Consumo de drogas y de bebidas alcohólicas en
adolescentes.(••)
Una de las preocupaciones de los padres más insistentes
hoy en día es el consumo de drogas y de bebidas alcohólicas
por parte de sus hijos, que comienza a temprana edad según
serios estudios estadísticos realizados confirmados por
la experiencia de profesionales de diversas disciplinas que trabajan
con adolescentes.
En este espacio vamos a plantear algunas consideraciones, haciendo
una primera aproximación al tema diciendo que no es posible
confundir el tomar drogas o alcohol con lo que se denomina drogadicción
propiamente dicha. La diferencia entre ambos no es del orden de
cantidades o frecuencias sino que depende de la posición
del sujeto: en cuanto a hacerlo por placer o bien cuando se ubica
a la sustancia en el intento de reforzar el esfuerzo desmentidor
o renegatorio, patológico, ante la ley en sus diversas
manifestaciones. La diferencia se aclarará, es la intención,
en el desarrollo del presente escrito.
En un libro publicado hace ya unos años (“Drogadicción.
Teoría y clínica”, de Editorial Gabas), invitaba
a auscultar en la lengua, que hace de lazo social, en los modismos
o expresiones usuales, para descubrir un otro sentido que hablaría
del basamento en el consumo circunstancial o por placer y en el
alcoholismo, en consideraciones que aquí relacionaremos
con la problemática de las drogas en general.
“Tomo para animarme...”, o, “...nada mejor
que una buena birra para poder hablarle a una mina, me salen solas
las palabras...”, son expresiones que suelen escucharse
en algunos jóvenes al ser preguntados sobre por qué
beben.
En muchas de estas frases hay referencias a obstáculos
a salvar, pudiéndose pensar desde el psicoanálisis
en la existencia de un esfuerzo identificatorio con aquel que
se transforma al beber. No es casual que al referirse a los efectos
están en el orden del “animarse”, de “levantar
el espíritu”, o que se llame a las bebidas alcohólicas:
bebidas espirituosas. Es decir que aquel en quien se transforma
al beber estaría relacionado con un ser que puede traspasar
todas las barreras que el mortal no puede: como el ánima
o el espíritu.
Ahora bien, podríamos interrogarnos: ¿a qué
se denomina espíritu?. Consultando un diccionario de lengua
castellana encontramos la siguiente acepción:
“Ser inmaterial...”. “Don sobrenatural y gracia
especial que suele dar Dios a algunas criaturas...”
Podríamos proponer como primera aproximación que
las bebidas espirituosas tendrían desde esta perspectiva
la virtud de dotar a quien bebe de las fuerzas necesarias para
triunfar sobre los límites materiales. Esta operación
supondría, desde lo inconciente, la pretensión de
tener éxito en el esfuerzo por oponerse a la existencia
de una realidad traumatizante o desquiciante, que cuestiona el
propio sentimiento de sí, con la creación de un
doble al que por proyección se adjudica la victoria sobre
la muerte y a cuya imagen se supone poder transformarse al beber.
En cuanto a “don sobrenatural” o divino recordemos,
como un dato interesante, que Freud, al investigar sobre la coca
refiere que entre los indios de América se atribuía
a la bondad de Manco Capac, hijo del Sol, el origen de la planta
de coca, un regalo de los dioses.
Cuando se sostiene, por ejemplo, que el vino “anima”,
o levanta el “espíritu”, la expresión
se estaría refiriendo al anhelo de lograr nuevas fuerzas
allí donde el deseo vacila, sosteniendo la representación
de sí del sujeto acorde a un ánima, a un espíritu,
un otro de hablar fluído, de mejor talante, animoso, emprendedor
y arriesgado, en una transformación que el líquido
facilitaría con sus efectos.
En las canciones populares de diferentes pueblos se encuentran
referencias a los poderes supuestos en el vino:
“Si el vino viene,
viene la vida
dice una canción folclórica, que más adelante
continúa con la expresión de un deseo: “...que
me entierren al alba,
regao de vino mi tumba”
Tengamos presente que en algunas culturas indígenas era
costumbre en las fiestas derramar la primera chicha, bebida obtenida
por fermentación del maíz o del algarrobo, sobre
los huesos de sus antepasados, entre llanto, gritos y cantos.
Y si enlazamos esta referencia a los fragmentos de la canción
transcriptos anteriormente, podríamos deducir que las bebidas
alcohólicas estarían relacionadas con el anhelo
de vivificar o con la pretensión de volver a la vida a
los muertos.
Hasta aquí, podríamos decir, es clara la relación
de los jóvenes, y de los no tan jóvenes, con las
bebidas alcohólicas como recurso buscado cuando el valor
flaquea, pudiéndose pensar que en forma circunstancial,
o incluso recurrente durante cierto tiempo, pueden ser buscadas
como garantía supuesta de sostén identificatorio
en el trabajo de procesamiento de duelos “adolescentes”.
Por su parte, en el extremo del alcoholismo se marcaría
el exceso en la pretensión
de encontrar un reaseguro, vaso tras vaso, botella tras botella,
ante la inevitabilidad con la que la muerte se presenta como límite
para la propia existencia.
La desconexión que sigue al exceso en la borrachera, y
luego la depresión y la resaca, mostrarían en su
secuencia lo fallido del intento y la eficacia del accionar de
la pulsión de muerte en la búsqueda de la bebida
nuevamente, en forma compulsiva. En el alcoholismo en sus casos
más graves se caería como estado final en la borrachera
en un estado estupuroso, con amnesia parcial o total de lo ocurrido,
como expresión evidente de una retracción narcisista
tras los intentos fallidos de fundirse amorosamente con los otros,
con declaraciones pasionales, abrazos y besos. El “mamarse”
o el “ponerse en pedo”, como se dice comunmente, tomando
expresiones populares, marcaría el fracaso del intento
desmentidor de la identificación con un doble supuesto
en el beber “para darse ánimos”, y tras la
manía muestra al sujeto borracho en un mortífero
encierro gozoso y a expensas de accidentes por obra del accionar
de la desestimación, que es defensa a la que se apela para
abolir o no dar lugar al reconocimiento de los peligros que pueden
poner en riesgo la propia vida.
La cuestión es desdramatizar el problema manteniéndolo
en su justo lugar, tanto en el terreno del beber como en el tema
de las drogas. Así como ante unas gotas que caen un paisano
puede, observando el cielo, midiendo el viento y oteando el aire,
arriesgar si es falsa alarma de lluvia, inicio de breve chaparrón
o señal de sostenido aguacero, una y otra actitud referida
al consumo de drogas y de bebidas alcohólicas, pasajero
o circunstancial resguardo o aterrada respuesta en el exceso,
están diciendo de una posición del sujeto respecto
de la vida y de la muerte, o, como lo diríamos desde el
psicoanálisis, en cuanto al límite, a la castración.
Por cierto, sería algo más que una “conducta”
más o menos peligrosa que “se debería intentar
cambiar”, tal como puede sostenerse desde otra línea
de pensamiento, pues lo que está en cuestión es
el ser, el sentimiento de sí del sujeto, y un problema
para el cual en los casos más graves no se resuelve ni
con ortopedia o recursos mágicos, sino, desde el planteo
psicoanalítico, con un sostenido trabajo clínico
a través de la palabra para que en su discurrir el sujeto
pueda ir descubriendo su propio deseo.
Las bebidas alcohólicas se encuentran presentes desde
tiempos inmemoriales en la historia de la humanidad. En el beber
circunstancial en festividades varias o en simples reuniones de
amigos el vino o la cerveza suelen oficiar de facilitadores del
acercamiento entre quienes circula, al producir rebajamiento de
la censura a través de sus efectos embriagadores.
Por su parte los brindis son la expresión verbal de deseos
compartidos y promesas de futuros venturosos, en ocasiones casi
como simple pretexto para seguir bebiendo:
“...brindo por las mujeres
que derrochan simpatía”,
y en otras, refiriéndose a problemas serios en un contexto
plagado de bromas y veladas agresiones:
“...brindo hasta la cirrosis
por la vacuna del SIDA”
dice la voz de Calamaro en un tema musical que se suele ser utilizado
en celebraciones en el momento del brindis.
Podemos afirmar a grandes rasgos que lo que subyace a la problemática
del consumo de drogas es un pánico para el cual el sujeto
no encuentra palabras para procesarlo, una intensa depresión
o sensación de tedio imposible de soportar, o bien “ataques”
de furia incontrolables, afectos distintos puestos en juego ante
los cuales el sujeto puede recurrir a drogas.
Nótese también que preferimos referirnos a “drogas”,
evitando hablar de “la droga”, en tanto las diferentes
sustancias pueden provocar sensaciones diversas: estimulando,
tranquilizando o produciendo alucinaciones, inclinándose
el sujeto por una u otra de acuerdo a la necesidad de lograr un
estado de ánimo que no puede conseguir por medios propios.
Definidas por Freud como “quita-penas”, las drogas
facilitan al sujeto poder escapar al peso de la realidad, refugiándose
en un “mundo que ofrece mejores condiciones de sensación”,
pretendiéndose, a través de la intoxicación
que provoca, eludir o aliviar el dolor que el vivir supone. Así,
en las toxicomanías o en la drogadicción propiamente
dichas la pretensión es enfrentar o cuestionar imperativos
categóricos que dicen de límites que la cultura
impone a todo aquel que quiera pertenecer a ella, pero, fundamentalmente,
supone un intento de desconocer la distancia entre el yo y el
ideal y como consecuencia el juicio referido a la necesariedad
del morir personal. Estamos hablando, digámoslo con otras
palabras, de falta, de castración, ante lo cual irrumpe
la angustia, el terror desbordante, o bien el sujeto se sume en
amarga desazón, de lo cual se pretende “salir”
apelándose al consumo de drogas al no poderlo procesar
por medio del pensar, psíquicamente.
El así llamado drogadicto no hace más que hablar
de su cuerpo y de su práctica drogadicta cuando llega a
consulta, generalmente llevado por familiares o amigos, no dejando
espacio para la duda en tanto ésta enfrenta al vacío,
al desconocimiento, erigiendo en su lugar la certeza del goce
que le provee la sustancia elegida. Este es uno de los problemas
que se enfrenta en la clínica, y que durante mucho tiempo
hizo que se considerara imposible el tratamiento psicoterapéutico
al estar en esta problemática renegado el valor de la palabra.
Hoy proponemos desde el psicoanálisis no retroceder ante
las drogadependencias y trabajar con el paciente en procura de
la constitución del síntoma, es decir, algo que
desde el discurso del sujeto suponga el reconocimiento de cierto
sufrimiento y el propósito de interrogarse acerca de ello.
Ahora bien, como planteábamos respecto del beber, unos
porros o unas líneas no hacen a alguien drogadicto. Las
drogas despiertan sensaciones placenteras, inquietantes, o pueden
producir alucinaciones, y cada quien puede acercarse a ellas y
consumirlas en diversas medidas, sin que la cantidad sea lo definitorio
para pensar en la existencia de una adicción, en tanto
el sujeto pueda ser libre de hacerlo y de dejar de hacerlo y la
droga no sostenga su ser. Freud decía con toda claridad
que el hombre necesita de “lenitivos” para aliviar
el dolor que el vivir supone. Se considera drogadependencia o
drogadicción “vera” cuando el consumo está
al servicio de reforzar la desmentida o la oposición a
la ley en todas sus expresiones, que, decíamos tramos atrás,
nos habla de una posición ultra-desafiante del sujeto ante
la falta.
Es necesario recordar, además, que la clínica psicoanalítica,
por supuesto incluída en ella la de las adicciones, toma
en cuenta a cada sujeto, evitando generalizaciones empobrecedoras,
siendo los conceptos que desarrollamos sólo intrumentos
que nos permitirán entender cómo un consumo (incluso
excesivo) puede presentarse ante situaciones denominadas “de
crisis”, y mantenerse o desaparecer, según el caso,
pasado cierto tiempo, sin consolidarse como drogadependencia.
Es entendible entonces que en caso de los adolescentes el apego
a drogas se presente en relación con las dificultades inherentes
a la tramitación de los duelos a los que diversos autores
hicieran referencia repetidamente.
Desde el psicoanálisis se jerarquiza el discurso del sujeto
que consulta, estando el profesional tratante, o el que recibe
una consulta, atento al decir del paciente, y desde mi perspectiva,
como psicoanalista, considero que en cuanto a ésta y a
otras problemáticas es importante el intercambio entre
profesionales de diversas disciplinas. En muchas ocasiones el
trabajo del psicólogo con profesionales de servicio social,
nutricionistas, médicos toxicólogos, u otros, es
imprescindible. Lo importante en el trabajo interdisciplinario
es valorizar otras ópticas o lecturas del problema a resolver,
reconociendo que la propia es sólo una de ellas.
Para concluir remarquemos la diferencia sustancial:
* Hay casos en los cuales el consumo se inicia probando drogas
incitado por el grupo de amigos, o bien recurriendo al tóxico
en situaciones puntuales inmanejables, circunstancialmente, o
incluso consumiendo sólo por placer, no podríamos
sostener que por el hecho de que haya consumo de drogas nos hallamos
ante un “caso” de drogadependencia. Aquí la
droga puede presentarse como refuerzo del sostén identificatorio
durante un tiempo y luego es abandonada u ocupa un lugar accesorio
según la elaboración en cada quien realizada.
* El problema se plantea cuando el “ser drogadicto”
se instala como carta de presentación con la que supone
el otro debe poder construir los atributos relativos a su persona
y es la solución que se construye para supuestamente responder
a los enigmas de la vida. Ese sujeto no soporta las diferencias,
que la droga borra pues iguala a todos: “drogadictos”,
“del palo”, y se muestra poseedor de certeza, sin
preguntas, porque las dudas, los interrogantes, angustian en tanto
dicen de la falta, de la castración, de la muerte. Cree
ser dueño de un saber sin fisuras para el cual no son necesarias
las palabras, perdiendo éstas valor de intercambio aunque
muchos piensan que existe diálogo en los grupos de drogadictos.
En realidad a la palabra los drogadependientes le atribuyen una
cualidad especial: que permitiría la transmisión
de pensamiento, que con una palabra se puede decir “todo”,
conformándose de esta forma la jerga de los drogones, algunas
de cuyas expresiones son adoptadas por los jóvenes y luego
se extienden en el uso popular.
Freud decía en una carga a un colega que los toxicómanos
no podían abandonarse al juego de la palabra, en expresiones
que podríamos enlazar a su definición de las drogas
como “quita-penas” que permitiría construir
ese mundo, desde la ilusión, en el cual refugiarse evitando
la angustia.
En la actualidad el problema de la drogadicción adquiere
dimensión diferente a las de otros momentos histórico-socio-culturales,
y el drogadicto se presenta como el mejor adaptado a las reglas
del consumo. Es el “mejor alumno”, y por ello dependiente
aunque suponga ser abanderado de la rebeldía. Y es dependiente
no sólo ya de la droga, sino, fundamentalmente de un Otro
social que le vende la posibilidad del logro de la inmediatez
del goce, éxito individual y solitario, casi sin mayores
esfuerzos, sólo con lograr una mercadería llamada
“droga” que lo aloja en ese otro mundo de “ser
drogadicto”.
Referencias bibliográficas:
Barrionuevo, J.: “Juventud y actual modernidad”. EUDEBA
– Editorial JVE
“ “ (Comp.): “Drogadicción. Teoría
y clínica”. Editorial Gabas.
“ “ (Comp.): “Clínica psicoanalítica
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Barrionuevo, J. y Cibeira, A.: “Adolescencia – adolescentes”.
Edtorial Tekné
Freud, S.: “El malestar en la cultura”. Obras completas.
Amorrortu editores.
Lacan, J.: “Aun”. Seminario 20. Editorial Paidós.
Le Poulichet, S.: “Toxicomanías y psicoanálisis”.
Amorrortu editores.