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Alcoholismo
PROF. LIC. JOSE BARRIONUEVO
Consideraciones generales
Las bebidas alcohólicas, (el vino, la cerveza, los
licores...), constituyen, junto al tabaco, una peculiar
dimensión donde se mezclan fuertemente los valores
socio-culturales y la posición del sujeto que, desde
el psicoanálisis, es fundamental en la constitución
de la droga como tal.
El vino, por su parte, es una bebida embriagadora que se
encuentra ya en relatos antiguos y pervive en las referencias
en la literatura y en canciones, en tanto es una bebida
súmamente popular si bien su primacía se encuentra
jaqueada actualmente por la iniciativa de las empresas cerveceras.
Es sabido que su ingestión provoca, como toda bebida
alcohólica, la reducción de represiones y
quien bebe supone poder, bajo su influencia, encontrar palabras
más fácilmente y actuar en forma desenvuelta,
sin los tapujos propios de su estado "normal",
reduciendo tensiones, ansiedad, culpa o vergüenza.
El vino o la cerveza son bebidas que cumplen y han cumplido
su parte en los procesos de iniciación del adolescente
en el "mundo del adulto", en tanto, en nuestras
provincias especialmente, eran los propios padres u otros
mayores quienes invitaban el primer vaso al jovencito con
un "ya sos un hombre" o es entre los mismos adolescentes
el beber una marca de su ubicación como no más
niño y la botella o la latita elemento de intercambio
entre los integrantes de un grupo.
Por cierto, en esta medida, las bebidas alcohólicas
son consideradas desde lo social un elemento íntimamente
unido a festividades o a celebraciones, e incluso a situaciones
de duelo, presentes en velatorios o despedidas.
En cuanto al caso del bebedor que bebe hasta el extremo
de la borrachera o en el alcohólico propiamente dicho,
suele hablarse de tres etapas o fases consecutivas:
* una primera caracterizada por el levantamiento o aflojamiento
de represio-nes, lo cual provoca una sensación de
euforia o alegría, locuacidad y desparpajo.
* luego, un estado depresivo o de tristeza.
* y, finalmente, tras la borrachera, la "resaca",
un malestar generalizado, en lo físico y en lo anímico,
del cual salen los bebedores recurriendo nuevamente al alcohol.
El alcoholismo en sus características generales
es semejante a otras adicciones a drogas, si bien distintos
autores acentúan la base depresiva del sujeto (más
allá de la estruc-tura psicopatológica de
base) y su relación con la oralidad, en una equivalencia
de la bebida alchólica con la leche como medio por
el cual se calmaran angustias o ansiedades infantiles, como
suministro incondicional e ideal que asegurara la presencia
de quien ejerciera la función materna de cuidado
y alimentación.
El intento en el beber se orientaría a llenar un
vacío, en un movimiento impulsivo que, revitalizando
la lógica de la necesidad, urge la incorporación
del líquido en grandes cantida-dades.
El dolor psíquico, intolerable, exigiría
en estos sujetos el intento de su cancelación. En
muchos casos el alcohólico almacena botellas, en
previsión de la irrupción del estado depresi-vo
o de profunda tristeza que no puede procesar por sus propios
medios, psíquicamente.
En cuanto a los efectos estimulantes o excitantes de las
bebidas alcohólicas, si bien se encuentran incluídas
entre las drogas depresoras, se debe a que por su influencia
sobre el Sistema Nervioso Central se produce la depresión
de los centros nerviosos superiores y, conse-cuentemente,
la liberación de los centros inferiores gobernados
por aquellos.
Desde el psicoanálisis, Freud se refirió
a las drogas definiéndolas como "quitapenas"
que permitirían esquivar los límites que la
realidad impone y acceder a un mundo que ofrecería
mejores condiciones de sensación, planteando que
el hombre necesitaría recurrir a lenitivos para poder
soportar el dolor que la existencia plantea.
Y en 1912, en "Sobre la degradación de la vida
erótica", texto incluídp en "La
psicología de la vida amorosa", hace una alusión
directa al alcoholismo, diciendo que la relación
del bebedor con el vino evocaría la armonía
más pura, "como un modelo de matrimo-nio feliz",
preguntándose por qué la relación del
amante con su objeto sexual sería diferente.
En otro espacio, ahondaremos en éstas y en otras
consideraciones respecto de las bebidas alcohólicas
desde el psicoanálisis, y las posibles derivaciones
en la dirección de la cura con pacientes alcohólicos.
Utilización de bebidas alcohólicas.
De lo religioso a la enfermedad.
Desde los orígenes de la humanidad los hombres habrían
observado que un jugo de frutas azucarado expuesto al aire
libre durante algunos días se convertía en
un brebaje que tenía propiedades psicotrópicas
especiales. Tal vez, debido a estas propiedades, y a los
misterios de la fermentación, se tendió a
sacrilizar esta bebida y a usarla con fines místicos
o sagrados. Podemos citar como ejemplo el culto a Dionisios
o Baco, o la conversión del vino en sangre en la
misa católica.
Su uso excesivo, embriaguez o borrachera, fue considerado
como vicio, pecado, aso-ciado a la locura, a la degeneración,
a la violencia.
Las bebidas fermentadas o alcohólicas, a lo largo
de la historia, han sido objeto de glorificación
y abominación simultáneas. En la Biblia, sobre
todo en el Antiguo Testamento, se hace referencia cerca
de quinientas veces al vino, ya sea para elogiarlo, o, por
el contrario, para poner en guardia a los hombres contra
su maleficio.
A mediados del siglo XIX el médico sueco Magnus
Huss acuñó el término alcoholismo para
designar al común denominador de las enfermedades
cuya causa era el alcohol etílico. La terminación
en "ismo" presentaba la ventaja de que no poseía
ya esa carga afectiva que hasta entonces había condenado
a los borrachos. Por esa época aparecen numerosos
trabajos clíni-cos que describían las consecuencias
tóxicas del alcoholismo, y algunos aspectos sociológicos,
dentro de la escuela francesa Legrain (1889), Garnier (1890),
Mignot (1905), etc., y de la escuela alemana, a comienzos
de este siglo: Kraepeling, Heilbronner, A. Florel, E. Bleuler,
etc.
Sin embargo, en esta misma época, fin del siglo
XIX, surgió toda una literatura seudo-científica
que oscureció la problemática de la etiología
y de la patogenia del alcoholismo, con consideraciones moralizantes
y apasionadas ligadas a la teoría reinante sobre
la degenera-ción: el alcoholismo pasó a ser
un vicio, atributo de degeneración...
Recién en 1940-1950 se comienza a concebir el alcoholismo
como una enfermedad, realizándose campañas
de salud destinadas a la prevención y a la cura,
gracias a las inves-tigaciones de E. M. Jellinek y la Escuela
Americana.
Sobre el consumo de alcohol en la adolescencia
La adolescencia es un momento particularmente vulnerable
en la vida de un sujeto, debido a todo el proceso de duelo
por las figuras parentales de la infancia, por ser un momento
de "transición" entre la pérdida
de estas figuras de identificación y la búsqueda
o el encuentro de otras nuevas.
A lo anterior se suman: la actual crisis de los valores
y el enfrentamiento con un mundo cada vez más complejo.
Existe además un verdadero "bombardeo"
de la publicidad dirigido hacia este grupo etario, apetecible
para el mercado; basta ver por ejemplo, al respecto, las
publi-cidades de cerveza destinadas a jóvenes y el
"encuentro" entre ellos si se la consume juntos.
Los adolescentes también afrontan en esta etapa
la salida exogámica y el erotismo genital que los
atemoriza (más aun hoy, en estos "tiempos del
SIDA"). En diferentes pueblos y culturas, encontramos
ceremonias y rituales de iniciación como forma de
marcar en lo simbólico este pasaje de la niñez
al "mundo adulto", en muchos casos como marcas
en lo real y en todos poniendo en juego lo real del cuerpo
expuesto al sufrimiento y a la muerte.
Ahora bien, ¿qué sucede en una sociedad en
la que se ha perdido la eficacia de los actos simbólicos
que marcan esta salida de la niñez y la entrada a
la adultez?
Es posible que en nuestra cultura actual, el alcohol juegue
algún papel en este sentido para los adolescentes
en tanto "se es grande" por estar "tomando
alcohol" o por estar "borracho". Por otra
parte, el alcohol "suelta la lengua" y "da
ánimos" para "encarar" a un partenaire
en el juego de la seducción inicial.
El alcohol, una droga socialmente aceptada, daría,
desde la consideración de los jó-venes, la
fuerza y el valor necesarios para los primeros encuentros
sexuales tan deseados y tan temidos. Entonces, se arman
de un escenario: la discoteque, como subrogado del altar,
el monte o el lugar de exhibición de juegos públicos,
en el cual mostrar algún emblema ( por ejemplo: la
lata de cerveza), para así poder, a través
de un acto: el beber, y su consecuencia, la borrachera,
sentirse grandes y pensar que están haciendo cosas
de grandes.
El Lic. José BARRIONUEVO es Lic.
en Psicología, egresado de la Universidad de Buenos
Aires. Psicoanalista. Posgrado en Carrera de Especialización
"Uso Indebido de Drogas" del Centro de Estudios
Avanzados de la Universidad de Buenos Aires. Profesor Adjunto
Regular de "Adolescencia" y Profesor a cargo de
la materia: Pasantía "Drogadicción en
la adolescen-cia" en la Facultad de Psicología
(UBA). Ex Profesional de Consultorios Externos del CENARESO.
Investigador de la Universidad Nacional de Rosario (Director
de la investigación en curso: "Alcoholismo en
la adolescencia")
Autor de numerosos artículos en revistas
científicas, y de libros, entre los cuales se encuentran:
"Droga; adolescencia y familia" de Editorial Tekné,
"Problemas cruciales en Psicoanálisis con Adolescentes"
de Editorial Gabas, "Sexualidad y SIDA" de Editorial
Tekné, "Drogadicción, teoría y
clínica" (Comp.) de Editorial Gabas, "Tratamiento
posible de las toxicomanías" (Coord.) de Publicaciones
del CBC-UBA y otros en preparación.
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