JUVENTUD Y ACTUAL MODERNIDAD
(Una lectura desde el psicoanálisis)
Cap. 1
ADOLESCENCIA - JUVENTUD EN LA ACTUAL MODERNIDAD:
Propuestas e interrogantes.
¿Qué es la adolescencia?, o ¿qué
entendemos cuando hablamos de juventud?, o mejor, desde el psicoanálisis,
¿cómo pensamos un adolescente o a los adolescentes?,
en ésto involucrada la cuestión de cómo creemos
que siente o cómo vive un joven sujeto el momento que nos
toca vivir a todos, más allá de las peculiaridades
de cada quien pero incluídas éstas en esa encrucijada
fundamental que se da en llamar “adolescencia”.
Son varias las preguntas para comenzar, y es una forma interesante
para hacerlo: a través de interrogantes.
En este capítulo vamos a tratar de proponer un acercamiento
a la problemática de los adolescentes, de los jóvenes,
desde el psicoanálisis, aclarando que vamos a usar indistintamente
ambas expresiones para referirnos a un sujeto que ya se encuentra
habiendo tramitado las vicisitudes de la “tormenta de la
pubertad”, al decir de Freud, estando abocado a la tarea
de enfrentar una serie de “reales” tras la irrupción
en la pubertad de un cuerpo sexual “real” que plantea
un importante esfuerzo de trabajo para su psiquismo.
Tomaremos aportes de diversos autores sobre la actual modernidad
o acerca del posmodernismo, para relacionarlos con conceptos psicoanalíticos
imprescindibles, desde mi perspectiva, para entender problemáticas
que suelen considerarse específicas de los adolescentes
como ser aquellas que derivan del sobredimensionamiento del acto:
drogadicción, intentos de suicidio, conductas delincuenciales,
etc.
El psicoanálisis, con su aparición, ha producido
una transformación importante en las propuestas psicológicas,
que, más allá de su permanencia o vigencia, no pudieron
menos que replantearse algunos de sus puntos conceptuales básicos.
En lo que respecta al interés que aquí nos une,
podríamos decir que el psicoanálisis convive y discrepa
en cuanto a la lectura respecto de la adolescencia con la psicología
evolutiva o la psicología del desarrollo, de fuerza y predominio
en muchos espacios.
Desde una lectura psicoanalítica no se piensa a la adolescencia
como etapa o fase del desarrollo normal de un sujeto, como una
secuencia de movimientos esperables, en el mejor de los casos,
de algo que, previamente enrollado o envuelto, se desarrollará
o desenvolverá más o menos de la misma manera en
todos los sujetos, tal como así lo supondría la
idea de evolución o de desarrollo. Desde esta última
perspectiva la vida se podría representar como una sucesión
de arranques y detenciones, como las estaciones de un subterráneo
o de un tren, invariables y completamente previsibles en su orden
así como en las características que las definen.
En algunas facultades de psicología de nuestro país,
supuestamente para resolver el problema, se anularon las materias
que trataban sobre la niñez, la adolescencia o la ancianidad,
mientras que en otras, se intentó redefinir la psicología
evolutiva integrando los aportes psicoanalíticos o proponiendo
una psicología evolutiva o psicología del desarrollo
psicoanalíticas, eclécticamente, en un esfuerzo
vano en tanto unas y otro, psicologías - psicoanálisis,
se sostienen en bases teóricas y epistemológicas
diferentes e incluso opuestas.
Por otra parte, en cuanto a la conceptualización de la
adolescencia, pareciera ser que el crecimiento orgánico
o corporal posee una pregnancia tal que no se puede leer lo psicológico
sino a la luz de su óptica, llegándose así
a entender lo psíquico como una serie de transformaciones
en una “evolución” que conducirá a la
adultez, como punto de madurez o plenitud de todas las funciones,
siendo la ancianidad o la vejez sinónimo de deterioro o
declinación. Por cierto, el tiempo hace marca en el sujeto,
y, por lo tanto, como todo ser vivo, el hombre posee un cuerpo
y nace, crece y muere, pero ello no alcanza para proponer una
equivalencia total entre las leyes que definen el funcionamiento
del organismo y aquellas que se refieren al del psiquismo.
Pero veamos algunos conceptos que, desde el psicoanálisis,
dan nueva luz a la consideración de la así llamada
“adolescencia”.
El concepto de “trauma”, presente en la obra de
Freud desde el momento en el que intentaba encontrar explicaciones
a la enfermedad mental, se modifica a lo largo de aquella desde
un inicial estatuto de teoría hasta adquirir otra envergadura
en el estudio de las neurosis. También Freud emplea el
término “evolución” y trabaja con el
concepto de “fases de la libido” durante buena parte
de su obra como perspectivas que tienen que ver con el pensamiento
alemán, fisicista, monista materialista, imperante a fines
del siglo XIX, contexto en el cual como sujeto y como científico
viviera. Lo que proponemos es trabajar sobre éstos y otros
puntos de la teoría psicoanalítica freudiana en
función de nuestro interés en cuanto al tema que
aquí nos convoca, para revalorizar conceptos que quedaron
relegados a un plano secundario, integrando aportes de Lacan y
de autores varios en cuanto a la lectura que de Freud hicieran
y considerando también sus propias elaboraciones.
El concepto de trauma, decíamos, no es abandonado por Freud,
pero sí la teoría del trauma que explica la aparición
de una patología a partir de un acontecimiento. Ya en el
“Proyecto de una psicología para neurólogos”
se plantea la necesidad de un doble acontecimiento o dos acontecimientos,
donde uno resignifica al otro, apareciendo el concepto de retroacción
por lo cual se entiende que a partir del segundo episodio puede
significarse, se resignifica, como sexual el primero. Sería
ese segundo episodio el que hace que el primero tenga eficacia
psíquica, dota de valor causal al acontecimiento de los
ocho años en el historial de Emma. Pensamos entonces en
retraducciones de representaciones previas, de acuerdo a la lógica
imperante, que permite que ciertos recuerdos sean recomprendidos
o reordenados.
Freud trabaja en esta línea de pensamiento en el Capítulo
VII de “La interpretación de los sueños”
y en la carta 52 a Fliess, para citar algunos puntos de importancia.
Y dice en la citada carta:
“...nuestro mecanismo psíquico se ha generado por
estratificación sucesiva, pues de tiempo en tiempo el material
preexistente de huellas mnémicas experimenta un reordenamiento
según nuevos nexos, una retranscripción...”,
y agrega que la memoria estaría registrada en diversas
clases de signos:
“Yo no sé cuantas de estas transcripciones existen.
Por lo menos tres, tal vez más...”...”Quiero
destacar que las transcripciones que se siguen unas a otras, constituyen
la operación psíquica de épocas sucesivas
de la vida”.
El concepto de “a posteriori” implica que en determinados
momentos de la vida se resignifican sucesos o fantasías
de épocas anteriores. Y ésto es importante para
entender cómo en la pubertad, en la adolescencia, siguiendo
a Freud, ciertos “recuerdos póstumos” se volverían
traumáticos, en el sentido de complejizantes, aclarándose
que no derivarían necesariamente de vivencias sino de la
eficacia de la constitución de ciertas estructuras psíquicas
a las cuales se arriba en determinado momento y que transcriben
recuerdos de los que no se puede fugar o que escapan al accionar
de la represión.
Con la “tormenta de la pubertad”, tal como la define
en la Conferencia 20, en la “segunda oleada de la sexualidad”,
ambas expresiones de Freud, se reactivarían fantasías
edípicas incestuosas articulándose ésto con
un cambio o transformación en el erotismo, en una combinación
que provoca angustia por culpa y por miedo. Dice Freud:
“Toda persona adolescente lleva en sí rastros mnemónicos
que sólo pueden ser comprendidos una vez despertadas sus
propias sensaciones sexuales; toda persona adolescente, pues,
lleva en sí el germen de la histeria”
Así pues, el psicoanálisis propone una dimensión
temporal, un tiempo lógico, en un planteo por el cual el
pasado transformado en recuerdo cobra eficacia psíquica
en doble movimiento: progrediente y regrediente, asignándole
nueva significación a posteriori, reordenando y reestructurando
el sentido al integrarlos dialécticamente en nuevas organizaciones.
Es decir, reorganización desde modos anteriores de adjudicación
de sentido, bajo la forma de regresión, y, a la inversa,
cada nueva experiencia reordenará o reestructurará
el sentido de las anteriores por retroacción.
La regresión no es pues peculiar a una determinada “etapa”
de la vida, de la adolescencia o de la vejez por ejemplo, si bien
por cierto está presente en el trabajo de duelo en cualesquiera
de los reposicionamientos del sujeto en tanto la condición
misma del sujeto del psicoanálisis está sostenida
en la regresión como uno de los pilares o soportes de su
estructura.
Lacan decía en “La dirección de la cura...”
que la regresión remitiría a los significantes orales,
anales... de la demanda:
“...y no interesa a la pulsión sino a través
de ellos”,
sostiene, mientras que en otro espacio, “Función
y campo de la palabra”, remarca:
“... no mostraría sino el retorno al presente de
significantes usuales para los cuales hay prescripción...”,
Freud plantea en la tónica del lenguaje de su época
algo que Lacan luego retomaría desde su lectura: que la
sexualidad es inexorable, inevitablemente traumática, que
la pregunta acerca del deseo del Otro, en términos lacanianos,
produce un impacto de carácter traumático en tanto
no existiría adecuación entre sexualidad y cultura,
siendo imposible armonizar, al decir de Freud, las exigencias
culturales y las de la pulsión sexual. A este imposible
se enfrenta el sujeto adolescente, agregándose a ésto
que al hacerse obsoletos los emblemas identificatorios que sostienen
el propio sentimiento de sí, o debilitados los mismos,
el duelo adquiere especial magnitud.
Ahora bien, ¿a qué nos referimos entonces, desde
el psicoanálisis, cuando hablamos de adolescentes o de
jóvenes?, ¿cuáles serán los conceptos
fundamentales para pensar lo que le sucede a un joven o a un adolescente
hoy, en un mundo con importantes transformaciones que agregan
mayores elementos a la complejidad que de por sí la encrucijada
supone?
Podríamos decir, en primera instancia, que nos referimos
a un sujeto y no a un “proyecto de” para comenzar
cuestionando la ya clásica oposición adolescencia
- adultez que sostiene una disimetría sustancial. Pensamos
la adolescencia como una encrucijada o atolladero crucial en la
vida de un sujeto que plantea la exigencia de elaboración
de procesos de identificación, y de des -identificaciones,
en procura de lograr para sí un lugar simbólico
propio, diferente al del niño que antes fuera pegado o
abrochado al deseo de los padres. Re-posicionamiento y posicionamiento
del sujeto en procura de descubrir su propio deseo, en relación
a la estructura opositiva falo - castración, o, en cuanto
a la ubicación respecto del objeto a si lo pensamos desde
un concepto que Lacan trabajara desde el Seminario 10.
La adolescencia posee esencial importancia en la vida de un hombre
al punto tal de hacer pensar a Freud, y así lo enuncia,
que la neurosis definitiva de un sujeto se instalaría en
la pubertad o algo más tarde, es decir durante la adolescencia.
La misma es momento de definiciones, de abandono de viejos emblemas
que sostienen la imagen narcicística y de procura de otros,
en un trabajo nada sencillo pues implica procesar dolor y agresión,
en virulento interjuego de amores y de odios, con el interrogante
sin respuesta clara acerca del deseo del Otro.
Que la adolescencia sea considerada como un fenómeno individual,
familiar y social es un concepto que comparto, y esa complejidad
se pone en evidencia con sólo observar los movimientos
que se producen en los propios padres ante la irrupción
de un “extraño” - familiar hijo adolescente.
Ambivalencia decía Freud, odio - enamoramiento proponía
Lacan, conceptos que también podríamos utilizar
para estudiar los fenómenos de fascinación y de
hostilidad e incluso de violencia desde los adultos, desde la
sociedad toda, para con los jóvenes o adolescentes, y en
los mismos adolescentes.
En un trabajo anterior, “Droga; adolescencia y familia”,
proponía algunas consideraciones respecto de cómo
suele nombrarse al adolescente, acerca de qué expresiones
suelen ser utilizadas para referirse a los jóvenes o a
la adolescencia en general. Desde la consideración misma
de la emergencia de un significado al que comunmente se adhiere
y que suele cristalizar un sentido como sucede con el término
“adolescente”, escuchado desde la lengua como aquel
que carece, que adolece, que sufre por algo que le falta, es posible
observar la eficacia de la conflictiva edípica que se manifiesta
en la forma en que los padres, los adultos, pretenderían
ubicar desde su propia angustia a quien, con fuerza, sacude con
su aparición como tal un supuestamente logrado equilibrio
familiar y social. Es que al ser nombrado así, a quien
adolece se le ofrece como perspectiva, como promesa, la posibilidad
de dejar de hacerlo en un futuro marcado por la “plenitud”
de la “madurez”, del otro lado ya de la carencia o
del mero proyecto, como en cara y cruz de la vida, en la esperanza
enunciada por la palabra “adulto”. Sin embargo, yendo
a las raíces, a la etimología, a los orígenes
de ambas palabras, nos encontramos con que del latín “adulescens”
y “adultus” provendrían como presente y pasado
respectivamente de adolesco, que nos dice, según el diccionario:
“crecer, ir en aumento...”, y también “humear,
arder...”. Lo esencial a tener en cuenta, con la investigación
de otras acepciones en la base de la expresión adolescencia,
es la existencia de ciertos clisés tales como la supuesta
oposición adolescencia - adultez, que convive con la clásica
idea de evolución que permitiría la transformación
de uno en otro, y el enlace adolescente - carente al que nos referíamos
anteriormente, que funcionan como cristalizaciones que no permiten
pensar otros sentidos.
Pues no sólo es pérdida o dolor a aquello a lo que
se enfrenta el adolescente. Llamativamente, en la raíz
del término adolecer no hay falta de algo que debamos proveer,
sino por el contrario un “ir en aumento” que implica
crecimiento que el adolescente soporta en el orden del cuerpo
que se impone bizarro y que afecta a una región de sin
palabras. Hay pues un cuerpo “real” que se presenta
en primer plano cuestionando un saber vigente; lo real como “algo
ante lo cual las palabras se detienen” dice Lacan al definir
este registro, “lo que es imposible” en el sentido
lógico del término en tanto que no se puede simbolizar,
decir o escribir, aquello de lo que no se puede hablar, que no
tiene nombre y que marca el límite del pensamiento.
Por cierto, que el término adolescencia suele estar relacionado
comunmente con “dolor” en cuanto la existencia de
un “duelo” que la caracterizaría, y en ésto
coinciden desde los ya clásicos aportes de Aberastury y
Knobell hasta producciones de nuestros días. Es correcto
que los adolescentes deberán enfrentarse a la exigencia
de tener que procesar psíquicamente las pérdidas
en ese reposicionamiento al que nos referíamos tramos atrás,
y este trabajo de elaboración implica dolor, aunque, por
cierto, el duelo no es propiedad exclusiva de una “fase”
o “etapa” de la vida del hombre. También en
este aspecto, la puntuación que se realiza deja en las
sombras otro sentido de la palabra “duelo” que, proveniente
de “duo”, nos remitiría a un enfrentamiento
entre dos partes, aspecto imprescindible para que haya duelo;
dos abocados a un medir fuerzas, algo absolutamente necesario
en el trabajo de ir construyendo un espacio propio para sí
por parte del adolescente.
Considero que adolescencia se enlazaría doblemente, con
falta, como un absoluto de la castración, y con presencia
opresora de algo que está allí en demasía,
que crece escapando de viejos controles. Como carencia, ante los
duelos que se debe enfrentar, y como exceso, con la aparición
de un cuerpo que “aumenta” y “arde” desmesuradamente.
La idea es poder integrar ambas dimensiones para poder entender
la angustia que invade al así llamado “adolescente”
y a quien como “adulto” acude desde lo social pretendiendo,
inquieto, desde su propio desconocimiento, dar respuestas a las
preguntas fundantes del ser humano, a los enigmas de la vida que
el psicoanálisis nomina: muerte y sexualidad, y para los
cuáles no hay respuesta.
Enfrentado con la pérdida, con la desaparición de
un mundo y un cuerpo infantil, y con ese “ir en aumento”que
“quema”, que “arde”, retomando e integrando
las acepciones que vimos respecto de adolescencia, el joven se
interroga acerca de su propio lugar y del de los otros en el mundo,
en un momento en que vacila el fantasma, la realidad supuesta
se resquebraja surgiendo algo distinto a lo creído hasta
ese momento, algo “in-creíble” que desde lo
real se impone haciendo tambalear viejos saberes. El intento es
saber acerca del deseo del Otro, encontrar en la mirada del otro,
amado y amante, algo que pueda garantizar un nuevo lazo entre
la imagen y el cuerpo sentido desde lo interior, sufrida la desestructuración
de su ser niño que lo re-enfrenta a la angustia del cuerpo
fragmentado, oposición imagen de sí - desestructuración
a la que tanto Klein como Lacan, entre otros, después de
Freud, se han referido desde distintas posturas dentro del psicoanálisis
para dar cuenta de una experiencia de identificación que
constituye al sujeto, al mismo tiempo que lo aliena, y que no
sólo lo lleva a poder adueñarse de su propia imagen
sino que le permite descubrir al otro y al mundo en ese intercambio
de miradas.
Podríamos pensar cómo esa polaridad excesivo - carente
a la que hacíamos referencia, que no haría más
que replicar la proporción falo - castración, se
expresaría en aquellos dichos o modismos de la lengua con
los que los adolescentes se encuentran como respuestas a sus preguntas,
en los que se apela a un orden de animalidad para definir ese
momento crucial de la vida de un sujeto, en un registro de fuera
de lo humano o de fuera del lenguaje. “Edad del pavo”,
suele escucharse desde el decir popular,...o bien:
“...un poco como potros que se desarrollan de un modo totalmente
falto de armonía”,
dice Françoise Dolto, analista especialista en niñez
y adolescencia, en “La causa de los adolescentes”,
refiriéndose a las piernas que se alargan con el crecimiento,
y agrega:
“No hay envergadura, el cuello se queda como el cuello de
pollito...”.
Toque de animalidad al que hace referencia Freud en la acertada
elección del término “metamorfosis”
en el título del trabajo en el que aborda el estudio de
la pubertad, con una expresión en la que la transformación
o mutación del hombre en bestia sugiere la turbadora irrupción
del sexo, de la genitalidad, en el hasta entonces supuestamente
“angelical” cuerpo infantil. Expresiones en igual
línea pueden encontrarse referidas a la mujer en nuestra
cultura, en tanto ésta se hace acreedora de adjetivos en
los que la animalidad se halla presente: yegua, potra, zorra,
y otros por el estilo, o incluso es caracterizada como un objeto
o como un vehículo con fuerza y movimiento: camión,
vagón... , recurso con lo cual el hombre se arma - rearma
ante lo innombrable.
Podemos encontrarnos también con otras expresiones respecto
de los adolescentes que nos muestran la misma orientación,
tal es el caso de “pendejo”, con la que se les suele
denominar, que, según dice el dicccionario se refiere a:
“individuo cobarde y pusilánime”,
es decir:
“falto de ánimo o valor para sufrir adversidades
o para intentar cosas grandes”,
y también, sabemos, vulgarmente alude al vello del pubis
y de las ingles, que rodea a los órganos genitales y que
se puede recortar o no según sexo, moda o estación
del año pero no es lo esencial, sólo está
cercano a ello o a su alrededor.
¿Cómo pensar a un sujeto adolescente atravesado
por las condiciones que impone la actual modernidad o la posmodernidad?,
¿cómo influyen las exigencias del capitalismo tardío
sobre quienes, adolescentes, procuran ubicarse como sujetos en
un lugar simbólico definido a través de procesos
identificatorios y con la reconsideración de ideales y
de proyectos en cuanto a un futuro propio como “adultos”?
Por cierto, desde algunos sectores psicoanalíticos existe
una fuerte negativa a considerar que podrían existir diferencias
en las vicisitudes en la estructuración del psiquismo de
un sujeto según las circunstancias o el momento histórico-socio-cultural
que le toque vivir.
Desde mi perpectiva, no podemos menos que interrogarnos acerca
de cuáles podrían ser las influencias sobre los
hombres de las peculiaridades de las condiciones de vida que plantea
la actual modernidad, el posmodernismo o la sobremodernidad, tomando
expresiones con las que se intentara definir el tiempo presente
desde estudios como los de Baudrillard, Lyotard y Augé
entre otros.
Desde ya, no cabe duda de que el medio familiar ha sufrido transformaciones
respecto de aquel característico de décadas pasadas.
Por lo pronto las actuales condiciones de vida han estimulado
las grandes concentraciones urbanas, el reemplazo de las casas
donde vivían hasta tres generaciones por departamentos,
propiedad horizontal, que albergan a padres e hijos mientras que
los abuelos suelen ser derivados a geriátricos, produciendo
un cambio sustancial respecto de la función de los abuelos
en cuanto al cuidado de los nietos y en cuanto a los espacios
vitales aquellos y para los grupos de niños y de adolescentes.
Otro aspecto que invita a la reflexión es la inevitable
derivación parcial o total de las funciones respectivas
de los padres en sustitutos, debido a las actuales exigencias
económicas que hacen que tanto padre como madre deban trabajar
buena parte del día, dejando mucho tiempo solos a sus hijos.
Pero, por cierto, no es el tiempo material el que podría
determinar una menor o mayor presencia parental, y eso es bien
sabido. Sólo que a lo anteriormente planteado se agregaría
un cambio en la posición de los padres en la actualidad
respecto de sus propios hijos debido a una “adolescentización”
o a una identificación con los adolescentes, con el consiguiente
corrimiento en el desempeño de las funciones a su cargo.
El progreso a nivel científico alimentó una “ilusión
de eterna juventud” o de “recuperación de la
perdida lozanía” que permitiría que los adultos
puedan aparentar menor edad que la que poseen, sosteniéndose
además esta apariencia en la apropiación de modas
en el decir, en las vestimentas y en los ideales emblemáticos
de los jóvenes, en un achicamiento imaginario de la brecha
generacional de otros tiempos.
Podríamos pensar que todo ésto no es sin consecuencia,
especialmente en cuanto a los cambios en el terreno de la autoridad
y de la contención en el ámbito familiar, y en lo
relativo a la construcción de proyectos para el futuro
propio como adulto del joven que no encuentra en ello demasiado
incentivo en tanto la madurez se ofrece con más pérdidas
que promesas.
Los cambios respecto de los lugares de jóvenes y de adultos
se deben ubicar en un contexto que Baudrillard denomina “posmodernismo”,
definido por la caída en la “liquidación de
la metáfora” y la desvalorización de la palabra,
caracterizado por el predominio de la imagen y por la imposibilidad
de proyección del sujeto en el objeto en tanto el sujeto
“es” el objeto, con neto predominio del tener por
sobre el ser y de la cultura de lo hiperreal. Dice el citado autor:
“Estamos sumergidos en un sistema donde todo está
confundido, ya no existe la posibilidad de jugar con las apariencias...”
Por su parte Lyotard enlaza a la “postmodernidad”
con las transformaciones que produce el capitalismo a niveles
socio-económicos, especialmente en lo relativo al lugar
que ocupa el saber en dicho panorama que adquiere valor de mercancía,
relacionando este fenómeno a los nuevos modos de circulación
de capitales. En cuanto a la expresión “condición
postmoderna” por él utilizada, designa:
“...el estado de la cultura después de las transformaciones
que han afectado a las reglas de juego de la ciencia, de la literatura
y de las artes a partir del siglo XIX”,
cuestión que Lyotard propone situar con relación
a las “crisis de los relatos”.
Nicolás Casullo, refiriéndose al debate modernidad-posmodernidad,
dice en cuanto al lugar del sujeto:
“Hoy aparece la duda, cada vez más agudizada, de
si todavía existe esa narración subjetiva. Si no
somos básica, absoluta y definitivamente atravesados por
apariencias, señuelos, no-narraciones, virtualidades, en
las que nosotros somos apenas agujeros huecos, vacíos,
que no podemos ya narrar absolutamente nada”...“Esto
daría pie también a pensar si ese sujeto, si aquel
sujeto pensado como fundamento de lo moderno, sigue existiendo”...
Está caracterizado este tiempo del capitalismo tardío,
como también se lo suele denominar, por la estimulación
del consumo, la sobrevaloración de la imagen y la importancia
de la inmediatez que producen los medios de comunicación
masivos que permiten presenciar al instante, obscena y crudamente,
imágenes de algo que está sucediendo a miles de
kilómetros.
Marc Augé en su estudio sobre lo que denomina “sobremodernidad”,
propone pensar los “no lugares” como aquellos espacios
de anonimato que serían vías necesarias para circulación
acelerada y solitaria de las personas y de sus bienes.
En una línea coincidente de pensamiento proponía
en un trabajo anterior, (Barrionuevo, J. : “Nuevos mundos
para adolescentes”), inédito, la existencia de “ámbitos
de des-encuentro” que la sociedad de consumo ofrece a sus
miembros, que sin embargo éstos se ocupan en muchos casos
de transformar buscando canales de comunicación originariamente
no definidos como tales, como es el caso de los videojuegos o
de las discos a cuyas puertas los jóvenes se agolpan eludiendo
los obstáculos que adentro se ponen al intercambio o a
la palabra. Sin embargo este esfuerzo se halla dificultado por
lo que podríamos definir como otro de los elementos de
la cultura “posmoderna”: el debilitamiento del lazo
social, lo cual refuerza la importancia del logro individual o
del éxito sin otros, inmediato, en una consecuencia que
desde una lectura un tanto pesimista algunos definieran como “perversión
del individualismo”.
Las condiciones descritas definidas como propias de la actual
modernidad, posmodernismo o sobremodernidad, facilitarían
el predominio del acto por sobre el pensar y por sobre la importancia
de la palabra, ubicado el sujeto en un mundo consumista que propicia
la adicción en general y que crea un nuevo lugar para las
drogas, diferente al de décadas pasadas, que, como una
mercancía más, está regida por las leyes
del capitalismo avanzado constituyendo un problema económico
y de poder en cuanto a la relación existente entre oferta
y demanda.
Así pues, a un sujeto que está en procura de emblemas
identificatorios que harían a su identidad, a su sentimiento
de sí, desde lo socio-cultural se le proponen lugares poco
claros, se jerarquiza el “tener” estimulándose
el consumo, mientras que respecto del ideal del yo y de los proyectos
en cuanto a su propio futuro como adulto la ausencia o debilidad
de perspectivas que se plasman en expresiones tales como “la
muerte de las utopías”, “el fin de la historia”,
u otras semejantes, lo reenvían a espacios de funcionamiento
de satisfacción inmediata y narcisista en los cuales el
ideal se encarna en ídolos que valiéndose de no
importa qué recursos pueden acceder a los medios de comunicación
masivos. Jóvenes “diosas” o “genios”
que, por sus atributos corporales de belleza o de destreza física
o por la habilidad como para moverse en ámbitos en los
cuales impera el oportunismo o la corrupción, se toman
como modelos de identificación para “ser” algo
ante el borramiento o desacreditación de ideales en los
cuales el esfuerzo y el trabajo, orientados hacia el intento de
transformación de un mundo en procura de otro mejor, pertenecerían
al sujeto de una escena que no corresponde a la de la actual modernidad.
Otro punto que se podría recalcar es el desprestigio de
la verdad y la justicia en la actualidad. En este aspecto sería
interesante estudiar las transformaciones que se pueden producir
en el superyo y en la consolidación del mismo durante la
adolescencia para analizar el impacto en el sujeto de los cambios
en los valores y en la ética. Freud sostiene en “Tres
ensayos” y en la “Conferencia 32” que el carácter
se constituye a través de: incorporación de la instancia
parental como superyo (punto de especial importancia), identificaciones
de épocas posteriores, identificaciones como precipitados
de vínculos de objeto resignados, formaciones reactivas
y sublimaciones. En este como en otros trabajos (“El malestar
en la cultura”, “Moisés y la religión
monoteísta”...) el creador del psicoanálisis
propone interrogantes acerca de la relación entre lo social-cultural
y lo subjetivo, para ahondar en el estudio del psiquismo.
Así pues, son múltiples las razones que permitirían
sostener que los jóvenes de hoy no se encuentran con las
mismas condiciones de vida que primaban para generaciones juveniles
pasadas.
La rivalidad o el enfrentamiento del adolescente con sus padres
no posee hoy la envergadura de otros tiempos. El debilitamiento
de la función paterna, por razones explicitadas anteriormente,
hace que el necesario juego de fuerzas padre-hijo no se realice
sino como tímidos intentos o tibios y temerosos escarceos
por un lado, o bien con desbordes de agresión o violencia
que pueden llevar a la destrucción o al daño físico
por otro lado.
Las patologías del acto (toxicomanías, anorexia-bulimia...)
serían expresión del fallido intento de hacer jugar
la función paterna, como llamado al Otro, demandando por
medio del acto no sólo su reconocimiento sino su existencia
misma. Si la función paterna se halla debilitada esto tendría
relación directa con el reforzamiento del goce del Otro
materno, o como se suele llamar también de “lo materno
arcaico”. Toma nuevas fuerzas lo incestuoso. Según
el psicoanálisis el sujeto se protege del goce del Otro
con la Ley, sostenida por la función paterna, construyendo
sobre esa hiancia que se abre en la célula narcisista madre-hijo
por acción de la metáfora paterna una red de protección
tejida con palabras que impide la caída a un vacío
de muerte y de silencio.
Podríamos pensar entonces cómo la relación
planteada: debilitamiento de la función paterna - empobrecimiento
del orden simbólico y por lo tanto de la palabra - jerarquización
del acto, hablaría de transformaciones en el sujeto que
deberían ser tenidas en cuenta por teoría y clínica
psicoanalíticas, en tanto habría revitalización
de lo incestuoso y refuerzo del goce materno que plantearían
en la adolescencia en especial la exigencia de enfrentar un nuevo
trabajo psíquico a la luz de las condiciones de vida que
ofrece al hombre la actual modernidad.
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“ “ : “Función y campo de la palabra”.
Op. cit.
Quiroga, S. : “Adolescencia: del goce orgánico al
hallazgo de objeto”. Publicaciones
C.B.C.- Facultad de Psicología. Universidad de Buenos Aires.
Bs. As. 1997.
Cap. 2
EDIPO. DESENLACES EN LA ADOLESCENCIA.
Para trabajar sobre este tema, vamos a abordar la articulación
existente entre los conceptos de falo, complejo de Edipo, complejo
de castración, función paterna e identificaciones.
Desde el momento de su aparición en el cuerpo teórico
del psicoanálisis el complejo de Edipo se halla articulado
con la clínica, de la cual dicha formulación se
desprende. A partir de lo analizado sobre el material del caso
Dora, y luego con la propuesta de relacionarlo con el estudio
sobre los sueños, Freud llega a la afirmación de
que dicho complejo no sería una fantasía que podría
hallarse casualmente en los emergentes del discurso de los pacientes
sino que sería el nódulo de las neurosis, y desde
este punto la investigación muestra al Edipo articulado
doblemente con el estudio de la sexualidad y de lo inconciente
en la patología y en la “normalidad”, y con
lo que, desde “Totem y tabú” hasta “Moisés
y la religión monoteísta”, evidencia el interés
de Freud por relacionar aquellas líneas con el interrogante
acerca de cuáles son los nexos existentes entre procesos
inconcientes del sujeto y fenómenos socio-culturales en
los que se halla inserto el mismo. En esta línea la relación
inconciente-Edipo-estructura familiar y sociocultural aclararía
la categoría de “nodal” que Freud le da al
complejo de Edipo en su formulación sobre la constitución
del psiquismo.
En la consideración que Freud hace respecto de los lugares
psíquicos en “Psicología de las masas y análisis
del yo”, propone:
“En la vida anímica individual aparece siempre efectivamente
“el otro” como modelo, objeto, auxiliar o adversario...”
y esta concepción en términos de esquema topológico
la aplicará, a partir de este trabajo, a su estudio del
Edipo en su relación con los procesos identificatorios.
La situación edípica, podríamos decir, sería
así un conjunto de transformaciones que implicaría
la ruptura de la estructura narcisista madre-hijo hacia una triangularidad
que el niño se esfuerza por refutar en tanto supone exclusión
total, absoluta, y por la cual efectuaría su entrada en
lo simbólico en tanto la función paterna vehiculiza
la ley, y en dicha triangularidad se jugarán estos lugares
posibles.
Por cierto, entonces, el Edipo no es simple o complicado cuento
de amores y de odios según el caso, sino, a partir de la
lectura de Lacan acerca del planteo freudiano, una estructura
de relaciones legisladas que ubican al sujeto en un cierto orden
simbólico. Es decir, implica una lógica de prohibiciones
y de distribución y asunción de lugares, en un interjuego
en el cual la metáfora paterna producida por el significante
del Nombre del Padre cumple una función crucial.
Lacan sostiene que la metáfora paterna actuaría
de por sí por cuanto la primacía del falo es instaurada
en el orden cultural. Regula la economía libidinal entre
la madre y el hijo en un intercambio entre los lugares de ambos
y el constituído por quien asume la función paterna
o algo que haga de terceridad. Es decir, no se estaría
hablando de personas o personajes, sino de que hay algo que mueve
las relaciones entre cada quien, según su posición
en el complejo de Edipo: el falo.
El estudio de Lacan sobre el Edipo remite a la obra de Levi Strauss,
quien al trabajar sobre el tema de los mitos afirma que serían
verdaderas figuras retóricas o discursivas que estarían
expresando un conflicto, que tienen un sentido y que éste
no dependería de los elementos aislados sino de la manera
en que entran en juego o en combinación en la estructura
del mito. Esta referencia permite entender cómo el Edipo
sería una tentativa de localizar a un sujeto en un determinado
espacio socio-cultural, simbólico diría desde Lacan,
operando sobre la contradicción naturaleza-cultura.
En la conceptualización freudiana, en “El sepultamiento
del complejo de Edipo” y en otros trabajos posteriores,
se complejiza la inicial versión del Edipo, en una triangularidad
plasmada en dos identificaciones y dos elecciones de objeto, es
decir, cuatro términos, expresándolo así
en el trabajo mencionado:
“Yo opino que se hará bien en suponer en general,
y muy particularmente en el caso de los neuróticos, la
existencia del Complejo de Edipo completo, En efecto, la experiencia
analítica muestra que en una cantidad de casos uno u otro
de los componentes de aquel desaparece hasta dejar apenas una
huella registrable, de suerte que se obtiene una serie en uno
de cuyos extremos se sitúa el complejo de Edipo normal,
positivo, y en el otro el inverso, negativo, mientras que los
eslabones intermedios exhiben la forma completa con participación
desigual de ambos componentes”
La disolución o el abandono del Complejo de Edipo es el
resultado de una “aporía fundamental”, dice
Oscar Masotta en “Lecturas de Psicoanálisis. Freud.
Lacan”: una u otra decisión respecto de la elección
de objeto en el interior del Edipo, ambos caminos, conducen a
la castración. Y el abandono tendrá pues una consecuencia
que remarcaremos: la aparición de una nueva estructura,
el superyo. Los objetos parentales son abandonados, pero son reemplazados
por una identificación con ellos. Así, la identificación-padre,
que porta la prohibición como producto de la internalización
de la imagen castradora paterna, paradójicamente acarrea
una consecuencia que es que la figura castradora de la cual huyera
ahora forma parte del propio superyo. Freud dice que una vez producido
el superyo se abandonan las catexias edípicas, de allí
que superyo y narcisismo sean complementarios y correlativos,
porque preservan al sujeto de la castración.
El lugar del padre, y la posibilidad de desempeño en lo
cotidiano de la vida, en el intercambio de la vida familiar, de
la función paterna, tendrá que ver con el deseo
de la madre hacia él dirigido, lo cual implica la desilusión
en el niño que lo lleva a que, desalojado del privilegio
absoluto de la relación dual deberá someterse al
orden de la ley, a través de la cual podrá pretender
tener el falo pero no serlo ya. Podríamos pensar en una
triple determinación para el desempeño de un hombre
en tal función: desde la apertura que facilita su entrada
a esa relación exclusiva original, desde su propia ubicación
en la cadena generacional en cuanto a su propio Edipo, y desde
el sistema de emblemas y demás significaciones ideológicas
que definen su lugar, como hombre y como padre, en esta sociedad
en que se pone en juego. Al referirse a esta función Freud
afirma que la identificación padre a partir de la posición
a él atribuida supone la superación de la sensorialidad
a favor del pensar al hacérsele a cada quien inteligible
su origen en el padre, y no sólo en la madre, y como consecuencia
se reconoce como su hijo, nombrándose como él, con
su apellido, siendo ese lugar, la posición del nombre del
padre, el punto de sustento para la conservación del sentimiento
de sí a través de procesos identificatorios como
consecuencia de la crisis del “ser” provocada por
la convicción acerca del juicio que decreta a la madre
como castrada, siendo la salida posible la identificación
con la palabra. Lacan en esta línea dice, en el Seminario
“La relación de objeto”:
“El Nombre del Padre es esencial para la estructuración
del mundo simbólico, y es aquello por lo que el niño
sale de su acoplamiento con la omnipotencia materna”
Y por lo tanto, en relación al alejamiento de la madre
se plantearía la posibilidad de su abandono como objeto
amoroso pues:
“...el objeto de su amor era la madre fálica”,
como dice Freud en “Nuevas conferencias de introducción
al Psicoanálisis”, tras enunciarse el juicio referido
a la castración materna, situación que el niño
hace derivar de la posición atribuida a su padre. En suma,
el Edipo permitiría trasladar la identificación
con la madre, en cuanto al “ser”, al padre, produciéndose
la diferenciación entre el niño y aquella, en tanto
al identificarse en el superyo con el padre como modelo el mandato
o imperativo categórico es obedecido en relación
al abandonar deseos incestuosos, reconociéndose la diferencia
sexual entre los padres y aceptando la posibilidad futura de lograr
para sí un objeto de amor como el padre tiene en su mujer.
Así pues, la aceptación de la Ley del padre permitiría
al sujeto acceder a lo simbólico social, a lo cultural
y al lenguaje, en tanto supondría una destitución
de la simbiosis originaria o primordial relación dual madre-niño.
En la obra de Freud es mucho más claro el tema de la
disolución del Edipo en el varón, mientras que el
desenlace en el caso de la mujer y su relación con el superyo
es objeto de estudios que, pienso, llegan a conclusiones que dejan
lugar a dudas o son cuestionables, como ser la labilidad del superyo
femenino o la existencia de un superyo no definitivamente constituído.
Sin embargo, en distintos trabajos, especialmente vamos a tomar
en cuenta “Sobre un caso de paranoia contrario a la teoría
psicoanalítica”, sugiere un origen maternal arcaico
del superyo en la mujer, es decir que la idea es que el superyo
femenino tendría sus orígenes en la relación
con una madre “primitiva”, como objeto primordial,
punto en el cual algunos analistas se han detenido para pensar
el problema del sepultamiento del Edipo en la mujer. En el trabajo
citado analiza el caso de una joven que al ser invitada, con intenciones
amorosas, por un compañero de trabajo, teje un delirio
paranoico a partir de un ruido que percibe y que atribuye al disparador
de una cámara fotográfica en una situación
que supone preparada por aquél con oscuros propósitos.
Pero Freud remarca otro episodio, escuchando el relato de la paciente,
en el cual dicho compañero es visto hablando en el trabajo
con una mujer mayor, una jefa, a la cual la joven asigna intenciones
de querer perjudicarla. Es decir, el perseguidor no sería
el hombre sino una mujer, una persona de mayor edad tomada sobre
el modelo de la madre, severa y censuradora que le hace percibir
al hombre como perseguidor, que, en definitiva, le impide tener
acceso a un encuentro amoroso. Así pues, no se trataría
de “la madre actual”, de “la de ahora”,
sino de la imagen de la madre “primitiva” o “arcaica”.
Esa relación con dicha madre se afianzaría y tendría
eficacia psíquica, resignificándose, en la estructura
ulterior del Edipo, en un punto que en el caso del hombre estaría
marcado por la internalización del padre prohibidor, con
lo cual se podría repensar aquello del superyo más
débil en la mujer como una idea difícil de sostener
desde la teoría y desde la clínica.
En el “Moisés y la religión monoteísta”
Freud hace un planteo refiriéndose a la relación
existente entre el reconocimiento de la importancia de la paternidad
y la renuncia pulsional, al que ya nos referimos, en el cual seguramente
Lacan se apoyó para su conceptualización del Nombre
del Padre, y textualmente dice:
“El progreso de la espiritualidad consiste en preferir los
procesos intelectuales llamados superiores, o sea los recuerdos,
reflexiones, juicios, a los datos de la percepción sensorial
directa; consiste, por ejemplo, en decidir que la paternidad es
más importante que la maternidad, pese a no ser demostrable
como esta última por el testimonio de los sentidos. De
acuerdo con ello, el niño deberá llevar el nombre
del padre y heredar sus bienes”
La cita es clara y fuerte, y nos permite pensar acerca del trabajo
que se producirá en cada movimiento u oleada de la sexualidad
en el sujeto, para su adecuación a los límites que
la cultura impone a quien pretenda vivir en su seno. Así
pues, los desenlaces del Edipo en cada caso dependerá de
la manera en que en la adolescencia se re-procesa la instancia
superyoica, en la línea de poder ubicar la apropiación
de los imperativos categóricos y el propio deseo por parte
del sujeto allí donde fuera dicho desde la palabra de los
padres.
Bibliografía:
Dor, J. : “El padre y su función en psicoanálisis”.
Editorial Nueva Visión. Bs. As. 1991.
Freud, S. : “El sepultamiento del complejo de Edipo”.
Obras completas. Amorrortu
editores. Bs. As. 1990.
“ “ : “Nuevas conferencias de introducción
al psicoanálisis”. Op. cit.
“ “ : “Psicología de las masas y análisis
del yo”. Op. cit.
“ “ : “Sobre un caso de paranoia contrario a
la teoría psicoanalítica”. Op. cit.
Lacan, J. : “La relación de objeto”. Seminario
4. Editorial Paidós. Bs. As. 1990.
Masotta, O. : “Lecturas de Psicoanálisis. Freud.
Lacan”. Editorial Paidós. Bs. As. 1992.
Cap. 3
LA ANGUSTIA.
Trabajando sobre el tema de las neurosis traumáticas
Freud, en “Más allá del principio del placer”,
se ocupa del tema de la angustia proponiendo que ésta designaría:
“...cierto estado como de expectativa frente al peligro
y preparación para él, aunque se trate de un peligro
desconocido...”,
mientras que en “Inhibición, síntoma y angustia”
propone claramente su función como señal, en una
línea que a partir del dualismo pulsión de vida
- pulsión de muerte deriva en su conceptualización
de la compulsión a la repetición.
La angustia sería pues para Freud, tomando en cuenta sus
más importantes aportes al tema, el recurso último
ante un desborde pulsional, ante un cúmulo o caudal de
estímulos que no puede ser soportado por un aparato psíquico
débil o debilitado en su organización. La compulsión
a repetir accionaría así para ligar la excitación
por medio de la construcción de barreras protectoras. Desde
la lectura que nos propone Lacan en su obra podríamos decir
que en tales circunstancias no habría anudamiento de los
tres registros, RSI, en tanto el desamarre supondría la
inacción de lo simbólico.
Continuando con al aporte freudiano, en otro espacio donde aborda
el tema de la angustia, esto es en la Conferencia 32 “La
angustia y la vida instintiva”, Freud nos propone la idea
de que lo que inspira el temor es la propia libido y que la angustia
sería la reproducción de un antiguo suceso peligroso.
“Es exacto que el niño sufre angustia ante una exigencia
de su libido, en este caso ante el amor a su madre, tratándose,
por tanto, realmente, de un caso de angustia neurótica.
Pero este enamoramiento sólo le parece constituir un peligro
ulterior, al que tiene que sustraerse con la renuncia a tal objeto
porque provoca una situación de peligro exterior”.
El peligro que el niño teme suceda como consecuencia de
su enamoramiento no sería otro que el castigo de la castracíon,
miedo o temor que sería uno de los motores más fuertes
de la represión y, por consecuencia, de la producción
de neurosis. Y de esta misma conferencia remarcaremos una frase
que es fundamental para el tema que nos ocupa en este libro, en
un punto en el que dice Freud:
“...toda época del desarrollo lleva adscrita como
adecuada a ella una condición de angustia, o sea cierta
situación peligrosa”,
y podríamos interrogarnos respecto de cuál sería
en la adolescencia esa condición de angustia propia o adecuada
a ella que nos sugeriría la frase citada. Freud se refería
al peligro de la inermidad psíquica ante la inmadurez del
yo, el peligro de la pérdida del amor o de la falta del
objeto en relación a la dependencia de los primeros años
infantiles, el peligro de la castración a la fase fálica
y el miedo al superyo durante la latencia. La angustia en la adolescencia
podría anclarse en los distintos puntos aquí enunciados
por Freud, pudiéndose proponer que su peculiaridad estaría
relacionada con la reorganización fundamental o revisión
sustancial que se produce en el superyo, en un momento de la vida
en que el ideal del yo alcanzaría su estructura definitiva.
En el Seminario 10, “La angustia”, Lacan se ocupa
especialmente del tema de la angustia, e inaugura su exposición
con la afirmación de que ésta no estaría
lejos del fantasma por la sencilla razón de que es totalmente
el mismo, y que se hallaría en relación fundamental
con el deseo del Otro. Define a la angustia como “bisagra”
o engarce entre los dos pisos del grafo que estructuran la relación
del sujeto con el significante, en cuanto a un interrogante nuclear
respecto de qué quiere el Otro de uno, de cada quien. Introduce
pues la función de la angustia en un lugar clave, en suspenso,
entre los dos pisos, articulando términos hasta el momento
desperdigados, como ser: fantasma, deseo, i(a), moi, enunciando
una primer enunciación que remarcaremos junto con otras
que se irán relacionando.
Ante el interrogante respecto de ¿qué es la angustia?,
propone:
* la angustia es ante el deseo del Otro.
¿cómo entender ésto?
La angustia es un afecto, dice Lacan, podríamos agregar
que es algo que se siente, se sufre, se padece... y surge pues
ante el deseo del Otro. Pero, ¿por qué?
Lacan recurre a una fábula: él enfrentado a una
mantis religiosa gigantesca, con una máscara de la cual
no sabe de su apariencia. Lo que caracteriza a este insecto es:
por un lado, que la hembra devora al macho luego de la cópula,
y además, tiene sus ojos facetados, es decir que uno no
se podría ver reflejado en ellos de manera completa, sino
en forma fragmentada, si procurara mirarse y saber cómo
es visto por la gigantesca mantis. En este recurso utilizado,
el autor citado se vale de la imagen de la mantis para representar
a un Otro radicalmente diferente a un ser humano, para marcar
la otridad sin dejar lugar a dudas, de una manera contundente,
un Otro que no es cualquier otro.
La angustia surgiría al no saber el sujeto lo que es, lo
que es uno, como objeto, para el deseo del Otro. ¿Qué
soy para él?, y ¿qué quiere de mí?,
surgen como interrogantes fundamentales.
Ante el enigma en el mejor de los casos es el fantasma, desde
lo preconciente, desde el yo, que se esboza un intento de respuesta,
siendo en ciertas circunstancias, como la representada en la fábula,
que el fantasma vacila y el yo no puede reconocerse, surgiendo
entonces la angustia ante la inermidad o la indefensión.
Decíamos: el sujeto no puede contemplarse y por lo tanto
no puede saber cómo lo percibe el otro. En tanto al decir
sobre el deseo del Otro es referirnos a su falta, cuando no es
descubierto, cuando no hay pistas o rastros del deseo del Otro
acerca de uno, lo siniestro o lo ominoso denotarían la
falta de la falta, presencia opresora de lo que está allí
en demasía nos dice Lacan en el Seminario 7, “La
ética del psicoanálisis”.
El neurótico vive demandando que se le demande, se interesa
en saber qué le falta y supone que lo que le falta se plantea
como objeto del deseo, en el lugar del deseo del Otro. Decíamos
en otro espacio que el deseo era sostenido por el fantasma, siendo
una situación propicia para la irrupción de la angustia
la circunstancia en que la demanda del Otro pone en juego mi ser,
lo pone en cuestión, interrogando por algo que desconozco,
desconocimiento del objeto a, o causa del deseo del Otro. No es
factible encontrar en el Otro “la” significación,
que en otras palabras es lo mismo que decir que la división
del sujeto, $, no es exacta o perfecta, que hay un resto que Lacan
denomina a, o sea, lo irreductible del sujeto. No hay pues significación
“acabada” porque siempre hay un resto, un a, lo que
se perdería “para la significantización”.
Cuando hay algo que tendría que quedar oculto, de improviso,
de golpe se descubre o se devela, sin posibilidad de su reconocimiento
desde lo simbólico, y allí surge la angustia. Ante
lo siniestro, ante lo espeluznante u ominoso.
Podemos ir anotando entonces otro enunciado respecto de la angustia
que nos propone Lacan:
* la angustia es ante lo irreductible de lo real.
Pero hay otra fórmula, entre las enunciaciones no excluyentes
que se derivan del estudio del Seminario 10, con la cual Lacan
advierte que la angustia no sería ante la castración,
ante la falta. Veamos la lógica de su propuesta. Con el
colmamiento total de la demanda, cuando se supone haber llegado
a tener todo, “no me queda nada por lograr” decía
un sujeto en análisis, “lo tengo todo...”,
surge la angustia, puesto que llegar a tener todo implica el desvanecimiento
del deseo. “¿Qué más puedo pedir?!”,
decía el paciente en cuestión. Algo así como:
“¿qué más queda, qué otra cosa
queda, si ya planté un árbol, escribí un
libro y tuve un hijo?”, aludiendo a una frase muy común
respecto de los logros posibles para un hombre. Allí, llegado
el fin, deja de funcionar aquello que causa al sujeto en falta,
cuando no falta más nada, cuando ya no hay nada por desear,
el desgano habla de la muerte, de la nada.
Insinuada en nuestro texto unos párrafos atrás,
otra propuesta de Lacan sería:
* la angustia es ante la falta de la falta.
La angustia pues, como decía Freud, es señal,
nos advierte o nos anoticia acerca del deseo, de sus fluctuaciones,
y del objeto que lo causa, y sin ella nos quedaríamos sin
indicador respecto de lo real. En este punto estamos ubicando
otra de las propuestas de Lacan a la que hicimos ya referencia
respecto de la angustia ante lo irreductible de lo real. No sería
entonces sin objeto, sino que la angustia es ante algo, ante lo
irreductible de lo real, ante la nada, ante la presentificación
del objeto a que metaforiza este exceso.
Tomando expresiones de Freud del “Proyecto” podríamos
pensar en una magnitud de la suma de excitación (en términos
de cantidad) que “paralizaría la operación
del principio de placer”.
En la clínica es posible observar en las consultas cómo
cuando hay angustia no hay deseo, o bien éste aparece disminuido.
Y el sujeto suele comentar que vive un momento en que no puede
plantearse objetivos, construir proyectos...sino que es “objeto
de” dudas o de falta de ganas.
En el Manuscrito G, de comienzos de 1895, Freud relaciona la melancolía
con la anestesia sexual, en una elaboración que deriva
del Manuscrito E (sin fecha) en el que define el surgimiento de
la angustia por transformación de la tensión acumulada
o estancada. Estas líneas son el fruto de los primeros
movimientos de acercamiento a un intento de elaboración
de la teoría de la angustia que tendríamos que leerlas
a la luz de las posteriores producciones freudianas y lacanianas
para evitar interpretaciones simplistas o reduccionistas que se
quedan en un modelo mecánico de acumulación de libido,
e incluso en el planteo de procesos de putrefacción por
efecto del estancamiento, que tiene su derivación en una
propuesta de catarsis o descarga, siendo así muy sencillo
responder por ejemplo cómo podría “curarse”
una histérica, en una línea de recursos que la antigua
medicina de egipcios y griegos había elucubrado para resolver
el problema del deseo insatisfecho. Y sin aclarar nada, pues es
obvio, respecto del por qué de la insatisfacción
y del reclamo histéricos y de las “soluciones”
para intentar “resolverlos” que se encuentran como
tentativas de explicación y como propuestas de curación
en los orígenes de la medicina, y que perviven como lecturas
en el saber popular.
Lo interesante para nosotros de las ideas de Freud en los manuscritos
citados es el problema del pasaje y la transformación del
“grupo sexual psíquico”, pues éste sería
una construcción dentro del yo (en términos generales,
o sea, tal como estaba siendo estudiado por Freud en esos momentos)
que permitiría establecer los enlaces del sujeto con el
mundo exterior en pos de lograr ubicar el objeto con el cual desarrollar
una acción específica.
Desde mi perspectiva podríamos leer esta propuesta de Freud
sobre la angustia entendiendo el grupo sexual psíquico
como el conjunto de significantes que no pueden amarrarse, con
el consiguiente deseslabonamiento en la cadena significante que
produce ese efecto de invaginación en lo psíquico
o retraimiento pulsional, que podríamos enlazar al accionar
de la pulsión de muerte vía compulsión a
la repetición.
En la angustia de la melancolía el trabajo de lo simbólico
ante la irrupción de lo real no puede realizarse, lo que
sí es posible en el duelo normal. Sobre ésto, en
“Hamlet, un caso clínico”, Lacan dice:
“El agujero de esta pérdida que provoca el duelo
en el sujeto, está en lo real”,
y plantea al duelo en una relación inversa, aunque esté
emparentado de alguna forma a la verwerfug, al mecanismo psicótico.
Si en la psicosis:
“...lo rechazado de lo simbólico reaparece en lo
real”,
en el duelo:
“...el agujero de la pérdida en lo real, moviliza
el significante”.
Entonces, la falta en lo real convoca la acción de lo simbólico,
y en dichas circunstancias los ritos que se encuentran en las
situaciones de duelo funcionan como instrumentos de los cuales
el sujeto se vale para intentar elaborarlo.
Para concluir, en tanto estábamos trabajando con la angustia
en la melancolía, podríamos agregar que en la manía
lo que está en juego es la no función de a, planteando
Lacan en el Seminario 10:
“Es aquello por lo que el sujeto ya no es lastrado por ningún
a, por lo que esa falta de lastre lo arroja, sin libertad, a la
metonimia infinita y lúdica de la cadena significante”
En la clínica se observarán las diferencias en cuanto
al posicionamiento del sujeto ante la pérdida en lo real,
que le permitirá o no la elaboración del duelo o
su procesamiento psíquico. Este es un trabajo que los adolescentes
deben enfrentar, como veíamos en otro espacio, para poder
acceder a la exogamia, a los ideales propios y a un proyecto de
vida futuro.
Bibliografía:
Freud, S. : “Manuscrito E”. Obras completas. Editorial
B. Nueva. Madrid. 1968
“ “ : “Manuscrito G”. Op. cit.
“ “ : “La angustia”. Conferencia 25. Op,
cit.
“ “ : “Inhibición, síntoma y angustia”.
Op. cit.
“ “ : “Angustia y vida pulsional”. Conferencia
32. Op. cit.
“ “ : “Más allá del principio
del placer”. Op. cit.
Lacan, J. : “El deseo y su interpretación”.
Seminario 6. Editorial Paidós. Bs. As. 1990.
“ “ : “La ética del psicoanálisis”.
Seminario 7. Editorial Paidós. Bs. As. 1990.
“ “ : “La angustia”. Seminario 10. Publicación
de la Escuela Freudiana de Buenos
Aires. (sin fecha).
Cap. 4
SÍNTOMA Y ACTO.
En este espacio la propuesta es un acercamiento a las formulaciones
freudianas y lacanianas respecto del síntoma y del acto
o la actuación.
A través del síntoma se pretende dar una respuesta
al Otro, intentar una contestación en cuanto a mi ser respecto
de la pregunta “¿qué quiere de mí?.
En la noción freudiana el síntoma sería una
construcción, como transacción entre el deseo y
la prohibición, en la cual se desvía, se transforma
y se deforma algo al mismo tiempo que en ese producto se devela
lo ocultado como símbolo. Disfraz o máscara que
no llega a hacer desaparecer aquello que como función debe
ocultar, en tanto en el mismo encubrimiento se descubre o se denuncia
lo encubierto.
El síntoma pues, desde el psicoanálisis, se apoya
en una operación que sintetiza la sustitución de
la satisfacción y la transacción. Como veremos más
adelante, la producción de sustitutos deja un resto no
simbolizable que Lacan denominará objeto a, causa del deseo.
El punto fundamental que diferencia al síntoma desde la
lectura psicoanalítica respecto de su definición
desde el orden médico, se refiere al desvío o la
alusión de la escena plasmada en el síntoma en relación
a otra escena distinta, distante, y emparentada con la manifiesta.
Estructurado pues como un mensaje tiene, podríamos decir,
la forma de una construcción discursiva que dice de otra
realidad, metafóricamente. Para su desciframiento sería
necesario entenderlo como un significante que sustituye a otro,
siendo preciso romper con lo visible, jerarquizando la escucha
para leer lo simbolizado de esta forma.
Ahora bien, debemos ubicar las cosas en su justo término,
porque considerar al síntoma sólo como índice
o indicador de lo que sucede en otro lugar sería llenarlo
de sentido, inflándolo y fortaleciéndolo, tal fuera
el error de las psicoterapias que apuntaban al esclarecimiento
del síntoma. Dicen Carbajal, E., y otros “Una introducción
a Lacan”:
“El síntoma es efecto de lenguaje y este efecto tiene
valor de verdad, en tanto es lo que se escribe de lo real del
goce. En su opacidad evoca algo de la verdad, en tanto la verdad
es lo que se instaura en la cadena significante”
Y, siguiendo el pensamiento de Lacan, podríamos agregar,
relacionando a la mudez como forma de resistencia al decir de
Freud, que el síntoma sería el mutismo del sujeto
que se supone parlante. Y en ello hay sufrimiento y satisfacción,
y se irá transformando en transferencia en el análisis
desde un inicial paso del analizante de reconocer al síntoma
como tal.
El acto, por su parte, en cualquiera de sus formas, se sitúa
por fuera de la dimensión del lenguaje. Es decir, que la
angustia no puede ser tramitada por la vía del síntoma
o procesada por el pensar.
Freud plantea que la actuación estaría relacionada
a la desmentida, concretamente, su función sería
desmentir a través de la acción, y por lo tanto
habría en esa línea un enlace con el autoerotismo.
En su estudio sobre el caso Dora, “Análisis fragmentario
de una histeria”, presta especial atención a ciertos
elementos discursivos en el material en los que se evidenciaba
una identificación de Freud con el padre y con el Sr. K.
para la paciente, proponiendo ante el abandono intespestivo del
tratamiento:
“De tal modo actuó (agieren) un fragmento esencial
de sus recuerdos y fantasías, en lugar de reproducirlo
en la cura”,
teniendo la actuación por objetivo la transformación
en activo lo sufrido pasivamente, es decir, abandonar como respuesta
al abandono que el Sr. K. le infligiera. Entonces, la actuación
irrumpe, impidiendo cualquier elaboración formulable a
través de palabras, siendo la repetición de Dora
un intento de realizar deseos hostiles, de vengarse por haber
sido abandonada. El 31 de diciembre de 1900 Dora comienza su sesión
anunciándole a su analista su decisión de abandonar
el tratamiento:
“¿Sabe Ud. doctor que hoy es la última vez
que vengo?
El acto, una acción, se instala en el tratamiento mismo,
como acting out diríamos hoy, en el contexto provisto por
la transferencia, dirigida a la persona del analista.
La expresión utilizada por Freud: agieren, llevar a la
acción, hace referencia a la tendencia de un sujeto en
análisis a actuar movimientos pulsionales que se exteriorizan
en el análisis, viviendo en el presente deseos y fantasías
inconcientes. Se opondría a erinnern, que significa recordar.
Actuar y recordar son, ambos, medios de retorno del pasado en
el presente. El paciente en análisis actuaría pues,
en la transferencia, en vez de poder pensar y hablar sobre sus
fantasías o sobre sus deseos.
Por cierto, Freud plantea que el actuar puede darse más
allá de la dimensión transferencial, sosteniendo
en “Recuerdo, repetición y elaboración”:
“Hemos de temer que el analizado caiga en la compulsión
de repetición y entonces reemplaza el impulso a recordar,
y no sólo en sus relaciones personales con el médico,
sino también en todas las restantes actividades y relaciones
de su vida presente...”
La relación acto - repetición está claramente
planteada en esta cita, y podemos extender este enlace articulándolo
con el concepto de pulsión de muerte. Freud se refiere
a una enigmática tendencia del sujeto a obrar contra sí
mismo, como movido por un placer del displacer. Comenta en “Más
allá del principio del placer”
“...en la vida anímica existe realmente una obsesión
de repetición que va más allá del principio
del placer y a lo cual nos inclinamos ahora a atribuir los sueños
de los enfermos de neurosis traumática y los juegos de
los niños”
En cuanto a cuestiones clínicas derivadas de su estudio
sobre la repetición, Freud hace referencia a la transferencia
como:
“uno de los modos privilegiados de repetir en el tratamiento”,
y ante el interrogante acerca de qué es lo que se repite,
aclara:
“...todo lo que ha incorporado ya a su ser partiendo de
las fuentes de lo reprimido; sus inhibiciones, sus tendencias
inutilizables y sus rasgos de carácter patológico”
Cuando surge la tendencia del sujeto a repetir como acto, el análisis
intentará mantener en el terreno psíquico los impulsos
que podrían derivar u orientarse hacia la motilidad, hacia
la acción.
Lacan, por su parte, postula al acto como derivación
de la certeza, y lo ubica lindante con la angustia en tanto habría
cierto intento de tramitación de la misma por medio de
la acción. En esa respuesta del sujeto habría cierta
desestabilización subjetiva.
Podríamos diferenciar como modalidades del acto:
- acting out, como interpelación al analista a través
de una acción, en un exigir una respuesta o una respuesta
diferente a la otorgada, y que derivaría de las dificultades
del analista en cuanto a su posición, respecto de su lugar.
Lo ubicamos pues en el contexto del análisis y supone el
establecimiento de cierto nivel de transferencia, así como
también respecto de transferencias fuera del vínculo
analítico.
- pasaje al acto, como un movimiento de salida de la escena, suponiendo
el sujeto que no hay Otro que lo sostenga en su angustia. Hay
un intento de salida de la red simbólica hacia lo real,
como en la fuga y el vagabundeo. Lacan lo caracteriza, en su Seminario
10 como:
“...salida vagabunda al mundo puro...”
En el acto, el verdadero acto, no en el pasaje al acto ni en el
acting out, el sujeto intenta liberarse de los efectos del significante
y lo logra con su muerte, porque el único acto exitoso,
dice Lacan, es el acto suicida.
Si, decíamos en otro espacio, en el síntoma se anudan
los tres registros R, S e I, el acto los desanuda, y después
de éste el sujeto no es el mismo. Planteábamos líneas
atrás que habría una desestabilización en
la posición del sujeto, como fruto del intento de alcanzar
lo real sin la mediación de lo simbólico. En el
acto, dice Lacan, el sujeto apuesta sin Otro, y lleva en sí
la pretensión de lograr la certeza en el esfuerzo por liberarse
de la indeterminación angustiosa de sí como sujeto.
Respecto del acto, pasaje al acto y acting out en la clínica
con adolescentes, en un capítulo del libro “Acto
y cuerpo en Psicoanálisis con Niños y Adolescentes”,
desarrollo algunos temas aquí abiertos y sugiero algunas
consideraciones sobre intervenciones del analista. Coincidía
allí con autores que sostienen la inutilidad del interpretar
el acto, en la línea de no otorgar más sentido al
que seguramente existe como explicación desde quien lo
lleva a cabo o por parte de los otros. Pues además el sujeto
suele mostrar su acto como algo que lo hace diferente, como exceso
de goce, a través del cual supone poder acceder a un manejo
omnipotente con sensaciones que muchas veces suelen ser mencionadas
como indescriptibles. Habrá que ver entonces cuál
es su posición respecto del acto, de la situación
vivida, y, si es llevado a consulta o no, qué lugar otorga
al profesional, es decir, si es posible atisbar una señal
de demanda de tratamiento o simplemente se muestra para que los
demás vean cómo goza.
Bibliografía:
Barrionuevo, J. (coord.) y otros: “Acto y cuerpo en Psicoanálisis
con Niños y
Adolescentes”. Editorial JVE Psiqué. Bs. As. 1997.
Freud, S. : “Análisis fragmentario de una histeria”.
Obras completas. Editorial B. Nueva.
Madrid. 1968.
“ “ : “Recuerdo, repetición y elaboración”.
Op. cit.
“ “ : “Más allá del principio
del placer”. Op. cit.
Lacan, J.: “La angustia”. Seminario 10. Publicación
de la Escuela Freudiana de Buenos
Aires. (sin fecha).
Miller, J. A. : “Acto e inconsciente”, en “Acto
e interpretación”. Ediciones Manantial. Bs.
As. 1984.
Rabinovich, D. : “Una clínica de la pulsión:
las impulsiones”. Ediciones Manantial. Bs. As.
1992.
Cap. 9
SOBRE TRANSFERENCIA, INTERPRETACIÓN Y CONSTRUCCIONES.
Acerca de la aseveración respecto de la importancia de
la interpretación y de la construcción pareciera
no haber mayores discusiones, si bien trabajos que se refieran
al tema no abundan en psicoanálisis, o bien, entre las
producciones actuales, el deslizamiento hacia elucubraciones teóricas
hace perder de vista, y no es casual, la perspectiva de la clínica.
Ocurre que ambos conceptos aluden al núcleo del quehacer
analítico, son su expresión más acabada,
y las consideraciones acerca de ellos hablarán claramente
de una ideología personal y profesional que las sustentan,
de una ética, evidente hasta en el intento de disfrazar
con poesía o con filosofía la pobreza o la incapacidad
de muchos que se auto-denominan “teóricos del psicoanálisis”,
una “especie” en discusión.
¿A qué apunta el interpretar?, ¿en qué
consiste la labor supuesta en la construcción?, ¿cuáles
son las articulaciones posibles entre ambas?. Éstos son
algunos de los interrogantes posibles alrededor de los cuales
se ubicarán consideraciones generales iniciales, para,
en otro espacio, poder pensar sobre la interpretación y
la construcción en la clínica con adolescentes.
“Interpretar”, si buscamos su significado en cualquier
diccionario de la lengua castellana, se refiere a entender o tomar
en buen sentido, o en mal sentido, una acción o una palabra,
dándose cuenta en la misma definición de la equivocidad
del lenguaje. Y este es el núcleo de lo que sucede en la
relación analista-analizante, espacio en el que se instaura
una ruptura con el diálogo convencional en el cual se intentaría
aclarar el malentendido. A diferencia de lo que se supone habitualmente
como objetivo de la labor analítica la interpretación
no provee de otra producción sustitutiva a aquella con
la que llega el paciente, o da otro sentido o más sentido,
sino, fundamentalmente, se orienta a de-construir, un orientar
hacia un origen que es en realidad un abismo o un agujero negro.
El decir como definición que la interpretación no
resulta homologable a una significación cualquiera por
cierto no es suficiente si bien puede constituir, a mi entender,
un primer punto de acuerdo cuyo respeto pondría a buen
recaudo del “vale todo” en una disciplina que pretende
ser considerada seria o confiable. Entre el enigna y la cita,
con el interpretar se intenta abrir una grieta o una fisura allí
donde se supone un monolítico saber, no ofreciendo una
respuesta ni estimulándola en el analizante sino sugiriendo
la posibilidad de abrir espacios de interrogación o cuestionamiento,
sin develar una verdad o empujar al hallazgo de una certeza que
un “experto” habría atisbado.
Es necesario aclarar, previendo lecturas apresuradas, que la interpretación
no puede usarse en cualquier momento, tal como Freud lo planteara
reiteradamente y Lacan lo retomara en el Seminario 11 al sostener
que la interpretación es correlativa de la resistencia.
La interpretación dice o no dice, en un decir desde su
silencio, algo que descentra el discurso del analizante, un “plus”
que des-ubica, enfrenta al sujeto con su falta en ser. Por ello
es entendible que, contrariamente al sujeto que puede desplazarse
por las diversas posiciones del discurso, el analista no tiene
sino un lugar en donde ubicarse, que es el lugar del objeto a,
es decir, en la posición de causar el deseo, como única
posibilidad de escapar a las trampas amorosas de la dinámica
transferencial.
Entre el enigma y la cita, decíamos, tal como lo sugiere
Lacan en “El Reverso del Psicoanálisis”, la
interpretacióm consistiría en una enunciación
que es verdad cuyo saber es supuesto o implícito, y la
producción del enunciado queda en manos de quien la escucha,
el analizante. No consiste la labor del analista en interpretar
con propios significantes el material que provee el paciente en
sesión, sino que al recortar un enunciado en el discurso
del analizante, queda remarcado o subrayado como algo enigmático,
como un plus, algo que es más que lo dicho.
Remarcado como enigma, jugando con el equívoco, el analizante
decide “sobre el dicho de la interpretación”,
dice Colette Soler, y ésto supone, por supuesto, la transferencia.
Es sólo habiendo saber supuesto que la interpretación
puede operar, siendo necesario derivar de las enunciaciones anteriores
la afirmación de que la interpretación nunca es
el enunciado de un saber. El saber, en reserva, espera a que el
analizante descubra tras la interpretación lo no dicho
explícitamente por él mismo.
Lacan se refería a la “virtud alusiva” de la
interpretación, y en esa línea se ubicaría
el discurso del analista. Sobre las insistencias, contradicciones
o recurrencias que se dibujan en una trama discursiva su presencia
se orientará a posibilitar el descubrimiento, a través
de un sin-sentido, de un otro sentido que, por cierto, no está
exento de posibles dudas pues de lo contrario se habría
instalado otro síntoma. En el trabajo analítico
pues, el analizante pasa del terreno del saber al de un conocimiento:
el de la existencia del inconciente, que es un saber que no se
sabe que se posee. De ahí que muchas veces el analizante
dice:
“Claro, es como si ésto lo hubiera sabido todo el
tiempo!”.
Ahora bien, ante la interpretación no es dable ni conveniente
que el analista quede esperando una respuesta, pues, en el mejor
de los casos, se abre un tiempo de suspenso en tanto se produzca
un desacomodamiento del fantasma, en la medida en que el sujeto
se pueda mover en la búsqueda de un saber otro tras el
sin-sentido que produce el medio-decir del analista.
El efecto de una interpretación analítica se irá
viendo en tanto movilice de alguna forma los niveles de determinación
del sujeto:
* sus ideales o sus proyectos de vida.
* su yo
* su fantasma fundamental.
Y su función será introducir la lógica del
sentido del sin-sentido en lo que es algo del orden de una significación,
produciéndose por consecuencia un “vaciamiento”
de goce, y un subsiguiente desplazamiento a otro punto de goce.
Recordemos que, como vimos en otro espacio, la interpretación
intenta poner en movimiento aquello inmovilizado o congelado hacia
un nuevo mundo o perspectiva diferente a través de la función
del analista que facilitaría que el sujeto en análisis
pueda escuchar al inconciente, rescatándolo en el discurso,
en los lapsus, en el relato de sueños, en los actos fallidos...,
y que el analizante se juegue en una dirección, orientándose
hacia el fantasma. Lacan llamaba a la posición del analista
“deseo del analista” o “semblante de a”.
Y, por cierto, el descongelamiento que produce la interpretación
deberá ser combinado o complementado por el trabajo de
la construcción.
¿Qué son las construcciones en psicoanálisis?
Freud, en “Construcciones en el análisis”,
plantea:
“El término “interpretación” se
aplica a alguna cosa que uno hace con algún elemento sencillo
del material, como una asociación o una parapraxia. Pero
es una construcción cuando uno coloca ante el sujeto analizado
un fragmento de su historia anterior, que ha olvidado,...”
Considero que hay un punto que tendríamos que repensar
en cuanto a la producción de Freud respecto de las construcciones,
que, atento más a la labor del analista, plantea enunciaciones
que podríamos objetar, remarcando por ejemplo en la frase
anteriormente transcripta:
“...cuando uno coloca ante el sujeto analizado...”,
otorgándole una posición activa al analista, equivocándose,
a mi entender, en cuanto al trabajo que centralmente el analizante
debe realizar en cuanto a la tarea de construcción o re-construcción.
Vemos cómo Freud insiste en esa línea en una frase,
unos párrafos más arriba, del mismo texto:
“El psicoanalista termina una construcción y la comunica
al sujeto del análisis...”
Por supuesto, sabemos que la posición de Freud era única,
que estaba creando el psicoanálisis, y que este “consejo”,
que como tal debería tomarse, no es compatible con lo que
hoy definimos como “lugar del analista”, que no tiene
en sus manos terminar una construcción para luego otorgársela
al analizante.
Por otra parte, en la propuesta freudiana es súmamente
interesante una afirmación posterior que desarrolla a partir
de la idea de que los actuales síntomas o inhibiciones
por los cuales consulta un sujeto serían consecuencia de
represiones, sustitutos de sucesos o situaciones que el sujeto
ha olvidado, jerarquizando la labor de la construcción
y sugiriendo como más adecuada la expresión “reconstrucción”,
con la que acuerdo, para referirse al trabajo por medio del cual
toma cuerpo la posibilidad de levantar sobre las huellas de una
historia mítica, en tanto hay un pasado irremediablemente
perdido, otro argumento que sustituiría al fantasma que
el sujeto construyera y trasladara a su infancia para intentar
respuestas a sus interrogantes. Podríamos decir: una nueva
lectura o un texto otro que se irá enhebrando a partir
del tejido de lo dicho, en sus fisuras o entrelineado, deshaciendo,
volviendo sobre la forma en que el hilo se entrecruza. En suma,
nos estaríamos refiriendo a un re-escribir la historia
en cuanto a la función de la construcción en el
análisis.
Las dificultades de las que no se suele hablar, en tanto se hiciera
incapié en las dificultades del paciente o del analizante
en la tarea de construcción, se encuentran en relación
al lugar o a la posición del analista en cuanto a propiciar
el descubrimiento,