José Barrionuevo
Alcoholismo

JUVENTUD Y ACTUAL MODERNIDAD
(Una lectura desde el psicoanálisis)

Cap. 1

ADOLESCENCIA - JUVENTUD EN LA ACTUAL MODERNIDAD:
Propuestas e interrogantes.

¿Qué es la adolescencia?, o ¿qué entendemos cuando hablamos de juventud?, o mejor, desde el psicoanálisis, ¿cómo pensamos un adolescente o a los adolescentes?, en ésto involucrada la cuestión de cómo creemos que siente o cómo vive un joven sujeto el momento que nos toca vivir a todos, más allá de las peculiaridades de cada quien pero incluídas éstas en esa encrucijada fundamental que se da en llamar “adolescencia”.

Son varias las preguntas para comenzar, y es una forma interesante para hacerlo: a través de interrogantes.

En este capítulo vamos a tratar de proponer un acercamiento a la problemática de los adolescentes, de los jóvenes, desde el psicoanálisis, aclarando que vamos a usar indistintamente ambas expresiones para referirnos a un sujeto que ya se encuentra habiendo tramitado las vicisitudes de la “tormenta de la pubertad”, al decir de Freud, estando abocado a la tarea de enfrentar una serie de “reales” tras la irrupción en la pubertad de un cuerpo sexual “real” que plantea un importante esfuerzo de trabajo para su psiquismo.
Tomaremos aportes de diversos autores sobre la actual modernidad o acerca del posmodernismo, para relacionarlos con conceptos psicoanalíticos imprescindibles, desde mi perspectiva, para entender problemáticas que suelen considerarse específicas de los adolescentes como ser aquellas que derivan del sobredimensionamiento del acto: drogadicción, intentos de suicidio, conductas delincuenciales, etc.

El psicoanálisis, con su aparición, ha producido una transformación importante en las propuestas psicológicas, que, más allá de su permanencia o vigencia, no pudieron menos que replantearse algunos de sus puntos conceptuales básicos.
En lo que respecta al interés que aquí nos une, podríamos decir que el psicoanálisis convive y discrepa en cuanto a la lectura respecto de la adolescencia con la psicología evolutiva o la psicología del desarrollo, de fuerza y predominio en muchos espacios.
Desde una lectura psicoanalítica no se piensa a la adolescencia como etapa o fase del desarrollo normal de un sujeto, como una secuencia de movimientos esperables, en el mejor de los casos, de algo que, previamente enrollado o envuelto, se desarrollará o desenvolverá más o menos de la misma manera en todos los sujetos, tal como así lo supondría la idea de evolución o de desarrollo. Desde esta última perspectiva la vida se podría representar como una sucesión de arranques y detenciones, como las estaciones de un subterráneo o de un tren, invariables y completamente previsibles en su orden así como en las características que las definen.
En algunas facultades de psicología de nuestro país, supuestamente para resolver el problema, se anularon las materias que trataban sobre la niñez, la adolescencia o la ancianidad, mientras que en otras, se intentó redefinir la psicología evolutiva integrando los aportes psicoanalíticos o proponiendo una psicología evolutiva o psicología del desarrollo psicoanalíticas, eclécticamente, en un esfuerzo vano en tanto unas y otro, psicologías - psicoanálisis, se sostienen en bases teóricas y epistemológicas diferentes e incluso opuestas.
Por otra parte, en cuanto a la conceptualización de la adolescencia, pareciera ser que el crecimiento orgánico o corporal posee una pregnancia tal que no se puede leer lo psicológico sino a la luz de su óptica, llegándose así a entender lo psíquico como una serie de transformaciones en una “evolución” que conducirá a la adultez, como punto de madurez o plenitud de todas las funciones, siendo la ancianidad o la vejez sinónimo de deterioro o declinación. Por cierto, el tiempo hace marca en el sujeto, y, por lo tanto, como todo ser vivo, el hombre posee un cuerpo y nace, crece y muere, pero ello no alcanza para proponer una equivalencia total entre las leyes que definen el funcionamiento del organismo y aquellas que se refieren al del psiquismo.

Pero veamos algunos conceptos que, desde el psicoanálisis, dan nueva luz a la consideración de la así llamada “adolescencia”.

El concepto de “trauma”, presente en la obra de Freud desde el momento en el que intentaba encontrar explicaciones a la enfermedad mental, se modifica a lo largo de aquella desde un inicial estatuto de teoría hasta adquirir otra envergadura en el estudio de las neurosis. También Freud emplea el término “evolución” y trabaja con el concepto de “fases de la libido” durante buena parte de su obra como perspectivas que tienen que ver con el pensamiento alemán, fisicista, monista materialista, imperante a fines del siglo XIX, contexto en el cual como sujeto y como científico viviera. Lo que proponemos es trabajar sobre éstos y otros puntos de la teoría psicoanalítica freudiana en función de nuestro interés en cuanto al tema que aquí nos convoca, para revalorizar conceptos que quedaron relegados a un plano secundario, integrando aportes de Lacan y de autores varios en cuanto a la lectura que de Freud hicieran y considerando también sus propias elaboraciones.
El concepto de trauma, decíamos, no es abandonado por Freud, pero sí la teoría del trauma que explica la aparición de una patología a partir de un acontecimiento. Ya en el “Proyecto de una psicología para neurólogos” se plantea la necesidad de un doble acontecimiento o dos acontecimientos, donde uno resignifica al otro, apareciendo el concepto de retroacción por lo cual se entiende que a partir del segundo episodio puede significarse, se resignifica, como sexual el primero. Sería ese segundo episodio el que hace que el primero tenga eficacia psíquica, dota de valor causal al acontecimiento de los ocho años en el historial de Emma. Pensamos entonces en retraducciones de representaciones previas, de acuerdo a la lógica imperante, que permite que ciertos recuerdos sean recomprendidos o reordenados.
Freud trabaja en esta línea de pensamiento en el Capítulo VII de “La interpretación de los sueños” y en la carta 52 a Fliess, para citar algunos puntos de importancia. Y dice en la citada carta:
“...nuestro mecanismo psíquico se ha generado por estratificación sucesiva, pues de tiempo en tiempo el material preexistente de huellas mnémicas experimenta un reordenamiento según nuevos nexos, una retranscripción...”,
y agrega que la memoria estaría registrada en diversas clases de signos:
“Yo no sé cuantas de estas transcripciones existen. Por lo menos tres, tal vez más...”...”Quiero destacar que las transcripciones que se siguen unas a otras, constituyen la operación psíquica de épocas sucesivas de la vida”.
El concepto de “a posteriori” implica que en determinados momentos de la vida se resignifican sucesos o fantasías de épocas anteriores. Y ésto es importante para entender cómo en la pubertad, en la adolescencia, siguiendo a Freud, ciertos “recuerdos póstumos” se volverían traumáticos, en el sentido de complejizantes, aclarándose que no derivarían necesariamente de vivencias sino de la eficacia de la constitución de ciertas estructuras psíquicas a las cuales se arriba en determinado momento y que transcriben recuerdos de los que no se puede fugar o que escapan al accionar de la represión.
Con la “tormenta de la pubertad”, tal como la define en la Conferencia 20, en la “segunda oleada de la sexualidad”, ambas expresiones de Freud, se reactivarían fantasías edípicas incestuosas articulándose ésto con un cambio o transformación en el erotismo, en una combinación que provoca angustia por culpa y por miedo. Dice Freud:
“Toda persona adolescente lleva en sí rastros mnemónicos que sólo pueden ser comprendidos una vez despertadas sus propias sensaciones sexuales; toda persona adolescente, pues, lleva en sí el germen de la histeria”
Así pues, el psicoanálisis propone una dimensión temporal, un tiempo lógico, en un planteo por el cual el pasado transformado en recuerdo cobra eficacia psíquica en doble movimiento: progrediente y regrediente, asignándole nueva significación a posteriori, reordenando y reestructurando el sentido al integrarlos dialécticamente en nuevas organizaciones. Es decir, reorganización desde modos anteriores de adjudicación de sentido, bajo la forma de regresión, y, a la inversa, cada nueva experiencia reordenará o reestructurará el sentido de las anteriores por retroacción.
La regresión no es pues peculiar a una determinada “etapa” de la vida, de la adolescencia o de la vejez por ejemplo, si bien por cierto está presente en el trabajo de duelo en cualesquiera de los reposicionamientos del sujeto en tanto la condición misma del sujeto del psicoanálisis está sostenida en la regresión como uno de los pilares o soportes de su estructura.
Lacan decía en “La dirección de la cura...” que la regresión remitiría a los significantes orales, anales... de la demanda:
“...y no interesa a la pulsión sino a través de ellos”,
sostiene, mientras que en otro espacio, “Función y campo de la palabra”, remarca:
“... no mostraría sino el retorno al presente de significantes usuales para los cuales hay prescripción...”,
Freud plantea en la tónica del lenguaje de su época algo que Lacan luego retomaría desde su lectura: que la sexualidad es inexorable, inevitablemente traumática, que la pregunta acerca del deseo del Otro, en términos lacanianos, produce un impacto de carácter traumático en tanto no existiría adecuación entre sexualidad y cultura, siendo imposible armonizar, al decir de Freud, las exigencias culturales y las de la pulsión sexual. A este imposible se enfrenta el sujeto adolescente, agregándose a ésto que al hacerse obsoletos los emblemas identificatorios que sostienen el propio sentimiento de sí, o debilitados los mismos, el duelo adquiere especial magnitud.

Ahora bien, ¿a qué nos referimos entonces, desde el psicoanálisis, cuando hablamos de adolescentes o de jóvenes?, ¿cuáles serán los conceptos fundamentales para pensar lo que le sucede a un joven o a un adolescente hoy, en un mundo con importantes transformaciones que agregan mayores elementos a la complejidad que de por sí la encrucijada supone?

Podríamos decir, en primera instancia, que nos referimos a un sujeto y no a un “proyecto de” para comenzar cuestionando la ya clásica oposición adolescencia - adultez que sostiene una disimetría sustancial. Pensamos la adolescencia como una encrucijada o atolladero crucial en la vida de un sujeto que plantea la exigencia de elaboración de procesos de identificación, y de des -identificaciones, en procura de lograr para sí un lugar simbólico propio, diferente al del niño que antes fuera pegado o abrochado al deseo de los padres. Re-posicionamiento y posicionamiento del sujeto en procura de descubrir su propio deseo, en relación a la estructura opositiva falo - castración, o, en cuanto a la ubicación respecto del objeto a si lo pensamos desde un concepto que Lacan trabajara desde el Seminario 10.
La adolescencia posee esencial importancia en la vida de un hombre al punto tal de hacer pensar a Freud, y así lo enuncia, que la neurosis definitiva de un sujeto se instalaría en la pubertad o algo más tarde, es decir durante la adolescencia. La misma es momento de definiciones, de abandono de viejos emblemas que sostienen la imagen narcicística y de procura de otros, en un trabajo nada sencillo pues implica procesar dolor y agresión, en virulento interjuego de amores y de odios, con el interrogante sin respuesta clara acerca del deseo del Otro.
Que la adolescencia sea considerada como un fenómeno individual, familiar y social es un concepto que comparto, y esa complejidad se pone en evidencia con sólo observar los movimientos que se producen en los propios padres ante la irrupción de un “extraño” - familiar hijo adolescente. Ambivalencia decía Freud, odio - enamoramiento proponía Lacan, conceptos que también podríamos utilizar para estudiar los fenómenos de fascinación y de hostilidad e incluso de violencia desde los adultos, desde la sociedad toda, para con los jóvenes o adolescentes, y en los mismos adolescentes.
En un trabajo anterior, “Droga; adolescencia y familia”, proponía algunas consideraciones respecto de cómo suele nombrarse al adolescente, acerca de qué expresiones suelen ser utilizadas para referirse a los jóvenes o a la adolescencia en general. Desde la consideración misma de la emergencia de un significado al que comunmente se adhiere y que suele cristalizar un sentido como sucede con el término “adolescente”, escuchado desde la lengua como aquel que carece, que adolece, que sufre por algo que le falta, es posible observar la eficacia de la conflictiva edípica que se manifiesta en la forma en que los padres, los adultos, pretenderían ubicar desde su propia angustia a quien, con fuerza, sacude con su aparición como tal un supuestamente logrado equilibrio familiar y social. Es que al ser nombrado así, a quien adolece se le ofrece como perspectiva, como promesa, la posibilidad de dejar de hacerlo en un futuro marcado por la “plenitud” de la “madurez”, del otro lado ya de la carencia o del mero proyecto, como en cara y cruz de la vida, en la esperanza enunciada por la palabra “adulto”. Sin embargo, yendo a las raíces, a la etimología, a los orígenes de ambas palabras, nos encontramos con que del latín “adulescens” y “adultus” provendrían como presente y pasado respectivamente de adolesco, que nos dice, según el diccionario: “crecer, ir en aumento...”, y también “humear, arder...”. Lo esencial a tener en cuenta, con la investigación de otras acepciones en la base de la expresión adolescencia, es la existencia de ciertos clisés tales como la supuesta oposición adolescencia - adultez, que convive con la clásica idea de evolución que permitiría la transformación de uno en otro, y el enlace adolescente - carente al que nos referíamos anteriormente, que funcionan como cristalizaciones que no permiten pensar otros sentidos.
Pues no sólo es pérdida o dolor a aquello a lo que se enfrenta el adolescente. Llamativamente, en la raíz del término adolecer no hay falta de algo que debamos proveer, sino por el contrario un “ir en aumento” que implica crecimiento que el adolescente soporta en el orden del cuerpo que se impone bizarro y que afecta a una región de sin palabras. Hay pues un cuerpo “real” que se presenta en primer plano cuestionando un saber vigente; lo real como “algo ante lo cual las palabras se detienen” dice Lacan al definir este registro, “lo que es imposible” en el sentido lógico del término en tanto que no se puede simbolizar, decir o escribir, aquello de lo que no se puede hablar, que no tiene nombre y que marca el límite del pensamiento.
Por cierto, que el término adolescencia suele estar relacionado comunmente con “dolor” en cuanto la existencia de un “duelo” que la caracterizaría, y en ésto coinciden desde los ya clásicos aportes de Aberastury y Knobell hasta producciones de nuestros días. Es correcto que los adolescentes deberán enfrentarse a la exigencia de tener que procesar psíquicamente las pérdidas en ese reposicionamiento al que nos referíamos tramos atrás, y este trabajo de elaboración implica dolor, aunque, por cierto, el duelo no es propiedad exclusiva de una “fase” o “etapa” de la vida del hombre. También en este aspecto, la puntuación que se realiza deja en las sombras otro sentido de la palabra “duelo” que, proveniente de “duo”, nos remitiría a un enfrentamiento entre dos partes, aspecto imprescindible para que haya duelo; dos abocados a un medir fuerzas, algo absolutamente necesario en el trabajo de ir construyendo un espacio propio para sí por parte del adolescente.
Considero que adolescencia se enlazaría doblemente, con falta, como un absoluto de la castración, y con presencia opresora de algo que está allí en demasía, que crece escapando de viejos controles. Como carencia, ante los duelos que se debe enfrentar, y como exceso, con la aparición de un cuerpo que “aumenta” y “arde” desmesuradamente. La idea es poder integrar ambas dimensiones para poder entender la angustia que invade al así llamado “adolescente” y a quien como “adulto” acude desde lo social pretendiendo, inquieto, desde su propio desconocimiento, dar respuestas a las preguntas fundantes del ser humano, a los enigmas de la vida que el psicoanálisis nomina: muerte y sexualidad, y para los cuáles no hay respuesta.
Enfrentado con la pérdida, con la desaparición de un mundo y un cuerpo infantil, y con ese “ir en aumento”que “quema”, que “arde”, retomando e integrando las acepciones que vimos respecto de adolescencia, el joven se interroga acerca de su propio lugar y del de los otros en el mundo, en un momento en que vacila el fantasma, la realidad supuesta se resquebraja surgiendo algo distinto a lo creído hasta ese momento, algo “in-creíble” que desde lo real se impone haciendo tambalear viejos saberes. El intento es saber acerca del deseo del Otro, encontrar en la mirada del otro, amado y amante, algo que pueda garantizar un nuevo lazo entre la imagen y el cuerpo sentido desde lo interior, sufrida la desestructuración de su ser niño que lo re-enfrenta a la angustia del cuerpo fragmentado, oposición imagen de sí - desestructuración a la que tanto Klein como Lacan, entre otros, después de Freud, se han referido desde distintas posturas dentro del psicoanálisis para dar cuenta de una experiencia de identificación que constituye al sujeto, al mismo tiempo que lo aliena, y que no sólo lo lleva a poder adueñarse de su propia imagen sino que le permite descubrir al otro y al mundo en ese intercambio de miradas.
Podríamos pensar cómo esa polaridad excesivo - carente a la que hacíamos referencia, que no haría más que replicar la proporción falo - castración, se expresaría en aquellos dichos o modismos de la lengua con los que los adolescentes se encuentran como respuestas a sus preguntas, en los que se apela a un orden de animalidad para definir ese momento crucial de la vida de un sujeto, en un registro de fuera de lo humano o de fuera del lenguaje. “Edad del pavo”, suele escucharse desde el decir popular,...o bien:
“...un poco como potros que se desarrollan de un modo totalmente falto de armonía”,
dice Françoise Dolto, analista especialista en niñez y adolescencia, en “La causa de los adolescentes”, refiriéndose a las piernas que se alargan con el crecimiento, y agrega:
“No hay envergadura, el cuello se queda como el cuello de pollito...”.
Toque de animalidad al que hace referencia Freud en la acertada elección del término “metamorfosis” en el título del trabajo en el que aborda el estudio de la pubertad, con una expresión en la que la transformación o mutación del hombre en bestia sugiere la turbadora irrupción del sexo, de la genitalidad, en el hasta entonces supuestamente “angelical” cuerpo infantil. Expresiones en igual línea pueden encontrarse referidas a la mujer en nuestra cultura, en tanto ésta se hace acreedora de adjetivos en los que la animalidad se halla presente: yegua, potra, zorra, y otros por el estilo, o incluso es caracterizada como un objeto o como un vehículo con fuerza y movimiento: camión, vagón... , recurso con lo cual el hombre se arma - rearma ante lo innombrable.
Podemos encontrarnos también con otras expresiones respecto de los adolescentes que nos muestran la misma orientación, tal es el caso de “pendejo”, con la que se les suele denominar, que, según dice el dicccionario se refiere a:
“individuo cobarde y pusilánime”,
es decir:
“falto de ánimo o valor para sufrir adversidades o para intentar cosas grandes”,
y también, sabemos, vulgarmente alude al vello del pubis y de las ingles, que rodea a los órganos genitales y que se puede recortar o no según sexo, moda o estación del año pero no es lo esencial, sólo está cercano a ello o a su alrededor.

¿Cómo pensar a un sujeto adolescente atravesado por las condiciones que impone la actual modernidad o la posmodernidad?, ¿cómo influyen las exigencias del capitalismo tardío sobre quienes, adolescentes, procuran ubicarse como sujetos en un lugar simbólico definido a través de procesos identificatorios y con la reconsideración de ideales y de proyectos en cuanto a un futuro propio como “adultos”?

Por cierto, desde algunos sectores psicoanalíticos existe una fuerte negativa a considerar que podrían existir diferencias en las vicisitudes en la estructuración del psiquismo de un sujeto según las circunstancias o el momento histórico-socio-cultural que le toque vivir.
Desde mi perpectiva, no podemos menos que interrogarnos acerca de cuáles podrían ser las influencias sobre los hombres de las peculiaridades de las condiciones de vida que plantea la actual modernidad, el posmodernismo o la sobremodernidad, tomando expresiones con las que se intentara definir el tiempo presente desde estudios como los de Baudrillard, Lyotard y Augé entre otros.
Desde ya, no cabe duda de que el medio familiar ha sufrido transformaciones respecto de aquel característico de décadas pasadas. Por lo pronto las actuales condiciones de vida han estimulado las grandes concentraciones urbanas, el reemplazo de las casas donde vivían hasta tres generaciones por departamentos, propiedad horizontal, que albergan a padres e hijos mientras que los abuelos suelen ser derivados a geriátricos, produciendo un cambio sustancial respecto de la función de los abuelos en cuanto al cuidado de los nietos y en cuanto a los espacios vitales aquellos y para los grupos de niños y de adolescentes.
Otro aspecto que invita a la reflexión es la inevitable derivación parcial o total de las funciones respectivas de los padres en sustitutos, debido a las actuales exigencias económicas que hacen que tanto padre como madre deban trabajar buena parte del día, dejando mucho tiempo solos a sus hijos. Pero, por cierto, no es el tiempo material el que podría determinar una menor o mayor presencia parental, y eso es bien sabido. Sólo que a lo anteriormente planteado se agregaría un cambio en la posición de los padres en la actualidad respecto de sus propios hijos debido a una “adolescentización” o a una identificación con los adolescentes, con el consiguiente corrimiento en el desempeño de las funciones a su cargo. El progreso a nivel científico alimentó una “ilusión de eterna juventud” o de “recuperación de la perdida lozanía” que permitiría que los adultos puedan aparentar menor edad que la que poseen, sosteniéndose además esta apariencia en la apropiación de modas en el decir, en las vestimentas y en los ideales emblemáticos de los jóvenes, en un achicamiento imaginario de la brecha generacional de otros tiempos.
Podríamos pensar que todo ésto no es sin consecuencia, especialmente en cuanto a los cambios en el terreno de la autoridad y de la contención en el ámbito familiar, y en lo relativo a la construcción de proyectos para el futuro propio como adulto del joven que no encuentra en ello demasiado incentivo en tanto la madurez se ofrece con más pérdidas que promesas.
Los cambios respecto de los lugares de jóvenes y de adultos se deben ubicar en un contexto que Baudrillard denomina “posmodernismo”, definido por la caída en la “liquidación de la metáfora” y la desvalorización de la palabra, caracterizado por el predominio de la imagen y por la imposibilidad de proyección del sujeto en el objeto en tanto el sujeto “es” el objeto, con neto predominio del tener por sobre el ser y de la cultura de lo hiperreal. Dice el citado autor:
“Estamos sumergidos en un sistema donde todo está confundido, ya no existe la posibilidad de jugar con las apariencias...”
Por su parte Lyotard enlaza a la “postmodernidad” con las transformaciones que produce el capitalismo a niveles socio-económicos, especialmente en lo relativo al lugar que ocupa el saber en dicho panorama que adquiere valor de mercancía, relacionando este fenómeno a los nuevos modos de circulación de capitales. En cuanto a la expresión “condición postmoderna” por él utilizada, designa:
“...el estado de la cultura después de las transformaciones que han afectado a las reglas de juego de la ciencia, de la literatura y de las artes a partir del siglo XIX”,
cuestión que Lyotard propone situar con relación a las “crisis de los relatos”.
Nicolás Casullo, refiriéndose al debate modernidad-posmodernidad, dice en cuanto al lugar del sujeto:
“Hoy aparece la duda, cada vez más agudizada, de si todavía existe esa narración subjetiva. Si no somos básica, absoluta y definitivamente atravesados por apariencias, señuelos, no-narraciones, virtualidades, en las que nosotros somos apenas agujeros huecos, vacíos, que no podemos ya narrar absolutamente nada”...“Esto daría pie también a pensar si ese sujeto, si aquel sujeto pensado como fundamento de lo moderno, sigue existiendo”...
Está caracterizado este tiempo del capitalismo tardío, como también se lo suele denominar, por la estimulación del consumo, la sobrevaloración de la imagen y la importancia de la inmediatez que producen los medios de comunicación masivos que permiten presenciar al instante, obscena y crudamente, imágenes de algo que está sucediendo a miles de kilómetros.
Marc Augé en su estudio sobre lo que denomina “sobremodernidad”, propone pensar los “no lugares” como aquellos espacios de anonimato que serían vías necesarias para circulación acelerada y solitaria de las personas y de sus bienes.
En una línea coincidente de pensamiento proponía en un trabajo anterior, (Barrionuevo, J. : “Nuevos mundos para adolescentes”), inédito, la existencia de “ámbitos de des-encuentro” que la sociedad de consumo ofrece a sus miembros, que sin embargo éstos se ocupan en muchos casos de transformar buscando canales de comunicación originariamente no definidos como tales, como es el caso de los videojuegos o de las discos a cuyas puertas los jóvenes se agolpan eludiendo los obstáculos que adentro se ponen al intercambio o a la palabra. Sin embargo este esfuerzo se halla dificultado por lo que podríamos definir como otro de los elementos de la cultura “posmoderna”: el debilitamiento del lazo social, lo cual refuerza la importancia del logro individual o del éxito sin otros, inmediato, en una consecuencia que desde una lectura un tanto pesimista algunos definieran como “perversión del individualismo”.
Las condiciones descritas definidas como propias de la actual modernidad, posmodernismo o sobremodernidad, facilitarían el predominio del acto por sobre el pensar y por sobre la importancia de la palabra, ubicado el sujeto en un mundo consumista que propicia la adicción en general y que crea un nuevo lugar para las drogas, diferente al de décadas pasadas, que, como una mercancía más, está regida por las leyes del capitalismo avanzado constituyendo un problema económico y de poder en cuanto a la relación existente entre oferta y demanda.
Así pues, a un sujeto que está en procura de emblemas identificatorios que harían a su identidad, a su sentimiento de sí, desde lo socio-cultural se le proponen lugares poco claros, se jerarquiza el “tener” estimulándose el consumo, mientras que respecto del ideal del yo y de los proyectos en cuanto a su propio futuro como adulto la ausencia o debilidad de perspectivas que se plasman en expresiones tales como “la muerte de las utopías”, “el fin de la historia”, u otras semejantes, lo reenvían a espacios de funcionamiento de satisfacción inmediata y narcisista en los cuales el ideal se encarna en ídolos que valiéndose de no importa qué recursos pueden acceder a los medios de comunicación masivos. Jóvenes “diosas” o “genios” que, por sus atributos corporales de belleza o de destreza física o por la habilidad como para moverse en ámbitos en los cuales impera el oportunismo o la corrupción, se toman como modelos de identificación para “ser” algo ante el borramiento o desacreditación de ideales en los cuales el esfuerzo y el trabajo, orientados hacia el intento de transformación de un mundo en procura de otro mejor, pertenecerían al sujeto de una escena que no corresponde a la de la actual modernidad.
Otro punto que se podría recalcar es el desprestigio de la verdad y la justicia en la actualidad. En este aspecto sería interesante estudiar las transformaciones que se pueden producir en el superyo y en la consolidación del mismo durante la adolescencia para analizar el impacto en el sujeto de los cambios en los valores y en la ética. Freud sostiene en “Tres ensayos” y en la “Conferencia 32” que el carácter se constituye a través de: incorporación de la instancia parental como superyo (punto de especial importancia), identificaciones de épocas posteriores, identificaciones como precipitados de vínculos de objeto resignados, formaciones reactivas y sublimaciones. En este como en otros trabajos (“El malestar en la cultura”, “Moisés y la religión monoteísta”...) el creador del psicoanálisis propone interrogantes acerca de la relación entre lo social-cultural y lo subjetivo, para ahondar en el estudio del psiquismo.
Así pues, son múltiples las razones que permitirían sostener que los jóvenes de hoy no se encuentran con las mismas condiciones de vida que primaban para generaciones juveniles pasadas.
La rivalidad o el enfrentamiento del adolescente con sus padres no posee hoy la envergadura de otros tiempos. El debilitamiento de la función paterna, por razones explicitadas anteriormente, hace que el necesario juego de fuerzas padre-hijo no se realice sino como tímidos intentos o tibios y temerosos escarceos por un lado, o bien con desbordes de agresión o violencia que pueden llevar a la destrucción o al daño físico por otro lado.
Las patologías del acto (toxicomanías, anorexia-bulimia...) serían expresión del fallido intento de hacer jugar la función paterna, como llamado al Otro, demandando por medio del acto no sólo su reconocimiento sino su existencia misma. Si la función paterna se halla debilitada esto tendría relación directa con el reforzamiento del goce del Otro materno, o como se suele llamar también de “lo materno arcaico”. Toma nuevas fuerzas lo incestuoso. Según el psicoanálisis el sujeto se protege del goce del Otro con la Ley, sostenida por la función paterna, construyendo sobre esa hiancia que se abre en la célula narcisista madre-hijo por acción de la metáfora paterna una red de protección tejida con palabras que impide la caída a un vacío de muerte y de silencio.
Podríamos pensar entonces cómo la relación planteada: debilitamiento de la función paterna - empobrecimiento del orden simbólico y por lo tanto de la palabra - jerarquización del acto, hablaría de transformaciones en el sujeto que deberían ser tenidas en cuenta por teoría y clínica psicoanalíticas, en tanto habría revitalización de lo incestuoso y refuerzo del goce materno que plantearían en la adolescencia en especial la exigencia de enfrentar un nuevo trabajo psíquico a la luz de las condiciones de vida que ofrece al hombre la actual modernidad.

Bibliografía

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Dolto, D. : “La causa de los adolescentes”. Editorial Seix Barral. Bs. As. 1990.
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Bittencourt (org.). Imago Editora. Río de Janeiro. 1994.
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Quiroga, S. : “Adolescencia: del goce orgánico al hallazgo de objeto”. Publicaciones
C.B.C.- Facultad de Psicología. Universidad de Buenos Aires. Bs. As. 1997.


Cap. 2


EDIPO. DESENLACES EN LA ADOLESCENCIA.

Para trabajar sobre este tema, vamos a abordar la articulación existente entre los conceptos de falo, complejo de Edipo, complejo de castración, función paterna e identificaciones.
Desde el momento de su aparición en el cuerpo teórico del psicoanálisis el complejo de Edipo se halla articulado con la clínica, de la cual dicha formulación se desprende. A partir de lo analizado sobre el material del caso Dora, y luego con la propuesta de relacionarlo con el estudio sobre los sueños, Freud llega a la afirmación de que dicho complejo no sería una fantasía que podría hallarse casualmente en los emergentes del discurso de los pacientes sino que sería el nódulo de las neurosis, y desde este punto la investigación muestra al Edipo articulado doblemente con el estudio de la sexualidad y de lo inconciente en la patología y en la “normalidad”, y con lo que, desde “Totem y tabú” hasta “Moisés y la religión monoteísta”, evidencia el interés de Freud por relacionar aquellas líneas con el interrogante acerca de cuáles son los nexos existentes entre procesos inconcientes del sujeto y fenómenos socio-culturales en los que se halla inserto el mismo. En esta línea la relación inconciente-Edipo-estructura familiar y sociocultural aclararía la categoría de “nodal” que Freud le da al complejo de Edipo en su formulación sobre la constitución del psiquismo.
En la consideración que Freud hace respecto de los lugares psíquicos en “Psicología de las masas y análisis del yo”, propone:
“En la vida anímica individual aparece siempre efectivamente “el otro” como modelo, objeto, auxiliar o adversario...”
y esta concepción en términos de esquema topológico la aplicará, a partir de este trabajo, a su estudio del Edipo en su relación con los procesos identificatorios.

La situación edípica, podríamos decir, sería así un conjunto de transformaciones que implicaría la ruptura de la estructura narcisista madre-hijo hacia una triangularidad que el niño se esfuerza por refutar en tanto supone exclusión total, absoluta, y por la cual efectuaría su entrada en lo simbólico en tanto la función paterna vehiculiza la ley, y en dicha triangularidad se jugarán estos lugares posibles.
Por cierto, entonces, el Edipo no es simple o complicado cuento de amores y de odios según el caso, sino, a partir de la lectura de Lacan acerca del planteo freudiano, una estructura de relaciones legisladas que ubican al sujeto en un cierto orden simbólico. Es decir, implica una lógica de prohibiciones y de distribución y asunción de lugares, en un interjuego en el cual la metáfora paterna producida por el significante del Nombre del Padre cumple una función crucial.
Lacan sostiene que la metáfora paterna actuaría de por sí por cuanto la primacía del falo es instaurada en el orden cultural. Regula la economía libidinal entre la madre y el hijo en un intercambio entre los lugares de ambos y el constituído por quien asume la función paterna o algo que haga de terceridad. Es decir, no se estaría hablando de personas o personajes, sino de que hay algo que mueve las relaciones entre cada quien, según su posición en el complejo de Edipo: el falo.
El estudio de Lacan sobre el Edipo remite a la obra de Levi Strauss, quien al trabajar sobre el tema de los mitos afirma que serían verdaderas figuras retóricas o discursivas que estarían expresando un conflicto, que tienen un sentido y que éste no dependería de los elementos aislados sino de la manera en que entran en juego o en combinación en la estructura del mito. Esta referencia permite entender cómo el Edipo sería una tentativa de localizar a un sujeto en un determinado espacio socio-cultural, simbólico diría desde Lacan, operando sobre la contradicción naturaleza-cultura.

En la conceptualización freudiana, en “El sepultamiento del complejo de Edipo” y en otros trabajos posteriores, se complejiza la inicial versión del Edipo, en una triangularidad plasmada en dos identificaciones y dos elecciones de objeto, es decir, cuatro términos, expresándolo así en el trabajo mencionado:
“Yo opino que se hará bien en suponer en general, y muy particularmente en el caso de los neuróticos, la existencia del Complejo de Edipo completo, En efecto, la experiencia analítica muestra que en una cantidad de casos uno u otro de los componentes de aquel desaparece hasta dejar apenas una huella registrable, de suerte que se obtiene una serie en uno de cuyos extremos se sitúa el complejo de Edipo normal, positivo, y en el otro el inverso, negativo, mientras que los eslabones intermedios exhiben la forma completa con participación desigual de ambos componentes”
La disolución o el abandono del Complejo de Edipo es el resultado de una “aporía fundamental”, dice Oscar Masotta en “Lecturas de Psicoanálisis. Freud. Lacan”: una u otra decisión respecto de la elección de objeto en el interior del Edipo, ambos caminos, conducen a la castración. Y el abandono tendrá pues una consecuencia que remarcaremos: la aparición de una nueva estructura, el superyo. Los objetos parentales son abandonados, pero son reemplazados por una identificación con ellos. Así, la identificación-padre, que porta la prohibición como producto de la internalización de la imagen castradora paterna, paradójicamente acarrea una consecuencia que es que la figura castradora de la cual huyera ahora forma parte del propio superyo. Freud dice que una vez producido el superyo se abandonan las catexias edípicas, de allí que superyo y narcisismo sean complementarios y correlativos, porque preservan al sujeto de la castración.
El lugar del padre, y la posibilidad de desempeño en lo cotidiano de la vida, en el intercambio de la vida familiar, de la función paterna, tendrá que ver con el deseo de la madre hacia él dirigido, lo cual implica la desilusión en el niño que lo lleva a que, desalojado del privilegio absoluto de la relación dual deberá someterse al orden de la ley, a través de la cual podrá pretender tener el falo pero no serlo ya. Podríamos pensar en una triple determinación para el desempeño de un hombre en tal función: desde la apertura que facilita su entrada a esa relación exclusiva original, desde su propia ubicación en la cadena generacional en cuanto a su propio Edipo, y desde el sistema de emblemas y demás significaciones ideológicas que definen su lugar, como hombre y como padre, en esta sociedad en que se pone en juego. Al referirse a esta función Freud afirma que la identificación padre a partir de la posición a él atribuida supone la superación de la sensorialidad a favor del pensar al hacérsele a cada quien inteligible su origen en el padre, y no sólo en la madre, y como consecuencia se reconoce como su hijo, nombrándose como él, con su apellido, siendo ese lugar, la posición del nombre del padre, el punto de sustento para la conservación del sentimiento de sí a través de procesos identificatorios como consecuencia de la crisis del “ser” provocada por la convicción acerca del juicio que decreta a la madre como castrada, siendo la salida posible la identificación con la palabra. Lacan en esta línea dice, en el Seminario “La relación de objeto”:
“El Nombre del Padre es esencial para la estructuración del mundo simbólico, y es aquello por lo que el niño sale de su acoplamiento con la omnipotencia materna”
Y por lo tanto, en relación al alejamiento de la madre se plantearía la posibilidad de su abandono como objeto amoroso pues:
“...el objeto de su amor era la madre fálica”,
como dice Freud en “Nuevas conferencias de introducción al Psicoanálisis”, tras enunciarse el juicio referido a la castración materna, situación que el niño hace derivar de la posición atribuida a su padre. En suma, el Edipo permitiría trasladar la identificación con la madre, en cuanto al “ser”, al padre, produciéndose la diferenciación entre el niño y aquella, en tanto al identificarse en el superyo con el padre como modelo el mandato o imperativo categórico es obedecido en relación al abandonar deseos incestuosos, reconociéndose la diferencia sexual entre los padres y aceptando la posibilidad futura de lograr para sí un objeto de amor como el padre tiene en su mujer. Así pues, la aceptación de la Ley del padre permitiría al sujeto acceder a lo simbólico social, a lo cultural y al lenguaje, en tanto supondría una destitución de la simbiosis originaria o primordial relación dual madre-niño.

En la obra de Freud es mucho más claro el tema de la disolución del Edipo en el varón, mientras que el desenlace en el caso de la mujer y su relación con el superyo es objeto de estudios que, pienso, llegan a conclusiones que dejan lugar a dudas o son cuestionables, como ser la labilidad del superyo femenino o la existencia de un superyo no definitivamente constituído.
Sin embargo, en distintos trabajos, especialmente vamos a tomar en cuenta “Sobre un caso de paranoia contrario a la teoría psicoanalítica”, sugiere un origen maternal arcaico del superyo en la mujer, es decir que la idea es que el superyo femenino tendría sus orígenes en la relación con una madre “primitiva”, como objeto primordial, punto en el cual algunos analistas se han detenido para pensar el problema del sepultamiento del Edipo en la mujer. En el trabajo citado analiza el caso de una joven que al ser invitada, con intenciones amorosas, por un compañero de trabajo, teje un delirio paranoico a partir de un ruido que percibe y que atribuye al disparador de una cámara fotográfica en una situación que supone preparada por aquél con oscuros propósitos. Pero Freud remarca otro episodio, escuchando el relato de la paciente, en el cual dicho compañero es visto hablando en el trabajo con una mujer mayor, una jefa, a la cual la joven asigna intenciones de querer perjudicarla. Es decir, el perseguidor no sería el hombre sino una mujer, una persona de mayor edad tomada sobre el modelo de la madre, severa y censuradora que le hace percibir al hombre como perseguidor, que, en definitiva, le impide tener acceso a un encuentro amoroso. Así pues, no se trataría de “la madre actual”, de “la de ahora”, sino de la imagen de la madre “primitiva” o “arcaica”. Esa relación con dicha madre se afianzaría y tendría eficacia psíquica, resignificándose, en la estructura ulterior del Edipo, en un punto que en el caso del hombre estaría marcado por la internalización del padre prohibidor, con lo cual se podría repensar aquello del superyo más débil en la mujer como una idea difícil de sostener desde la teoría y desde la clínica.

En el “Moisés y la religión monoteísta” Freud hace un planteo refiriéndose a la relación existente entre el reconocimiento de la importancia de la paternidad y la renuncia pulsional, al que ya nos referimos, en el cual seguramente Lacan se apoyó para su conceptualización del Nombre del Padre, y textualmente dice:
“El progreso de la espiritualidad consiste en preferir los procesos intelectuales llamados superiores, o sea los recuerdos, reflexiones, juicios, a los datos de la percepción sensorial directa; consiste, por ejemplo, en decidir que la paternidad es más importante que la maternidad, pese a no ser demostrable como esta última por el testimonio de los sentidos. De acuerdo con ello, el niño deberá llevar el nombre del padre y heredar sus bienes”
La cita es clara y fuerte, y nos permite pensar acerca del trabajo que se producirá en cada movimiento u oleada de la sexualidad en el sujeto, para su adecuación a los límites que la cultura impone a quien pretenda vivir en su seno. Así pues, los desenlaces del Edipo en cada caso dependerá de la manera en que en la adolescencia se re-procesa la instancia superyoica, en la línea de poder ubicar la apropiación de los imperativos categóricos y el propio deseo por parte del sujeto allí donde fuera dicho desde la palabra de los padres.

Bibliografía:

Dor, J. : “El padre y su función en psicoanálisis”. Editorial Nueva Visión. Bs. As. 1991.
Freud, S. : “El sepultamiento del complejo de Edipo”. Obras completas. Amorrortu
editores. Bs. As. 1990.
“ “ : “Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis”. Op. cit.
“ “ : “Psicología de las masas y análisis del yo”. Op. cit.
“ “ : “Sobre un caso de paranoia contrario a la teoría psicoanalítica”. Op. cit.
Lacan, J. : “La relación de objeto”. Seminario 4. Editorial Paidós. Bs. As. 1990.
Masotta, O. : “Lecturas de Psicoanálisis. Freud. Lacan”. Editorial Paidós. Bs. As. 1992.


Cap. 3

LA ANGUSTIA.

Trabajando sobre el tema de las neurosis traumáticas Freud, en “Más allá del principio del placer”, se ocupa del tema de la angustia proponiendo que ésta designaría:
“...cierto estado como de expectativa frente al peligro y preparación para él, aunque se trate de un peligro desconocido...”,
mientras que en “Inhibición, síntoma y angustia” propone claramente su función como señal, en una línea que a partir del dualismo pulsión de vida - pulsión de muerte deriva en su conceptualización de la compulsión a la repetición.
La angustia sería pues para Freud, tomando en cuenta sus más importantes aportes al tema, el recurso último ante un desborde pulsional, ante un cúmulo o caudal de estímulos que no puede ser soportado por un aparato psíquico débil o debilitado en su organización. La compulsión a repetir accionaría así para ligar la excitación por medio de la construcción de barreras protectoras. Desde la lectura que nos propone Lacan en su obra podríamos decir que en tales circunstancias no habría anudamiento de los tres registros, RSI, en tanto el desamarre supondría la inacción de lo simbólico.

Continuando con al aporte freudiano, en otro espacio donde aborda el tema de la angustia, esto es en la Conferencia 32 “La angustia y la vida instintiva”, Freud nos propone la idea de que lo que inspira el temor es la propia libido y que la angustia sería la reproducción de un antiguo suceso peligroso.
“Es exacto que el niño sufre angustia ante una exigencia de su libido, en este caso ante el amor a su madre, tratándose, por tanto, realmente, de un caso de angustia neurótica. Pero este enamoramiento sólo le parece constituir un peligro ulterior, al que tiene que sustraerse con la renuncia a tal objeto porque provoca una situación de peligro exterior”.
El peligro que el niño teme suceda como consecuencia de su enamoramiento no sería otro que el castigo de la castracíon, miedo o temor que sería uno de los motores más fuertes de la represión y, por consecuencia, de la producción de neurosis. Y de esta misma conferencia remarcaremos una frase que es fundamental para el tema que nos ocupa en este libro, en un punto en el que dice Freud:
“...toda época del desarrollo lleva adscrita como adecuada a ella una condición de angustia, o sea cierta situación peligrosa”,
y podríamos interrogarnos respecto de cuál sería en la adolescencia esa condición de angustia propia o adecuada a ella que nos sugeriría la frase citada. Freud se refería al peligro de la inermidad psíquica ante la inmadurez del yo, el peligro de la pérdida del amor o de la falta del objeto en relación a la dependencia de los primeros años infantiles, el peligro de la castración a la fase fálica y el miedo al superyo durante la latencia. La angustia en la adolescencia podría anclarse en los distintos puntos aquí enunciados por Freud, pudiéndose proponer que su peculiaridad estaría relacionada con la reorganización fundamental o revisión sustancial que se produce en el superyo, en un momento de la vida en que el ideal del yo alcanzaría su estructura definitiva.

En el Seminario 10, “La angustia”, Lacan se ocupa especialmente del tema de la angustia, e inaugura su exposición con la afirmación de que ésta no estaría lejos del fantasma por la sencilla razón de que es totalmente el mismo, y que se hallaría en relación fundamental con el deseo del Otro. Define a la angustia como “bisagra” o engarce entre los dos pisos del grafo que estructuran la relación del sujeto con el significante, en cuanto a un interrogante nuclear respecto de qué quiere el Otro de uno, de cada quien. Introduce pues la función de la angustia en un lugar clave, en suspenso, entre los dos pisos, articulando términos hasta el momento desperdigados, como ser: fantasma, deseo, i(a), moi, enunciando una primer enunciación que remarcaremos junto con otras que se irán relacionando.
Ante el interrogante respecto de ¿qué es la angustia?, propone:

* la angustia es ante el deseo del Otro.

¿cómo entender ésto?

La angustia es un afecto, dice Lacan, podríamos agregar que es algo que se siente, se sufre, se padece... y surge pues ante el deseo del Otro. Pero, ¿por qué?
Lacan recurre a una fábula: él enfrentado a una mantis religiosa gigantesca, con una máscara de la cual no sabe de su apariencia. Lo que caracteriza a este insecto es: por un lado, que la hembra devora al macho luego de la cópula, y además, tiene sus ojos facetados, es decir que uno no se podría ver reflejado en ellos de manera completa, sino en forma fragmentada, si procurara mirarse y saber cómo es visto por la gigantesca mantis. En este recurso utilizado, el autor citado se vale de la imagen de la mantis para representar a un Otro radicalmente diferente a un ser humano, para marcar la otridad sin dejar lugar a dudas, de una manera contundente, un Otro que no es cualquier otro.
La angustia surgiría al no saber el sujeto lo que es, lo que es uno, como objeto, para el deseo del Otro. ¿Qué soy para él?, y ¿qué quiere de mí?, surgen como interrogantes fundamentales.
Ante el enigma en el mejor de los casos es el fantasma, desde lo preconciente, desde el yo, que se esboza un intento de respuesta, siendo en ciertas circunstancias, como la representada en la fábula, que el fantasma vacila y el yo no puede reconocerse, surgiendo entonces la angustia ante la inermidad o la indefensión.
Decíamos: el sujeto no puede contemplarse y por lo tanto no puede saber cómo lo percibe el otro. En tanto al decir sobre el deseo del Otro es referirnos a su falta, cuando no es descubierto, cuando no hay pistas o rastros del deseo del Otro acerca de uno, lo siniestro o lo ominoso denotarían la falta de la falta, presencia opresora de lo que está allí en demasía nos dice Lacan en el Seminario 7, “La ética del psicoanálisis”.
El neurótico vive demandando que se le demande, se interesa en saber qué le falta y supone que lo que le falta se plantea como objeto del deseo, en el lugar del deseo del Otro. Decíamos en otro espacio que el deseo era sostenido por el fantasma, siendo una situación propicia para la irrupción de la angustia la circunstancia en que la demanda del Otro pone en juego mi ser, lo pone en cuestión, interrogando por algo que desconozco, desconocimiento del objeto a, o causa del deseo del Otro. No es factible encontrar en el Otro “la” significación, que en otras palabras es lo mismo que decir que la división del sujeto, $, no es exacta o perfecta, que hay un resto que Lacan denomina a, o sea, lo irreductible del sujeto. No hay pues significación “acabada” porque siempre hay un resto, un a, lo que se perdería “para la significantización”. Cuando hay algo que tendría que quedar oculto, de improviso, de golpe se descubre o se devela, sin posibilidad de su reconocimiento desde lo simbólico, y allí surge la angustia. Ante lo siniestro, ante lo espeluznante u ominoso.
Podemos ir anotando entonces otro enunciado respecto de la angustia que nos propone Lacan:

* la angustia es ante lo irreductible de lo real.

Pero hay otra fórmula, entre las enunciaciones no excluyentes que se derivan del estudio del Seminario 10, con la cual Lacan advierte que la angustia no sería ante la castración, ante la falta. Veamos la lógica de su propuesta. Con el colmamiento total de la demanda, cuando se supone haber llegado a tener todo, “no me queda nada por lograr” decía un sujeto en análisis, “lo tengo todo...”, surge la angustia, puesto que llegar a tener todo implica el desvanecimiento del deseo. “¿Qué más puedo pedir?!”, decía el paciente en cuestión. Algo así como: “¿qué más queda, qué otra cosa queda, si ya planté un árbol, escribí un libro y tuve un hijo?”, aludiendo a una frase muy común respecto de los logros posibles para un hombre. Allí, llegado el fin, deja de funcionar aquello que causa al sujeto en falta, cuando no falta más nada, cuando ya no hay nada por desear, el desgano habla de la muerte, de la nada.
Insinuada en nuestro texto unos párrafos atrás, otra propuesta de Lacan sería:

* la angustia es ante la falta de la falta.

La angustia pues, como decía Freud, es señal, nos advierte o nos anoticia acerca del deseo, de sus fluctuaciones, y del objeto que lo causa, y sin ella nos quedaríamos sin indicador respecto de lo real. En este punto estamos ubicando otra de las propuestas de Lacan a la que hicimos ya referencia respecto de la angustia ante lo irreductible de lo real. No sería entonces sin objeto, sino que la angustia es ante algo, ante lo irreductible de lo real, ante la nada, ante la presentificación del objeto a que metaforiza este exceso.
Tomando expresiones de Freud del “Proyecto” podríamos pensar en una magnitud de la suma de excitación (en términos de cantidad) que “paralizaría la operación del principio de placer”.
En la clínica es posible observar en las consultas cómo cuando hay angustia no hay deseo, o bien éste aparece disminuido. Y el sujeto suele comentar que vive un momento en que no puede plantearse objetivos, construir proyectos...sino que es “objeto de” dudas o de falta de ganas.
En el Manuscrito G, de comienzos de 1895, Freud relaciona la melancolía con la anestesia sexual, en una elaboración que deriva del Manuscrito E (sin fecha) en el que define el surgimiento de la angustia por transformación de la tensión acumulada o estancada. Estas líneas son el fruto de los primeros movimientos de acercamiento a un intento de elaboración de la teoría de la angustia que tendríamos que leerlas a la luz de las posteriores producciones freudianas y lacanianas para evitar interpretaciones simplistas o reduccionistas que se quedan en un modelo mecánico de acumulación de libido, e incluso en el planteo de procesos de putrefacción por efecto del estancamiento, que tiene su derivación en una propuesta de catarsis o descarga, siendo así muy sencillo responder por ejemplo cómo podría “curarse” una histérica, en una línea de recursos que la antigua medicina de egipcios y griegos había elucubrado para resolver el problema del deseo insatisfecho. Y sin aclarar nada, pues es obvio, respecto del por qué de la insatisfacción y del reclamo histéricos y de las “soluciones” para intentar “resolverlos” que se encuentran como tentativas de explicación y como propuestas de curación en los orígenes de la medicina, y que perviven como lecturas en el saber popular.
Lo interesante para nosotros de las ideas de Freud en los manuscritos citados es el problema del pasaje y la transformación del “grupo sexual psíquico”, pues éste sería una construcción dentro del yo (en términos generales, o sea, tal como estaba siendo estudiado por Freud en esos momentos) que permitiría establecer los enlaces del sujeto con el mundo exterior en pos de lograr ubicar el objeto con el cual desarrollar una acción específica.
Desde mi perspectiva podríamos leer esta propuesta de Freud sobre la angustia entendiendo el grupo sexual psíquico como el conjunto de significantes que no pueden amarrarse, con el consiguiente deseslabonamiento en la cadena significante que produce ese efecto de invaginación en lo psíquico o retraimiento pulsional, que podríamos enlazar al accionar de la pulsión de muerte vía compulsión a la repetición.
En la angustia de la melancolía el trabajo de lo simbólico ante la irrupción de lo real no puede realizarse, lo que sí es posible en el duelo normal. Sobre ésto, en “Hamlet, un caso clínico”, Lacan dice:
“El agujero de esta pérdida que provoca el duelo en el sujeto, está en lo real”,
y plantea al duelo en una relación inversa, aunque esté emparentado de alguna forma a la verwerfug, al mecanismo psicótico.
Si en la psicosis:
“...lo rechazado de lo simbólico reaparece en lo real”,
en el duelo:
“...el agujero de la pérdida en lo real, moviliza el significante”.
Entonces, la falta en lo real convoca la acción de lo simbólico, y en dichas circunstancias los ritos que se encuentran en las situaciones de duelo funcionan como instrumentos de los cuales el sujeto se vale para intentar elaborarlo.
Para concluir, en tanto estábamos trabajando con la angustia en la melancolía, podríamos agregar que en la manía lo que está en juego es la no función de a, planteando Lacan en el Seminario 10:
“Es aquello por lo que el sujeto ya no es lastrado por ningún a, por lo que esa falta de lastre lo arroja, sin libertad, a la metonimia infinita y lúdica de la cadena significante”

En la clínica se observarán las diferencias en cuanto al posicionamiento del sujeto ante la pérdida en lo real, que le permitirá o no la elaboración del duelo o su procesamiento psíquico. Este es un trabajo que los adolescentes deben enfrentar, como veíamos en otro espacio, para poder acceder a la exogamia, a los ideales propios y a un proyecto de vida futuro.

Bibliografía:

Freud, S. : “Manuscrito E”. Obras completas. Editorial B. Nueva. Madrid. 1968
“ “ : “Manuscrito G”. Op. cit.
“ “ : “La angustia”. Conferencia 25. Op, cit.
“ “ : “Inhibición, síntoma y angustia”. Op. cit.
“ “ : “Angustia y vida pulsional”. Conferencia 32. Op. cit.
“ “ : “Más allá del principio del placer”. Op. cit.
Lacan, J. : “El deseo y su interpretación”. Seminario 6. Editorial Paidós. Bs. As. 1990.
“ “ : “La ética del psicoanálisis”. Seminario 7. Editorial Paidós. Bs. As. 1990.
“ “ : “La angustia”. Seminario 10. Publicación de la Escuela Freudiana de Buenos
Aires. (sin fecha).

Cap. 4

SÍNTOMA Y ACTO.

En este espacio la propuesta es un acercamiento a las formulaciones freudianas y lacanianas respecto del síntoma y del acto o la actuación.
A través del síntoma se pretende dar una respuesta al Otro, intentar una contestación en cuanto a mi ser respecto de la pregunta “¿qué quiere de mí?.
En la noción freudiana el síntoma sería una construcción, como transacción entre el deseo y la prohibición, en la cual se desvía, se transforma y se deforma algo al mismo tiempo que en ese producto se devela lo ocultado como símbolo. Disfraz o máscara que no llega a hacer desaparecer aquello que como función debe ocultar, en tanto en el mismo encubrimiento se descubre o se denuncia lo encubierto.
El síntoma pues, desde el psicoanálisis, se apoya en una operación que sintetiza la sustitución de la satisfacción y la transacción. Como veremos más adelante, la producción de sustitutos deja un resto no simbolizable que Lacan denominará objeto a, causa del deseo.
El punto fundamental que diferencia al síntoma desde la lectura psicoanalítica respecto de su definición desde el orden médico, se refiere al desvío o la alusión de la escena plasmada en el síntoma en relación a otra escena distinta, distante, y emparentada con la manifiesta. Estructurado pues como un mensaje tiene, podríamos decir, la forma de una construcción discursiva que dice de otra realidad, metafóricamente. Para su desciframiento sería necesario entenderlo como un significante que sustituye a otro, siendo preciso romper con lo visible, jerarquizando la escucha para leer lo simbolizado de esta forma.
Ahora bien, debemos ubicar las cosas en su justo término, porque considerar al síntoma sólo como índice o indicador de lo que sucede en otro lugar sería llenarlo de sentido, inflándolo y fortaleciéndolo, tal fuera el error de las psicoterapias que apuntaban al esclarecimiento del síntoma. Dicen Carbajal, E., y otros “Una introducción a Lacan”:
“El síntoma es efecto de lenguaje y este efecto tiene valor de verdad, en tanto es lo que se escribe de lo real del goce. En su opacidad evoca algo de la verdad, en tanto la verdad es lo que se instaura en la cadena significante”
Y, siguiendo el pensamiento de Lacan, podríamos agregar, relacionando a la mudez como forma de resistencia al decir de Freud, que el síntoma sería el mutismo del sujeto que se supone parlante. Y en ello hay sufrimiento y satisfacción, y se irá transformando en transferencia en el análisis desde un inicial paso del analizante de reconocer al síntoma como tal.
El acto, por su parte, en cualquiera de sus formas, se sitúa por fuera de la dimensión del lenguaje. Es decir, que la angustia no puede ser tramitada por la vía del síntoma o procesada por el pensar.

Freud plantea que la actuación estaría relacionada a la desmentida, concretamente, su función sería desmentir a través de la acción, y por lo tanto habría en esa línea un enlace con el autoerotismo. En su estudio sobre el caso Dora, “Análisis fragmentario de una histeria”, presta especial atención a ciertos elementos discursivos en el material en los que se evidenciaba una identificación de Freud con el padre y con el Sr. K. para la paciente, proponiendo ante el abandono intespestivo del tratamiento:
“De tal modo actuó (agieren) un fragmento esencial de sus recuerdos y fantasías, en lugar de reproducirlo en la cura”,
teniendo la actuación por objetivo la transformación en activo lo sufrido pasivamente, es decir, abandonar como respuesta al abandono que el Sr. K. le infligiera. Entonces, la actuación irrumpe, impidiendo cualquier elaboración formulable a través de palabras, siendo la repetición de Dora un intento de realizar deseos hostiles, de vengarse por haber sido abandonada. El 31 de diciembre de 1900 Dora comienza su sesión anunciándole a su analista su decisión de abandonar el tratamiento:
“¿Sabe Ud. doctor que hoy es la última vez que vengo?
El acto, una acción, se instala en el tratamiento mismo, como acting out diríamos hoy, en el contexto provisto por la transferencia, dirigida a la persona del analista.
La expresión utilizada por Freud: agieren, llevar a la acción, hace referencia a la tendencia de un sujeto en análisis a actuar movimientos pulsionales que se exteriorizan en el análisis, viviendo en el presente deseos y fantasías inconcientes. Se opondría a erinnern, que significa recordar. Actuar y recordar son, ambos, medios de retorno del pasado en el presente. El paciente en análisis actuaría pues, en la transferencia, en vez de poder pensar y hablar sobre sus fantasías o sobre sus deseos.
Por cierto, Freud plantea que el actuar puede darse más allá de la dimensión transferencial, sosteniendo en “Recuerdo, repetición y elaboración”:
“Hemos de temer que el analizado caiga en la compulsión de repetición y entonces reemplaza el impulso a recordar, y no sólo en sus relaciones personales con el médico, sino también en todas las restantes actividades y relaciones de su vida presente...”
La relación acto - repetición está claramente planteada en esta cita, y podemos extender este enlace articulándolo con el concepto de pulsión de muerte. Freud se refiere a una enigmática tendencia del sujeto a obrar contra sí mismo, como movido por un placer del displacer. Comenta en “Más allá del principio del placer”
“...en la vida anímica existe realmente una obsesión de repetición que va más allá del principio del placer y a lo cual nos inclinamos ahora a atribuir los sueños de los enfermos de neurosis traumática y los juegos de los niños”
En cuanto a cuestiones clínicas derivadas de su estudio sobre la repetición, Freud hace referencia a la transferencia como:
“uno de los modos privilegiados de repetir en el tratamiento”,
y ante el interrogante acerca de qué es lo que se repite, aclara:
“...todo lo que ha incorporado ya a su ser partiendo de las fuentes de lo reprimido; sus inhibiciones, sus tendencias inutilizables y sus rasgos de carácter patológico”
Cuando surge la tendencia del sujeto a repetir como acto, el análisis intentará mantener en el terreno psíquico los impulsos que podrían derivar u orientarse hacia la motilidad, hacia la acción.

Lacan, por su parte, postula al acto como derivación de la certeza, y lo ubica lindante con la angustia en tanto habría cierto intento de tramitación de la misma por medio de la acción. En esa respuesta del sujeto habría cierta desestabilización subjetiva.
Podríamos diferenciar como modalidades del acto:
- acting out, como interpelación al analista a través de una acción, en un exigir una respuesta o una respuesta diferente a la otorgada, y que derivaría de las dificultades del analista en cuanto a su posición, respecto de su lugar. Lo ubicamos pues en el contexto del análisis y supone el establecimiento de cierto nivel de transferencia, así como también respecto de transferencias fuera del vínculo analítico.
- pasaje al acto, como un movimiento de salida de la escena, suponiendo el sujeto que no hay Otro que lo sostenga en su angustia. Hay un intento de salida de la red simbólica hacia lo real, como en la fuga y el vagabundeo. Lacan lo caracteriza, en su Seminario 10 como:
“...salida vagabunda al mundo puro...”
En el acto, el verdadero acto, no en el pasaje al acto ni en el acting out, el sujeto intenta liberarse de los efectos del significante y lo logra con su muerte, porque el único acto exitoso, dice Lacan, es el acto suicida.
Si, decíamos en otro espacio, en el síntoma se anudan los tres registros R, S e I, el acto los desanuda, y después de éste el sujeto no es el mismo. Planteábamos líneas atrás que habría una desestabilización en la posición del sujeto, como fruto del intento de alcanzar lo real sin la mediación de lo simbólico. En el acto, dice Lacan, el sujeto apuesta sin Otro, y lleva en sí la pretensión de lograr la certeza en el esfuerzo por liberarse de la indeterminación angustiosa de sí como sujeto.

Respecto del acto, pasaje al acto y acting out en la clínica con adolescentes, en un capítulo del libro “Acto y cuerpo en Psicoanálisis con Niños y Adolescentes”, desarrollo algunos temas aquí abiertos y sugiero algunas consideraciones sobre intervenciones del analista. Coincidía allí con autores que sostienen la inutilidad del interpretar el acto, en la línea de no otorgar más sentido al que seguramente existe como explicación desde quien lo lleva a cabo o por parte de los otros. Pues además el sujeto suele mostrar su acto como algo que lo hace diferente, como exceso de goce, a través del cual supone poder acceder a un manejo omnipotente con sensaciones que muchas veces suelen ser mencionadas como indescriptibles. Habrá que ver entonces cuál es su posición respecto del acto, de la situación vivida, y, si es llevado a consulta o no, qué lugar otorga al profesional, es decir, si es posible atisbar una señal de demanda de tratamiento o simplemente se muestra para que los demás vean cómo goza.


Bibliografía:

Barrionuevo, J. (coord.) y otros: “Acto y cuerpo en Psicoanálisis con Niños y
Adolescentes”. Editorial JVE Psiqué. Bs. As. 1997.
Freud, S. : “Análisis fragmentario de una histeria”. Obras completas. Editorial B. Nueva.
Madrid. 1968.
“ “ : “Recuerdo, repetición y elaboración”. Op. cit.
“ “ : “Más allá del principio del placer”. Op. cit.
Lacan, J.: “La angustia”. Seminario 10. Publicación de la Escuela Freudiana de Buenos
Aires. (sin fecha).
Miller, J. A. : “Acto e inconsciente”, en “Acto e interpretación”. Ediciones Manantial. Bs.
As. 1984.
Rabinovich, D. : “Una clínica de la pulsión: las impulsiones”. Ediciones Manantial. Bs. As.
1992.


Cap. 9

SOBRE TRANSFERENCIA, INTERPRETACIÓN Y CONSTRUCCIONES.

Acerca de la aseveración respecto de la importancia de la interpretación y de la construcción pareciera no haber mayores discusiones, si bien trabajos que se refieran al tema no abundan en psicoanálisis, o bien, entre las producciones actuales, el deslizamiento hacia elucubraciones teóricas hace perder de vista, y no es casual, la perspectiva de la clínica. Ocurre que ambos conceptos aluden al núcleo del quehacer analítico, son su expresión más acabada, y las consideraciones acerca de ellos hablarán claramente de una ideología personal y profesional que las sustentan, de una ética, evidente hasta en el intento de disfrazar con poesía o con filosofía la pobreza o la incapacidad de muchos que se auto-denominan “teóricos del psicoanálisis”, una “especie” en discusión.

¿A qué apunta el interpretar?, ¿en qué consiste la labor supuesta en la construcción?, ¿cuáles son las articulaciones posibles entre ambas?. Éstos son algunos de los interrogantes posibles alrededor de los cuales se ubicarán consideraciones generales iniciales, para, en otro espacio, poder pensar sobre la interpretación y la construcción en la clínica con adolescentes.
“Interpretar”, si buscamos su significado en cualquier diccionario de la lengua castellana, se refiere a entender o tomar en buen sentido, o en mal sentido, una acción o una palabra, dándose cuenta en la misma definición de la equivocidad del lenguaje. Y este es el núcleo de lo que sucede en la relación analista-analizante, espacio en el que se instaura una ruptura con el diálogo convencional en el cual se intentaría aclarar el malentendido. A diferencia de lo que se supone habitualmente como objetivo de la labor analítica la interpretación no provee de otra producción sustitutiva a aquella con la que llega el paciente, o da otro sentido o más sentido, sino, fundamentalmente, se orienta a de-construir, un orientar hacia un origen que es en realidad un abismo o un agujero negro.

El decir como definición que la interpretación no resulta homologable a una significación cualquiera por cierto no es suficiente si bien puede constituir, a mi entender, un primer punto de acuerdo cuyo respeto pondría a buen recaudo del “vale todo” en una disciplina que pretende ser considerada seria o confiable. Entre el enigna y la cita, con el interpretar se intenta abrir una grieta o una fisura allí donde se supone un monolítico saber, no ofreciendo una respuesta ni estimulándola en el analizante sino sugiriendo la posibilidad de abrir espacios de interrogación o cuestionamiento, sin develar una verdad o empujar al hallazgo de una certeza que un “experto” habría atisbado.
Es necesario aclarar, previendo lecturas apresuradas, que la interpretación no puede usarse en cualquier momento, tal como Freud lo planteara reiteradamente y Lacan lo retomara en el Seminario 11 al sostener que la interpretación es correlativa de la resistencia.
La interpretación dice o no dice, en un decir desde su silencio, algo que descentra el discurso del analizante, un “plus” que des-ubica, enfrenta al sujeto con su falta en ser. Por ello es entendible que, contrariamente al sujeto que puede desplazarse por las diversas posiciones del discurso, el analista no tiene sino un lugar en donde ubicarse, que es el lugar del objeto a, es decir, en la posición de causar el deseo, como única posibilidad de escapar a las trampas amorosas de la dinámica transferencial.

Entre el enigma y la cita, decíamos, tal como lo sugiere Lacan en “El Reverso del Psicoanálisis”, la interpretacióm consistiría en una enunciación que es verdad cuyo saber es supuesto o implícito, y la producción del enunciado queda en manos de quien la escucha, el analizante. No consiste la labor del analista en interpretar con propios significantes el material que provee el paciente en sesión, sino que al recortar un enunciado en el discurso del analizante, queda remarcado o subrayado como algo enigmático, como un plus, algo que es más que lo dicho.
Remarcado como enigma, jugando con el equívoco, el analizante decide “sobre el dicho de la interpretación”, dice Colette Soler, y ésto supone, por supuesto, la transferencia. Es sólo habiendo saber supuesto que la interpretación puede operar, siendo necesario derivar de las enunciaciones anteriores la afirmación de que la interpretación nunca es el enunciado de un saber. El saber, en reserva, espera a que el analizante descubra tras la interpretación lo no dicho explícitamente por él mismo.
Lacan se refería a la “virtud alusiva” de la interpretación, y en esa línea se ubicaría el discurso del analista. Sobre las insistencias, contradicciones o recurrencias que se dibujan en una trama discursiva su presencia se orientará a posibilitar el descubrimiento, a través de un sin-sentido, de un otro sentido que, por cierto, no está exento de posibles dudas pues de lo contrario se habría instalado otro síntoma. En el trabajo analítico pues, el analizante pasa del terreno del saber al de un conocimiento: el de la existencia del inconciente, que es un saber que no se sabe que se posee. De ahí que muchas veces el analizante dice:
“Claro, es como si ésto lo hubiera sabido todo el tiempo!”.
Ahora bien, ante la interpretación no es dable ni conveniente que el analista quede esperando una respuesta, pues, en el mejor de los casos, se abre un tiempo de suspenso en tanto se produzca un desacomodamiento del fantasma, en la medida en que el sujeto se pueda mover en la búsqueda de un saber otro tras el sin-sentido que produce el medio-decir del analista.
El efecto de una interpretación analítica se irá viendo en tanto movilice de alguna forma los niveles de determinación del sujeto:
* sus ideales o sus proyectos de vida.
* su yo
* su fantasma fundamental.
Y su función será introducir la lógica del sentido del sin-sentido en lo que es algo del orden de una significación, produciéndose por consecuencia un “vaciamiento” de goce, y un subsiguiente desplazamiento a otro punto de goce.

Recordemos que, como vimos en otro espacio, la interpretación intenta poner en movimiento aquello inmovilizado o congelado hacia un nuevo mundo o perspectiva diferente a través de la función del analista que facilitaría que el sujeto en análisis pueda escuchar al inconciente, rescatándolo en el discurso, en los lapsus, en el relato de sueños, en los actos fallidos..., y que el analizante se juegue en una dirección, orientándose hacia el fantasma. Lacan llamaba a la posición del analista “deseo del analista” o “semblante de a”. Y, por cierto, el descongelamiento que produce la interpretación deberá ser combinado o complementado por el trabajo de la construcción.

¿Qué son las construcciones en psicoanálisis?

Freud, en “Construcciones en el análisis”, plantea:
“El término “interpretación” se aplica a alguna cosa que uno hace con algún elemento sencillo del material, como una asociación o una parapraxia. Pero es una construcción cuando uno coloca ante el sujeto analizado un fragmento de su historia anterior, que ha olvidado,...”
Considero que hay un punto que tendríamos que repensar en cuanto a la producción de Freud respecto de las construcciones, que, atento más a la labor del analista, plantea enunciaciones que podríamos objetar, remarcando por ejemplo en la frase anteriormente transcripta:
“...cuando uno coloca ante el sujeto analizado...”,
otorgándole una posición activa al analista, equivocándose, a mi entender, en cuanto al trabajo que centralmente el analizante debe realizar en cuanto a la tarea de construcción o re-construcción.
Vemos cómo Freud insiste en esa línea en una frase, unos párrafos más arriba, del mismo texto:
“El psicoanalista termina una construcción y la comunica al sujeto del análisis...”
Por supuesto, sabemos que la posición de Freud era única, que estaba creando el psicoanálisis, y que este “consejo”, que como tal debería tomarse, no es compatible con lo que hoy definimos como “lugar del analista”, que no tiene en sus manos terminar una construcción para luego otorgársela al analizante.
Por otra parte, en la propuesta freudiana es súmamente interesante una afirmación posterior que desarrolla a partir de la idea de que los actuales síntomas o inhibiciones por los cuales consulta un sujeto serían consecuencia de represiones, sustitutos de sucesos o situaciones que el sujeto ha olvidado, jerarquizando la labor de la construcción y sugiriendo como más adecuada la expresión “reconstrucción”, con la que acuerdo, para referirse al trabajo por medio del cual toma cuerpo la posibilidad de levantar sobre las huellas de una historia mítica, en tanto hay un pasado irremediablemente perdido, otro argumento que sustituiría al fantasma que el sujeto construyera y trasladara a su infancia para intentar respuestas a sus interrogantes. Podríamos decir: una nueva lectura o un texto otro que se irá enhebrando a partir del tejido de lo dicho, en sus fisuras o entrelineado, deshaciendo, volviendo sobre la forma en que el hilo se entrecruza. En suma, nos estaríamos refiriendo a un re-escribir la historia en cuanto a la función de la construcción en el análisis.
Las dificultades de las que no se suele hablar, en tanto se hiciera incapié en las dificultades del paciente o del analizante en la tarea de construcción, se encuentran en relación al lugar o a la posición del analista en cuanto a propiciar el descubrimiento, dejar construir o reconstruir, incitar a la tarea de reveer lo ya sabido. Tan perjudicial en estas circunstancias es para el análisis el predominio del anhelo ferencziano, con su modelo de acción movilizadora, como el mutismo sin causa derivado de la incorrecta lectura a la exigencia de “no acceder a la demanda del paciente” o a la de “ocupar el lugar del muerto” que puede ocultar mediocridad o ignorancia, pues el silencio, por cierto, no alcanza per se para tapar la incapacidad garantizando la impostura.
En el Seminario 1 Lacan dice:
“El camino de la restitución de la historia del sujeto adquiere la forma de una búsqueda de restitución del pasado.Esta restitución debe considerarse como el blanco hacia el que apuntan las vías de la técnica”
y más adelante:
“...se trata menos de recordar que de reescribir la historia.”
En otras expresiones de Lacan no queda tan claro el lugar del analista así como cuando, en “Función y campo de la palabra”, no define algunos de los términos que utiliza, por ejemplo en lo relativo al “...enseñar”. Dice:
“Lo que enseñamos al sujeto a reconocer como su inconciente es su historia; es decir que le ayudamos a perfeccionar la historización actual de los hechos que determinaron ya en su existencia cierto número de “vuelcos” históricos”
Sin embargo, y aunque para algunos estas expresiones sean para olvidar, a través de ellas se evidencia un cierto equilibrio entre la posición del analista y la del analizante, en un propiciar en la labor analítica que el sujeto en análisis vaya descubriendo, podríamos decir, en co-labor, su lugar como sujeto, su propio deseo.

Las construcciones apuntarían pues en esta línea, a hallar otra perspectiva a una historia, distinta al argumento que deja con-fundido al sujeto en el campo del deseo del Otro, en procura de determinar su propio deseo, decíamos, con la mira puesta en recordar, en lugar de la repetición, como genuina aspiración de la consecución de la cura.
En la imagen que Freud propone respecto de la comparación entre el movimiento del caballo en el juego del ajedrez con el trabajo del analista en el análisis, no sería este último el que define el desplazamiento, ni el que lo ejecuta, sino el que coadyuva en el estudio de la situación de fuerzas.
El “discurso analítico”, propuesto por Lacan, no se definiría por aquello de lo que habla, sino por lo que propicia. Y el tramo principal de ese camino que abre la interpretación muestra al sujeto en una labor de construcción de un presente con las marcas de una historia, re-construyéndose un mito, en una propuesta que desde Freud y desde Lacan rendiría lo mismo que un recuerdo recuperado.

En psicoanálisis la relación analítica es de particular importancia, por eso, el preguntarse por el lugar del analista es extremadamente complejo. Lacan, en “La dirección de la cura..” dice:
“La cuestión del ser del analista aparece muy pronto en la historia del análisis...”
Y más adelante, en el mismo texto:
“Es sin duda en la relación con el ser donde el analista debe tomar su nivel operatorio, y las oportunidades que le ofrece para este fin el análisis didáctico no deben calcularse únicamente en función del problema que se supone ya resuelto para el analista que le guía en él”.
Es en función de tener claro su lugar como analista que éste puede escuchar, y no
“auscultar la resistencia, la tensión, el opistótonos, la palidez...”,
en tanto, como dice Lacan,
“el analista tiene que vérselas sucesivamente con todas las articulaciones de la demanda del sujeto”,
a la que no debería responder sino desde la posición de la transferencia.
Es ésto lo que se presenta como problemático en las definiciones freudianas enunciadas en “Construcciones...”: si el ofrecimiento de una construcción por parte del analista al analizante, al decir:
“...colocando un fragmento de la historia anterior, que ha olvidado”,
no deja en una posición difícil al analista que respondería a una demanda que provendría del lugar del paciente de que “se le re-escriba” una historia, reclamo que no es inusual en los inicios de un tratamiento en especial pero puede subsistir como exigente pretensión en muchos casos tal como lo demuestra la clínica.


Bibliografía:

Ariel, A.: “La interpretación”. Editorial Estilos. Bs. As. 1989.
Barrionuevo, J.: “Acto y cuerpo en Psicoanálisis con Niños y Adolescentes”. Editorial JVE
Psiqué. Bs. As. 1997.
Freud, S. : “La dinámica de la transferencia”. Obras completas. Editorial B. Nueva.
Madrid. 1968.
“ “ : “La iniciación del tratamiento”. Op. cit.
“ “ : “Construcciones en análisis”. Op. cit.
Lacan, J. : “Los escritos técnicos de Freud”. Seminario 1. Editorial Paidós. Barcelona.
1985.
“ “ : “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”. Seminario 11. Editorial
Paidós. Bs. As. 1986.
“ “ : “El reverso del psicoanálisis”. Seminario 17. Editorial Paidós. Bs. As. 1992.
Miller, J. A. : “No hay clínica sin ética”, en “Matemas I”. Ediciones Manantial. Bs. As.
1987.
Soler, C. : “Sobre la interpretación”, en “Acto e interpretación”. Ediciones Manantial. Bs.
As. 1984


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