo ideal es mezclar todas estas perspectivas.

Vamos por partes. ¿Cómo sería el análisis respecto del producto?

Desde el punto de vista del producto, el análisis incluye la economía geográfica. En un principio, los países subdesarrollados producían la droga, pero no la consumían (y si lo hacían era de una manera religiosa y ritual). En cambio, en la actualidad no sólo producen sino que la consumen. Y en abundancia. Estos son verdaderos fenómenos de dumping para intoxicar a los países y a los pueblos más pobres. A este panorama dramático se agrega el cada vez más extendido uso endovenoso de las drogas –en los países más pobres- lo que implica un aumento descomunal del SIDA. Lo nuevo acerca de la droga –que es de alguna manera una interrogación marxista- es por qué cada país y cada clase social tiene su propio tóxico y su forma particular de consumo.

¿Por ejemplo?

Mientras la población negra toma crack, la población blanca y joven de los países industrializados ingiere cada vez más productos químicos complejos como el éxtasis. Se ve muy claramente una separación entre las drogas de fin de semana y de diversión, como el éxtasis, y la droga para soportar el sufrimiento, como la heroína.

En cuanto al perfil del consumidor, ¿cuál es su análisis del panorama local?

Las drogas tienen siempre un origen económico y social importante, pero en la Argentina tienen a su vez un valor muy particular: aquí el retorno de lo reprimido, lo que concierne al régimen militar y la relación con la angustia de muerte es muy visible para alguien que viene del extranjero. La gente aquí está angustiada y la respuesta a esto se da a través de la utilización de drogas. Por algo el tóxico de mayor consumo en la Argentina es la cocaína, una sustancia con un efecto positivo inmediato que otorga el poder de Súperman y concede la ilusión de vencer los problemas; aunque más tarde sobreviven las depresiones individuales que responden de alguna manera a la depresión colectiva.

¿Cuál es su visión de la segunda perspectiva, la individual?

Es la que toma la personalidad del sujeto. Hay fenómenos comunes a todos los países, como el cuestionamiento al estatuto familiar y a procesos implantados desde hace siglos. Con la contraconcepción, las mujeres salen de su rol de productoras de niños para reivindicar una identidad en la relación al placer; por lo tanto, juzgan a los hombres que se sienten amenazados en sus aspectos viriles y pierden así la imagen de su identificación. Nos encontramos –de esta manera- frente a procesos de identificación más amenazados y vemos en la calle la tentación andrógina de muchos jóvenes. Creo que el símbolo más absoluto en este sentido es Michael Jackson. Esto produce fenómenos de bandas y grupos que reemplazan la identificación individual por la colectiva, que es en extremo peligrosa, porque implica siempre movimientos pasionales que pueden desencadenar en una sumisión a sectas o a dictaduras.

¿Y cuál es el tercer aspecto, el componente político social?

Esta tercera manera de entender el problema convoca un análisis social. Aquí vemos la ruptura de relaciones positivas con la ley. Muchas veces se piensa que el problema pasa por la legalización o no de la marihuana, pero más allá de esta disyunción y del producto droga, se juega el porvenir de la democracia y de la república. Si millones de jóvenes entran en la vida activa transgrediendo la ley, van a despreciar las otras formas de la ley y van a considerar los comportamientos de transgresión como normales, lo que implica un riesgo altísimo. La despenalización deja intacto el sistema económico mafioso, mientras que la legalización trae aparejada una oficialización de la venta, una definición del producto y el fin del mercado negro.

¿Cómo es el balance de los dispositivos de atención que tienen a su cargo la tarea de eliminar el problema?

Actualmente todas las políticas de lucha contra la droga –excepto las de Singapur, que es un caso particular- son un fracaso. Por un lado, tenemos un aumento brutal de toxicómanos; por otro, una serie de políticas represivas que nos demuestran a diario que son un absoluto fracaso. Y además existe una corrupción que nunca fue tan fuerte,; la Argentina no puede negarlo. Si a esto sumamos la relación de la droga con el SIDA, estamos hablando de verdaderos genocidios, sobre todo en África negra. Definitivamente hemos perdido, aunque eso no significa que todo ha sido negativo. En estos últimos tiempos hemos desarrollado aparatos de recepción de usuarios de drogas que resultan un hallazgo y un avance; nuevas formas de ser social y equipos de aproximación con proposiciones sociales originales. Se puede seguir con esta política de error de los últimos cuarenta años, donde se autoriza a la policía más de lo que el derecho humano necesita; pero, mientras tanto, el fenómeno droga crece y empeora. Hay autoridades que hablan de la toxicomanía con una ignorancia suplementaria del proceso. Si alguien hablara del cáncer de la misma manera que los ministros de Salud hablan de la droga, serían censurados o echados de inmediato por incompetencia y prejuicios.

¿Por qué cree que sucede eso?

Todas las sociedades tienen necesidad de un mito, una ideología y una utopía. El mito fundador es que la droga es el objeto malo, y se ha desarrollado una ideología de lucha y combate contra ella que la ha convertido en un chico emisario. Detrás hay algo de lo que no se quiere hablar: de la relación con el placer que da la droga; un placer que disminuye la importancia del acto sexual y amenaza los parámetros y hábitos de la gente. Esto nunca es dicho, quizá por vergonzoso y, en ciertos aspectos, sucio.

¿Las políticas contra las drogas están entonces condenadas a ser como parches?

Las propuestas que se están haciendo son limitadas, ya que la única propuesta realmente válida es la de cambiar radicalmente la sociedad y la vida. Pero esto, evidentemente, no es posible,; por eso la sociedad asume compromisos, algunos válidos y otros peligrosos. Sólo se encierra a los toxicómanos para evitar epidemias, pero siguen sin comprenderse las reacciones psicodinámicas y sociales que trae aparejada la ingesta de droga. Un ejemplo muy gráfico es Nueva York: allí se metió a todos los heroinómanos en programas de sustitución pensando que ésa era la solución de la toxicomanía, pero las minorías negras se sintieron prisioneras y comenzaron a utilizar el crack como droga de violencia y como afirmación de la violencia interna en contra de la suerte que se les reserva. En un sentido es sumamente útil encontrar soluciones parciales, porque no podemos esperar a tomar poblaciones enteras, pero en el fondo no podemos más que ser escépticos. Si tuviera que dar sólo una respuesta, tendría que ser dirigida a los niños en su rol de ciudadanos defensores de la democracia.

¿Qué papel juega en este panorama la prevención?

La prevención en este tipo de problemáticas es esencial, pero no confundamos prevención con información. Prevención es enseñar a elegir, no presentar una verdad única y unilateral; es enseñar a poder decir que no y a defender la integridad física y psíquica. Vivimos en una gran trampa que nos hace creer en el pensamiento único, y ese es el caldo que nos dan a diario por televisión, que nos dice cómo debemos pensar y a propósito de qué. No se puede dejar sufrir a la gente, pero es claro que hay actitudes conmiserativas que no son de ninguna manera soluciones de fondo al mal vivir, la miseria, la aculturación. Estos son los verdaderos problemas de la sociedad sobre los que deberíamos ocuparnos.

Parece una tarea más que difícil...

Francamente, lo es. En Francia hay un 12 por ciento de población que no trabaja; el sufrimiento de un joven que a los 16 años no tiene trabajo y que sabe que en diez años tampoco lo tendrá es muy alto. Padecimiento, inferioridad y humillación son terrenos disponibles para el alcoholismo y para la droga.

Cuestión de clase

¿No existe también una complicidad y una ventaja con respecto al consumo de las clases de poder a diferencia del consumo en los grupos más marginales?

Por supuesto, se ve con cierta indulgencia divertida a la gente que tiene y controla los medios masivos, o el hecho de que tal o cual estrella de fútbol consume droga. Esto se divulga entre la opinión pública; en el plano de la Justicia es escandaloso y en el plano de la vida social es relativizado y minimizado, y nada de esto influye en el porvenir de nuestra sociedad democrática. Desde el punto de vista del análisis social, es imperioso tomar el tema, pero creo que es más imperioso analizar los genocidios cotidianos del África negra que el fenómeno Maradona.

¿Qué proyecto es posible ofrecerle a esa franja sojuzgada a la que se refería anteriormente?

Hay cosas para ofrecer, pero todas son muletas. Sin embargo, no se puede dejar a la gente en la miseria y en el desamparo. La cuestión es saber qué tipo de sociedad se les va a proponer: no se puede volver al siglo XIX y dejar que los ricos den limosna a los pobres. Sin ser comunistas, podemos sentirnos escandalizados por el hecho de que los capitalistas tienen cada vez más dinero y no quieren repartir esta riqueza con países o poblaciones más pobres. Si un chico de 17 años me pregunta qué hacer, yo le diría que lo único verdadero es hacer la revolución.

¿Por qué combatir entonces el uso de la droga, que también es una muleta como lo son tantas otras, a menos que se tome en cuenta el desorden social que suscita?

La droga se toma arriesgando la seguridad. Desde hace dos o tres decenios esto tenía éxito porque la ciudad era lo suficientemente rica como para soportar cierto número de marginales. Pero éste ya no es el caso. El uso de drogas provoca cada vez más desgracias. La sociedad se ríe y protege sus elites, sus riquezas, y no interviene en relación con los drogados sino cuando amenazan el corazón de sus ciudades. Mi inquietud es si se llevará a cabo una guerra civil entre los que poseen y los desposeídos para conquistar la riqueza de la ciudad.

LA JUVENTUD

Para Claude Olievenstein, no existe relación directa entre el consumo de drogas y la juventud. "Los jóvenes no son el grupo más importante – asegura -. Estoy más impresionado por la toxicomanía de los viejos, que toman medicamentos en exceso, tanto para soportar su soledad como para poder dormir, y sobre todo la sociedad guarda un silencio cómplice escandaloso". Aclara entonces que cuando se refiere al problema de los más jóvenes, lo hace en función de que "en ellos está el porvenir del mundo", y emparienta el peligro de las drogas con problemas como el integrismo religioso.

De todos modos, admite que mucha juventud está vinculada con la toxicomanía: "En los estratos más bajos hay millones de jóvenes que se sienten incompetentes y, por lo tanto, excluidos de la sociedad – describe -. Esto los convierte en víctimas de la droga, no pasivos sino cada vez más violentos y cada vez más reivindicatorios. Y no puede dejarse de lado el problema de la urbanización creciente, donde se encuentran todas las frustraciones y se crean los nuevos salvajes".

¿En qué sentido?

Un cantante francés dice en una de sus canciones "los lobos entraron en París". Asistimos a una vida asediada y ceñida por los nuevos bárbaros que viven en los márgenes de la ciudad y que en algún lugar son nuestros hijos.


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