ACERCA DE LA CLÍNICA CON DROGADEPENDIENTES.
El objetivo de este trabajo es abordar aspectos de la clínica
con drogadependencias,
proponiendo, desde una lectura psicoanalítica, un “tratamiento
posible” organizado como una trama de estructuración
lógica de líneas de trabajo o aspectos a elaborar
que llevan a la constitución de operaciones cada uno, confluyentes
e integrados.
Como consideración inicial podríamos pensar como
basamento de las patologías del acto, en las que incluyo
a las drogadependencias, la presencia de un pánico desbordante
o de una depresión o vacío desvastadores, y, posicionado
ante un real, el sujeto no encontraría palabras, se desdibuja
el fantasma, quedando imposibilitado todo procesamiento psíquico,
acudiéndose a recursos que se encuentran en la gama del
acto o de la actuación, en un decir sin palabras que adquiere
envergadura de repetición producido un cortocircuito en
el pensar.
En tales casos habría devaluación de la dimensión
simbólica y no se podría hablar de síntoma
propiamente dicho, desde una perspectiva psicoanalítica,
quedando el analista en una posición difícil, en
una encrucijada a resolver desde la presentación misma
en consulta del así nominado “paciente”.
Ahora bien, si no hay síntoma:
¿qué hay en su lugar?,
¿cómo se pone límite al goce del Otro en
tal circunstancia?
Es sabido que, cada quien, mediante formaciones diversas, en el
mejor de los casos
a través de producciones discursivas, procura establecer
cierta distancia o poner freno al
goce del Otro. Incluso en el recurso “loco” del delirio
en las psicosis se encontraría tal
pretensión. Pero, por cierto, es ésta la fundamental
función de la palabra, del lenguaje,
como instrumento ideal que el sujeto posee para producir la separación
respecto del
Otro primordial o poner coto a su goce. Así, si la represión
primaria opera adecuadamente,
el Nombre del Padre o la fórmula de la metáfora
paterna hace de límite al deseo de la madre
rompiendo la célula narcisista, produciendo una separación,
abriendo una hiancia entre
madre e hijo, espacio sobre el cual se teje un entramado protector:
el lenguaje, como
aquello que resguarda al sujeto de caer en un agujero de tétrico
silencio o aterrador abismo
de sin palabras.
En las patologías del acto, incluyéndose entre
las mismas intentos de suicidio, anorexia y bulimia veras, drogadependencias
propiamente dichas, etc., la impulsión o la tendencia a
pasar al acto es el recurso utilizado en forma prioritaria en
tanto si bien el sujeto en estas problemáticas habita el
lenguaje no puede apelar al mismo en ciertas circunstancias en
las cuales un pánico sin nombre, sin palabras o una intensa
depresión, desvastadora, hacen imposible todo procesamiento
psíquico con riesgo consiguiente de quedar a merced del
goce del Otro, como objeto.
En el pasaje al acto, en tanto la separación es insuficiente,
los registros R.S.e I. quedan con-fundidos, uno se mezcla con
los otros, o se desarticulan, rompiéndose la relación
o articulación que Lacan define para el nudo borromeo de
tres.
Teniendo en cuenta la relación que debe existir entre los
registros es posible
ubicar al síntoma en el nudo explicándolo como desborde
o irrupción de lo simbólico
sobre lo real, en un avance o empuje del goce fálico sobre
este último registro en un intento de dar cuenta de lo
irreductible de lo real. Y, en consecuencia, no es difícil
advertir cuál será el trabajo con el síntoma
de un sujeto en análisis: la labor de analista y analizante
se orientaría en procurar que aquello que se repite, que
vuelve siempre, igual, recurrentemente, se desplace hacia lo simbólico.
De allí el pedido de asociación libre en el trabajo
con pacientes neuróticos, para que la repetición
se transforme en recuerdo o en una construcción que haga
sus veces. Lacan dice en “La instancia de la letra”
que el síntoma es una metáfora, depende del Nombre
del Padre y supone una sustitución.
Trabajar sobre el síntoma no implica desde la perspectiva
psicoanalítica, como sí
se hace en algunas psicoterapias, ofrecer al paciente un goce
de sentido, goce que calma
o aplaca en vez de propiciar el movimiento de la cadena asociativa,
fundamental para el
análisis.
Ya Freud nos advertía sobre la presencia de cierto placer
en el síntoma al sostener la existencia de un beneficio
o ganancia de placer, sostén de la repetición. Lacan
por su parte afirmaba que el síntoma constituye un lugar
propicio para el goce del neurótico y en esto residiría
la resistencia a apartarse del aquel.
En muchas ocasiones hay síntomas que, por su gravedad,
son confundidos con
dimensiones del acto. Así suelen definirse en forma rápida
o ligera como drogadicción o
como anorexia o bulimia manifestaciones clínicas sintomáticas.
Lacan decía que en tanto está enganchado al lenguaje
es que el síntoma subsistiría,
podría sostenerse.
En las patologías del acto, en las impulsiones, el sujeto
no refiere por lo general
sufrir ningún síntoma. Y aunque desde la mirada
médica se podría asegurar que existen
inequívocos signos de “enfermedad” quien los
porta y soporta no dice padecerlos. Por lo
tanto para el psicoanálisis no hay síntoma en tales
circunstancias.
Desde la perspectiva planteada anteriormente en cuanto a la
función de la
palabra podríamos decir que en las patologías del
acto el sistema protector o entramado de contención constituído
por el lenguaje tiene puntos de debilidad o fallas, no alcanzando
para impedir que el sujeto quede a merced del goce del Otro, no
pudiendo hacer uso del lenguaje o no teniendo eficacia el mismo
para ponerle límite a dicho goce.
En el acto se perfila un sujeto en una posición de goce
silencioso, si bien en el
callar no se libera del lenguaje. Estamos en terreno del autoerotismo,
más allá de la
demanda y con un deseo disminuido, en un goce diferente y apartado
de la palabra, en
un apelar a un acto con el cual el sujeto supone poder ponerse
a salvo de la castración.
El sujeto llega así a consulta habitualmente traído
por otros, instalado en una muda
satisfacción. La castración implica la prohibición
del autoerotismo fálico, siendo la
interdicción del autoerotismo lo que da importancia y lugar
a la pulsión parcial. Lacan
denomina “goce autista” al goce autoerótico,
en tanto opuesto al lazo social o al
intercambio, que provee una ganancia a la que el sujeto debe renunciar
para entrar en
análisis.
Recordemos que, en cuanto al goce, Lacan no se refiere a un solo
goce, sino que
habla de un goce del cuerpo, de un goce del ser, de un goce de
saber producido, de un
goce por sublimación..., aunque algunas lecturas de la
obra lacaniana llevan a equívocos al
tomar al goce sólo ligado a pulsión de muerte, o
sea, referido a la búsqueda de la
autodestrucción o del masoquismo. Considero incluso que
se pasa por alto la propuesta de
Lacan cuando se refiere al goce que exige el superyo, en el Seminario
20 “Aun”, donde
dice textualmente:
“El pensamiento es goce”.
Este es un punto en el que retoma la línea trabajada por
Freud en “Moisés y la
religión monoteísta”, quien afirmaba que llega
un punto en que en el sujeto, así como en la
cultura, el pensar va superando a la sensorialidad, a la voluptuosidad.
Dice Freud allí:
“El progreso en la espiritualidad consiste en decidirse
uno contra la
percepción sensorial directa a favor de los procesos intelectuales
llamados superiores, vale decir, recuerdos, reflexiones,
razonamientos...”
Por cierto, en tal decisión, la renuncia a la que alude
Freud implica un importante
esfuerzo y no es sin consecuencias.
Agreguemos también, como aclaración, y allí
hay una diferencia importante con
Freud, que para Lacan el goce no es placer, y por lo tanto no
implica tendencia a cero o
reducción, sino que supone incremento o aumento permanente.
No se satisface, sino que
mueve al sujeto de la pulsión en una incesante búsqueda,
en un movimiento hacia gozar
más cada vez, incluso hasta límites de poner en
riesgo la propia integridad física o la
vida misma aunque con ello no se esté buscando necesariamente
la muerte.
Volviendo a la especificidad de la problemática de las
patologías del acto,
podríamos decir que en ellas habría un déficit
importante en la función paterna, en el significante del
Nombre del Padre, de dimensión o categoría diferente
a su ausencia en las psicosis. Y teniendo en cuenta esta afirmación
considero enriquecedor tomar algunos aportes de Freud y de Lacan,
en cuanto a la melancolía y a las psicosis, para proponer
líneas de estudio y de trabajo para estas configuraciones
clínicas, especialmente para aquellas en las que una depresión
desvastadora, un vacío aterrador, nos habla de la existencia
de un duelo patológico que desmantela toda posibilidad
de acceso a la palabra.
Planteábamos anteriormente que el trabajo sobre el síntoma
consistía en propiciar la
reintroducción de lo simbólico, que fuera desplazado
hacia lo real, “empujándolo” hacia el
lugar que le corresponde, a través de la propuesta del
analista de que el paciente diga en lo
posible todo lo que se le ocurra abriendo la dimensión
de la palabra, lo que en psicoanálisis
se denomina asociación libre que, como regla fundamental,
el analista solicita al analizante
en las neurosis.
Con las patologías del acto o impulsiones otro deberá
ser el trabajo desde el
momento mismo de la consulta, sin demanda, y a lo largo del tratamiento.
Se deberá
orientar por cierto hacia la construcción de un síntoma
y conjuntamente en procura de ese cuarto registro que garantizaría
la solidez del nudo borromeo de tres que en el pasaje al acto
pierde solidez u organización.
A partir de las consideraciones teóricas de Freud y de
Lacan desarrolladas
precedentemente, y teniendo en cuenta que la clínica psicoanalítica
es de lo singular, podríamos pensar variantes posibles
de un dispositivo analítico organizado como un entramado
lógico de aspectos o líneas a trabajar o elaborar,
tendientes a lograr una operación en cada uno, confluyentes
e integrados, en la dirección de la cura con patologías
del acto.
Así como Freud, en otro contexto, sostuviera como peculiar
en el tratamiento analítico “que modalidades de trabajo
corran lado a lado, adelante una y la otra reuniéndosele”,
podríamos considerar esta trama lógica conformada
por construcciones que se van desplegando en distintos momentos
de la labor terapéutica: la primera, de apertura a la clínica
psicoanalítica propiamente dicha, la última como
cierre esperable si bien el trabajo de su construcción
no tiene por qué iniciarse una vez concluída las
otras en tanto con las demás se arma una estructura en
la que se integran e interpenetran dependiendo esto de las vicisitudes
del trabajo con cada paciente.
- Construcción del síntoma:
Como labor preliminar, consistiría en el debilitamiento
del acto a favor del síntoma
en tanto algo de cierto sufrimiento pueda ser sentido, hacia una
implicación o compromiso
posible del paciente con lo que le pasa. Recordemos que para el
psicoanálisis hay síntoma
sí y sólo si desde la palabra de quien consulta
se expresa un padecer y hay un interrogante
dirigido a Otro respecto del mismo.
En cuanto a este punto, con otros colegas, en “Tratamiento
posible de las toxicomanías”, hemos considerado la
necesidad de intervenciones en la clínica con toxicómanos
tendientes a posibilitar la aparición de un interrogante
en el sujeto: que algo haga enigma y mueva cierta dimensión
de angustia o de padecimiento que a su vez promueva un movimiento
hacia nuevos interrogantes en tanto señala que hay algo
que no
funciona en lo real.
En el caso de consultas de pacientes por drogadicción,
suelen encontrarse en el
discurso de los mismos expresiones en las que aclaran que acceden
a pedir ayuda porque el
cuerpo no aguanta más, algunos sabiendo que en ciertos
servicios asistenciales pueden
conseguir medicación para aliviar la angustia cuando no
pueden comprar droga, y en
muchas ocasiones, desafiantes o arrogantes, cuestionando el saber
de los profesionales y
presumiendo haber logrado la certeza del goce.
Decia un joven en primer entrevista:
“¿Cómo va a poder ayudarme doctor si usted
no se droga? No sabe nada. Yo con unos pocos gramos de cocaína
puedo volar toda la noche, y usted en cambio ¿qué
puede hacer?, apenas podrá echarse un polvo por semana
y cree poder hacer algo por mí.”
Es evidente que en esta consulta no hay demanda, no hay síntoma
por el que el sujeto reconozca sufrir. Por lo contrario, se muestra
seguro de haber logrado la solución al problema de la castración,
y son los otros, familiares y amigos, los que se preocupan por
su adicción a la droga.
El síntoma puede adquirir diferentes formas o modalidades,
puede ser cualquiera, en
tanto algo sentido por el paciente que lo molesta, que lo hace
sufrir, por lo cual puede
quejarse o protestar y, fundamentalmente, dirigir una demanda
a Otro a quien supone
poseedor de un saber para ayudarlo.
Veíamos en un trabajo de investigación realizado
en una institución con internación
de drogadependientes, publicado en forma de libro con el nombre
“Alimentación y droga”,
en colaboración con una especialista en nutrición,
cómo los trastornos en la alimentación
aparecían con fuerza, a través de diversas manifestaciones,
expresándose como síntoma
privilegiado con el movimiento subjetivo propiciado con el tratamiento
psicoterapéutico y
la supresión del consumo de drogas, a partir de un corto
tiempo de internación en la
institución. Los pacientes comían de manera desmedida,
repitiendo platos o “picando” a
deshora, se quejaban de las dietas, de los horarios, de la atención
de los encargados del
comedor, intentaban transgredir las normas del comedor, etc. En
síntesis, un síntoma,
ligado a las molestias que se expresaban verbalmente de diversas
formas en cuanto al
cuidado o a la atención prodigados por la institución
a través de supuestas fallas en el
Servicio de Alimentación, aparece luego de la inicial ausencia
de síntomas del momento de
la consulta.
Por razones de espacio no me explayaré en esta oportunidad
en otras construcciones posibles en la clínica con drogadependientes:
reconstrucciones de una historia, trabajo de análisis de
una base melancólica y reconstrucción de la imagen
corporal. Sí en cambio me detendré en la que podríamos
denominar:
- Construcción de un sinthome e identificación
con el mismo:
En cuanto al sinthome Lacan, en su trabajo sobre la obra de
Joyce, analiza cómo en el caso de las psicosis podría
suplirse el Nombre del Padre introduciendo para dar cuenta de
tal operación, como cuarto registro, la “nominación”,
que anudaría los tres registros del nudo borromeo de tres
desanudado. Es decir, ya no es sólo el nudo de tres, sino
que la presencia de un cuarto nudo es fundamental ya que es garante
de la solidez del nudo borromeo R.S. e I.
El planteo central es cómo en la psicosis, ante la falta
del significante del Nombre
del Padre, o de la metáfora paterna, se construye un nombre,
nominación, Lacan dice:
como sinthome, y se identifica con el mismo. También puede
estar además del Nombre
del Padre, en tanto fallido, y no sólo ante su falta o
desestimación.
Desde un comienzo y/o sobre la base, en una sucesión lógica,
de las construcciones
enunciadas precedentemente, la dirección de la cura con
patologías del acto debería
orientarse a mi entender hacia la tarea de fondo de facilitar
la construcción de ese cuarto
nudo, el sinthome, decíamos: nominación, en trabajo,
como lo sugiere Lacan, arte-sanal,
como arte-oficio o “artificio”. O bien, también,
su reemplazo por otro cuando el goce
enlazado a aquel presenta problemas.
Por cierto, no es el sinthome una construcción exclusiva
en el tratamiento de patologías graves, sino que en éstas
se evidencia aun más su ausencia y la necesidad del mismo
en cuanto a su función de sostén de la estructura.
En la clínica con pacientes neuróticos el sinthome
puede sufrir modificaciones o bien ser sustituído por otro,
construído no en este caso para suplir la ausencia de sino
además del Nombre del Padre.
Al escribir Joyce gozaba, plantea Lacan en el Seminario 23 y agrega,
en cuanto a
la función que con ello se cumple:
“...el ego viene a corregir la relación faltante.
Por este artificio de
escritura se restituye el nudo borromeo”
Por la nominación, decíamos, a través de
la misma, se construye un nombre, un
nombre propio, para sí, y se sostiene el yo.
A partir de la propuesta lacaniana podríamos definir
esta labor de construcción de la
siguiente manera: desde su escucha, el psicoanalista en un análisis
individual con un
analizante o bien a nivel institucional en trabajo interdisciplinario
con terapistas
ocupacionales, musicoterapeutas, etc., podrá trabajar en
lo real de la patología de cada
paciente para que aquello que, como saber escondido o “desconocido”,
que resuena en el discurso del paciente, pueda descubrirse y convertirse
en sustancia o material con que se construya el cuarto nudo.
El trabajo consistiría en detectar con y en el paciente
algo que suponga un goce para sí, que apuntale la estructura
supliendo el Nombre del Padre debilitado, o fortaleciendo su déficit,
en la línea de construcción de un sinthome y la
identificación con el mismo, como objetivo central de un
“tratamiento posible” con patologías del acto
por el cual trocar goce autista-autoerótico en goce acotado
o en goce sublimatorio, y el reemplazo de la identificación
imaginaria “soy drogadicto” o “soy anoréxica”
con la cual el paciente se designa al momento de la consulta por
una identificación con un sinthome que le sea propio, que
implica la elección de un objeto y un quehacer a este enlazado
y por el cual se otorga a sí mismo un nombre.
Con cada paciente, y no en serie, no para todos lo mismo, se
podrá ir descubriendo
cómo y dónde podrá construirse su sinthome,
en tarea artesanal. Un taller de creación puede ser lugar
propicio en donde el decir, a través de diversas formas
de expresión estética o de quehacer laboral, encuentre
medios o caminos privilegiados.
Cada quien, en lo esperable, ubicará una actividad, y
un material que la sostiene, que provoque goce, y con esto, y
una nominación para el sujeto como quien a aquella se dedica,
se apuntala la estructura y se sostiene el yo. Es a esto a lo
que se refería Lacan en cuanto a Joyce al afirmar que por
la actividad, por el artificio de la escritura, se restituiría
el nudo borromeo, corrigiendo el ego de tal manera la relación
faltante en las psicosis.
Dice Lacan textualmente en el Seminario 23:
“...el sinthome está en el lugar mismo donde el
nudo falla, donde hay
lapsus del nudo”,
porque, agrega más adelante, refiriéndose al cuarto
nudo:
“El cuarto... es el sinthome. Es también el Padre...”
Desde esta perspectiva, espacios de creación de distinto
tipo: de trabajo artesanal,
de lectura, de música,... entre otros, que se ofrecen en
las instituciones con internación o
con hospitales de día para pacientes drogadependientes
o para patologías como anorexia
y bulimia veras, serían definidos no como lugares de mero
esparcimiento o bien de
socialización, aunque eso se encuentre también como
objetivo, sino, fundamentalmente,
como ámbitos favorecedores del descubrimiento de potencialidades
de creación en cada
paciente en un quehacer que está sostenido por una legalidad
que le es inherente.
Recalco un aspecto que es importante desde mi opinión:
no es por cierto una labor
anómica aquella en la que se basa la construcción
de un sinthome, sino, de hecho,
fundamentalmente, marcada por una normatividad o legalidad peculiar
a la que el sujeto debe adecuarse y respetar, y de allí
su importancia esencial en cuanto al refuerzo o
fortalecimiento del significante del Nombre del Padre en la clínica
con pacientes “graves”.
En muchas oportunidades se escucha decir respecto de la cura de
las patologías
del acto que el psicoanálisis debería complementarse
con dispositivos terapéuticos orientados a lograr la reinserción
o favorecedores de la socialización del paciente. En dicha
dirección, coincidente, desde el psicoanálisis podemos
proponer la tarea de construcción de un sinthome e identificación
del sujeto con aquel, como una operación que se orienta
al fortalecimiento de la Ley, del Nombre del Padre, en procura
de un goce sublimatorio con el cual el sujeto pueda integrarse
productiva y creativamente a la vida en sociedad. En esta operación
será de suma importancia la estrecha relación entre
profesionales terapistas ocupacionales, musicoterapeutas, etc.
y el psicoanalista, quienes co-laborarán con el paciente
en el descubrimiento y construcción de dicho sinthome,
propio o peculiar para cada quien en tratamiento.
Desde la propuesta presentada en este escrito respecto de la
clínica con patologías
del acto, la articulación de las distintas áreas
convergentes de abordaje, tomando y
revalorizando aportes de Freud y de Lacan, constituye una línea
posible en la dirección de la cura en una clínica
orientada al reestablecimiento de la Ley y la palabra, con la
intención de que el sujeto en tratamiento pueda llegar
a destituir al acto de su lugar de privilegio y pueda trocar el
goce a aquel ligado por un goce acotado, posible, sublimatorio.
Bibliografía:
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